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Y el cazador se convirtió en presa…

Lejos han quedado los milagros bíblicos. En el nuevo milenio, las economías financiera y virtual son capaces de generar increíbles negocios, como el de la fusión entre America Online y Time Warner, en la que la presa devora al cazador. Para los creyentes y fanáticos de esta "nueva economía" los déficits no importan en la medida en que aumente su cotización en bolsa. El credo se construye en torno al "valor creado" y en la medida de lo posible sin espacio para otros ya que el lema es "el vencedor se lo lleva todo".

La "fusión" de America Online (AOL) con Time Warner, anunciada el 10 de enero de 2000, constituye la mayor alianza de empresas realizada hasta el momento. Pero esta unión, que revoluciona los vínculos entre las industrias de las telecomunicaciones, de los medios y de Internet, señala sobre todo el inicio de una nueva era en las relaciones entre la economía tradicional y la nueva economía, así como entre la economía virtual y la economía real.

Indudablemente, a pesar de las precauciones lingüísticas (el comunicado de prensa anunciaba una "fusión entre iguales"), se trata de la absorción de Time Warner por AOL. Sin embargo, Time Warner es mayor que AOL; cinco veces en volumen de negocios (26.600 millones contra 5.200 millones de dólares), dos veces y media en ganancias (1.200 millones contra 500 millones de dólares) y seis veces en empleados (70.000 trabajadores contra 12.100). ¿Cómo un enano pudo tragarse a un gigante? Es que en este tipo de operación, sólo cuenta la capitalización bursátil. En vísperas de la "fusión", America Online era valuada en 143.000 millones de dólares contra 111.000 millones de Time Warner.

Esta relación de fuerzas se reflejará en la nueva compañía, que llevará por nombre AOL Time Warner: los accionistas de AOL serán mayoritarios con el 55% de los títulos; el símbolo bursátil será "AOL"; el presidente (chairman): Steve Case, 42 años, dueño de AOL. En tanto el Sr. Gerald Levin, 60 años, actual jefe de Time Warner, sólo será director general.

El contraste entre los dos integrantes del nuevo grupo es impresionante. AOL es una compañía muy joven cuyo historial se compone de intuiciones, de crisis y de rebotes espectaculares (leer el artículo de Dan Schiller Internet, rehén del comercio, pág. 20). Con frecuencia la empresa estuvo al borde de la hecatombe. En 1993, Bill Gates, dueño de Microsoft, le notificaba a Steve Case su decisión de comprar o aplastar la compañía, lanzando su propio servicio en línea: MSN. Numerosos incidentes técnicos (provocados por la incapacidad para gerenciar el crecimiento acelerado del número de suscriptores) fueron superados por escaso margen.

Tan sólo hasta hace dos años, Time Warner, el aglomerador de los medios, sin duda hubiera podido añadir America Online a su galeria. En diciembre de 1999 -a semejanza de rivales como Disney, que tomó una participación en el portal Infoseek- el grupo creó un fondo de 500 millones de dólares para invertir en Internet. El abanderado de los medios de comunicación tradicionales no tuvo en cuenta ni la burbuja de la bolsa ni las nuevas costumbres financieras. Así el cazador se convirtió en presa.

Efectivamente, en 1995, con la entrada de Netscape a la Bolsa, nació -accidentalmente- una revolución en materia de capitalización bursátil. Hasta ese momento, una ley férrea establecía que una sociedad sólo podía entrar al mercado luego de demostrar su viabilidad.

Como mínimo se debían presentar cuatro trimestres consecutivos de ganancias. Pero Jim Clark, fundador de Netscape, era un hombre impaciente, que intentaba financiar la construcción del mayor yate del mundo enteramente computarizado: la solicitud de fondos públicos tuvo lugar cuando la empresa sólo tenía un año de vida y estaba acumulando pérdidas. Fue un éxito rotundo: el día de su entrada en la bolsa, el papel Netscape pasó de 6 a 24 dólares. Algunos meses más tarde la empresa seguía deficitaria, pero a pesar de todo la acción valía 140 dólares. En su biografía sobre Clark, el periodista Michael Lewis describe la búsqueda desaforada "de la última nueva cosa" (the new new thing), llamada a transformar el mundo. Paradójicamente, en un mundo gobernado por financistas que exigen rigor a los Estados y a los individuos, las empresas más cotizadas no son las que obtienen ganancias estables sino las que "apuestan a un concepto". Dichas empresas dirigen el siguiente mensaje a los mercados: "El futuro no se parecerá en lo más mínimo al mundo actual; por consiguiente, ustedes no pueden determinar nuestro valor mirando el presente. Deben cerrar los ojos e imaginar una nueva era." En la nueva economía, "el escepticismo no es una señal de inteligencia, es un pecado"1. Ya sea por clarividentes o sencillamente por crédulos, los inversores propulsan así las empresas digitales hacia la cima. De tal suerte, Amazon.com vale más que todas las grandes cadenas estadounidenses de librerías juntas. Del mismo modo, inmediatamente después de su llegada a la Bolsa, Priceline.com, un servicio de venta de pasajes de avión a bajo costo, valía 11.700 millones de dólares, o sea, más que cualquier compañía aérea2.

Empresas muy jóvenes están así en condiciones de fagocitar negocios consolidados y rentables en los cuales los mercados no se interesan. Otro fenómeno reciente aumenta las distorsiones: numerosos sectores de la economía global se rigen por el principio de "el vencedor se lo lleva todo" (winner-take-all). El antiguo precepto que plantea que la marea entrante levanta todos los barcos ya no es apropiado. Son muchos los aspirantes a la categoría de superestrella, pero la mayoría de los competidores perece en el camino3.

Bajo esa óptica, el alza fenomenal de los índices bursátiles estadounidenses enmascara la disparidad de rendimientos. Durante 1999, las acciones de la mayoría de las empresas cotizadas en Bolsa retrocedieron. De esta manera, el índice NASDAQ de los valores tecnológicos ganó un 85% en un año, pero más del 65% de los títulos cotizados en ese mercado sufrieron una baja de 30% o más4. La explicación es sencilla: estos índices son considerados representativos, pero también -y sobre todo- son una vitrina donde se exponen fundamentalmente los títulos "vedettes".

Este razonamiento permite a los candidatos a la categoría de superestrella en ciertas ramas, beneficiarse con un efecto "bola de nieve": en la medida en que aumente su cotización en bolsa, mejora también su posición ante las empresas rivales, dado que el "valor creado" les permite realizar inversiones masivas (por ejemplo en publicidad) y atraer así con su performance a nuevos inversionistas.

Esto explica el éxito de Amazon (cuyo creador, Jeff Bezos, fue electo el "hombre del año 1999" por Time Magazine). La acumulación de pérdidas del librero virtual, aparentemente no asusta a los inversores, quienes consideran que al final, gracias a sus inversiones (y por lo tanto a sus pérdidas), la compañía superará a sus competidores y "ganará la apuesta" del comercio electrónico. Por consiguiente, los grandes interrogantes de la economía política clásica (1: ¿Qué es lo que constituye el "valor"o la "plusvalía"? y 2: ¿A quién pertenece ese "valor"?) son eludidas, si no resueltas (Respuestas: 1: Lo que el mercado determine; 2: A los accionistas). O sea que los vaivenes bursátiles, al tiempo que se alejan de la economía real, son sin embargo capaces de reestructurarla.

De este modo, desde el pasado 10 de enero, la valoración del grupo AOL-Time Warner conoció fluctuaciones vertiginosas. En el momento en que se anunciaba la "fusión", los dirigentes de ambos grupos estimaban la transacción en 350.000 millones de dólares. A mediados de la sesión, el curso combinado de las acciones ya era sólo de 280.000 millones. A los dos días, la capitalización bursátil de ambos títulos había perdido la insignificancia de 35.000 millones de dólares. O sea, la capitalización de mercado total de IBM en 1975, cuando esta última era la primera compañía mundial.

¿Qué precio tiene la acción AOL-Time Warner? Según los expertos, la valoración correcta se encontraría en algún lugar entre los 34 y los 114 dólares. Una diferencia bastante amplia, que, en el festín de la economía real, no dejará de estimular los apetitos de los lobatos de la nueva economía.

  1. Michael Lewis, The New New Thing: A Silicon Valley Story, W.W. Norton, Nueva York, 1999.
  2. Ibrahim Warde, "Dow Jones: Plus dure sera la chute", Le Monde diplomatique, París, octubre de 1999.
  3. Robert H. Frank y Philip J. Cook, The Winner-Take-All Society, Nueva York, Free Press, 1995 (cf. Nota en Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1996.)
  4. The Washington Post, National Weekly Edition, 3-1-2000.
Autor/es Ibrahim Warde
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 8 - Febrero 2000
Páginas:22
Traducción Teresa Rodríguez Loeches
Temas Internet, Neoliberalismo, Nueva Economía