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Un gran país devenido un casino

Argentina conoció varios estilos de desarrollo. La llamada "generación de 1880" estableció las pautas culturales, políticas y sociales para un país basado en la explotación agropecuaria, con fuerte articulación externa con el Imperio Británico. Vivir del campo. Luego, las dificultades del modelo agroexportador alentaron el desarrollo industrial. Así es como desde la crisis del treinta hasta la segunda guerra mundial apareció y creció un modo de producir, consumir y distribuir basado en el mercado interno. Vivir de la industria. Este modelo económico duró, con intensidad variable, hasta 1976. La ley de entidades financieras de Martínez de Hoz, en 1977, fue el correlato económico del golpe de Estado del 24-3-76. Desde entonces, Argentina sufre un modelo rentístico-financiero, basado en la especulación y el endeudamiento público. ¿Es posible vivir?

El establishment local pregona el actual modelo con acentos mesiánicos: infalible, único y eterno. Olvida la violencia de su llegada, la catástrofe social, la desintegración nacional. Pero sobre todo, olvida sus propios resultados económicos. Porque si se analiza el saldo histórico de los tres modelos, el agrario, el industrial y el financiero, se verifica que la denostada industrialización sustitutiva de importaciones tiene un promedio anual de crecimiento del PBI por habitante 8,75 veces mayor que el del modelo perfecto aplicado desde 1976 (ver cuadro).

La esencia del modelo económico de 1976 -con su actualización desde 1991- es el paso del capitalismo productivo basado en la dupla beneficio/salario, al capitalismo de renta con eje en la especulación financiera, los superbeneficios de servicios públicos monopolizados y los ingresos extraordinarios de los recursos naturales (en particular el petróleo). Esta involución de la economía argentina tiene sus pilares en el incremento de la deuda externa, la desarticulación del Estado, la concentración y extranjerización de las empresas, la desindustrialización, la desocupación y la distribución regresiva del ingreso.

La deuda externa, que fue la acción fundadora del modelo neoliberal y funcionó como base para la nueva estructura del poder político, coloca hoy al país en la necesidad de procurar nuevos créditos para no caer en cesación de pagos. Su crecimiento y exigencias obran como oxígeno y reaseguro del modelo: la deuda externa condicionó la política económica y condujo a la formación de la clase dirigente argentina versión 1976, que permanece. Ese año la deuda externa era de 7.800 millones de dólares; ahora -según los datos oficiales- es de 150.000 millones1. Pero el grupo que manda en la economía argentina no sólo se endeuda, sino que además evade capitales. Los haberes argentinos en el exterior alcanzan los 100.000 millones de dólares, según una estimación oficial conservadora2.

El Estado sufrió una desarticulación en profundidad. Mínimas atribuciones, sin empresas públicas, endeudado, fuente de prebendas, sin alta función pública comprometida y profesional, con reducción de los recursos disponibles para sus funciones propias (los pagos por intereses de la deuda representan el 130% de todos los sueldos de la administración pública nacional). Un Estado que carece de medios y voluntad para ser el instrumento de un proyecto nacional es un organismo vegetativo.

El modelo de 1976 es concentración, extranjerización, corrupción, desigualdad y pobreza. En 1998, las 500 mayores empresas concentraban más del 40% del PBI. Las empresas controladas por el capital extranjero generaban 32,2% del valor agregado total en 1993 y el 57,2% en 1998. Estas empresas aumentaron la productividad del trabajo en 49%, pero la remuneración creció sólo el 19%; despidieron a 40.000 personas y redujeron la participación de los asalariados en el ingreso del 35% al 28%3. El panorama se completa con la desaparición de las empresas estatales y la extranjerización del sistema bancario. En marzo de este año, los bancos públicos tenían el 33% de los depósitos, los bancos privados nacionales el 21% y los extranjeros el 46%4.

En cuanto a la desindustrialización, basta con señalar que en 1976 el sector industrial generaba el 32% del PBI y en 1998 el 17%5. En este desastre cooperó la apertura externa sin restricciones. La desocupación, que en 1976 era del 4,5% de la población económicamente activa, es del 15% en 2000, con otro tanto de subocupados. En cuanto a la distribución del ingreso, en 1974 el 30% más pobre recibía el 11,1% del ingreso total y en 2000 sólo el 8,2%. Mientras tanto, el 10% más rico incrementaba su participación del 28,2% al 36,2%6.

La nación de remate

En 1983 regresó la democracia, pero el establishment económico demostró tener suficiente fuerza para realizar el golpe de mercado de 1989, sucesor y superador del anterior golpe de Estado. El mensaje fue claro: en el campo económico, los ganadores y los perdedores de 1976 deben ser los mismos. La deserción casi total de la dirigencia política, sindical, empresaria, hizo que el modelo recobrase nuevos bríos. La inoperancia del Estado, la complicidad del legislativo, la complacencia de la justicia apoyaron el proceso. Pero no se trató de un cambio de grupos dominantes, como pudo ser el paso del modelo agrícola al industrial. Grupos delictivos ocuparon fuertes áreas de poder económico; muchas empresas nacionales y multinacionales incurrieron en prácticas corruptas. La corrupción envenenó la actividad productiva e implantó una forma de funcionamiento económico. Cuando existen burbujas de especulación en una corriente de producción, decía Keynes, no es tan grave; pero si la actividad productiva es un subproducto del funcionamiento de un casino, entonces es probable que la acumulación económica se realice mal7.

Es desde este punto de vista que debe analizarse el contrabando de oro, la venta ilegal de armas, los sobornos sistematizados y en gran escala (como las del BancoNación/IBM, o las de las privatizaciones), la evasión impositiva.

La guinda de la torta es el lavado del dinero, el escándalo de estos días. Es el caso del Citicorp Equity Investments (CEI, integrado por los directivos del Citibank John Reed y Richard Handley y el banquero Raúl Moneta, del Banco República y del Federal Bank), con activos superiores a los 5.000 millones de dólares, que invirtió 3.000 millones en la compra de medios de comunicación. Controló Altos Hornos Zapla, Transportadora Gas del Sur, Hotel Llao-Llao, Celulosa Puerto Piray, Papelera Alto Paraná y Frigorífico Rioplatense; fue accionista de Telefónica de Argentina, de Telecom Argentina y compró medios de comunicación (Azul TV, Telefé, Grupo América, Editorial Atlántida, CVN, Radio Continental, Radio La Red, Televisión Satelital Codificada, con participación en Torneos y Competencias)8.

Este modelo no puede mejorarse: lo que suele presentarse como un "daño colateral" no es más que la consecuencia lógica de su aplicación. Cuando hubo un intento de reforma, fue suprimido con un golpe de mercado. No evolucionó ni se implantó con raíces propias. La enfermedad que lo llevará a la tumba es su incapacidad para establecer una acumulación sustentable y distribuir con un mínimo de justicia. Un régimen económico que no sirve para producir ni para distribuir está condenado. Empantanado en contradicciones, reclama el achique a ultranza de un Estado del que extrae sus recursos; apoya un sistema monetario que sólo puede llevar a la crisis externa o al déficit fiscal; se sirve de políticos alquilados; sus manejos especulativos, lejos de ser muestra de habilidad financiera, terminan en lavado de dinero sucio.

El poder real del país es hoy un conjunto de mafias que se reparten los despojos de la sociedad.

  1. Si se incorporan otros rubros que también constituyen deuda externa y se recalcula la deuda privada, esta suma supera los 200.000 millones de dólares (ver Jorge Beinstein, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, diciembre de 2000).
  2. Ministerio de Economía, Estimaciones trimestrales del balance de pagos y de activos y pasivos externos, varios números.
  3. Daniel Aspiazu, Modelo para pocos, Flacso, Buenos Aires, 2001.
  4. Fuente: BCRA, Información de entidades financieras, marzo de 2000.
  5. Banco de datos de la CEPAL.
  6. Mario Rapoport y colaboradores, Historia económica, política y social de la Argentina, Ediciones Macchi, Buenos Aires, 2000, pág. 926.
  7. John Maynard Keynes, Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1943, pág. 157.
  8. Ver informe de los diputados Elisa Carrió y Gustavo Gutiérrez, Página 12, Buenos Aires, 25-2-01.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:6
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Políticas Locales
Países Argentina, Francia