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Timor, entre el horror y el olvido

Occidente definió en la posguerra la importancia geoestratégica de la rica Indonesia y la insignificancia de la isla de Timor. Así se entiende el apoyo diplomático y militar de Occidente, liderado por EE.UU., al ejército indonesio y sus crímenes a partir de 1965. El último capítulo de esta infame historia se desató en agosto pasado, cuando los habitantes de Timor optaron por la independencia en un referendum. El ejército, en connivencia con las milicias proindonesias de Timor, desató una campaña de atrocidades que podría derivar en un nuevo genocidio.

No es fácil simular calma y desapasionamiento escribiendo sobre los acontecimientos que se desarrollan en Timor Oriental. El horror y la vergüenza provienen del hecho de que los crímenes resultan muy conocidos y pudo ponérseles fin fácilmente. Esto es así desde que Indonesia invadió ese territorio en diciembre de 1975, con el apoyo diplomático y militar de Estados Unidos, usando ilegalmente, pero con autorización secreta, nuevos cargamentos de armas enviados a pesar de un embargo oficial. En aquel momento no había necesidad de amenazar con bombardeos, ni siquiera con sanciones. Hubiera bastado con que EE.UU. y sus aliados retiraran su participación activa, e informaran a sus socios del comando militar indonesio que había que poner fin a las atrocidades y garantizar al territorio el derecho a la autodeterminación avalado por las Naciones Unidas y la Corte de Justicia Internacional. No podemos modificar el pasado, pero al menos debiéramos reconocer lo que hemos hecho, afrontar la responsabilidad moral de salvar lo todavía salvable y proporcionar una amplia reparación a las víctimas, un patético gesto de compensación por los terribles crímenes.

El último capítulo de esta dolorosa historia de traición y complicidad se abrió después del referendum del 30-8-99, cuando la población votó por la independencia, en abrumadora mayoría. De inmediato, el ejército indonesio organizó y dirigió una escalada de atrocidades. La misión de Naciones Unidas (UNAMET) hizo su evaluación el 11 de septiembre pasado: "La evidencia de un vínculo directo entre las milicias y el ejército está fuera de discusión y ha sido documentado de modo abrumador por la UNAMET en los últimos cuatro meses. Pero la dimensión y extensión de la destrucción de Timor Oriental a mediados de septiembre demostró un nuevo nivel de participación abierta del ejército en la implementación de lo que previamente era un operativo más velado" . UNAMET advirtió que "lo peor todavía no llegó (…) no cabe descartar que ésta sea la primera etapa de una campaña genocida cuyo objetivo sería terminar por la fuerza con el problema de Timor Oriental"1.

El historiador de Indonesia John Roosa, observador oficial de las elecciones, describió crudamente la situación: "Dado que el pogrom era tan predecible, se lo hubiera podido prevenir (…) pero en las semanas que precedieron a las elecciones, la administración Clinton se negó a hablar con Australia y otros países de la formación de una fuerza internacional. Incluso cuando ya la violencia había estallado, la administración vaciló durante días"2, hasta que la presión interna e internacional (especialmente de Australia) la obligó a algunos gestos tímidos. Incluso esos mensajes ambiguos bastaron para convencer a los generales indonesios de que revirtieran el curso de las cosas y aceptaran una presencia internacional, confirmando la capacidad de presión de EE.UU. y la imposibilidad de la ONU de hacer nada sin su acuerdo. Mientras Clinton vacilaba, "casi la mitad de la población había sido expulsada de sus casas según cálculos de la ONU, y miles habían sido asesinados"3. La Fuerza Aérea estadounidense, capaz de destruir con gran precisión objetivos civiles en Novi Sad, Belgrado y Ponceva, carece de la capacidad para arrojar comida a gente que afronta la muerte por hambre en las montañas, en las que se refugiaron por terror al ejército armado y entrenado por EE.UU. y sus no menos cínicos aliados.

Los episodios recientes evocarán amargos recuerdos entre quienes eludimos la "ignoracia intencional" . Somos testigos de una vergonzosa reiteración de los acontecimientos de hace 20 años. En 1977/78, tras perpetrar una enorme matanza con el decisivo apoyo de la administración Carter, Indonesia se sintió lo bastante confiada como para permitir una breve visita del cuerpo diplomático de Yakarta, entre ellos el embajador de EE.UU. Edward Masters. Reconocieron que se había generado una catástrofe humanitaria de inmensas proporciones. Las consecuencias fueron descriptas ante la ONU por Benedict Anderson, uno de los más destacados expertos en Indonesia. "Durante nueve largos meses de hambre y terror, el embajador Masters se abstuvo deliberadamente, incluso ante el Departamento de Estado, de proponer ayuda humanitaria para Timor Oriental (en espera de que) los generales de Yakarta le dieran luz verde (y de que éstos) se sintieran lo bastante seguros como para permitir visitas de extranjeros" , según registra un documento interno del Departamento de Estado. Sólo entonces Washington consideró adoptar algunas medidas para encarar las consecuencias de sus acciones4.

Mientras el ejército indonesio y sus paramilitares quemaban la ciudad capital de Dili en septiembre de 1999, asesinando y saqueando con renovada intensidad, el Pentágono anunció que el 25 de agosto, cinco días antes del referendum, concluyó "un ejercicio de entrenamiento estadounidense-indonesio centrado en actividades humanitarias y de ayuda en caso de catástrofes"5.

Las "actividades humanitarias y de ayuda" se aplicaron a los pocos días del modo conocido, como cualquiera, salvo deliberada ceguera, debe comprender tras muchos años de soluciones parecidas. Por ejemplo, el golpe que llevó al poder al general Suharto en 1965. Las matanzas lideradas por el ejército acabaron con medio millón de vidas en unos meses, en su mayoría campesinos sin tierra, la masiva base política del Partido Comunista Indonesio. Esto suscitó en Occidente una euforia incontenible y alabanzas a los indonesios "moderados" : Suharto y el ejército, que purgaron la sociedad y la abrieron al saqueo extranjero. El secretario de Defensa de EE.UU., Robert McNamara, informó entonces al Congreso que la ayuda militar y de entrenamiento había dado "dividendos enormes" . McNamara informó al presidente Johnson que la asistencia militar estadounidense "alentó al ejército a avanzar contra los comunistas cuando se le presentó la oportunidad" . Los contactos con oficiales militares indonesios, incluso a través de programas universitarios, "fueron factores significativos para determinar la orientación favorable de la nueva élite política indonesia"6.

Las cosas siguieron así durante 35 años de ayuda intensiva, entrenamiento y comunicación militar, hasta los ejercicios de entrenamiento "humanitario" de agosto de 1999. Unos meses antes, poco después de la matanza de docenas de refugiados que habían buscado protección en una iglesia en Liquica, el almirante Dennis Blair, comandante estadounidense de la escuadra del Pacífico, aseguró al comandante del ejército indonesio, general Wiranto, el apoyo y asistencia de EE.UU. y le propuso una nueva misión de entrenamiento7. A la luz de esta historia, el gobierno alaba "el valor de años de entrenamiento en EE.UU. de los futuros jefes militares de Indonesia y los millones de dólares entregados a Indonesia en concepto de ayuda militar"8. En efecto, desde 1975 Washington vendió más de un billón de dolares en armas a Indonesia. La administración Clinton le otorgó 150 millones de dólares y el Pentágono prolongó hasta 1997 el entrenamiento de los batallones de élite Kopassus, infringiendo la legislación aprobada por el Congreso de EE.UU.

¿A quién le importa Timor?

Las razones de esta funesta trayectoria han sido a veces reconocidas honestamente. Durante la última etapa de atrocidades, un veterano diplomático en Yakarta describió el "dilema" que afrontan las grandes potencias: "Indonesia importa, Timor oriental no"9. De modo que resulta comprensible que Washington se limite a gestos ineficaces de desaprobación al tiempo que insiste en que la seguridad de Timor oriental "es responsabilidad del gobierno de Indonesia y no queremos quitársela" . Esta posición oficial, reafirmada dos días antes del referendum de agosto, fue reiterada con pleno conocimiento de cómo se había ejercido esa responsabilidad y sostenida mientras se cumplían las más sombrías previsiones10.

Dos especialistas estadounidenses en Asia explicaron el razonamiento de ese diplomático en The New York Times: "(la administración Clinton) calculó que EE.UU. tiene que priorizar las relaciones con Indonesia, un país rico en materias primas y con más de 200 millones de habitantes, por sobre sus preocupaciones por el destino político de Timor, un territorio pobre y reducido, con 800 mil habitantes" . The Washington Post mencionó a Douglas Paul, presidente del Asia Pacific Policy Center: "Timor es un obstáculo en el camino de la cooperación con Yakarta y tenemos que sortearlo. Indonesia es tan importante y crucial para la estabilidad de la región… "11.

La palabra "estabilidad" funciona desde hace tiempo como un sobrentendido respecto a "una orientación favorable" de la élite política; no hacia la población, sino hacia los inversores extranjeros y los administradores globales. En la retórica del funcionariado de Washington, "No tenemos ningún perro corriendo en la carrera de Timor Oriental. Así que lo que allí suceda no es asunto nuestro" . Pero después de la intensa presión australiana los cálculos cambiaron: "tenemos un gran perro llamado Australia compitiendo y debemos apoyarlo"12. Los sobrevivientes de los crímenes avalados por EE.UU. en el "territorio pobre y reducido" , no representan siquiera un perrito.

Los principios que guían esta política estadounidense fueron bien comprendidos por los responsables de la invasión indonesia de 1975, condenada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Los precisó el embajador en la ONU Daniel Patrick Moynihan en sus Memorias de 1978. Sus palabras debieran ser memorizadas por todos los que alienten un serio interés por los asuntos internacionales, los derechos humanos y la vigencia de la ley. "EE.UU. deseaba que las cosas evolucionaran como lo hicieron y trabajó en ese sentido. El Departamento de Estado deseaba que las Naciones Unidas resultaran completamente ineficaces en las medidas que adoptaran. Era la tarea que me asignaron y que cumplí con éxito no desdeñable".

En efecto, el logro fue considerable. Moynihan menciona informes que registran 60 mil muertes: "El 10% de la población, un porcentaje casi equivalente al de las pérdidas soviéticas durante la segunda guerra mundial"13. Otro indicio de éxito: al año siguiente "el tema había desaparecido de la prensa" . Y desapareció precisamente cuando los invasores intensificaron sus ataques. Las atrocidades llegaron a su punto más alto cuando Moynihan escribía, en 1977-78. Utilizando nuevas entregas de equipo militar avanzado por parte de la administración Carter, el ejército indonesio llevó a cabo un ataque devastador contra cientos de miles de timorenses, que huyeron a las montañas, y puso a los sobrevivientes bajo control indonesio. Fuentes creíbles de la iglesia católica en Timor Oriental dieron a conocer la cifra de 200 mil muertes, que años después, tras sistemáticas negaciones, fue admitida.

Cuando la matanza alcanzaba niveles de genocidio, Francia y Gran Bretaña sumaron su apoyo diplomático y de armamento.

La historia no comienza en 1975. Timor Oriental no fue olvidado por los que planificaron el mundo de la posguerra. Había que garantizar la independencia del territorio, decía el asesor de Franklin Roosevelt, Summer Welles, "pero llevaría mil años"14. Con un despliegue de coraje y de fuerza admirables, el pueblo de Timor Oriental luchó para desmentir la cínica predicción, padeciendo catástrofes monstruosas. Unas 50 mil personas perdieron la vida protegiendo a un pequeño contingente de comandos australianos que combatían a los japoneses: su heroísmo puede haber salvado a Australia de la invasión japonesa. Más de un tercio de la población fue víctima durante los primeros años de la invasión de 1975. Y muchos más desde entonces.

Este año se había iniciado con esperanza. Habibie, el presidente interino de Indonesia, llamó a un referendum para optar entre la incorporación a Indonesia (autonomía) o la independencia. El ejército se movilizó de inmediato para impedir mediante la intimidación y el terror la segunda posibilidad. En los meses que transcurrieron hasta agosto, hubo alrededor de 4.000 muertes, según fuentes de la iglesia católica15: el doble de las que en Kosovo justificaron los bombardeos de la OTAN. El terror fue ejercido a modo de advertencia a los insensatos que desobedecieran las órdenes del ejército de ocupación.

Desafiando la violencia y las amenazas, casi toda la población fue a votar. Fueron muchos los que para hacerlo tuvieron que salir de sus escondites. Cerca del 80% optó por la independencia. Entonces sobrevino la última etapa de las atrocidades del ejército indonesio, que convirtió buena parte del país en cenizas para revertir los resultados del referendum mediante el asesinato y la expulsión. En dos semanas fueron asesinadas alrededor de 10 mil personas, según el obispo y Nobel de la Paz Carlos Filipe Belo, que tuvo que huir bajo una lluvia de balas de su casa incendiada. Los refugiados que allí se encontraban fueron llevados con destino incierto16.

Aun antes de la sorpresiva decisión de Habibie de llamar al referendum, el ejército había tomado medidas para contrapesar toda amenaza a su dominio, incluido su control sobre los recursos de Timor. Su objetivo, conocido por los servicios occidentales de inteligencia, era simplemenete "destruir la nación" . Reclutó a millares de timorenses occidentales y trajo desde Java fuerzas y unidades de los temibles cuerpos especiales Kopassus, que según el general Makarim, especialista indonesio de información formado en EE.UU., son "famosos por su violencia implacable"17.

El terror y la destrucción empezaron a comienzos de año. Occidente las atribuyó a elementos descontrolados. Pero hay fundamentos para creerle al obispo Belo, que atribuye la responsabilidad directa al general Wiranto18. Las milicias fueron conducidas por unidades de élite de los Kopassus, quien según el periodista especializado en Asia David Jenkins "habían sido entrenadas regularmente con fuerzas estadounidenses y australianas, hasta que su conducta se convirtió en un engorro para los amigos extranjeros" . Estas fuerzas son "legendarias por su crueldad" , observa Benedict Anderson: en Timor Oriental "se convirtieron en pioneros de toda clase de atrocidades, entre ellas violaciones sistemáticas, torturas, ejecuciones y una organización gangsteril. Adoptaron las tácticas del programa Phoenix de EE.UU. en Vietnam del Sur, que acabaron con decenas de miles de campesinos y parte de la dirigencia survietnamita" . Jenkins compara su accionar con el de la "contra" de Nicaragua. Los terroristas armados por Indonesia "no se limitaban a perseguir a los sectores radicales independentistas, sino también a los moderados y a quienes ejercían influencia en la comunidad" . Una buena fuente en Yakarta informó: "Es Phoenix; el objetivo es aterrorizar a todo el mundo: las ONG, la Cruz Roja, la ONU, los periodistas"19.

Crímenes anunciados

Mucho antes del referendum., el comandante del ejército indonesio en Dili, coronel Tono Suratman, advirtió lo que venía: "Quisiera transmitir lo siguiente: si ganan los independentistas, todo será destruido (…) va a ser peor que hace 23 años"20. Un documento militar de comienzos de mayo, cuando se alcanzó un acuerdo internacional sobre el referendum, ordenaba "perpetrar las matanzas de aldea en aldea tras el anuncio del resultado electoral si ganan los pro independentistas" . El movimiento independentista "debe ser eliminado desde su liderazgo a sus raíces" . Mencionando fuentes diplomáticas, de la iglesia y milicias, la prensa australiana informó que "se acumulan cientos de rifles de asalto modernos, granadas y morteros, listos para usarse si en el referendum se rechaza la opción de autonomía" . Advertía que las milicias dirigidas por el ejército podían estar planeando una violenta toma de buena parte del territorio si a pesar del terror la población insistía en manifestarse21. Los "amigos extranjeros" , que sabían cómo poner fin al terror, entendieron muy bien todo esto, pero prefirieron reacciones evasivas y ambiguas, que los generales indonesios pudieran interpretar fácilmente como "luz verde" para cumplir su tarea.

Esta sórdida historia se recorta sobre el telón de fondo de las relaciones entre EE.UU. e Indonesia en la era de la posguerra22. Los ricos recursos del archipiélago y su ubicación estratégica le garantizan un rol central en la planificación global estadounidense. Por eso EE.UU. lleva 40 años tratando de desmantelar a una Indonesia lo bastante independiente como para permitir la participación de un Partido Comunista de base campesina. Los mismos factores explican el apoyo occidental a los asesinos y torturadores que impusieron en 1965 "una orientación favorable" . Además, sus logros se interpretaron como una reivindicación de las guerras de Washington en Indochina, motivadas en buena parte por la preocupación de que el "virus" del nacionalismo independiente pudiera "infectar" a Indonesia, para usar los términos de Henry Kissinger.

Un análisis más amplio debiera atender al hecho de que el colapso del imperio portugués tuvo las mismas consecuencias en Africa, donde Sudáfrica fue el agente del terror avalado por Occidente. En todas partes se invocaron los pretextos de la guerra fría, un oportuno disfraz para acciones infames, especialmente en el sudeste asiático.

Ahora debiéramos hacer a un lado la mitología y afrontar las causas y consecuencias de nuestros actos, no solamente en Timor oriental. En ese atormentado rincón del mundo todavía hay tiempo, aunque muy poco, para evitar que se consume una de las tragedias más atroces de este siglo.

  1. Informe de la Mision del Consejo de Seguridad a Yakarta y Dili, 8 al 12-9-99.
  2. The New York Times, Op-Ed, 15-9-99.
  3. Boston Globe, 15-9-99.
  4. Benedict Anderson, testimonio ante el cuarto comité de la Asamblea General de la ONU, 20-10-80. Véase también Noam Chomsky, Toward a new cold war, Pantheon, New York, 1982 y N.Chomsky y Edward Herman, The Political Economy of Human Rights, Boston, South End, 1979.
  5. AP Online, 8-9-99.
  6. Para revisión y fuentes véase N.Chomsky, Year 501, Boston, South End, 1993.
  7. The Nation, 27-9-99.
  8. The New York Times, 14-9-99.
  9. Financial Times, 8-9-99; Christian Science Monitor, 14-9-99.
  10. El vocero del Departamento de Estado James Foley, citado en Sydney Morning Herald, 25-8-99. Declaraciones del secretario estadounidense de defensa William Cohen, 8-9-99.
  11. Elizabeth Becker y Philip Shenon, The New York Times, 9-9-1999. The Washington Post, 9-9-99.
  12. Australian Financial Review, 13-9-99.
  13. Daniel Patrick Moynihan y Suzanne Weaver, A Dangerous Place, Little Brown, Boston, 1978.
  14. W.R.Louis, Imperialism at bay: the United States and the Decolonization of the British Empire, 1941-45. New York, Oxford University Press, 1978.
  15. The Washington Post, 5-9-99.
  16. The New York Times, 13-9-99.
  17. "How Indonesia Plotted to Wipe out East Timor" , The Observer, Londres, 13-9-99.
  18. The New York Times, 13-9-99.
  19. Sydney Morning Herald, 8-7-99.
  20. Australian Financial Review, 14-8-99.
  21. Sydney Morning Herald, 26-7-99.
  22. N. Chomsky, "L´Indonesie, atout maître du jeu américain" , Le Monde diplomatique, junio 1998.
Autor/es Noam Chomsky
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 4 - Octubre 1999
Páginas:1, 30, 31
Temas Conflictos Armados, Movimientos de Liberación, Genocidio, Minorías, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Justicia Internacional, Geopolítica, Políticas Locales
Países Estados Unidos, Australia, Sudáfrica, Nicaragua, Indonesia, Timor Oriental, Vietnam, Francia