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La desigualdad, enemiga cabal del crecimientoLas políticas económicas aplicadas en los últimos veinte años en América Latina han acrecentado las desigualdades ya existentes, al punto de convertirla en la región "más desigual del mundo" . Se trata de millones de personas cuya vida está signada por la inequidad económica y social, que afecta su circunstancia familiar, laboral y psicológica. Pero la inequidad no es sólo un problema moral, sino también un factor de atraso, un freno al desarrollo.América Latina es unánimemente considerada la región más desigual del planeta. El 5% más rico de la población recibe el 25% del ingreso, contra el 13% en los países desarrollados. Del otro lado de la escala el 30% más pobre de los latinoamericanos recibe el 7,5%. En los países desarrollados, el 13%. Las cifras de la región son peores aún a las de Africa (24% y 10,5%, respectivamente). El tema no puede seguir siendo marginado, o tomado como una curiosidad, ya que una oleada de investigaciones indica que la inequidad es un obstáculo fundamental para el desarrollo. Además de sus enormes efectos regresivos sobre el perfil de sociedad y de su conflicto en múltiples planos con la ética, es ineficiente en términos macroeconómicos. Se ha constatado que reduce el ahorro nacional, estrecha el mercado interno, atenta contra la formación de capital humano, debilita la gobernabilidad democrática, afecta la productividad e incide fuertemente en el aumento de la pobreza. En la región más desigual de todas causa, lisa y llanamente, estragos. Las investigaciones internacionales consideran a América latina como "el antiejemplo ideal" . Una región con tantas potencialidades en términos de recursos naturales, materias primas estratégicas, fuentes de energía baratas, ubicación geoeconómica, tiene como contraparte cerca del 50% de la población por debajo del nivel de pobreza e indicadores sociales deprimentes, en un marco de creciente desigualdad. El coeficiente de Gini (utilizado para medir la desigualdad en los ingresos) latinoamericano es el peor del planeta. El de los países más equitativos del mundo, como los nórdicos, está en 0,25, el promedio mundial en 0,40, el de América Latina se estima en 0,57. Brasil tiene uno de los peores coeficientes Gini del mundo. México presenta elevadas polarizaciones sociales y brechas amplísimas entre zonas rurales y urbanas. Su coeficiente de Gini viene ascendiendo continuamente desde 1984. A esto se suman otras inequidades muy relevantes, por ejemplo en los activos productivos o el acceso al crédito. El Gini de la tierra en la región es 0,78. Las empresas medianas y pequeñas, abrumadora mayoría, sólo acceden al 5% del crédito. También existe una severísima desigualdad en cuanto al acceso a la educación. Los jefes de hogar del 10% más rico de la población alcanzan 11,3 años de escolaridad, los del 30% más pobre, siete años menos. En Argentina, según indican las estadísticas oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), el 20% más rico de la población tiene el 53,2% del ingreso nacional, y el 20% más pobre el 4,2%. Usualmente se trata de relativizar estas dramáticas cifras argumentando que siempre fue así en la región. Esto no es cierto. El problema se ha agudizado severamente en las dos últimas décadas. Estimaciones econométricas recientes atribuyen a la desigualdad la mitad del aumento de la pobreza en la región en ese período1. La investigación de las causas de la escalada de la desigualdad debe profundizarse pero diversos análisis coinciden en sus conclusiones. Según Albert Berry, de la Universidad de Toronto, Canadá, "la mayoría de los países latinoamericanos que han introducido reformas económicas promercado en el curso de las dos últimas décadas ha sufrido también serios incrementos en la desigualdad. Esta coincidencia sistemática en el tiempo de los dos eventos, sugiere que las reformas han sido una de las causas del empeoramiento de la distribución" . Este especialista estima que junto con las reformas se produjo un aumento del coeficiente de Gini de 5 a 10 puntos. Oscar Altimir, de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), sostiene que "hay bases para suponer que la nueva modalidad de funcionamiento y las nuevas reglas de política pública de estas economías pueden implicar mayores desigualdades de ingreso" . Para la Comisión Latinoamericana y del Caribe sobre el Desarrollo Social, presidida por el ex presidente de Chile Patricio Aylwin, "los procesos de ajuste y reestructuración de los años 80 acentuaron la concentración del ingreso y elevaron los niveles absolutos y relativos de la pobreza"2. Desigualdad y capital socialEra el "capital olvidado" . Ahora es objeto de intensas investigaciones. A partir de los estudios de Robert Putnam y James Coleman, que demostraron su existencia, el capital social se ha convertido en una de las áreas más indagadas de la ciencia social. ¿En qué consiste? Básicamente se verificó y midió que ciertos "intangibles" de una sociedad tienen un fuerte peso en el desarrollo económico y la estabilidad política. El capital social está compuesto por factores como el clima de confianza entre los actores sociales, el grado de asociatividad (la capacidad de la sociedad de generar asociaciones, concertaciones, sinergias), el nivel de "conciencia cívica" , de actitudes y conductas en favor de las metas colectivas, la cultura y los valores éticos. Numerosos estudios indican que hay correlación entre esas variables y el crecimiento económico de mediano y largo plazo. El Premio Nobel de Economía Amartya Sen postula que "los valores éticos de los empresarios y de los profesionales de una sociedad son parte de sus recursos productivos"3. Si esos valores son positivos favorecerán el desarrollo, si son negativos, como la proclividad a la corrupción, lo dificultan fuertemente. Hoy se plantea la pregunta: ¿cómo construir capital social? Hay sociedades con altos niveles de movilización, como Noruega, que ha creado una Comisión Nacional de Valores Eticos para discutir los desafíos éticos de la sociedad en cada municipio y en cada aula. O Israel, donde un 25% de la población realiza trabajos voluntarios, principalmente en áreas sociales, generando el 8% del Producto Bruto Nacional. La desigualdad destruye el "capital social" . Afecta fuertemente el clima de confianza interno en la sociedad, según han demostrado estadísticamente Stephan Knack y Philip Kieffer, entre otros4. Lleva al retraimiento social perjudicando la asociatividad. Atenta contra la conciencia cívica, por cuanto genera pérdida de credibilidad en las autoridades y en las instituciones, e impulsa comportamientos individualistas. Es conflictiva con la educación hacia valores éticos solidarios. En América Latina está dañando cotidianamente el capital social. Así la encuesta LatinoBarómetro indica que en toda la región más del 75% de las personas son conscientes del alto grado de desigualdad, lo padecen. Ello parece estar incidiendo en el bajo nivel de confianza interno entre los actores sociales y el marcado descreimiento hacia las instituciones y los partidos políticos en diversos países. La desigualdad está influyendo de manera negativa en la familia -un componente central del capital social de un país-donde se forjan las bases de conductas asociativas, conciencia cívica y valores. Nuevas investigaciones sobre la familia la están redescubriendo como un poderoso factor de desarrollo, lo que se suma a sus vitales funciones espirituales y afectivas. Tiene efectos directos sobre el rendimiento educativo de los niños, hecho estrechamente correlacionado con el grado de organicidad de la familia, el capital educativo que los padres aportan a los hijos, el tiempo que dedican a seguir sus estudios y el nivel de hacinamiento de la vivienda. La familia incide, asimismo, sobre las capacidades crítico-creativas5, la inteligencia emocional y la adquisición de una conducta de salud preventiva. Es una de las más eficientes redes de protección social. La pobreza y la desigualdad están erosionando la unidad familiar en América Latina. Más del 20% de las familias, en su gran mayoría pobres, sólo tiene la madre al frente. El estrés socioeconómico agudo que sufren los sectores humildes y amplios sectores de las clases medias está incidiendo en la destrucción de familias, y la renuencia a formarla, en el aumento de hijos extramatrimoniales y de la violencia doméstica. La desigualdad determina múltiples condiciones diferenciales en cuanto a las "oportunidades" para formar familias normales, que van desde la posibilidad de acceder a una vivienda, hasta la de tener trabajo estable para sustentar las necesidades básicas. La inequidad impacta duramente en la salud pública latinoamericana. Afecta el clima de confianza, tensa las relaciones interpersonales, destruye la cohesión social y deteriora, en definitiva, la calidad de la salud personal y la esperanza de vida posible. Junto a esos efectos, los niveles de desigualdad latinoamericanos tienen una fuerte presencia en otros factores de riesgo básicos para la salud pública. El acceso a bienes básicos para la salud es totalmente diferenciado: 130 millones de latinoamericanos no tienen agua potable. Por otra parte el costo del agua para los pobres es mucho mayor que para los otros estratos sociales. En Lima, una familia pobre paga a los vendedores de agua 3 dólares por metro cúbico, 20 veces más que lo que una familia de clase media paga por el agua que consume en su casa6. Amplios sectores pobres carecen de acceso a electricidad e instalaciones sanitarias; 160 millones no tienen acceso consistente a servicios de salud: se hallan en "indigencia médica" . A todo esto deben sumarse las carencias alimentarias. El informe de la Comisión Aylwin estima que el 41% de la población padece de algún grado de desnutrición. OPS-CEPAL observan "en casi todos los países un incremento en enfermedades no transmisibles crónicas asociadas con alimentación y nutrición" y destacan que "las medidas de ajuste implementadas por los países han afectado la disponibilidad nacional de alimentos y han tenido repercusiones negativas sobre el poder de compra de los grupos más pobres"7. Todos estos factores de inequidad influyen en las agudas brechas de salud. Mientras en Costa Rica la esperanza de vida es de 76,3 años, en Haití sólo llega a 56,6 y en Bolivia a 59,3. En tanto que Costa Rica redujo la mortalidad infantil a 13 por mil, en Brasil es de 57,7, en Perú 55,5, en Nicaragua 52,3. En la región 2.250.000 madres pobres dan a luz sin asistencia médica de ningún tipo. La mortalidad materna, inferior a 28 por 100.000 en Costa Rica, sube a 97 en Guatemala, se estima en 286 en barrios marginales de Lima, y en 414 en comunidades mapuches. Es hora de reaccionar¿Cómo enfrentar la desigualdad? El pensamiento económico ortodoxo tiene una visión sobre el problema. En el denominado "modelo del derrame" que ha preconizado desde los 80, todos los esfuerzos deben ponerse en ajustar y crecer, puesto que luego el crecimiento se derramará sobre los sectores pobres, que dejarán de serlo. En la primera etapa habrá aumento de la desigualdad, pero luego también ella se irá estrechando cada vez más. Pero según los estudios sobre desarrollo humano de Naciones Unidas en más de 130 países, no hay ningún caso donde esto haya funcionado así. El crecimiento, desde ya imprescindible, no soluciona por sí mismo la pobreza. Puede no llegar a los pobres, y ello ha sucedido con frecuencia. Con altos niveles de inequidad como los latinoamericanos, la pobreza se hace inelástica al crecimiento. Por otra parte, la experiencia histórica comparada evidencia que la desigualdad no se reduce sola, tiende a tener sus propios mecanismos reproductores. El modelo del derrame ha conducido normalmente a grados de desigualdad crecientes y a más pobreza. Amartya Sen sugiere que el aumento del Producto Bruto per capita no implica mecánicamente mayor bienestar para la población. Hay otras condiciones muy influyentes, como el grado de equidad y el nivel de universalidad y de calidad de los servicios de salud, educación, agua, saneamiento y otros servicios básicos. Ello explica por qué países con un producto bruto per capita mucho menor que otros tienen mejor esperanza de vida. Es el caso de países como Sri Lanka, Costa Rica, y el Estado de Kerala en la India, en donde la gente vive más años que en países con un per capita muy superior como Brasil, Sudáfrica y Gabón. Hay diferencias muy importantes en la equidad y la organización social de unos y otros8. En la experiencia histórica internacional de las últimas décadas, la mejor equidad aparece claramente como una clave para potenciar el crecimiento económico, enfrentar la pobreza y crear democracias estables. Algunos de los países con mejores resultados de largo plazo del mundo en materia económica, social y tecnológica tienen, al mismo tiempo, buenos índices de equidad, que han protegido cuidadosamente. Es el caso, entre otros, de Noruega, Suecia, Dinamarca y Holanda. En todos ellos se han dado grandes pactos sociales sobre variables fundamentales para la equidad, como los salarios, los sistemas fiscales, la universalización de la educación y salud de buena calidad y políticas públicas activas. En América Latina se impone poner en el centro del debate público el tema de la desigualdad, investigar sistemáticamente sus consecuencias y buscar políticas para enfrentarla. Deberán atacarse los diversos órdenes de inequidad: ingresos, activos, créditos, educación y otros. De lo contrario, la inequidad seguirá destruyendo capital social, generando brechas crecientes en salud pública y conformando una sociedad cada vez más desintegrada socialmente, con vastos sectores de la población excluidos del trabajo, la cultura y del mismo mercado9. La exclusión no es marginalidad, va más lejos, son personas que están "afuera" de todo, como señaló Ernesto Sábato10. La inequidad no es un hecho de la naturaleza, un fenómeno inevitable. Resumiendo muchos resultados de investigaciones recientes, Klaus Deininger y Lyn Squire señalan: "Más que estar gobernada por una ley histórica inamovible, la evolución del ingreso y la desigualdad es afectada por las condiciones iniciales y las políticas posibles"11. ¿Dejaremos que la inequidad siga avanzando silenciosamente en la región, o generaremos desde la democracia un gran movimiento de opinión y amplias concertaciones sociales que obliguen a discutirla y encararla a fondo?.
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