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El año 2000

En la nueva era de conquistas planetarias, ya no de territorios sino de mercados, se desarrollan aceleradamente las tecnologías de la información y las técnicas genéticas de manipulación de la vida, al mismo tiempo que se agravan las desigualdades. Pero en el umbral del nuevo milenio hay quienes resisten el embate contra lo público y colectivo, tal como ilustran las movilizaciones en ocasión de la cumbre de Seattle

Llegados al umbral del año 2000, fecha mítica, durante mucho tiempo sinónimo de futuro que de ahora en más será nuestro presente, ¿cómo no interrogarse sobre el estado actual del mundo?

El fenómeno central es que todos los Estados se ven envueltos en la dinámica de la mundialización. Se trata de una segunda revolución capitalista. La mundialización alcanza los últimos rincones del planeta, ignorando tanto la independencia de los pueblos como la diversidad de los regímenes políticos.

La Tierra pasa por una nueva era de conquista, como en la época de los descubrimientos o las colonizaciones. Pero mientras que los principales actores de las expansiones conquistadoras precedentes fueron los Estados, los que ahora se proponen dominar el mundo son empresas y conglomerados, grupos industriales y financieros privados. Nunca los dueños de la tierra fueron tan pocos, ni tan poderosos. Estos grupos están situados en la Tríada Estados Unidos-Europa-Japón, pero la mitad de ellos tienen sede en Estados Unidos. Se trata de un fenómeno fundamentalmente estadounidense.

Esta concentración del capital y del poder se aceleró de manera formidable en el curso de los últimos veinte años, impulsada por las revoluciones de las tecnologías de la información. Con el reciente dominio de las técnicas genéticas de manipulación de la vida, a partir de este comienzo de milenio tendrá lugar un nuevo salto adelante. La privatización del genoma humano y el patentamiento generalizado de lo viviente abren nuevas perspectivas de expansión al capitalismo. Se prepara la gran privatización de todo cuanto concierne a la vida y a la naturaleza, favoreciendo la aparición de un poder probablemente más absoluto que cualquier otro de la historia.

La mundialización no apunta tanto a conquistar países como a conquistar mercados. La preocupación de este poder moderno no es la conquista de territorios, como en la época de las grandes invasiones o de los períodos coloniales, sino la toma de posesión de las riquezas.

Esta conquista se acompaña de destrucciones impresionantes. En todas las regiones del planeta industrias enteras resultan brutalmente dañadas, con los consiguientes sufrimientos sociales: desocupación masiva, subempleo, precariedad, exclusión, 50 millones de desocupados en Europa, mil millones de desocupados y sub empleados en el mundo… Sobreexplotación de hombres y mujeres y, aún más escandaloso si cabe, de los niños: 300 millones de niños son explotados en condiciones de brutalidad sin precedentes.

La mundialización es también el pillaje planetario. Los grandes grupos saquean el medio ambiente con medios desmesurados; sacan provecho de las riquezas de la naturaleza que son el bien común de la humanidad y lo hacen sin escrúpulos y sin freno. Esto se acompaña de criminalidad financiera, vinculada con los medios de negocios y los grandes bancos, que reciclan sumas que superan el billón de dólares por año, es decir, más que el producto bruto interno de la tercera parte de la humanidad.

La mercantilización generalizada de las palabras y las cosas, de cuerpos y espíritus, de la naturaleza y la cultura, provoca un agravamiento de las desigualdades. Aunque la producción mundial de alimentos básicos representa más del 110 por ciento de las necesidades, 30 millones de personas siguen muriendo de hambre cada año, y más de 800 millones están subalimentadas. En 1960 el 20% más rico de la población mundial disponía de un ingreso 30 veces mayor que el del 20% más pobre. ¡Hoy el ingreso de los ricos es 82 veces más alto! De los 6 mil millones de habitantes del planeta, apenas 500 millones viven holgadamente, mientras que 5.500 millones viven en estado de necesidad. La fortuna de las 358 personas más ricas es superior al ingreso anual del 45% de los habitantes más pobres, esto es, 2.600 millones de personas.

Tanto las estructuras estatales como las estructuras sociales tradicionales se ven arrasadas. En los países del sur el Estado está en quiebra. Se desarrollan zonas de no derecho, entidades caóticas ingobernables que escapan a toda legalidad y tornan a hundirse en una situación de barbarie, donde sólo grupos saqueadores están en condiciones de imponer su ley, extorsionando a la población civil. Aparecen peligros de nuevo tipo: crimen organizado, redes mafiosas, especulación financiera, elevada corrupción, extensión de nuevas pandemias (sida, el virus Ebola, Creuzfeld-Jacob, etc), contaminación de gran intensidad, fanatismos religiosos y étnicos, efecto invernadero, desertificación, proliferación nuclear.

En un planeta en gran medida liberado de regímenes autoritarios, donde aparentemente triunfan la democracia y la libertad, regresan con paradójica fuerza censuras y manipulaciones, bajo diversas formas. Nuevos y seductores "opios de los pueblos" proponen una suerte de "mejor de los mundos", distraen a los ciudadanos e intentan desviarlos de la acción cívica y reivindicativa. En esta nueva era de alienación, a la hora de la world culture, la "cultura global" y de los mensajes planetarios, las tecnologías de la comunicación desempeñan más que nunca un rol ideológico central para amordazar el pensamiento.

Todos estos cambios rápidos y brutales desestabilizan a los dirigentes políticos, en su mayoría desbordados por una mundialización que modifica las reglas del juego y los deja en parte impotentes. Porque los verdaderos dueños del mundo no son los que detentan las apariencias del poder político.

Por eso los ciudadanos multiplican las movilizaciones contra los nuevos poderes, como ocurrió recientemente en ocasión de la cumbre de la Organización de Comercio Mundial (OMC) en Seattle (ver pág. 3). Siguen convencidos de que en el fondo el objetivo de la mundialización en este comienzo de milenio es la destrucción de lo colectivo, la apropiación de las esferas pública y social por el mercado y lo privado. Y están resueltos a oponerse a eso.

Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Genoma Humano, Transgénicos, Mundialización (Cultura), Tecnologías, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Movimientos Sociales
Países Estados Unidos, Japón, Francia