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La guerra en Colombia: una nación, dos Estados

"Que nadie se equivoque, si la democracia más antigua de América del Sur puede caer, también pueden caer otras". Con estas palabras dirigidas a la reunión anual del Consejo de las Américas, el presidente estadounidense William Clinton resumió su punto de vista y admitió que la guerrilla puede vencer en Colombia. Días antes, el 29 de abril, las FARC-EP habían fundado un partido político, denominado Movimiento Bolivariano por una Nueva Colombia, considerado el instrumento para librar la batalla en el terreno político y recorrer el último tramo hacia el poder. El acto fundacional -presidido por el mismo hombre, Manuel Marulanda, que fundó las FARC el 27 de mayo de 1964, tras un feroz combate en la región de Marquetalia- fue una prueba de fuerza: más de ocho mil campesinos y decenas de invitados acompañaron a unos cinco mil insurgentes ataviados con prolijos uniformes de combate y armados con fusiles Galil y AK-47. La respuesta no tardó en llegar: el 9 de mayo un Comité del Senado estadounidense aprobó un paquete de ayuda económica y militar para el gobierno colombiano. Desde hace más de un año guerrilla y gobierno negocian un tratado de paz, mal visto por EE.UU. El presidente Andrés Pastrana venció las resistencias civiles y militares y aceptó desmilitarizar el municipio de San Vicente del Caguán, sede de las negociaciones. Pero la guerra continúa. Y amenaza recrudecer. En un reciente documento, el Partido Comunista de Colombia -dirección política de las FARC-EP- denuncia a Washington por "la creciente ingerencia de la misión militar estadounidense en las fuerzas armadas, en el financiamiento directo de las operaciones del ejército contra regiones campesinas". Coincidentemente, un prestigioso columnista internacional advierte que "Los extranjeros pueden matar miles, incluso millones, envenenar el territorio, ocupar el país, pero no pueden ganar una guerra que han perdido las fuerzas locales auténticas.Esa es una verdad política demostrada por la guerra en Vietnam" 1Con una radiografía de la vida cotidiana, este artículo permite entrever la realidad profunda de la guerra en Colombia.

Popayán (Cauca), su centro colonial, su parque recreativo Colgate-Palmolive, sus graffitis: "Sí a la mundialización… de las luchas populares"; "USA nos USA"… Cuanto más se avanza, dejando la prestigiosa ruta Panamericana, surgen los caminos de tierra, las aldeas en ruinas y aflora el sordo lamento de los campesinos. "Recuerdo que mi padre compraba un lechón por 20 mil pesos y luego vendía el cerdo por 320 mil. Ahora, el lechón vale 80 mil pesos y, después de haberlo engordado, se vende en 200 mil"2. Con las vacas, lo mismo. Una vaca que valía 500 mil pesos hace cinco años vale siempre 500 mil pesos, pero para criarla, todo aumentó".

Todos viven al borde de la ruta. Son los que vienen de otra parte quienes poseen las laderas ricas y fértiles de las fincas. Ese campesino, que monologa, la vista fija en su taza de café, vende allí su fuerza de trabajo. "Me pagan el mínimo mensual, 235 mil pesos (unos 110 dólares). Apenas lo suficiente para comer". Aquel otro, hombre feliz, posee un pedazo de tierra. "No hago cuentas muy precisas, pero debo cobrar unos 180 mil pesos por mes".

Es la Colombia profunda, la que nunca figura en las noticias. Sus conflictos de límites, sus vendettas, y, forzosamente, sus historias de tierras arrancadas a los poderosos después de luchas sangrientas. El grupo que se organiza para escapar a su triste destino y que algunos pretenden dividir. "Como en toda comunidad, hay quienes representan un problema. Se les dio tiempo, se les explicó. Algunos mejoraron, otros no". La vieja prudencia campesina susurra las cosas, evitando especificarlas. "Esto llega a los oídos de otras personas. Y bueno, ocurre lo que debía ocurrir. Expulsados, algunos se van. Otros mueren. En cuanto a saber quiénes los mataron… Patrullas extrañas a la aldea. Puede ser que algunos las hayan visto, pero no se sabe quiénes son. Patrullas surgidas para resolver los problemas, en algunos casos".

El ejército de los pobres

Aun entre ellos mismos, se habla poco del conflicto armado. Se dice que merodean, "allá arriba", asesinos sin fe ni ley, pagados por el ejército, por los grandes propietarios… "El que pretende denunciar las injusticias, en cualquier momento, los paramilitares se lo llevan". En cuanto a la guerrilla… Mutismo, de pronto quebrado por la diatriba de un campesino: "Cuando ataca un pueblo, lo destruye y mata civiles, y con las torres de alta tensión que destruye, aumenta el precio de la electricidad, y ¿quién termina pagando? ¡Nosotros!". Lo dijo todo así nomás, como para liberarse. Nuevamente, entre el círculo de sus compañeros, se instala el silencio. Un adulto joven y robusto no aguanta más: "Yo, digo que la guerrilla es el ejército de los pobres". Su vecino asiente discretamente. El cuarto de los presentes, la mirada inquieta, prefiere desviar la conversación.

En esta región, del 1 al 25 de noviembre de 1999, más de 50 mil campesinos, docentes e indígenas, bloquearon la ruta Panamericana (a esa altura, une Colombia con Ecuador). Se proponían protestar contra los drásticos recortes hechos por el presidente conservador Andrés Pastrana en los programas sociales que le habían sido arrancados a los gobiernos anteriores. Arriban cinco batallones, la policía militar, dos generales, "¡un despliegue de fuerzas increíble, parecía Vietnam!". Mientras se lamentan los primeros heridos, el movimiento popular e indígena anuncia la inminente ocupación de Popayán. En la noche del 25, una comisión gubernamental negocia, concede 100 mil millones de pesos (unos 40 millones de dólares), y desactiva in extremis el anunciado estallido.

Desde entonces, para salvar el pellejo, todos los dirigentes se eclipsan y evitan dormir dos noches seguidas en la misma casa. Pero no por ello dejan de lado su actividad militante.

Una aldea del Cauca lacerada por una lluvia incesante (poco importa el lugar). Una mujer, protegiéndose del frío, envuelta en su chal: "¡Con este frío, vamos a hacer más niños! Ay, la vida, qué dolor de cabeza…". Dos sindicalistas de gira (poco importa de qué rama). Una pequeña sala donde los rurales evocan la dureza de la vida: el precio de la leche (impuesto por la multinacional); los cargos de docente (suprimidos por el gobierno); las mamás (levantadas desde las cuatro de la mañana)…

El sindicalista toma la palabra, después de haber escuchado por largo rato. En este confín del mundo, habla del Fondo Monetario Internacional (FMI), del G7, de la deuda externa… "¿Y qué hace Pastrana? ¡Obedece las órdenes! Compañeros, o se organizan, o las cosas van a empeorar". Suenan las doloridas articulaciones de la asamblea. "Hace seis años, declara el dirigente, la guerrilla del M-19 depuso las armas. ¿Acaso eso resolvió los problemas del pueblo?"

La pregunta no es para nada anodina, al tiempo en que se dice que brota en el país entero un clamor de paz. Es una voz unánime la que responde: "¡No, seguro que no!" La conclusión parece tan explosiva que una campesina expresa su desconcierto. "¿Es verdad que el sindicato mantiene vínculos con la guerrilla?" "Escuchen. Existen diferentes maneras de estar con la guerrilla. Por compromiso, colaboración o simpatía. Ella eligió su camino, nosotros el nuestro. Pero no perjudica al movimiento popular. Lo apoya". Después de esta respuesta sibilina -pero tan poco- cada cual debe sacar sus propias conclusiones. Parecen claras. Felicitaciones, abrazos, despedida, se separan después de haberse citado para una próxima reunión, "porque el sindicato debe darnos una orientación", desliza uno de los participantes.

Entre Bogotá (4 millones de habitantes) y San Vicente del Caguán (21 mil almas), capital del Caquetá y de las Fuerzas armadas revolucionarias de Colombia-Ejército del pueblo (FARC-EP), sólo hay una hora de vuelo a bordo de la aeronave Dornier 328 de Satena, "la compañía aérea que integra a Colombia". Nunca resultó la consigna tan pertinente… Satena está administrada por los militares. En San Vicente, el equipaje de la fuerza aérea y sus pasajeros civiles son recibidos por guerrilleros. Sin embargo, se está en guerra. De hecho, los militares no pierden tiempo y vuelven a despegar inmediatamente.

El ejército acababa de sufrir reveses fenomenales -la capacidad ofensiva de la guerrilla creció espectacularmente en estos últimos años3. Desde su llegada al poder, el presidente Pastrana (electo el 21-6-98) decidió negociar con la guerrilla más poderosa, las FARC-EP, y se reunió en persona con su jefe, Manuel Marulanda4. A pesar de las críticas virulentas del ministro de defensa, de los generales y de Estados Unidos, el presidente reconoció implícitamente que los revolucionarios habían tomado las armas por una causa justa, prevé mecanismos de diálogo y, para llevarlo adelante, desmilitariza cinco municipios: San Vicente del Caguán, La Macarena, Vista Hermosa, Mesetas y Uribe. Una zona de 42 mil kilómetros cuadrados (grande como Suiza o El Salvador), de donde el ejército sale arrastrando los pies, el 7-11-98. Las FARC-EP, omnipresentes en las tierras circundantes, ocupan pacíficamente las aldeas y convierten a San Vicente en su cabecera de puente.

El poblado todavía duerme. En la parte trasera del vehículo que se aleja velozmente en la oscuridad, una pequeña mujer habla de su vida, sin parar. Nació en 1951 y recuerda un señor al que le cortaron la cabeza -sí, ¡y cómo que se acuerda! También recuerda la finca. Había que ir a buscar el agua, la leña, trabajar, trabajar, y seguir trabajando. El zarandeo del vehículo es más que razonable ya que el conductor maneja con una sola mano. "El gobierno nunca hizo nada. La ruta fue arreglada por la guerrilla. Ahora, todo está tranquilo", suspira la señora. "Antes, a esta hora, nos habrían degollado los delincuentes". Solamente agrega que estos guerrilleros son muy jóvenes. Y que se ven en sus filas a muchas mujeres muy elegantes, "elegantísimas, vieron". Un poco más lejos, frente a una pequeña granja aislada, desciende del vehículo. Éste vuelve a emprender su ruta, para un trayecto de más de 100 kilómetros, hacia un cierto "punto de encuentro".

Disimulado en la selva, el campamento guerrillero vive su vida cotidiana, mezcla de disciplina y de distensión. En las alamedas que separan a las hileras de cambuches -construcciones individuales- los rebeldes se apresuran, enfundados en sus uniformes impecables aunque algo dispares -desde el verde militar hasta el negro, pasando por equipos de camuflaje. Aquí, se es marxista-leninista, contra viento y marea. Por cierto, entre ellos, no se dicen compañero, como en todos los movimientos armados de América Latina, sino camarada. Vestido con su eterna remera con la efigie del Che Guevara, una sonrisa bonachona detrás de su barba entrecana, el Comandante Raúl Reyes -número uno de la delegación de las FARC-EP en la mesa de negociaciones- explica: "Sean cuales sean los avatares del socialismo, la miseria no ha desaparecido, ni de Colombia, ni del mundo. El capitalismo no resolvió nada. Hoy más que nunca, están dadas todas las condiciones para seguir con la lucha. América Latina está asfixiada por el modelo neoliberal. La globalización nos afecta a todos".

Resultaría falso afirmar que los combatientes, en su conjunto, manejan un discurso "marxista" elaborado -son tan jóvenes. Provenientes de familias campesinas con diez hijos que viven descalzos, a los doce años empezaron a ayudar a sus padres en la finquita. Y aunque, porque asistieron a la escuela primaria, aprendieron a leer y a escribir, no existe empleo alguno para ellos. A los dieciséis años, se consiguen una mujer, le hacen diez hijos que crían a su vez en la misma indigencia. En su Caquetá natal, el pequeño Manuel veía pasar a la guerrilla. "Estaba entusiasmado. Con mis amigos, dada la situación del país, jugábamos mucho a la guerra. Yo siempre era guerrillero". Por supuesto, el ejército también rastrea el campo. "Pero el ejército, es otro asunto. Los militares sabían que mi mamá pertenecía a la oposición. Por eso le pegaron". A los catorce años (hoy tiene veinte), Manuel se incorporó a las FARC. "A los catorce años, nosotros ya no somos niños. Ya tenemos un panorama muy claro de la situación".

"Así es", confirma la camarada Olga Marín (miembro de la comisión político-diplomática), sin intentar idealizar la situación. "En el sector menos consciente, no saben por supuesto nada del marxismo-leninismo. Ven pasar a nuestros combatientes, bien armados, bien alimentados, que organizan reuniones con la población. No tienen demasiadas perspectivas, se vive mejor en la guerrilla que en el campo, se nos unen". Se reúnen con otros campesinos llegados debido a la presión de los terratenientes, pero asimismo con habitantes de las ciudades y profesionales destruidos por la situación social, con militantes y sindicalistas que tuvieron que abandonar la oposición legal para poder escapar de la muerte.

Argeni, una delgada campesina de pelo largo, admite tener veintidós años. "Sabe, en el campo reina el machismo: la mujer es doblemente explotada. Sexplotada, ni decirlo: la miseria y el analfabetismo rara vez producen caballeros…" Cuando pasaba la guerrilla, Argeni, sin otro porvenir que el de reproductora de por vida, veía mujeres capaces de luchar y de hablar, tratadas de igual a igual por los combatientes. Sólo tenía dieciséis años. Cuando sus padres se dieron cuenta de su ausencia, ya estaba lejos5. Desde entonces, nunca dejó su arma.

Acusaciones de narcotráfico

En un campamento cruzado por parejas que se toman tiernamente de la mano, pero con el arma colgando (y anticonceptivos en los bolsillos), ella se dedica a sus ocupaciones en corpiño y kalachnikov. "Si surge un problema y tu fusil está a 100 metros, estás muerta antes de haberlo recuperado". Y no tiene ninguna intención de morir. Hasta sueña con ver alguna vez una Colombia donde reine la justicia social y donde las mujeres sean tratadas con dignidad: "Acá, es la igualdad. Hasta hay mujeres comandantes. El guerrillero que discrimina a una mujer es sancionado". Desde hace dos años, se observa una afluencia espectacular de mujeres jóvenes (de 30 a 35% de los efectivos) en el seno de esta "implacable guerrilla" de tan detestable reputación.

Camionetas y 4x4 estacionadas lo atestiguan: las FARC-EP no demuestran pobreza. La comida no falta en la mesa de los combatientes. En el interior de la carpa del "puesto de comando-información", rodeada por el discreto zumbido de los grupos electrógenos, una batería de computadoras conectadas a Internet repiquetea todo el santo día. Para el alto mando militar y su mentor estadounidense, la explicación de semejante fortuna sólo puede tener un nombre: ¡el narcotráfico!

Si San Vicente del Caguán se encuentra en el Caquetá, los otros cuatro municipios de la zona de despeje (zona desmilitarizada) pertenecen al vecino departamento de Metá. Una región grande como Francia, poblada por un millón y medio de habitantes: ¡un aeropuerto, una ruta! Nadie vive allí por placer. Se llega allí empujado por la pobreza. Un campesino, en pleno Metá, se encuentra a cinco días de marcha del poblado más cercano. "Su única alternativa es la guerrilla o los cultivos ilícitos. El conflicto armado constituye una opción para aquellos que no tienen nada. En cuanto a la coca, a la inversa de dos cajas de bananas, se la puede sacar a pie". Argumento clásico, objetarán algunos rebeldes preocupados por enmendarse. Sólo que esta descripción nos fue hecha por Alan Jara Urzola, gobernador del Metá…

La guerrilla vió correr la coca en esa época (los años 80) en la que militares y elites político-económicas sacaban su propio provecho del tráfico de cocaína. Desde entonces, el Estado y su clase política han roto relaciones con sus antiguos aliados mafiosos6. Pero los campesinos siguieron siendo tan pobres. "¡Son nuestra base social!" se indignan los dirigentes de las FARC-EP, furiosos por la acusación que pretende mostrarlos como los comandantes de una "narco-guerrilla". "No somos nosotros quienes debamos arrastrarlos al hambre, erradicando los cultivos ilícitos. Por otro lado, las mafias ayudan al ejército en el financiamiento de los paramilitares. ¿Por qué deberíamos ser los únicos en considerar esta plaga desde una posición ética? Es ante todo un problema económico-social".

Allí donde no fueron garantizados el desarrollo ni la seguridad, es en efecto la muy neoliberal filosofía de la ventaja comparativa la que lleva el país tanto a la guerra como a la narco-economía. Permanentemente acusadas de no ser ya otra cosa que una pandilla de bandoleros que perdieron toda ideología, las FARC-EP perciben (y no lo ocultan) un impuesto a la coca -a veces sobre la pasta base7-, de los raspachines (intermediarios) que hacen sus negocios sin ser molestados. Nunca de los campesinos.

Pero, según la opinión de todos los expertos, no disponen de redes de importación de componentes o de exportación del producto transformado, ni tampoco de infraestructura de laboratorios, aún menos de sistema de blanqueo de dinero8. "Si tuviésemos la fortuna que se nos atribuye, ironizan los comandantes, ¡la revolución se hubiera acabado hace tiempo!"

Cuando, a fines de 1998, la zona de despeje fue abandonada por el ejército, la campiña no se conmovió. Hace tiempo que la guerrilla, autoridad invisible pero muy presente, hace imperar su ley en esas tierras. Pero cuando las tropas de elite de las FARC-EP irrumpen en las aldeas, y en especial en San Vicente del Caguán, un viento de pánico sacude a gran parte de la población. Tal como lo hicieron en todo el país más de 700 pueblos, desde hace largo tiempo abandonados por los poderes públicos, y donde los alcaldes no pueden trabajar hasta que no hayan discutido con este Estado dentro del Estado, la aldea descubre el orden guerrillero. Cuando las FARC-EP dicen que no se puede pescar con dinamita o que no se puede talar el monte, los que transgreden la ley padecen las consecuencias. Quien mata es condenado a morir. Quien golpea a otra persona debe pagar una multa (de 20 a 40 doláres). Dos a tres meses de trabajo comunitario para los ladrones. Los bazuqueros (drogadictos) y revendedores, tanto como los violadores, son conminados a enmendarse o a largarse (dos advertencias, antes del desenlace fatal). Los menores tienen prohibido beber alcohol o andar por las calles después de medianoche. En San Vicente, donde antes se lamentaban seis muertes por semana -ajustes de cuentas, riñas, delincuencia-, sólo llegaron a seis en un año desde la intrusión de las FARC-EP (ayudadas, para las tareas menos duras, por una policía cívica recientemente formada con voluntarios civiles de la región).

Balance social: dos empresas de pompas fúnebres tuvieron que cerrar sus puertas. "En cambio, no se quitó el pan de la boca de las "camaradas trabajadoras sexuales"; simplemente, se les recomendó que fuesen discretas en la calle". Aunque se lo aplique con mucha flexibilidad, el método es enérgico. Pero muchos habitantes (no todos, y menos que todos el alcalde, cuya autoridad se vio seriamente cercenada) estiman que: "¡Ahora, vivimos con las puertas abiertas!" En una Colombia desgarrada por la violencia común (25 mil muertes por año), el retorno de un Estado protector no tiene precio.

Una parte de la ciudad pacta (una parte). Cuando llegaron los guerrilleros, la aldea sólo contaba con cinco calles asfaltadas. Sobre la base de un trabajo comunitario, la mayoría de las veces acogido con alegría, acondicionaron el lodo, proporcionando el asfalto y las herramientas. Por cierto, saben impartir directivas. En esta región de cría, los camiones parten con su ganado con la consigna de no volver vacíos, sino con la carga de asfalto que se les habrá de proporcionar en el camino de vuelta. La libertad individual está afectada, por cierto, pero la ciudad se transforma -sesenta calles asfaltadas- para evidente satisfacción de los habitantes. Ningún cura. El padre Miguel se indigna, desde el púlpito. "¡Nadie les pidió que pavimenten las calles! Su trabajo comunitario es trabajo forzado. Están reproduciendo lo que hicieron en Siberia". Esto divierte al comandante Jairo Martínez. "Por supuesto. Antes de nuestra llegada, ocurrían seis muertes por semana, a 130 mil pesos por entierro, más colecta al final de la misa, le quebramos su pequeño comercio. Son esos, nuestros disidentes…"

No sólo esos, la historia sería demasiado fácil. En el curso de los primeros meses, se multiplican las denuncias sobre los excesos de la guerrilla: registros, detenciones de civiles, asesinatos selectivos… "Hoy, todo anda mejor", mitiga el comandante Raúl Reyes, sin negar no obstante los hechos. Debían administrar, en el sentido propio del término, un territorio grande como El Salvador. "Fue nuestra credibilidad la que se puso a prueba. ¿Qué no se habría dicho si, en la zona, hubiésemos dejado que se instale o que perdure el caos?" Esto, en cuanto al orden y a la delincuencia.

Aún queda la guerra, la verdadera. Antes de la desmilitarización, San Vicente albergaba al batallón Cazadores. Por años, sus hombres trabajaron psicológicamente sobre la población. Cuando se retiró, dejó trás de sí simpatizantes, pero también agentes. Con la misión de multiplicar los obstáculos para provocar la ruptura del diálogo por la paz. "Teníamos la información y tuvimos que adoptar serias medidas. El problema, es que los agentes infiltrados no llevan uniforme. Esto provocó el reclamo de aquellos que no comprendieron que esas personas de aspecto anodino recababan informaciones, localizaban nuestros mandos y nuestros simpatizantes, preparaban los sabotajes y los atentados". Según Amnesty International, hubo una quincena de "desapariciones" en la zona… Nos encontramos aquí en el corazón mismo de la tragedia que muy pocos se animan a llamar por su nombre: una guerra civil9. La misma lógica prevalece para los paramilitares. Con una diferencia, que no tiene nada de anodina. Éstos nacieron a fines de los años 60, en el marco de una política recomendada por los asesores estadounidenses para "quebrar" cualquier veleidad de transformación social. Brazo armado de los narcotraficantes a partir de 1985, tropas temporarias que ejecutaban las tareas sucias del ejército10, reagrupados desde abril de 1997 en el seno de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), los paramilitares liquidan las bases sociales, reales o supuestas, de la guerrilla. "En esta guerra, sucumben muchos civiles, admite su jefe, Carlos Castaño. ¿Sabe por qué? Porque dos tercios de la fuerza efectiva de la guerrilla no tienen armas y actúan en tanto que población civil"11.

"La paz de los ricos"

El 28-5-84, cuando fue firmado el cese el fuego entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC-EP, el poder se comprometió a lanzar una serie de reformas políticas, económicas y sociales. Estableció el plazo de un año para permitirle al movimiento armado organizarse políticamente. En noviembre de 1985, las FARC-EP inician un nuevo y amplio movimiento, la Unión patriótica (UP), que participa con éxito en las elecciones de 1986: 350 consejeros municipales, 23 diputados y 6 senadores electos en el Congreso. Una ola de asesinatos sin precedentes alcanza entonces a más de cuatro mil dirigentes, mandos y militantes de la UP (y del Partido Comunista). "Este error, no lo volveremos a cometer". Desde ya, la guerrilla anunció que, aunque se firmen acuerdos de paz, conservaría sus armas.

Desde entonces, en esta Colombia de la exclusión social, donde tanto el Partido liberal como el conservador defienden los intereses económicos de la oligarquía, la guerra se vuelve a iniciar, se extiende. Para cuyo testimonio, no alcanza sólo con un escrupuloso (y terrible) recuento de las víctimas, poniendo en un mismo plano a todos los beligerantes. Aun cuando la guerrilla, en efecto, no le tiene asco a los métodos más duros, impone la vacuna (vacuna: impuesto revolucionario), practica el secuestro por rescates (lo que los priva de la simpatía de las clases medias), hace elegir alcaldes y consejeros municipales que ella escoge, mediante la intimidación y, cuando decide tomar un pueblo, utiliza garrafas de gas envueltas en dinamita, armas que, inevitablemente, también matan civiles.

Por otra parte, es el único punto en el cual la guerrilla se defiende, asumiendo todo lo demás. En un documento titulado "Recomendaciones a la población civil", le ordena: "No permitan que se construyan cuarteles y bases militares cerca de sus casas, porque estamos en guerra". ¿Pero cómo impedir, cuando se es un ciudadano común, que las fuerzas armadas vengan, precisamente, a instalarse en medio mismo de la población?

El ejército estalla: al amparo de la zona de despeje, las FARC-EP almacenan armas, reclutan y forman combatientes. La camarada Olga Marín se encoge de hombros. "Las tropas que están en esta zona siempre lo estuvieron. Siempre se reclutó, siempre se entrenó. ¡Lo que ocurre, es que nunca se percataron de cuanta gente había por aquí!" El alto mando militar, que va y viene permanentemente de Bogotá a Washington, clava otra estaca: la desmilitarización de esta zona estratégica les permite a las tropas de elite de la guerrilla proyectarse hasta escenarios de combate próximos, para luego volver al amparo de su santuario.

La presión es tal que el presidente Pastrana asume las acusaciones. La reacción no se hace esperar. "Le dijimos al Jefe del Estado que si no puede seguir dialogando porque los gringos no se lo permiten, o porque el ejército y los grupos económicos se lo impiden, le devolveremos las aglomeraciones, interrumpiremos el diálogo, y la confrontación volverá, en estos cincos municipios, así como se desarrolla en el resto de Colombia". Luego, para que las cosas queden claras, las FARC-EP lanzan ofensivas extremadamente violentas que sacuden al ejército en todo el país, a cientos de kilómetros de la zona desmilitarizada.

El 23-9-99, el presidente Pastrana volvió de Washington después de haber obtenido una promesa de ayuda de 1.600 millones de dólares, en el lapso de tres años, para enfrentar al narcotráfico -en realidad, la guerrilla. Con el pretexto elástico de la guerra contra la droga, Estados Unidos dispone de 300 a 400 asesores civiles y militares en Colombia. Se creó un primer batallón "antinarcóticos", conformado por 67 instructores gringos. Deben seguir dos más, cuyo rol auténtico es volver a apoderarse de los territorios controlados por las FARC-EP. Pese a las negociaciones, se perfila la guerra, inevitablemente. En una Colombia más dividida de lo que aparenta…

Sólo se quiso recordar, de estos últimos meses, la manifestación masiva del 24-10-99, que hizo salir a las calles a millones de colombianos, con una cinta verde en el ojal, al grito de "No más". Nadie advirtió que -y señalarlo no constituye un insulto hacia los participantes de buena fe- esta aspiración por la paz fue instrumentada por un establishment que pretende acabar rápidamente con la guerrilla para poder seguir gozando del orden tradicional sin peligro. Una campaña mediática sin precedentes convocó a la manifestación, llevada a cabo por los periódicos El Tiempo, El Espectador, las emisoras de radio y los canales de televisión, propiedades de la oligarquía. Y muy pocos fueron los que pensaron en preguntarle a la otra "sociedad civil", que olvidada por las clases medias vive cotidianamente la monotonía de la miseria.

Es, en un barrio marginal de Popayán, la risa de una anciana que toda su vida luchó para sobrevivir: "¿Esto? ¡Es la paz de los ricos! No, no fui a la manifestación". Es ese dirigente de una organización no gubernamental: "La gente está cansada de la guerra, pero también está cansada de tener hambre. No se puede limitar la paz solamente al silencio de los fusiles". Son los múltiples dirigentes de organizaciones populares que, en secreto, mantienen un diálogo y un contacto permanente con la guerrilla.

Es también uno de los dirigentes de una gran organización sindical: "Si organizáramos, mañana, una manifestación sobre el tema de la justicia social, habría una cantidad mucho más grande de gente en las calles. Pero eso, no podemos hacerlo". En la última huelga general, en septiembre de 1999, dos de sus compañeros fueron muertos, más de doscientos otros arrestados (veintisiete dirigentes sindicales fueron asesinados en 1999 -tres mil desde 1986). Aunque manifiesta algunas divergencias con el movimiento armado -"su funcionamiento demasiado vertical, su dominación, a veces brutal, de la población…", lo aprueba sin embargo cuando anuncia que la paz no puede reducirse a la simple firma de un trozo de papel, o a la entrega de las armas, sino que debe llevar adelante una auténtica transformación del país. "En la situación que es la nuestra, la guerrilla debe mantener la presión". "El marxismo-leninismo debe ser renovado y ajustarse a la nueva realidad del mundo", reflexionaba en diciembre de 1999, en la selva, el comandante Raúl Reyes. "Ya no se puede pensar en construir un socialismo a la soviética, a la china, a la vietnamita, a la cubana… Nos encontramos en otro momento de la historia, en la época del espacio cibernético y de Internet. Hay que poner los instrumentos de la ciencia y de la tecnología al servicio de los procesos económicos, políticos y sociales". A principios de febrero de 2000, cambió su uniforme de campaña por un traje con chaleco y, en compañía de una delegación del gobierno y de representantes del sector privado, viajó a Estocolmo (y luego a otras ciudades europeas) para analizar "los modelos políticos y económicos de los países escandinavos y su posible aplicación a un país de América del Sur".

¿Búsqueda, para unos y otros, de una nueva vía? Quizás. Pero no únicamente. Los vientos de Washington siguen soplando sobre los fuegos de la guerra, y también se trata de no figurar ante el país como aquel que, debido a su intransigencia y falta de apertura, hace perdurar el conflicto. Y de escapar del asfixiante tête-à-tête con Estados Unidos, mediante la sensibilización de Europa.

  1. William Pfaff, International Herald Tribune, 15/5/00
  2. 1 dólar = 2.150 pesos colombianos.
  3. Además de las FARC-EP (de 15 mil a 18 mil combatientes, quizás más), aproximadamente unos 5 mil hombres del Ejército de Liberación Nacional (ELN) operan en el país, además de algunos centenares de hombres del Ejército Popular de Liberación (EPL).
  4. Manuel Marulandas alias "tirofijo", un joven campesino perseguido por los conservadores en la época conocida como La Violencia (300.000 muertos), funda una primera guerrilla liberal en 1948, en el Quindio. Las auto-defensas campesinas, que adoptan una posición marxista clásica, se convierten en las FARC en 1966.
  5. La regla general (más o menos respetada, como lo demuestra este ejemplo) es la existencia de una autorización paterna para incorporar a menores en la guerrilla.
  6. Sin embargo, varios asuntos recuerdan permanentemente los vínculos que existen entre narcotráfico y ejército, paramilitares, establishment económico y político -hasta la embajada de Estados Unidos….
  7. Primera etapa, extremadamente artesanal, de la transformación de la coca en cocaína.
  8. Aunque no se descarta que, debido a la extensión territorial del conflicto, algunos frentes escapan de hecho al control del mando central (los combatientes de las FARC-EP, presentes en más del 40% de las comunas colombianas, operan en sesenta frentes, de al menos cien combatientes cada uno).
  9. Al 1.5 millón de personas desplazadas de sus lugares de origen por la guerra entre 1985 y 1998, se sumaron 200.000 personas, de enero a agosto de 1999 (UNICEF-Codhes - Consultoría para los derechos humanos y el desplazamiento, Bogotá, 1999).
  10. Ver el explosivo informe de Human Rights Watch referido al enfrentamiento entre paramilitares y militares: "Colombia's Military Linked to Paramilitary Atrocities", New York, 23 de febrero 2000.
  11. Entrevista a Carlos Castaño por Castro Caycedo, in En secreto, editorial Planeta, Bogotá, 1996.
Autor/es Maurice Lemoine
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 12 - Junio 2000
Páginas:10, 11, 12
Traducción Dominique Guthmann
Temas Conflictos Armados, Militares, Movimientos de Liberación, Agricultura, Corrupción, Deuda Externa, Narcotráfico, Estado (Política), Geopolítica, Políticas Locales
Países Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Vietnam, Francia, Suiza