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Convivir con el genocidio

Seis años después del genocidio, Ruanda parece salir de la conmoción en que la había sumido la increíble violencia de los milicianos del hutu power. En este pequeño país de los Grandes Lagos, donde aún se siguen descubriendo fosas comunes, la vida se reanuda gradualmente. Sin embargo, el peso de los acontecimientos de 1994 se percibe en el ambiente. El poder militar, venido de Uganda, trata de asentar su autoridad en un país dividido, donde la palabra se ha vuelto cautiva y el silencio es un desafío.

Una extraña calma reina en Kigali. Con aspecto a la vez desconfiado y aburrido, algunos soldados deambulan armados de metralletas. La limpieza de las calles sorprende. Cada día, grupos de mujeres las asean con las manos -o con un trozo de cartón- a cambio de una escasa paga. Como en todas las ciudades africanas, los niños se acercan a los blancos (musungu, en lengua kinyarwanda) para pedirles dinero. Pero la mirada extraviada de los habitantes, el silencio que muestran al primer contacto, retrotraen poco a poco al visitante a los hechos de 1994. Como si los muertos surgieran de la tierra. Fantasma invisible, el genocidio atormenta las conciencias.

"En Ruanda, cada hombre y cada mujer es una isla flotando en el vacío", explica un personaje de la pieza "Cuerpos y voces, palabras rizomas" presentada por primera vez en Kigali el 28 de mayo pasado1. Seis años después del drama, no queda ninguna huella aparente de la violencia que barrió el país entre abril y julio de 1994, causando probablemente un millón de muertos, sobre una población de alrededor de 7 millones de habitantes2. Pero entonces "los cadáveres cubrían las calles, el país olía a sangre, y al abrir cualquier puerta cientos de cuerpos caían a nuestros pies", relata Alphonse, médico ruandés exilado en Francia, que regresó a Kigali dos meses después de las matanzas.

En pocos años, el pequeño Estado africano de los Grandes Lagos cambió completamente de fisonomía. Carole, joven actriz, cuenta que seis meses después de la tragedia la población emprendió la reconstrucción de manera frenética: "La gente trabajaba 16 horas diarias. Había que restablecer la administración, limpiar las calles, ocuparse de los sobrevivientes". Una impresionante energía vital emana de este país donde todavía hoy se produce el hallazgo -por casualidad, o porque alguno de los 120.000 prisioneros indica el lugar a las autoridades- de fosas comunes (20.620 acusados confesaron sus crímenes). Esa hiperactividad intenta sin dudas ocultar el vertiginoso abismo del sufrimiento, de lo no dicho y del resentimiento.

Las asociaciones se han reconstruido en todos los sectores. Actualmente hay 140 en Ruanda, entre ellas, claro está, asociaciones de víctimas, fundamentalmente de viudas. Aparecieron asimismo muchas otras agrupaciones: por los derechos de las mujeres, la defensa de los niños, del medio ambiente, para el desarrollo agro-pastoral; cooperativas de crédito y de ahorro, de ayuda mutua, para la salud, para el deporte… Su mayor preocupación consiste en hallar fondos para sobrevivir.

Particularmente dinámicas son las asociaciones de mujeres, las que sufrieron como madres al tener que presenciar la tortura de sus hijos, como esposas cuyo marido fue masacrado, como seres humanos violados. El Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Arusha (Tanzania) es, por otra parte, la primera jurisdicción en el mundo que consideró la violación como un acto de genocidio. Los militares, algunos de ellos sabiendo que eran portadores de sida, violaban con la intención de destruir la etnia tutsi. Muchas veces violaban hasta causar la muerte. Las sobrevivientes se han unido: se ayudan entre ellas, organizan comedores comunitarios, aprenden a construir sus casas con sus propias manos, pues a menudo quedaron solas.

El presidente de la asociación Ibuka ("Acuérdate"), Frédéric Mutagwera, insiste en la "absoluta necesidad de la memoria". Ibuka tiene por objetivo ayudar a las víctimas, evitar que una tragedia semejante vuelva a producirse y luchar contra quienes, desde la diáspora, niegan el genocidio. Este abogado de unos 40 años subraya la "tentación psicológica" -que puede asaltar incluso a los espíritus mejor intencionados- de borrar un acontecimiento tan insoportable. Señala también la "tentación política" de una aparente reconciliación amparada en el silencio. La población ruandesa cuenta con numerosos repatriados venidos en 1994 de Uganda junto al Frente Patriótico Ruandés (FPR), o llegados poco después desde otros lugares. Las asociaciones de sobrevivientes ejercen una presión constante para mantener viva la memoria del drama, para recordárselo incluso a una comunidad internacional a la que reprochan haberlos abandonado. La imagen de la misión de las Naciones Unidas para Ruanda (Minuar) abandonando el edificio de la escuela técnica de Kigali y entregando de esa manera a 10.000 personas que estaban bajo su protección, está viva en el recuerdo3.

Preservar la memoria

El Comité para los sitios de genocidio está encargado de mantener los lugares más representativos. Así, la iglesia de Nyamata, a una hora de ruta de Kigali, se mantiene tal cual: paredes acribilladas a balazos, manchas de sangre en el piso, vidrios destrozados. La misa se celebra ahora al aire libre y los cánticos y las danzas resuenan junto al santuario cada domingo por la tarde. Dos osarios fueron cavados en el patio de la iglesia. El destino final de los restos preocupa a los ruandeses, que dudan entre la necesidad de la memoria y la de respetar a los muertos dándoles sepultura. En efecto, el entierro es la condición necesaria para el duelo4. "¿Cuánto tiempo va a durar esto?", interroga un visitante congolés. "La eternidad", responde Louis Kanimugire, responsable de los sitios de genocidio.

Cerca de Butare, en el sudoeste del país, el sitio de Murambi es el más terrorífico5. En una escuela en construcción se habían refugiado 60.000 personas, entre hombres, mujeres y niños. Los milicianos interhamwé rodearon el edificio, cortaron el agua y comenzaron a hambrear a los ocupantes. Cuando éstos estuvieron suficientemente debilitados, atacaron con metralletas y machetes. Sobre la colina barrida por los vientos, aún no se descubrieron todas las fosas comunes, pero una de ellas, abierta en 1998, conservó en su suelo arcilloso los cuerpos de las víctimas. Los responsables del lugar decidieron exponer los cadáveres "para que todo el mundo sepa que esto verdaderamente existió y que hemos sufrido". Colocados sobre tablas, en las aulas sin ventanas, los cuerpos siguen descomponiéndose, desprendiendo un olor insoportable. Esta exposición, casi bárbara, sólo se entiende en el contexto de la violencia desenfrenada de 1994 y de alguna manera forma parte del genocidio. "Un día los vamos a enterrar. Pero aún no es tiempo", dice Louis.

Por su brutalidad, su carácter fratricida y masivo, el genocidio desintegró la sociedad ruandesa y barrió con el sentimiento nacional. ¿Qué hacer entonces para que no mate también a los sobrevivientes? ¿Cómo hacer, sin borrar nada, para que la vida vuelva a florecer? ¿Cómo hacer convivir a las víctimas con los verdugos, cuando son vecinos, familiares, que dieron muestras de un increíble ingenio en la ejecución de las atrocidades? ¿Es un desafío imposible de aceptar? "Sin embargo, si no nos hablamos, ¿con quién vamos a hablar?", se pregunta tristemente Alphonse, cuya familia fue exterminada.

Una de las particularidades del genocidio de los tutsi y de la matanza de los hutus moderados, es que se trata de un genocidio de proximidad. Según Yolande Mukagasana, una sobreviviente, "aquí no hay diferencias entre el verdugo y la víctima, como en Sudáfrica. Nosotros vivíamos juntos, éramos amigos"6. Por eso, Servilien Sebasoni, profesor de historia en la Universidad Nacional de Ruanda (UNR), estima que "no hay otra posibilidad que vivir juntos. Los otros caminos no tienen salida: el exterminio fracasó y la separación es imposible, pues significaría la vuelta al exilio. Es necesario reconstruir la unidad de la nación ruandesa, quebrada por la colonización y por la ideología etnicista de los Padres Blancos"7.

La palabra constituye por lo tanto un desafío considerable. En primer lugar la de los sobrevivientes. Pero, más allá del testimonio de las víctimas, ¿podrá la sociedad reconstruirse sin que hablen todos, incluso los verdugos? Por ahora, la palabra de los genocidas está cautiva: tienen que salvar sus vidas, atenuar sus crímenes, proteger a sus familias. Ahora bien, "la memoria del verdugo forma parte de la memoria", estima José Kagabo, de origen ruandés, profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Durante las plegarias dominicales se intenta una "aseptización colectiva" de los acontecimientos mediante el intercambio. El diálogo es el único medio para volver a tejer los lazos sociales, reconstruir las ganas de volver a vivir juntos. Simon Gasiberege, profesor de psicología en la UNR, organiza en las colinas encuentros entre verdugos y víctimas, para que unos y otros puedan expresar su sufrimiento. Es una empresa de largo aliento. Los hutus son estigmatizados, mientras que los miembros de esa etnia que se mostraron favorables a una Ruanda unitaria figuraron entre las primeras víctimas. "Hay que ir hacia una justicia conciliadora", opina Gasiberege. Además, al confesar sus crímenes, los torturadores pueden reconocer el dolor del otro. Todo sufrimiento necesita ser reconocido.

El gobierno trata de mantener su autoridad controlando las tensiones y las divisiones. Así se ha creado la Comisión Unidad y Reconciliación. A diferencia de la Comisión Verdad y Reconciliación que en Sudáfrica toma testimonio y juzga a los acusados8, ésta se limitará únicamente a analizar la causa de las fracturas en la sociedad ruandesa, y a ejecutar un programa de "movilización". Con la ayuda de las Naciones Unidas las autoridades tratan de reconstruir los poblados. Se construyen casas sobre las colinas, pero muchas de ellas, sin embargo, permanecen vacías. En efecto, el hábitat tradicional se ha dispersado. "No quiero que mi vecino sepa lo que como o que me escuche cuando me enojo con mi marido", exclama Françoise, una habitante de Nyanza.

Las tensiones son también alimentadas por la insolente riqueza de unos pocos, en un país donde el 60% de la gente vive bajo el nivel de pobreza9. Muchos ruandeses se sienten excluidos de la reconstrucción, en beneficio de las empresas extranjeras a las que el liberalismo del gobierno de Paul Kagamé abrió las puertas.

"Nos enfrentamos a varios desafíos. Hay que conciliar la ley y la reconstrucción social, restaurar la confianza, consolidar la legislación de los derechos humanos", opina Alice Karekesi, profesora de derecho del flamante Centro de Gestión de Conflictos de la UNR. La confianza depende del sentimiento de seguridad y de la justicia. Desde la guerra, la protección de la población está a cargo de soldados del Frente Patriótico Ruandés (FPR). En los próximos meses se creará una nueva policía, que se fusionará con las antiguas estructuras de la gendarmería. Entre tanto, los habitantes organizan una vigilancia por manzanas.

Pero el problema principal sigue siendo la Justicia: 120.000 prisioneros esperan todavía ser juzgados. Las condiciones de detención son particularmente desastrosas: en 1999 murieron por esa causa 761 personas, según cifras oficiales. Vistiendo sus camisas de color rosa, los detenidos realizan trabajos comunitarios. No es raro cruzarse con columnas de prisioneros cargados de picos y palas, vigilados por soldados. Desde su creación, en noviembre de 1994, el TPIR sólo juzgó a 28 acusados y redactó apenas 57 acusaciones, mientras que la justicia ruandesa, que no da abasto por falta de magistrados, sólo pudo tratar 1.300 casos.

El genocidio diezmó las elites nacionales. Los jueces actuales fueron preparados en seis meses, de allí su deficiente profesionalidad. Para acelerar las cosas, se realizan juicios colectivos de 10 a 60 personas. Las organizaciones de Derechos Humanos terminaron aceptándolo, con la condición de que se garantice el derecho a la defensa.

Pero las víctimas protestan. Al principio no entendían que los genocidas tuvieran derecho a un abogado. Actualmente tienen la impresión de que la comunidad internacional y las ONG ayudan más a los verdugos que a las víctimas. Por otra parte, la decepción es grande cuando un tribunal condena a un criminal al pago de elevadas sumas de dinero que nunca pagará. Sin embargo, en 1999 el gobierno creó un fondo de asistencia a los sobrevivientes, al que destina el 5% de su presupuesto. Pero su funcionamiento es criticado y está prácticamente paralizado. "¿El derecho es la respuesta al genocidio?" se interroga la señora Karekesi. Ninguna sanción estará a la altura del crimen. Inevitablemente habrá que perdonar, actitud que causa repulsión a muchas víctimas: "¿Por qué voy a perdonar si mi verdugo no me ha pedido perdón?".

Ocurre a veces que un acusado puesto en libertad es asesinado. El gobierno encara reactivar formas de justicia tradicionales para los crímenes de categoría 1 y 2, es decir, aquellos por los cuales el acusado puede recibir una pena máxima de 15 años de reclusión10. Por ejemplo la gacaca, practicada en los pequeños poblados, donde la confrontación se desarrollaba frente a la comunidad. El acusado reconocía su crimen y la víctima le daba su perdón. Todo terminaba con una reunión y unas copas, en la cual el culpable ofrecía un regalo en compensación.

Este procedimiento modernizado deja escépticos a muchos ruandeses, dada la gravedad de los delitos cometidos. Sobre todo, teniendo en cuenta que los criminales pueden descargar sus responsabilidades fácilmente denunciando a personas fallecidas o prófugas. Pero para Alice Karekesi "la gacaca constituye la solución política a un problema de justicia. Si se le quita esa dimensión, pierde su credibilidad. Lo que está en juego es la reconstrucción de una comunidad ruandesa".

  1. Obra de teatro en diez cuadros de Koulsy Lamko, escrita a partir de extractos de libros sobre el genocidio ruandés, que será representada en el próximo Festival Fest'Africa, a realizarse en la ciudad francesa de Lille, en noviembre de 2000. En el marco de la manifestación "Escribir por deber de memoria", organizada por Fest'Africa, 80 intelectuales africanos se reunieron en Kigali en mayo y junio de 2000 para escribir sobre el genocidio. Además, del 6 al 30 de julio de 2000 se presentará en Aviñón, Francia, la pieza de Ahmed Madani Méfiez-vous de la pierre à barbe.
  2. El genocidio en Ruanda, el tercero del siglo XX después del de los armenios y el de los judíos, se desató el 6-4-94 a raíz del atentado contra el avión del presidente ruandés Juvenal Habyarimana. Tomó la forma de un exterminio de la minoría étnica tutsi por parte de milicianos hutu, la etnia mayoritaria, base social de la revolución de 1952 que culminaría con la independencia de Ruanda respecto de la metrópoli belga en 1962. Ver C. Braeckman, "Autopsie d´un génocide planifié au Rwanda" y P. Leymarie, "Maudits soient les yeux fermés", Le Monde diplomatique, París, respectivamente, marzo de 1995 y febrero de 1996.
  3. Ver F. X. Vershave, "Connivences françaises auRwanda", Le Monde diplomatique, París, marzo de 1995, y M. Bernier,"La honte", Les Eperonniers, Bruselas, 2000.
  4. Ver Véronique Tadjo, L"ombre d´Imana, Voyage jusqu"au bout du Rwanda, Actes Sud, Arles, 2000.
  5. Ver Boubacar Boris Diop, Murambi, le livre des ossements, Stock, París, 2000.
  6. Ver, por ejemplo, Yolande Mukagasana, La mort ne veut pasde moi, Fixot, París, 1998, y N"aie pas peur de savoir, RobertLaffont, París, 2000.
  7. Ver Jean-Marie Vianney Rurangwa, Le génocide desTutsis expliqué à un étranger, Le Figuier, Dakar, y Fest"Africa Édition, Lille, 2000.
  8. Ver Victoria Brittain, "Vérité etréconciliation en Afrique du Sud", Le Monde diplomatique, París, agosto de 1998.
  9. The New Times, Kigali, 5-6-00.
  10. El 80% de los acusados juzgados en Ruanda fueron condenados: el 45% de ellos a cadena perpetua o a la pena de muerte.
Autor/es Anne-Cécile Robert
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 13 - Julio 2000
Páginas:30, 31
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Genocidio, Derechos Humanos, Estado (Política), Políticas Locales
Países Ruanda, Sudáfrica, Tanzania, Uganda, Francia