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Clamor por el cambio

En apenas un año, el gobierno presidido por Fernando de la Rúa sufrió una grave crisis interna que acabó en la renuncia de su Vicepresidente y la modificación del gabinete; enfrentó huelgas y asistió impotente al aumento de los desórdenes y protestas sociales; perdió casi por completo la confianza de sus electores y totalmente el crédito del conjunto de la ciudadanía. Como colofón, sobre el final del fatídico año 2000 se ahondaron las grietas en el oficialismo y comenzó a dibujarse con nitidez una fuerte oposición social y política liderada nada menos que por la Iglesia católica, un hecho de especial significación en Argentina (ver páginas siguientes).

En situaciones de crisis, esto es normal. Cualquiera sea el camino elegido, los "costos" provocan rechazo hasta que aparecen los primeros resultados. Pero este descrédito no es sólo cuantitativo ni circunstancial, sino profundo. Los reclamos no apuntan al gobierno, sino al modelo neoliberal, que aquél ha asumido encarnar. La oposición no es esencialmente política en el sentido noble del término (puesto que allí se percibe el oportunismo de muchos personajes que avalaron la gestión anterior e incluso a la dictadura militar) sino social y, por último, las propuestas alternativas no están cargadas de retórica ideológica sino que son, de modo cada vez más preciso, viables sugerencias de cambio de rumbo en el marco democrático1.

Dados sus antecedentes históricos y su vocación natural, si este modelo fuese mínimamente viable la Iglesia no tendría problema alguno en asumir un rol asistencial que desempeña con eficacia y en el que se siente cómoda. Pero al menos un sector mayoritario de su jerarquía parece haber asumido que esta vía conduce al abismo y no está dispuesta a precipitar allí a la institución. Por otra parte, y más allá de cualquier especulación, algunos obispos y muchos sacerdotes se muestran horrorizados por la gravedad y extensión de los sufrimientos humanos que provoca el modelo. Esta actitud calza además con la política vaticana, que manifiesta el mismo tipo de preocupación a escala mundial y cuya máxima autoridad, el Papa Juan Pablo II, critica de manera acerba al neoliberalismo.

Presionados por la realidad y por sus propias bases, los obispos van asumiendo progresiva y objetivamente (es decir, más allá de sus declaraciones de prescindencia), un rol político. Han detectado con precisión que la crisis argentina es mucho más que económica: "Cuando los obispos argentinos hablamos de "crisis moral" nos estamos refiriendo a esta cuestión. Si la dirigencia argentina no pone signos que la hagan creíble, difícilmente las esperanzas humanas de los argentinos encontrarán respuestas adecuadas", afirma uno de ellos2. Y no se refieren sólo ni esencialmente a la corrupción, sino a los estragos del modelo. Otro obispo asocia la condena eclesial al aborto con "la ideología neoliberal, que engendra una situación de muerte para millones de habitantes; muerte infantil a poco de nacer; muerte acelerada a ancianos y muerte lenta a generaciones de jóvenes con salud endeble, etc. ¿No es el "crimen del aborto" para los "ya nacidos"?"3. Y propone negar el sacramento de la comunión… al Presidente, un devoto que concurre a misa hasta en sus breves viajes al extranjero.

Este giro de la Iglesia argentina hacia un compromiso social activo es plausible y alentador, porque se hace cada vez más evidente que las instituciones sociales deben reaccionar, unirse y actuar junto a los ciudadanos para torcer un insensato rumbo de decadencia y desagregación nacional ante el cual la dirigencia política, salvo raras excepciones, se muestra insensible.

Pero al mismo tiempo es preocupante para la República, porque el fenómeno exhibe con crudeza la crisis de representatividad política y el deterioro del conjunto de sus instituciones. Es natural que este gobierno, votado mayoritariamente como alternativa al neoliberalismo especulativo, rentístico y excluyente encarnado por el anterior, haya cosechado en tan poco tiempo una reprobación tan amplia y radical, puesto que nadie, salvo los beneficiarios del modelo, puede sentirse satisfecho de nada. Argentina pertenece al Tercer Mundo y dentro de éste a América Latina, donde las crisis graves no se resuelven en democracia, sino con "salidas" tumultuosas, demagógicas, autoritarias y sangrientas, a las que la Iglesia supo asociarse.

La responsabilidad del gobierno y del conjunto de la dirigencia es entonces grave, porque debe preservar la República y sus instituciones, sin contar con que una debacle económica y social podría arrastrarla. Varios países de la región corren ese peligro.

Y aquí cabe volver al meollo de la cuestión: ¿es posible cambiar de rumbo? La respuesta es más que nunca afirmativa, en primer lugar porque es imprescindible: el reciente "blindaje" otorgado por el FMI y otros organismos internacionales no engaña a nadie, porque sólo sirve para ganar tiempo hasta volver al punto de partida con más deudas y conflictos sociales (ver pág. 9). Pero sobre todo porque un cambio de modelo sólo resultaría viable con un masivo apoyo de la población, puesto que sin dudas sería difícil y costoso. Se trata de un problema político que otros países (Brasil, Malasia…), están encarando con decisión en medio de serias dificultades, pero con esperanza en el porvenir y sin sufrir el "castigo de los mercados"4. El gobierno de la Alianza fue votado para que haga lo que le está reclamando ahora masivamente la sociedad.

Ante un modelo visiblemente agotado y una ciudadanía que clama por el cambio, cualquier líder con dos palmos de frente para la política vería aquí una oportunidad,.

¿Será capaz de verla Fernando de la Rúa, antes de que lo excomulgue el país entero?

  1. Estas propuestas vienen de distintos sectores, incluso de la Alianza en el gobierno. Rodolfo Terragno, "Es la economía, estúpido", Clarín, Buenos Aires, 1-11-00. También Jorge Beinstein, "Argentina puede salir del desastre neoliberal", Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, diciembre 2000; y Manuel Figueroa, "El desconcierto en la sociedad argentina: ¿existen alternativas?", folleto, Buenos Aires, 2000 (libro de próxima aparición), entre muchas otras.
  2. Jorge Casaretto (obispo de San Isidro), "Fiesta de esperanzas", Clarín, Buenos Aires, 22-12-00.
  3. "Durísima crítica de (Jorge) Hesayne a De la Rúa", La Nación, Buenos Aires, 22-11-00 (ver pág. 5).
  4. En un artículo sobre Argentina, el economista Paul Krugman escribe: "es una ironía que Malasia, que supuestamente debería haberse precipitado en la más profunda obscuridad luego de haber impuesto controles a la inversión extranjera hace dos años, no tenga problemas en colocar sus bonos en los mercados mundiales", "The shadow of debt", The New York Times, 22-11-00.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 19 - Enero 2001
Páginas:3
Temas Deuda Externa, Neoliberalismo, Políticas Locales, Iglesia Católica
Países Argentina, Brasil, Malasia