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Nuevas reglas y nuevo paisaje político en UruguayLas elecciones presidenciales uruguayas están marcadas por la emergencia de una poderosa fuerza de centroizquierda, el Encuentro Progresista-Frente Amplio, que muy posiblemente dispute la segunda vuelta electoral. Mientras tanto, la participación política de la mujer sigue estando por debajo de otros índices del país y es una de las más bajas de América Latina.La campaña electoral de 1999-2000 está marcada fundamentalmente por dos aspectos: uno institucional, derivado de los cambios electorales incorporados por la reforma constitucional aprobada en 1996, que entra en vigencia en este período; otro político, vinculado a la consolidación del sistema de tres partidos mayoritarios con la casi segura participación de la izquierda en la segunda vuelta. Entre los aspectos institucionales más innovadores para el sistema electoral uruguayo incorporados por la reforma, hay que destacar: •elecciones internas obligatorias para los partidos políticos como inicio del período electoral, realizadas el 25-4-99. •definición de una candidatura única a la presidencia por partido, surgida de las internas de abril. •elecciones nacionales generales en octubre, con un sistema de representación proporcional para bancas de senadores y diputados. •sistema de elección presidencial de mayoría absoluta, lo que implica, por primera vez en el país, la figura del balotaje o segunda vuelta (en noviembre) entre los dos candidatos presidenciales más votados. •elecciones departamentales separadas en el tiempo, previstas para mayo del año 2000. Pero esta reforma es fundacional también en relación a la cultura política de los uruguayos, ya que tanto supone transformaciones en las prácticas de los partidos frente al nuevo escenario, como en el comportamiento ciudadano. En este marco y hasta ahora, los resultados y la práctica política posterior a las internas partidarias indican algunos perfiles de la campaña: • consolidación de un escenario nacional con tres partidos competitivos, con la izquierda (Encuentro Progresista), ubicada en segundo lugar en las encuestas. • polarización de la competencia electoral entre dos tendencias mayoritarias con una segura resolución a través del balotaje (probablemente entre el Encuentro Progresista y el Partido Colorado). • necesidad de gobierno de coalición para garantizar una gestión que, gane quien gane, produce un presidente electo mayoritariamente, pero con minoría parlamentaria. • consolidación de dos familias ideológicas (esquemáticamente, derecha/izquierda), lo que hará más permeable el escenario político futuro del país. • liderazgos fuertemente centralizados; escenarios intrapartidarios también polarizados, con diversos perfiles de disidencia interna que tienden a realinearse en los polos y cuyos efectos de disidencias, realineamientos, indisciplinas y articulaciones de nuevos liderazgos se expresan en la competencia electoral a nivel de diputados, que en Uruguay son de circunscripción departamental. Las mujeres en la campañaLa lectura de la campaña recién comienza. Desde una perspectiva de género, se ha optado por una estrategia de análisis que combina los "temas de la agenda electoral" con la lectura de los "comportamientos políticos" de los y las protagonistas. Los niveles de participación política de la mujer en el Uruguay constituyen una "anomalía" (según la expresión de la politóloga Constanza Moreira) del sistema político uruguayo, que desafía las hipótesis sobre su grado de integración como sistema. Mientras que Uruguay ocupa un publicitado puesto 38 en el Indice de Desarrollo Humano (IDH) y los porcentajes relativos a "Mujeres en puestos ejecutivos y administrativos" y "Mujeres en puestos profesionales y técnicos" corresponden a los de los países de alto desarrollo humano, el promedio de mujeres que ocupa bancas parlamentarias se sitúa en una relación negativa de dos a uno en relación con los países de alto índice de desarrollo (de 14,1% a 7%). La clasificación mundial de Mujeres en el Parlamento de la Unión Interparlamentaria, ubica a Uruguay en el puesto 66, lo que comparado con la buena performance en materia de "capacidades básicas" de las mujeres (educación y salud) que es lo que el IDH mide, expresa un desfasaje significativo. Con la excepción de Brasil, Bolivia y Venezuela, el resto de los países de América Latina tiene una participación femenina más alta que en el Uruguay. En los organismos de dirección político-partidaria la participación de las mujeres parece seguir la tendencia histórica: menor índice de inserción cuanto mayor es la relevancia del organismo de dirección. Sin embargo, existen diferencias importantes entre los partidos, lo que permite suponer distintos grados de permeabilidad de cada uno de ellos. La campaña tiene pocas figuras femeninas visibles y de muy distinto nivel de protagonismo. La más destacada es la de la esposa del ex presidente y actual candidato por el Partido Nacional Luis Alber- to Lacalle, Julia Pou, el "fenómeno Julita" según los medios, que constituye uno de los pocos rasgos innovadores de la campaña. Su figura surge con el fin de aumentar el caudal del candidato, pero intenta marcar un protagonismo propio con "una nueva forma de hacer política" como ella misma afirma. Tanto la cuestión de género como la generacional requieren de un fuerte liderazgo, capaz de confrontarse exitosamente con la estructura tradicional del partido. La figura de Julia Pou opera como un elemento aglutinador y capaz (personal y políticamente) de tender puentes entre diversas perspectivas. Se suman en ella legitimidades que provienen de diversas fuentes: el hecho de ser la esposa del ex-presidente de la República; su gestión en la presidencia de Acción Solidaria, que le otorga un perfil ejecutivo y de asistencialismo y su propio carisma personal. Aun así, ha sido objeto de confrontaciones y polémicas que demuestran que en política los espacios no se regalan ni se conceden fácilmente. Un discurso conservadorOtras mujeres adquieren protagonismo público más por su gestión técnica en el ámbito del ejecutivo que por su adscripción partidaria; es el caso de Milka Barbato en el Partido Colorado, joven economista y presidenta de la Corporación Nacional para el Desarrollo. En la izquierda, sólo una de las candidatas más visibles tiene una reconocida militancia feminista: Margarita Percovich, candidata al senado y diputados por la Vertiente Artiguista, actual edila en la Junta Departamental de Montevideo. El perfil de la campaña contribuye a hacer más difícil la participación de las mujeres. La centralización de la política y personalización de la contienda, evidenciada en este período, restringe sus oportunidades de competir con éxito, tanto en sus partidos como en el escenario público y mediático; las llamadas "listas grandes" cierran el paso a nuevos liderazgos emergentes (mujeres en particular, pero también masculinos); la competencia por los cargos, ante la eliminación de la ley de lemas para diputados, es más cruel que antes y esto afecta las probabilidades de las mujeres de ser electas o propuestas. La agenda electoral pone en juego dos planos del discurso político, uno manifiesto y otro latente. El discurso manifiesto de los candidatos coincide en abordar dos grandes áreas de preocupaciones: la pobreza y la familia como núcleo central responsable de la reproducción social. El discurso latente en todos los candidaros deja entrever concepciones de mujer, de derechos, de roles socialmente asignados y concepciones de familia con un perfil que podríamos considerar "conservador" . La elección se resuelve en función del voto de los indecisos y todos los candidatos están apostando a conquistarlos con un discurso de centro. En este contexto, el debate sobre los derechos de ciudadanía parece que deberá esperar, en la mejor de las hipótesis, a la "segunda vuelta" , cuando los candidatos necesiten diferenciarse, siempre que la ciudadanía los obligue a hacerlo.
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