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Una nueva vulgata planetaria

La violencia simbólica, tan naturalizada y arraigada que ya no se la reconoce como tal, es según Bourdieu una forma profunda de dominación. Allí reside la eficacia del lenguaje neoliberal. Estados Unidos "mundializa" su realidad poskeynesiana, manifiesta en sus políticas económicas y sociales y también en sus polémicas universitarias.

En todos los países avanzados, empresarios, altos funcionarios internacionales, intelectuales mediáticos y periodistas de alto vuelo se han puesto de acuerdo en hablar una extraña neolengua cuyo vocabulario -aparentemente surgido de la nada- está en todas las bocas: "mundialización" y "flexibilidad"; "gobernabilidad" y "empleabilidad"; "underclass" y "exclusión"; "nueva economía" y "tolerancia cero"; "comunitarismo", "multiculturalismo" y sus primos "posmodernos": etnicidad, minoría, identidad, fragmentación, etc. De esta nueva vulgata planetaria están notoriamente ausentes términos como capitalismo, clase, explotación, dominación y desigualdad, perentoriamente anulados bajo pretexto de obsolescencia o de presunta impertinencia. Su difusión es producto de un imperialismo propiamente simbólico; sus agentes transmisores son los partidarios de la revolución neoliberal: escudándose en la "modernización" piensan rehacer el mundo haciendo tabla rasa de conquistas sociales y económicas, producto de cien años de luchas sociales, actualmente presentadas como otros tantos arcaísmos y obstáculos al nuevo orden naciente; pero también productores culturales (investigadores, escritores, artistas) y militantes de izquierda que, en su gran mayoría, se siguen considerando progresistas; lo cual hace que sus efectos sean aún más potentes y perniciosos.

Al igual que las dominaciones de género o de etnia, el imperialismo cultural es una violencia simbólica que se apoya en una relación de comunicación forzada, para imponer la sumisión. En este caso, su peculiaridad consiste en que universaliza los particularismos vinculados con una experiencia histórica singular, haciéndolos irreconocibles como tales y reconocibles en cambio como universales1.

En el siglo XIX muchas cuestiones llamadas filosóficas -el tema spengleriano de la "decadencia", por ejemplo- que se debatían en toda Europa, se originaban en las particularidades y en los conflictos históricos propios del singular universo de las universidades alemanas2; asimismo, hoy se han impuesto en todo el planeta -bajo una apariencia deshistoricizada- muchos tópicos directamente surgidos de confrontaciones intelectuales relacionadas con las particularidades de la sociedad y de las universidades estadounidenses. Esos lugares comunes -en el sentido aristotélico de nociones o tesis con las cuales se argumenta, pero sobre las cuales no se argumenta nunca- deben lo esencial de su fuerza de convicción al prestigio recuperado del lugar de que emanan, y al hecho de que, circulando intensamente de Berlín a Buenos Aires y de Londres a Lisboa, están presentes simultáneamente en todos lados; en efecto, en todos lados son retransmitidos con fuerza por esas instancias pretendidamente neutras del pensamiento neutro que son los grandes organismos internacionales: Banco Mundial; Comisión Europea; Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE); por los laboratorios de ideas conservadores (Manhattan Institute de Nueva York; Adam Smith Institute de Londres; Fondation Saint-Simon de París; Deutsche Bank Fundation de Francfort), por las fundaciones de filantropía, por las escuelas del poder (Institut d'Études Politiques, en Francia; London School of Economics, en Inglaterra; Harvard Kennedy School of Government, en EE. UU., etc.), y por los grandes medios. Estos son fuentes inagotables de esta lingua franca apta a todo servicio, adecuada para dar una ilusión de ultramodernidad a los editorialistas apurados y a los especialistas solícitos del import-export cultural.

El mundo a su imagen

El juego de definiciones previas y deducciones escolásticas logra un efecto automático generado por la circulación internacional de las ideas -que por su propia lógica tiende a ocultar las condiciones y las significaciones de origen3- ; pero además reemplaza la contingencia de necesidades sociológicas negadas por la apariencia de la necesidad lógica, y propende a ocultar las raíces históricas de todo un conjunto de cuestiones y de nociones: la "eficacia" del mercado (libre), la necesidad de reconocimiento de las "identidades" (culturales), o aun la reafirmación/celebración de la "responsabilidad" (individual), a las que se decretará como filosóficas, sociológicas, económicas o políticas, según el lugar y el momento de recepción.

La insistencia mediática transforma en sentido común universal esos lugares comunes mundializados en el sentido estrictamente geográfico, a la vez que desparticularizados. Lugares comunes que logran hacer olvidar que habitualmente sólo expresan -bajo una forma truncada e irreconocible, incluso para quienes los propagan- las realidades complejas y controvertidas de una sociedad histórica particular, tácitamente constituida en modelo y en medida de todas las cosas: la sociedad estadounidense de la era posfordista y poskeynesiana. Esa superpotencia única, esa Meca simbólica de la Tierra, se caracteriza por el deliberado desmantelamiento del Estado social y por el correlativo hipercrecimiento del Estado penal; por el aplastamiento del movimiento sindical y por la dictadura de la concepción empresaria, fundada sólo en el "valor accionario", y por sus consecuencias sociológicas: la generalización del trabajo asalariado precario y de la inseguridad social, constituida en motor privilegiado de la actividad económica…

Así ocurre, por ejemplo, con el difuso e inconsistente debate en torno del "multiculturalismo". Este término fue importado a Europa para designar el pluralismo cultural en la esfera cívica, en tanto que en Estados Unidos remite

-en el mismo movimiento que las oculta- a la continua exclusión de los negros y a la crisis de la mitología nacional del "sueño americano" de la "oportunidad para todos"; esa crisis es correlativa a la bancarrota que afecta al sistema de enseñanza pública en momentos en que la competencia por el capital cultural se intensifica y las desigualdades de clase aumentan de manera vertiginosa.

El adjetivo "multicultural" tiende un velo sobre esa crisis, confinándola artificialmente al solo microcosmos universitario y expresándola en un registro ostensiblemente "étnico"; pero en realidad su verdadero núcleo no es el reconocimiento de las culturas marginalizadas por los cánones académicos, sino el acceso a los instrumentos de (re)producción de las clases media y superior -como la universidad- en un contexto de retirada activa y masiva del Estado.

El "multiculturalismo" estadounidense no es ni un concepto, ni una teoría, ni un movimiento social o político, aunque pretende ser todas esas cosas a la vez. Es un discurso-pantalla cuyo estatuto intelectual resulta de un gigantesco efecto de alodoxia nacional e internacional que engaña a unos y otros. Es además un discurso estadounidense - a pesar de que se piensa y se presenta como universal - en la medida en que expresa las contradicciones específicas de la situación de universitarios que, sin ningún acceso a la esfera pública y sometidos a una fuerte diferenciación en su medio profesional, no tienen otro terreno donde invertir su libido política que el de las disputas de campus disfrazadas de epopeyas conceptuales.

O sea que el "multiculturalismo" lleva a todos los lugares adonde se lo exporta esos tres vicios del pensamiento nacional estadounidense, que son: a) el "grupismo", que cosifica las divisiones sociales canonizadas por la burocracia estatal como principio de conocimiento y de reivindicación política; b) el populismo, que reemplaza el análisis de las estructuras y de los mecanismos de dominación por la celebración de la cultura de los dominados y de su "punto de vista", elevado al rango de proto-teoría funcional; c) el moralismo, que al obstaculizar un análisis materialista racional del mundo social y económico, condena a un debate sin fin ni efectos sobre el necesario "reconocimiento de las identidades", cuando en la triste realidad de todos los días el problema no se sitúa para nada en ese nivel4: mientras que los filósofos se satisfacen doctamente con el "reconocimiento cultural", decenas de miles de niños de las clases y etnias dominadas son radiados de las escuelas primarias por falta de vacantes (25.000 este año, sólo en la ciudad de Los Ángeles); y apenas uno de cada diez jóvenes provenientes de hogares con ingresos inferiores a los 15.000 dólares anuales accede a la universidad, contra el 94% de los hijos de familias cuyos ingresos anuales superan los 100.000 dólares.

Se podría hacer la misma demostración respecto de la noción fuertemente polisémica de "mundialización". El resultado -si no la función- de esta noción es vestir de ecumenismo cultural o de fatalismo económico los efectos del imperialismo estadounidense, y mostrar como necesidad natural lo que es una relación de fuerza transnacional. Al cabo de una inversión simbólica, la remodelación de las relaciones sociales y de las prácticas culturales según el patrón estadounidense es aceptada con resignación como la culminación forzosa de las evoluciones nacionales, cuando no celebrada con un entusiasmo de rebaño.

El análisis empírico -en el largo plazo- de la evolución de las economías avanzadas, sugiere sin embargo que la "mundialización" no es una nueva fase del capitalismo sino una "retórica" que invocan los gobiernos para justificar su voluntaria sumisión a los mercados financieros. La desindustrialización, el aumento de las desigualdades y la contracción de las políticas sociales son el resultado de decisiones de política interna que reflejan el vuelco de las relaciones de clase en favor de los propietarios del capital; no, como se repite incesantemente, la consecuencia ineludible del aumento de los intercambios exteriores5.

Al imponer al resto del mundo categorías de percepción homólogas de sus estructuras sociales, Estados Unidos rehace el mundo a su imagen: la colonización mental que se opera a través de la difusión de estos conceptos sólo puede llevar a una especie de " Washington consensus" generalizado y hasta espontáneo, como se puede ver hoy en materia de economía, de filantropía o de enseñanza de la gestión. Ese doble discurso basado en la creencia remeda a la ciencia, invistiendo al fantasma social del dominante con la apariencia de la razón (fundamentalmente económica y politológica); y tiene el poder de hacer advenir las realidades que pretende describir, según el principio de la profecía autocumplida. Presente en la mente de los responsables de las decisiones políticas o económicas y de su público, dicho discurso sirve de elemento de construcción de las políticas oficiales y privadas, al mismo tiempo que de instrumento de evaluación de las mismas. Como todas las mitologías de la era científica, la nueva vulgata planetaria se apoya en una serie de oposiciones y de equivalencias, que se sostienen y se responden, para describir las transformaciones contemporáneas de las sociedades avanzadas: retirada económica del Estado y refuerzo de sus componentes policiales y penales, desregulación de los flujos financieros y flexibilización del mercado del empleo, reducción de las protecciones sociales y celebración moralizante de la "responsabilidad individual".

Caballo de Troya bicéfalo

El imperialismo de la razón neoliberal halla su realización intelectual en dos nuevas figuras ejemplares del productor cultural. En primer lugar, el experto, que en la penumbra de ocultos despachos ministeriales o patronales, o en el secreto de los think tanks, prepara documentos de alto contenido técnico, redactados en la medida de lo posible en lenguaje económico y matemático. Luego viene el consejero en comunicación del príncipe, tránsfuga del mundo universitario pasado al servicio de los dominadores; su misión consiste en dar forma académica a los proyectos políticos de la nueva nobleza de Estado y empresaria; su modelo planetario es sin discusión posible el sociólogo británico Anthony Giddens, profesor de la universidad de Cambridge, recientemente designado director de la London School of Economics, y padre de la "teoría de la estructuración", síntesis escolástica de diversas tradiciones sociológicas y filosóficas.

Y se puede ver la encarnación por excelencia de la astucia de la razón imperialista en el hecho de que sea Gran Bretaña, situada -por razones históricas, culturales y lingüísticas- en posición intermedia, neutra (en el sentido etimológico de: ni… ni… y o… o…) entre Estados Unidos y Europa continental, la que dio al mundo ese caballo de Troya con dos cabezas -una política y otra intelectual- en la persona dual de Tony Blair y de Anthony Giddens. Este último es el "teórico" autoproclamado de la "tercera vía", y según sus propias palabras "adopta una actitud positiva respecto de la mundialización"; "trata [sic] de reaccionar a las nuevas formas de desigualdades" pero advirtiendo de entrada que "los pobres de hoy en día no son iguales a los pobres de antaño, (…) así como los ricos ya no son como en otros tiempos"; "acepta la idea de que los sistemas de protección social existentes, y la estructura general del Estado, son la fuente de problemas, y no sólo la solución para resolverlos"; "subraya el hecho de que las políticas económicas y sociales están vinculadas" para afirmar más claramente que "los gastos sociales deben ser evaluados en términos de sus consecuencias para el conjunto de la economía"; y por último se "preocupa por los mecanismos de exclusión" que descubre "en el segmento inferior de la sociedad, pero también en el superior [sic]", convencido de que "redefinir la desigualdad en relación con la exclusión en esos dos niveles" es "coherente con una concepción dinámica de la desigualdad6". Los dueños de la economía pueden dormir tranquilos: han encontrado a su Pangloss7

  1. Estados Unidos no tiene el monopolio de la pretensión universal. Muchos otros países -Francia, Gran Bretaña, Alemania, España, Japón, Rusia- han ejercido o se esfuerzan aún por ejercer en su propia esfera de influencia, formas de imperialismo cultural perfectamente comparables al estadounidense. Con una diferencia, sin embargo: por primera vez en la historia, un solo país se halla en condiciones de imponer su punto de vista sobre el mundo, a todo el mundo.
  2. Ver Fritz Ringer, The Decline of the Mandarins, Cambridge University Press, Cambridge, 1969.
  3. Pierre Bourdieu, "Les conditions sociales de la circulation internationale des idées", Romanistische Zeitschrift für Literaturgeschichte,14-1/2, 1990, pp. 1-10.
  4. Al igual que la mundialización de los intercambios materiales y simbólicos, la diversidad de culturas no data de nuestro siglo, dado que es coextensiva a la historia humana, como ya lo habían señalado Emile Durkheim y Marcel Mauss en su texto "Note sur la notion de civilisation" (Année sociologique, 12, 1913, pp. 46-50, vol. III, Editions de Minuit, París, 1968).
  5. Ver Neil Fligstein, "Rhétorique et réalités de la mondialisation", Actes de la recherche en sciences sociales, 119, septiembre de 1997.
  6. Extractos tomados del catálogo de definiciones escolares de esas teorías e ideas políticas, que Anthony Giddens propone en la sección "FAQs (Frequently Asked Questions)" de su sitio en Internet: http://www.lse.ac.uk/Giddens/FAQs.htm
  7. Personaje de la novela de Voltaire Cándido (1759), Pangloss representa al eterno optimista, ingenuo e incapaz de rendirse a las evidencias más indiscutibles.
Autor/es Pierre Bourdieu, Loïc Wacquant
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 11 - Mayo 2000
Páginas:12, 13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Educación
Países Estados Unidos, Japón, Alemania (ex RDA y RFA), España, Francia, Rusia