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Luchar por el país y la democracia

"Nos, los representantes del pueblo argentino…". Quien conserve algo del formidable entusiasmo, de la noble esperanza generada por el recitado del preámbulo de la Constitución Nacional con que el candidato Raúl Alfonsín finalizaba los discursos de campaña que lo llevaron a una victoria clamorosa en 1983, que levante la mano. Habrá algunos, con más voluntad que realismo, pero un balance sobrio indica que diecisiete años después y al cabo de tres gobiernos completos y uno a mitad de camino democráticamente electos, Argentina es, en esencia, el país que imaginó y puso en marcha la dictadura militar hace un cuarto de siglo.

Es comprensible que esta afirmación escandalice, pero sería más saludable que doliera y fuese considerada con frialdad. A menos de sostener "una concepción sólo formal, normativa y procedimental de la democracia"1, casi nada en las instituciones de la República o en el comportamiento de los dirigentes y representantes; nada en la política económica permite afirmar que en estos años el diseño económico del ministro de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz se haya alterado; que la participación ciudadana real en los asuntos públicos se haya consolidado; que la corrupción haya disminuído; que las instituciones funcionen; que la seguridad sea mayor.

Todo ha cambiado de forma, pero no de contenido. Si los ciudadanos temían entonces la persecución, el secuestro, la cárcel, la tortura, la muerte y cualquier tipo de exacción por razones políticas a manos de una dictadura omnipotente y omnímoda, hoy las temen por razones varias (entre otras el antisemitismo) desde algunas instituciones del Estado -en particular la policía- y una difusa gama de grupos operativos mafiosos paraestatales o particulares. Las noticias de un día cualquiera alcanzan para probar esto y los ejemplos han sido suministrados en abundancia por este periódico2. No viven en democracia los miles de detenidos "procesados" ad infinitum, ni los hacinados en condiciones infrahumanas, ni los acusados por la policía de crímenes que no cometieron; no viven en democracia los vecinos obligados a pagar peaje para regresar a sus casas; no viven en democracia los millones de ciudadanos con ingresos menores a dos pesos diarios, sometidos al saqueo nocturno de desperdicios; no viven en democracia los jubilados estafados por el Estado, ni las madres cuyos niños mueren de hambre o enfermedades evitables; no viven en democracia quienes deben tolerar la usura oficializada de bancos y prestamistas; ni quienes reclaman inútilmente justicia; ni los que temen dirigirse a las autoridades; ni los jóvenes que… ¿Es necesario continuar la lista?

Al margen de los rituales actos eleccionarios, sólo la libertad de prensa ha sido garantizada, aunque al precio de una constante vigilancia y lucha. El asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, aún no debidamente aclarado, y otros graves atentados e intentonas, bastan para dar una idea de la precariedad de esta conquista3. En cuanto a la libertad de información y de reclamar ante las autoridades, conceptos y derechos más amplios y difusos pero no menos esenciales para la democracia, el proceso de concentración y las privatizaciones en los medios de comunicación, las exorbitantes prerrogativas otorgadas a las compañías de servicios públicos y una burocracia venal e inepta aupada al control de las instituciones y organismos en desmedro de los honestos y capaces, los han convertido poco menos que en papel mojado.

La política de los políticos es luchar por el poder a través de los medios de comunicación y sin contacto con los ciudadanos -como no sea para "salir en la foto"-, al precio que sea y mintiendo o cambiando de opinión de la noche a la mañana a golpe de encuestas. "Viven" además en campaña electoral -dilapidando fondos que nadie sabe de dónde salen- desatendiendo los asuntos públicos o utilizándolos para ese fin. Todo es tan mediocre, deshonesto y esperpéntico que ya no cabe la consabida alusión a las "honrosas excepciones": las cosas han llegado a tal extremo, que tanto en las dirigencias política y sindical o en los tres poderes del Estado, quienes callan ante la sociedad otorgan y devienen por tanto cómplices objetivos.

La política económica ha cristalizado en la especulación financiera más descarada, el endeudamiento y la entrega de los bienes del Estado en condiciones escandalosas al capital mutinacional en detrimento de la producción nacional, que se encuentra al borde de la asfixia (ver pág. 6).

La política social, cultural, educacional, sanitaria, tecnológica y científica (la enumeración es sólo expositiva: todos estos ítems deberían considerarse uno), sencillamente no existe. El empobrecimiento general de la población, la reducción de presupuestos, la falta de planes de mediano y largo plazo, la inepcia, los intereses y la compinchería política han reducido esas áreas a su mínima expresión, convirtiéndolas en caricaturas de sí mismas.

La República Argentina, alguna vez grande y con posibilidades de volver a serlo, ya casi no existe. El futuro está gravemente comprometido y la sociedad destila una nube de negro escepticismo. Este país rico y despoblado sufre la humillación, la vergüenza, de ver a sus hijos hacer cola frente a las embajadas para abandonarlo. Los campos se desertizan o inundan4; las vacas tornan a padecer aftosa por negligencia y cálculo político5: los granos se deprecian en el mercado internacional y encuentran dificultades de colocación por la sobrevaluación del peso, mientras se importan maíz y tomates enlatados; el contrabando masivo -tanto que sería imposible sin la existencia de mafias estatales- arruina a la industria nacional6; a las Fuerzas Armadas pueden cortarles el suministro de agua por falta de pago… Dispersa y por cierto mínima enumeración de absurdos, venalidades, codicias, imprevisiones e incapacidades, cuya guinda es el escándalo por lavado de dinero y evasión que afecta al Banco Central y, sin dudas, a ésta y la anterior administración.

¿Significa esto que debe abandonarse la lucha democrática, toda esperanza? En absoluto, porque sin libertad no hay sistema ni sociedad que funcionen. Sólo significa que debe asumirse que esta democracia es un remedo que lleva al caos y que quienes la representan deben ser combatidos, ignorados, desplazados, reemplazados, juzgados y si corresponde condenados a través de métodos democráticos. Que la sociedad, los ciudadanos, deben encontrar la manera de acabar con esto antes de que cristalice esta larga, penosa, absurda decadencia nacional.

Empieza a haber síntomas positivos. La actitud del ex vicepresidente Carlos Alvarez -al margen de las opiniones que suscite su renuncia- al denunciar la corrupción en el Senado; la investigación sobre lavado de dinero de los diputados Elisa Carrió y Gustavo Gutiérrez; las preocupaciones éticas y sociales de la iglesia católica7; el auge y activismo de las Organizaciones no Gubernamentales; la infatigable tarea de las organizaciones de Derechos Humanos.

En estos días podría producirse un vuelco democrático cualitativo: a raíz de un planteo de nulidad realizado por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), la justicia se aprestaría a declarar nula la ley de Obediencia Debida, ese absurdo jurídico emanado en 1987 de un gobierno democrático tembloroso8. El presidente del CELS, Horacio Verbitsky, afirma que "no es una presentación hecha pensando en el pasado, sino en el futuro, en la construcción de instituciones democráticas dignas de ese nombre, donde no exista impunidad para los poderosos y todos deban responder de sus actos ante la ley. A nuestro juicio, la impunidad para los casos de corrupción, lavado de dinero, los asesinatos de Carrasco, Cabezas, María Soledad, las violaciones de adolescentes, la maldita policía, etc., son consecuencia de la impunidad por los más graves crímenes cometidos en la historia argentina".

La moraleja es que si comenzara a despejarse el camino de la justicia, habrá sido por el tesón ciudadano, y eso vale en todos los terrenos. La democracia real es una lucha de todos los días, que entre otras cosas consiste en rechazar las concesiones mínimas y cosméticas; los chivos expiatorios. El espejismo de que algo cambie para que todo siga igual.

  1. Francisco Fernández Buey, Etica y filosofía política, Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000. Ver "Los libros del mes" (pág. 38) en esta edición.
  2. Ver "Nuestros artículos anteriores" en página 5 de esta edición.
  3. Ver, entre otros, "Ataques a la prensa: informe 2000" y anteriores de Periodistas para la Defensa del Periodismo Independiente, Ed. Planeta, Buenos Aires, 2000.
  4. Jorge Morello y Walter Pengue, "El granero del mundo se desertiza", Le Monde Diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2001.
  5. Mario Wainfield, "Estrategas del ocultamiento", Página 12, Buenos Aires, 25-2-01.
  6. "El 40% de la ropa que se vende tiene algo ilegal", Clarín, Buenos Aires, 25-2-01. No es sólo ropa, por supuesto…
  7. Sergio Rubin, "El cambio social va a ser consecuencia de una revolución ética", entrevista a monseñor Jorge Casaretto, Clarín, Buenos Aires,25-2-01.
  8. Silvana Boschi, "La justicia se pronunciará sobre dos leyes clave", Clarín, Buenos Aires, 27-2-01.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:3
Temas Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina