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Las mil y una manos de África

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el África subsahariana es una de las regiones del mundo donde las mujeres trabajan más, sin distinción de edades. Por supuesto, todo un mundo separa a las prósperas mujeres de negocios de Togo o de Nigeria, de las vendedoras callejeras de Dakar. La minoría que conquistó -en general con enormes esfuerzos- su autonomía, no puede ocultar la situación de precariedad y de dependencia de la inmensa mayoría de las africanas, ni el abismo que separa su rol económico real de su poder social y político.

Diecisiete horas diarias: tal es la duración de la jornada laboral de una mujer africana. La realidad de las ciudades y el campo del continente es más elocuente que las estadísticas de las organizaciones internacionales. En los mercados de Bamako, en las polvorientas tierras rojas de Burkina Faso, en las veredas de Lagos o en las playas de Dakar, se puede ver trabajar a las africanas. Venden tres nueces de cola, cinco cigarrillos, diez terrones de azúcar. Intercambian quince mangos contra un trozo de tela, unos pescados secos contra dos pastillas de jabón. Labran la tierra, quitan los yuyos, siembran, en minúsculos y áridos lotes de terreno desdeñados por los demás.

"Máquina de placer y máquina agrícola": la definición del escritor camerunés René Philombe puede verificarse en todos los campos africanos. En el África Occidental, el cultivo pluvial de arroz es a veces un trabajo exclusivamente femenino; en las tierras de los peules las mujeres tienen a su cargo la cría de animales. En términos generales, las mujeres africanas representan el 80% de la fuerza humana utilizada en la producción de alimentos. Son las mil y una pequeñas manos que alimentan al continente. Manos anónimas, largamente olvidadas por las estadísticas y por los planes de desarrollo. Manos invisibles, no remuneradas, marginadas del acceso a la tierra, a la propiedad, al crédito, a la herencia. Sometidas a todo tipo de explotación en campos que no les pertenecen, y que en caso de divorcio o de muerte del marido les serán inmediatamente arrebatados por la familia política.

Salvo raras excepciones (como la de Namibia, donde las mujeres de la etnia himba poseen la mayoría del ganado, o la de los zulúes, donde poseen también sus graneros y sus campos), se verifica el viejo adagio peule: "La tierra es un padre que no reconoce a sus hijas". Como escribiera la burkinesa Georgette Konaté: "Generalmente considerada como extranjera a plazo por su propia familia, y auténtica extranjera en el linaje que la recibe, la mujer no puede pretender poseer y controlar un bien tan inestimable como la tierra"1

No mucho más afortunadas, sus semejantes de las ciudades cargan también con las ocupaciones más duras y peor remuneradas. La falta de preparación2 las arroja masivamente al sector informal: en el África subsahariana, el 60% de las mujeres que trabajan lo hace por cuenta propia (es el porcentaje más alto del mundo), como comerciantes de legumbres o de medicamentos más o menos adulterados, destiladoras de alcohol de mandioca, vendedoras de agua fría… En África, trabajar no es una cuestión de elección, menos aún de desarrollo personal o de emancipación, sino de subsistencia. De esas pocas monedas ganadas al cabo de la jornada dependen los gastos diarios de la familia: en general, apenas para escapar de la miseria, de la indigencia absoluta. En África Occidental, el 30% de los hogares tienen a la cabeza mujeres solas y son precisamente los más pobres, indica la economista marfileña Ginette Yoman (cifras de 1995).

La crisis agravó la competencia entre hombres y mujeres; competencia despiadada, en la que las mujeres rara vez salen ganadoras. En la agricultura, donde los programas de ajuste -al privilegiar los cultivos de renta y de apropiación privativa de las tierras- castigaron duramente a las campesinas. En el sector formal, donde las mujeres fueron las primeras en ser despedidas (proporcionalmente, han sufrido más que los hombres las restricciones presupuestarias). También en el informal, donde los programas de ajuste causaron estragos entre las vendedoras de las ciudades al reducir el poder adquisitivo de sus clientes y al generar miles de desempleados que compiten ahora con ellas y les disputan las actividades más lucrativas. Irónicamente, al poner en evidencia (y al agravar) la precariedad del trabajo femenino, la crisis ha revelado el papel fundamental de las mujeres en la economía africana.

Las Chicas Benz

¿Qué otra cosa se puede hacer cuando el marido ha quedado sin trabajo? En los años 80, cuando los draconianos recortes presupuestarios dejaron en la calle a miles de funcionarios congoleses, las mujeres salieron a los mercados para ganar el sustento. ¿Cuándo se dieron cuenta las organizaciones internacionales de que la mitad de los africanos son africanas? Les llevó su tiempo: el papel de la mujer en el desarrollo comenzó a ser reconocido y puesto en evidencia recién en 1975 (pomposamente decretado "año de la mujer") y en la década siguiente3.

Pero la toma de conciencia -por otra parte, muy relativa- de las organizaciones internacionales y de las organizaciones no gubernamentales (ONG), no mejoró casi nada la vida diaria de esas mujeres. Aunque todos reconocen sus capacidades de administradoras, su acceso al crédito es muy dificultoso. Gestionar un préstamo implica una carrera de obstáculos, cuyo resultado más frecuente es una negativa: para conseguir un crédito hay que tener fondos suficientes y poder dar un bien en garantía, dos condiciones que excluyen a las mujeres desde el comienzo. En Kenya, en Malawi, en Sierra Leona, en Zimbabwe, en Zambia, las mujeres reciben menos del 10% de los créditos acordados a los pequeños propietarios. En el sector agrícola es todavía peor, ya que el porcentaje baja a menos del 1%4.

Incluso en sectores que dominan, muy pocas veces las mujeres poseen el control de todo el proceso de producción y menos todavía la posibilidad de acceder a los centros de decisión. En Togo, hace unos treinta años, un puñado de mujeres comprendió que el dinero es el núcleo de la guerra de los sexos. Por medio de astutos acuerdos con grandes firmas europeas de import-export sobre modelos exclusivos de telas, a pagar sólo luego de vendidos, lograron ganar importantes sumas. Apodadas las "Chicas-Benz" (por los suntuosos Mercedes-Benz en que se mueven, conducidos por jóvenes que -se dice- suelen ser también sus gigolós), solteras, viudas o divorciadas, esas modernas amazonas dirigen con mano de hierro edificios, comercios o cuentas en Suiza. Hoy en día, a pesar de que la crisis ha reducido sus ganancias, obligándolas a cambiar los tejidos ingleses por los wax nigerianos, más baratos, esas mujeres tienen supuestamente entre sus manos la mitad de la economía togolesa.

Las Chicas-Benz tienen un antecedente: la señora Tinubu, que legó su nombre a una plaza de Lagos (Nigeria). Figura emblemática de la historia yoruba, esta comerciante construyó en los años 1850 un mini imperio económico en base al comercio de armas y desempeñó un papel político determinante, pues habría financiado las guerras contra el reino de Abomey.

"Una mujer traficante de armas no sorprendía a nadie entonces", explica Corinne Mandjou, periodista de origen camerunés, autora de una monografía sobre la historia política de las mujeres en África desde el siglo XVII al siglo XIX. Y añade: "En la época precolonial, las mujeres eran propietarias del capital y de la fuerza laboral. La condición de la mujer africana, tal como ha sido presentada siempre por los occidentales, es un gran engaño. Es falso decir que la mujer africana es sumisa, que no participa de la toma de decisiones. Los que escribieron sobre África a partir del siglo XIX eran hijos de familias que cargaban con sus prejuicios de clase. Tenían por interlocutores a los jefes tribales y, como no veían a las mujeres, deducían que no tenían ningún poder. Pero ocurre que en las sociedades africanas tradicionales, antes de tomar una decisión, siempre se pide la opinión de las mujeres, aunque ellas nunca hablen en público. Además, en la sociedad africana tradicional la reina-madre y la primera esposa tienen un papel político crucial. Actualmente la situación es muy diferente. Los hombres han acaparado el poder y las mujeres están obligadas a luchar en todos los terrenos. Para colmo, existen muy pocos movimientos de mujeres, en general están supeditados a los partidos políticos"

La carta de la solidaridad

El cambio de las normas tradicionales por las legislaciones modernas, en lugar de mejorar la suerte de las mujeres africanas, más bien agravó las cosas. La ley senegalesa sobre las comunidades rurales muestra cómo una legislación en principio sexualmente neutra puede al fin volverse contra las mujeres: al exigir que uno de cada tres consejeros rurales sea representante de una cooperativa, cuando la mayoría de las agrupaciones son comunidades de mujeres, éstas se encontraron i?pso facto separadas de las instancias de decisión. El resultado es que en 1994, sólo 6 de los 4.000 consejeros rurales del país eran mujeres. Para paliar la apatía de las autoridades y los resultados -a menudo hipotéticos- de las políticas de apoyo, las mujeres se unen, juegan la carta de la solidaridad. ¿Los bancos se niegan a darles préstamos? Entonces crean fondos comunes o asociaciones mutuales. Y no es por casualidad si hoy en día las jóvenes africanas se apasionan por todas las formaciones referidas a los mecanismos bancarios y a las estructuras de financiamiento. ¿Los hombres les bloquean el acceso a la Universidad? En Camerún y en Ghana, ciertos grupos de mujeres utilizan hasta sus ganancias para financiar los estudios de las jóvenes pobres de su aldea5.

Las Chicas-Benz impusieron la idea de que el control de la distribución es fundamental. "En Ghana, en los dos Congo, en Nigeria, las mujeres ocupan un lugar central en las redes comerciales. Se comienza con tejidos, y rápidamente se llega a la importación y exportación de todo tipo de productos. En África Occidental, el prêt-à -porter está manejado en un 95 % por mujeres. Son ellas quienes viajan a Francia, a Italia, y ahora a Singapur y a Taiwan. Aun en sectores como el agro-alimentario están muy presentes: oficialmente, los hombres tienen el mando, pero en realidad son las mujeres las que dirigen", explica Corinne Mandjou.

En Nigeria, las comerciantes yorubas utilizan sus contactos en el campo y si hace falta recurren a la solidaridad de sus familias para saber cómo se presentan las cosechas inminentes. En Camerún, las Bayam Sallam (buy and sell en realidad, expresado en lenguaje pidgin) recorren el país para comprar los excedentes de los productores rurales, contratando jóvenes campesinos como guardaespaldas. En Burkina Faso crean campos de explotación colectiva. En Senegal, ciertas intermediarias negocian directamente con los pequeños productores de cultivos alimenticios y poseen a veces sus propios lotes de tierra. Asimismo, en Lomé las grandes comerciantes de pescado poseen dos tercios de la flota pesquera local. La unión hace la fuerza: en Ibadán (Nigeria), las mujeres formaron la asociación COWAD (Committee On Women And Development - Comité para las mujeres y el desarrollo) para agrupar sus órdenes de compra y conseguir así precios más ventajosos.

Poco a poco la resistencia se organiza, aunque, al igual que el trabajo femenino, muchas veces es informal y avanza lentamente. El camino a recorrer es largo y estrecho, los obstáculos, incontables: en Camerún, país de businesswomen, aún hoy las mujeres no pueden salir al extranjero sin autorización de sus maridos.

  1. Georgette Konaté, Femme rurale dans les systèmes fonciers au Burkina Faso. Cas de l´Oudalan, du Sanmatenga et du Zoundweogo, Uagadugu, Embajada real de Holanda, 1992.
  2. Según el Informe sobre el empleo en el mundo 1998-1999 de la Organización Internacional del Trabajo, en 1995, más de la mitad de las niñas de entre 6 y 11 años no asisten a la escuela.
  3. A. Cassam, "La femme, inépuisable source de richesses", Le Monde diplomatique, París, mayo de 1993.
  4. Jeune Afrique Economie, diciembre de 1995.
  5. Codou Bop, "Quelle coopération internationale en Afrique", Politique africaine, Talence, marzo de 1997.
Autor/es Elisabeth Lequeret
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:30, 31
Traducción Carlos Zito
Temas Sexismo, Deuda Externa, Discriminación, Política, Trabajo, Derechos Humanos, Políticas Locales
Países Camerún, Congo, Ghana, Malawi, Namibia, Nigeria, Senegal, Togo, Zambia, Zimbabwe, Singapur, Francia, Holanda (Países Bajos), Italia, Suiza