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Privatización de la violencia pública

El terror a gran escala ejercido por el ejército indonesio contra los timorenses, en connivencia con organismos paramilitares, se inscribe en su rol fundacional de policía política, que desempeña especialmente desde 1982, integrando delincuentes a sueldo a las fuerzas de seguridad y creando cuerpos de elite desprovistos de toda ética marcial.

Ante la comprobada connivencia entre ciertos elementos de las fuerzas armadas indonesias y las milicias antiindependentistas en Timor Oriental, la sorpresa de los observadores internacionales resulta asombrosa. Porque el ejército indonesio nunca funcionó de acuerdo con el modelo de las tropas regulares occidentales. Extrae su legitimidad histórica de su propia participación en la lucha por la independencia (1945-1949) y puesto que se quiere o se pretende "ejército del pueblo" , se propone defender a la Nación contra cualquier amenaza, tanto interna como externa. La teoría de la doble función (dwifungsi), asigna en efecto un rol de policía interior a las fuerzas armadas y, en muchos aspectos, una función de informante político, reservada en cualquier otra parte a organismos especializados.

Surgido del pueblo, el ejército protege de sus enemigos a la Nación: tal es el catecismo de las Akabri, academias militares indonesias. En el período 1965-1966, las purgas anticomunistas, que provocaron casi un millón de víctimas, fueron pensadas como una "operación quirúrgica" destinada a vaciar el absceso de una ideología considerada como un cuerpo extraño de la Nación. En 1983, cuando la policía y el ejército decidieron dar muerte a varios miles de pequeños delincuentes de Java y exponer sus cadáveres en el linde de los pueblos, el presidente Suharto definió a la operación como una terapia de choque (shock therapy), en nombre de un eugenismo social1.

La perspectiva militar de la nación indonesia excluye de la comunidad ciudadana a todos aquellos, disidentes políticos o grupos marginales, que no aceptan dócilmente la verdad fundamental del régimen del Nuevo Orden. Es simple: sólo el Estado detenta la Verdad, y en consecuencia sólo él posee y ejerce el poder de matar2. Comunistas, pequeños criminales, militantes independentistas de Aceh (norte de Sumatra) o de Timor Oriental : todos son considerados como agentes infecciosos que contaminan el sano organismo de la nación. Su erradicación no plantea más problemas morales que el exterminio de un insecto parasitario. ¿Acaso en el período 1965-66 no se llamaba "piojos" a los comunistas? Este eugenismo político implica que las fuerzas armadas se consideran a sí mismas como el sistema inmunitario de la nación. En tanto tales, no pueden dividirse. Ningún oficial de alto rango consentirá nunca en admitir públicamente un conflicto de facciones.

Pero esto no es más que doctrina y los hechos en nada corroboran la imagen de una entidad monolítica, impermeable a los intereses sectoriales o a las dinámicas regionalistas. La historia íntegra del ejército indonesio, desde su creación mediante el reagrupamiento de guerrilleros a fines de la década del ´40, fue la de un enfrentamiento, frecuentemente violento, entre el estado mayor de Yakarta preocupado por implementar un aparato de control unificado y mandos militares regionales deseosos de ver acrecentarse su autonomía.

En los ´50, esta tensión interna culminó con la abierta rebelión de varios mandos regionales en contra del general Nasution3. En los ´80 y a principios de los ´90, las discrepancias entre la facción islamizante (los Verdes) y la facción republicana (los Rojo y Blanco, colores de la bandera nacional) también provocaron violentas fricciones4. Por otro lado, las fuerzas armadas nunca fueron insensibles a las exigencias y oportunidades de su entorno inmediato. En el sistema nepotista instituido en 1965, también los militares tuvieron su lugar. Establecieron lazos estrechos con el mundo de la especulación, participando en fundaciones y en los consejos de administración de varios grandes bancos, compañias de seguros y sociedades nacionales de inversión5.

Los militares se insertaron así tanto en el mundo político como en el sector económico. No se trata de desviaciones individuales respecto de una norma de probidad y de neutralidad sino, por el contrario, de la consecuencia lógica de las doctrinas mediante las cuales las fuerzas armadas perciben y justifican su misión histórica.

También hay que recordar que la connivencia entre tropas regulares y milicias no constituye un hecho inédito. La delegación del poder de matar por parte del Estado a manos privadas tiene una larga historia en el Nuevo Orden6. Por ejemplo, una organización juvenil llamada Pemuda Pancasila, creada en 1959 para defender a los Pancasila (los cinco pilares del Estados decretados por Sukarno), fue aprovechada desde 1982 por el Coronel Suharto para contribuir a la "preparación" de las supuestas campañas electorales quinquenales7. Los Pemuda Pancasila se convirtieron rapidamente en una asociación de pequeños criminales notorios, que jugaron el papel de "personas influyentes" para la Presidencia. Ellos orquestaron la mayoría de los enfrentamientos callejeros en mayo y noviembre de 19988.

El hecho de recurrir a milicias privadas para garantizar la seguridad pública fue legitimado. en los más altos niveles, por una serie de decretos de 1998 que instituyeron el Sistema de Seguridad Civil (Siskamling), bajo control de la Comandancia para la Restauración del Orden y la seguridad (Kopkamtib), creada en 1965 y entonces dirigida por Suharto. La finalidad del Siskamling consistía en recuperar para las fuerzas armadas y la policía las asociaciones voluntarias de defensa que, en general, no eran otra cosa que pandillas de jóvenes delincuentes que ofrecían sus servicios al mejor postor9. En otros términos, el Siskamling oficializó la integración de pandillas criminales dentro del aparato de seguridad pública del Estado.

Los hansip y los sat-pam, unidades de seguridad asignadas a la vigilancia de los edificios públicos y privados, incorporaron batallones de chicos malos (los jago), expertos en artes marciales y en extorsiones, que se iniciaron como matones a sueldo de los proxenetas del barrio rojo de Surabaya, o bien más modestamente en las aldeas, que difícilmente lograban expulsarlos. En el curso de las décadas del ´80 y del ´90, fueron estos criminales de poca monta, integrantes de Pemuda Pancasila o de sat-pam, los que garantizaron por cuenta del Nuevo Orden el trabajo sucio de intimidación y de denuncia. Su cooperación con la policía y con el ejército fue tal que los más prometedores de entre ellos integraron los Comandos antimotines (Pasu-kan Anti Huru-Hara o PHH), encargados de aplastar las rebeliones urbanas.

Esta privatización del ejercicio de la violencia pública se vio acompañada por un fenómeno aún más preocupante: la creación de cuerpos de elite, particularmente violentos, libres de ignorar toda ética marcial. Los Comandos de Operaciones Especiales (Kopassus) no aplican el Código del Soldado llevan a cabo un operativo de "contra-guerrilla" . Los 12.000 hombres de Kopassus provienen de un célebre cuerpo del ejército indonesio, la División Siliwangi de Java del Oeste. Incluyen un destacamento antiterrorista, con base en Cijantung. En los años ´80 y ´90, bajo la dirección del comandante Prabowo Subianto, yerno de Suharto, se convirtieron en auténticos profesionales de la desinformación o "guerra psicológica".

Entrenados por Estados Unidos y vinculados con antiguos oficiales del Special Action Service (SAS) británico y con la compañia sudafricana de mercenarios Executive Outcomes10, los Kopassus participaron de la mayoría de las campañas represivas en Timor Oriental, en Irian Jaya y en Aceh, al norte de Sumatra. En junio de 1998, el comandante Prabowo fue destituido, aunque no castigado, por haber reconocido su participación en una serie de secuestros de militantes sindicales y de activistas estudiantiles, que fueron torturados durante semanas11. La misión del destacamento 81, que en 1980 contaba con 350 hombres, consistía en infiltrarse en los movimientos independentistas, desplegando para ello pequeñas unidades vestidas de civil, encargadas de instalar focos locales de contraguerrilla. En el curso de los años 90 sus hombres fueron destinados a las unidades 4 y 5 de los Kopassus.

Desde la caída de Suharto, los Kopassus, que sólo responden a sus jefes directos, se opusieron con frecuencia al general Wiranto, ministro de Defensa, a quien reprochan su "flexibilidad" en Timor Oriental y en Aceh. Ultimamente, los boinas rojas (distintivo de los Kopassus) desfilaron a las puertas mismas del palacio presidencial, en señal de protesta contra el abandono de Timor. Acusados por varias organizaciones no gubernamentales de defensa de los derechos humanos por violaciones colectivas en Irian Jaya, los Kopassus están actualmente a la defensiva. Pero no es de ningún modo seguro que el general Wiranto conserve el control sobre ellos.

En consecuencia, el drama timorense pone en evidencia una serie de disfunciones patológicas dentro de las fuerzas armadas indonesias, que marcaron toda la historia de las relaciones entre el poder civil y el mando militar en Indonesia. Para evitar que Timor Oriental se hunda nuevamente en el terror, pero sobre todo para evitar que se repitan atrocidades parecidas en Aceh, donde la guerra civil arrecia, el ejército indonesio debería renunciar a su misión de policía política. Además, debería recobrar el control de sus unidades de elite. Y, por qué no, disolverlas, para favorecer su reintegración dentro de las tropas regulares y así acelerar una necesaria profesionalización. Lo que no es para nada evidente, considerando su grado de autonomía respecto al estado mayor de Yakarta.

  1. Justus Van der Kroef, "Petrus: Patterns of Prophylactics Murder in Indonesia" , Asian Survey, Volumen 25, Nº7, Canberra, julio 1985.
  2. James Siegel, A New Criminal Type in Jakarta. Counter-Revolution Today, Duke University Press, Durham, 1998.
  3. Harold Crouch, The Army and Politics in Indonesia, Ithaca, Cornell University Press, Ithaca, 1978.
  4. André Feillard, Islam et armée dans l´Indonésie contemporaine, L´Harmattann/Archipel, París, 1995.
  5. Estos vínculos fueron descriptos en: Richard Robison, Indonesia: The Rise of Capital, Allen & Unwin, Sydney, 1986.
  6. Richard Banegas: "De la guerre au nouveau business mercenaire" , Critique Internationale, Nº1, París, otoño de 1998, y Béatrice Hibou: "De la privatisation des économies à la privatisation des Etats" , en B. Hibou La privatisation des Etats, Karthala, París, 1999.
  7. Los Pancasila: creencia en un Dios único; una humanidad justa y civilizada; la unidad de Indonesia; la democracia guiada por la sabiduría del consenso; la justicia social para todos.
  8. Loren Ryter: "Pemuda Pancasila: The Last Loyalist Free Men of Suharto´s Order" , Indonesia, Nº66, Ithaca, octubre de 1998.
  9. Joshua Baker: "State of Fear: Controlling the Criminal Contagion in Suharto´s New Order" , Indonesia, Nº66, octubre de 1998.
  10. Yves Goulet: "Executive Oucomes: Mixing Business with Bullets" , Jane´s Intelligence Review, septiembre de 1997. The Washington Post, 23-5-98, y Allan Nairn, "Indonesia´s Disappeared" , The Nation, Sydney, 8-6-98. The Australian, Sydney, 30-10-98. Robert Lowry, The Armed Forces of Indonesia, Allen and Unwin, Sydney, 1996.
  11. Los hechos fueron relatados por Pius Lustrilanang en el periódico Kompas, Yakarta, en junio de 1998.
Autor/es Romain Bertrand
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 4 - Octubre 1999
Páginas:32, 33
Traducción Dominique Guthmann
Temas Conflictos Armados, Minorías, Privatizaciones, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales, Seguridad
Países Estados Unidos, Indonesia, Timor Oriental