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Vulnerables objetos de explotación

El África negra tiene tasas muy altas de fecundidad, pero también de mortalidad materna. En las condiciones de vida de las mujeres que minan su salud desde la infancia, impactan factores culturales propios, combinados con las formas de modernización. Un status subalterno en la familia, agotadoras jornadas de trabajo, y especialmente las prácticas de mutilación genital, las exponen a partos riesgosos en culturas que, paradójicamente, otorgan identidad a las mujeres sólo a partir de la maternidad.

Mujer de pescador en Senegal, con las manos quemadas por la salmuera durante todo el día; mujer rural, con su bebé en la espalda, que muele diariamente más de 20 kilos de mijo o de arroz; criada de Abidján, que se levanta muy temprano y se acuesta muy tarde, cargada de duras tareas domésticas, muchas veces maltratada y mal alimentada; vendedora del gran mercado de Cotonú… En toda África la mujer conjuga la salud en negativo. Por fuerte y emprendedora que sea, el exceso de trabajo, las comidas frugales y la falta de consideración acaban por erosionar su salud1

Para millones de mujeres, la existencia se distribuye entre trabajos domésticos y agrícolas, venta de los productos cosechados, acarreo de agua y de leña; a la vez que deben ocuparse de la educación de los niños. Si bien muy pocos estudios se ocupan de analizar su situación, se puede estimar razonablemente que las mujeres senegalesas de zonas rurales trabajan entre 16 y 18 horas diarias2. Las de los otros países de la región no son más afortunadas.

Ese maltrato se traduce en una cifra tan emblemática como inquietante: 160.000 mujeres africanas mueren cada año, sea durante el parto o en las semanas siguientes, sea a causa de abortos clandestinos y riesgosos. Según las estimaciones más recientes de la oficina de la Unicef en Abidján, las muertes maternas serían 980 cada 100.000 nacimientos. Se trata de un promedio, pues la cifra de víctimas se eleva a 1600 en Guinea, 1500 en el Chad, 1200 en Niger y en Malí. Por cada mujer que muere en África por esas razones, entre treinta y cien padecen complicaciones, tanto agudas, ligadas al embarazo (ruptura de útero, inflamación de la pelvis y esterilidad), como crónicas, por ejemplo infecciones del aparato genital, y sobre todo fístulas vesico-genitales, que -por la incontinencia urinaria que generan- son la causa del rechazo social de que son objeto innumerables muchachas que se convierten en "nauseabundas"3.

El África Occidental y Central registra las tasas de fecundidad más altas del mundo. Las mujeres de esos países acumulan todas las situaciones que propician la catástrofe: las casan demasiado jóvenes, apenas alcanzada la pubertad (más de la mitad de las africanas dan a luz durante la adolescencia)4; tienen embarazos precoces (el 10% de las chicas de Camerún y Nigeria tiene hijos antes de los 15 años) y después embarazos continuos hasta el agotamiento de su vida fecunda, que dura alrededor de 20 años. Por último, son víctimas de la excisión y de la infibulación, que minan su salud desde su infancia5. Una amenaza creciente planea además sobre ellas: la veloz propagación del virus del sida en África, donde -según las estimaciones de la agencia de Naciones Unidas, Onusida- hay 22 millones de portadores del virus HIV.

Maternidad con riesgo

Las mujeres africanas son cada vez más conscientes de ese peligro y se movilizan, pero siguen siendo vulnerables, tanto las que viven en la ciudad y van a la escuela, como las que viven en el campo y son analfabetas. No tienen poder para decidir libremente la protección a adoptar durante las relaciones sexuales. Atreverse a proponerle al marido o a un compañero que usen preservativo, las vuelve sospechosas de infidelidad, con el riesgo de ser expulsadas del domicilio conyugal. Otros riesgos provienen de comportamientos surgidos por la crisis: mujeres que se prostituyen temporalmente porque su marido perdió el trabajo, o jovencitas sin medios para concluir sus estudios, que aceptan la ayuda de "padrinos" atraídos por su juventud, muy cotizada en tiempos de epidemia.

En cuanto a las mujeres de mayor edad, pasada la menopausia (que en África se vive mejor que en los países del Norte, porque otorga a la mujer la condición de experimentada y respetable) ¿a quién le importan?

Ninguna campaña sanitaria se ocupa del cáncer de mama o de cuello de útero, cada vez más frecuentes, ni de patologías relativas a la vejez, a la vez que faltan cruelmente los medios de detección precoz y el acceso a los tratamientos más modernos y eficaces.

Las elevadas cifras de muertes maternas -únicas estadísticas de envergadura que existen sobre la salud femenina- evidencian las condiciones económicas y sociales en que viven las africanas. Claro que los hombres padecen, igual que ellas, las dificultades propias de la crisis y del subdesarrollo del continente, pero se les demanda menos esfuerzo y no están extenuados por las múltiples tareas cotidianas. Más respetados, los varones pueden disponer de tiempo para descansar y para distraerse. En la mesa, se les sirve antes que nadie, por lo que se quedan con los mejores bocados. Luego se sirve a los niños, mientras que la mujer, aun embarazada, suele conformarse con los restos. Entre las jóvenes parejas que viven en las ciudades esa situación tiende a evolucionar hacia una forma de compartir las comidas a la occidental. Pero muchas mujeres son víctimas aún de las prácticas tradicionales, que ellas mismas consideran naturales.

La fatiga que les produce su ritmo de trabajo se une a numerosas carencias nutricionales en hierro (de donde surge el riesgo de anemia, responsable del 20% de las muertes en parto), en vitamina A, en zinc y en yodo, que tendrán nefastas consecuencias sobre su salud y la de sus hijos. Por ejemplo, la ausencia de yodo en la alimentación aumenta el riesgo de niños nacidos muertos, de abortos espontáneos y de muerte de la futura madre por hipotiroidismo. La República Centroafricana y Guinea, entre otros países, padecen actualmente un preocupante recrudecimiento del bocio.

Paradójicamente, la mayoría de los programas sanitarios y de nutrición están destinados prioritariamente a los niños y sólo conciernen a las mujeres en tanto que operadoras; nunca son sus beneficiarias directas. Experiencias realizadas en Malí, Senegal, Burkina Faso y Benin demostraron sin embargo la relación existente entre la desnutrición de la futura madre, el bajo peso del recién nacido y las consecuencias para su futuro. No sólo los riesgos de infección son mayores, poniendo en peligro al bebé en sus primeros días, sino que un insuficiente desarrollo neurológico puede causar graves dificultades -problemas de visión, sordera, autismo- con todas las consecuencias que ello implica durante la escolaridad.

El paludismo representa una amenaza particular: el 75% de las africanas vive en zona de riesgo, lo que explica la gran frecuencia de las crisis palúdicas, responsables de la destrucción de los glóbulos rojos, que acentúan el peligro de anemia entre las embarazadas, particularmente vulnerables a esa enfermedad. El parásito (plasmodium falciparum) anida preferentemente en la placenta, aun cuando la futura madre haya recibido un tratamiento intensivo, lo que muy pocas veces ocurre. Las consecuencias recaen una vez más sobre el niño, que acabará naciendo con poco peso.

Experiencias piloto

Considerada durante demasiado tiempo en su sola condición de "reproductora", ni los grandes proyectos internacionales ni las autoridades nacionales estudiaron nunca la situación de la mujer en sí misma. Los gobiernos sólo adhirieron de la boca para afuera a la estrategia denominada"maternidad sin riesgos", estridentemente promovida en Niamey, en 1989, por las Naciones Unidas. La iniciativa había comenzado con un malentendido. Ese año, grandes carteles proclamaban en las calles de la capital nigeriana una consigna inusual, bastante provocativa en el contexto local: "Hijos: cuando quiero y si quiero". Semejante afirmación es difícil de imaginar en boca de una africana, menos aún en una mujer de la región del sur del Sahara, para la cual tener el mayor número posible de hijos garantiza una situación honrosa en su comunidad, a la vez que le aporta seguridad. La esterilidad, a la inversa, la coloca al margen de la sociedad. Ahora bien, los carteles se debían a que Niamey era sede de una Conferencia Mundial -orquestada por las grandes agencias de las Naciones Unidas y por los principales organismos crediticios- destinada explícitamente a disminuir a la mitad, antes de fin del siglo, las 500.000 muertes maternas en el mundo, 150.000 de las cuales corresponden al África.

De entrada, el discurso del representante del Banco Mundial condenaba la demografía galopante del continente -que siempre causó temor del otro lado del Atlántico- en lugar de analizar, por una vez (y de acuerdo con el nombre de la conferencia) la desesperación de esas mujeres que mueren en los partos o camino a la maternidad, en medio de grandes sufrimientos. Muchas veces por ignorancia, pero en general por falta de estructuras sanitarias próximas. Las parturientas suelen retrasar el momento de partir hacia el hospital, por temor a los gastos. Muchos responsables políticos y sanitarios señalarían luego la indecencia de aquellas declaraciones, negándose a aceptar que se confundieran así las cosas. Aun admitiendo que el espaciamiento de los embarazos es deseable para luchar contra la mortalidad femenina, el discurso del representante del Banco Mundial era extemporáneo.

Doce años después, cuando el plazo fijado se ha cumplido, las agencias organizadoras de la Conferencia (Unicef, Organización Mundial de la Salud, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Banco Mundial) presentan un magro balance. La cifra mundial de muertes maternas creció a 600.000, de las cuales 160.000 corresponden a África. A título de comparación, corresponde señalar que en los países desarrollados la cifra es de entre 10 y 20 cada 100.000 nacimientos6. En África Occidental y Central, apenas un 53% de los partos se efectúan con la intervención de un profesional de la salud, a pesar de que ello sería indispensable en el 40% de los embarazos, a causa de complicaciones.

Pero los problemas de salud de las mujeres remiten siempre al mal funcionamiento de los Estados africanos, a sus sistemas sanitarios obsoletos y sin recursos, que es necesario reorganizar (o volver a construir totalmente en los países que acaban de salir de una guerra). Hay que ocuparse de la formación del personal médico, y también de sus sueldos, muchas veces atrasados en varios meses; de la falta de médicos en las zonas alejadas y de la de puestos de trabajo en las ciudades para los jóvenes practicantes, debida a la aplicación de planes de ajuste estructurales.

Está también en juego la mentalidad africana, que oscila entre la medicina tradicional a la que recurren en primera instancia en busca de una atención más próxima y menos costosa (pero también de un trato más humano) y la medicina moderna. En detrimento, a veces, de la urgencia de una atención más adecuada pero menos comprensible para el paciente. Si la mujer embarazada tiene acceso a una maternidad, pero allí no se siente bien recibida, posiblemente se abstenga de cumplir con las visitas prenatales y prefiera dar a luz en su propia casa, desdeñando toda precaución sanitaria. El mayor grado de instrucción que posea la mujer influye positivamente en su predisposición a recurrir a los servicios de salud, tanto para ella como para sus hijos, como pudo comprobarse en Burkina Faso. Pero su situación dentro de la familia puede condicionar su autonomía financiera y su libertad de decisión: el padre de los niños, o los abuelos, en ciertos casos pueden influir negativamente en ese sentido7.

El éxito de ciertas experiencias piloto en la última década llevó a algunos países africanos a hacer de la salud femenina una gran causa nacional. Es el caso de Malí, uno de los pocos países del Oeste africano que puso en marcha una vasta reestructuración de su sistema sanitario y donde el gobierno tiene una nueva política basada en la atención médica de proximidad.

Esta estrategia -que todos los países del continente se comprometieron a seguir, a instancias de la Organización Mundial de la Salud- podría mejorar la situación de las futuras madres. El plan para ese extenso país consiste en instalar numerosos centros de salud -dotados de un enfermero, una matrona y una reserva de medicamentos a precios accesibles- de modo que todo poblador cuente con uno a menos de 15 kilómetros.

Esos centros deben suministrar un "paquete" mínimo de servicios, que comprende curaciones, prevención (vacunaciones y controles del embarazo) y educación sanitaria de la población. Hasta los últimos años, sólo el 17% de los malíes tenían acceso a atención médica de proximidad. A esos centros de primer nivel, se agrega, en un radio de 40 kilómetros (teóricamente) un hospital llamado "de referencia", donde dos médicos, aptos para realizar intervenciones quirúrgicas, recepcionan los casos más difíciles.

Ambas estructuras -a falta de teléfono- están vinculadas por una red aérea de comunicaciones (RAC). Una ambulancia -suministrada por la Unicef- se ocupa de las urgencias, entre las cuales se incluyen las vinculadas con la maternidad. De esta forma han surgido en todo Malí más de 500 centros comunitarios de salud, dirigidos por la población. Pero en Malí, como en los países vecinos, falta personal sanitario calificado, que además debería ser motivado por remuneraciones dignas para que acepte instalarse fuera de las ciudades y al que se deberán suministrar regularmente los medicamentos básicos, a fin de obtener credibilidad entre la población.

El acceso de las africanas a una mejor sanidad constituye un inmenso desafío. Para ganarlo, habrá que transformar las mentalidades. Pero también es necesario que las mujeres -muchas de las cuales luchan en ese sentido- se beneficien lo mismo que los varones con una escolarización más prolongada.

  1. Joëlle Stolz y Philippe Le Faure, "Secrète infirmité des femmes africaines", Le Monde diplomatique, París, julio de 1997.
  2. Ver la Investigación del ENDA Tiers-Monde, Dakar, 1999.
  3. Stratégies, 1998, Unicef, Nueva York
  4. Informe "Progrès des Nations 1999", Unicef, Nueva York.
  5. La excisión es la extirpación del clítoris y a veces también de los labios menores de la vulva. La infibulación, que se practica sobre todo en el cuerno de Africa, consiste en la eliminación también de los grandes labios y la obturación casi total de la vulva, que se cose con espinas. Ambas prácticas procuran dominar la sexualidad femenina y disminuir su placer; están plenamente vigentes en el continente africano. Ver "Le Burkina Faso fait reculer l'excision" par Joëlle Stölz, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1998.
  6. Estudio del INSERM (Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de Francia), París, unidad 149 del Inserm, 1999.
  7. Santé de la Mère et de l'enfant, Ediciones IRD 1999, Guillaume, Koffi, Adjamegbo
Autor/es Colette Berthoud
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:31, 32
Traducción Carlos Zito
Temas Sexismo, Deuda Externa, Discriminación, Política, Trabajo, Derechos Humanos, Políticas Locales, Educación, Salud
Países Benin, Camerún, Chad, Guinea, Malí, Nigeria, Senegal, Francia