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Chechenia

La brutal guerra librada por el ejército ruso contra Chechenia hunde sus raíces tanto en la historia remota como en la reciente. Ultimo bastión en rendirse ante el ejército imperial ruso en el siglo XIX, Chechenia ve ahora, tras la caída de la URSS, resurgir simultáneamente las mafias, el nacionalismo y el islam. Para Rusia, esto es emblemático del peligro de su pérdida de influencia en el Cáucaso, ya sea a manos de Occidente o de las milicias islámicas alimentadas desde Arabia Saudita y Afganistán.

Inhumana. La nueva guerra que libran los generales rusos en Chechenia desde septiembre de 1999 es en efecto particularmente inhumana. Más de la tercera parte de la población local, es decir, unas 200.000 personas, tuvo que huir de los combates en busca de un precario refugio en Ingushetia. De acuerdo con las organizaciones humanitarias internacionales (a las que las autoridades mantienen alejadas del frente), cientos de civiles habrían muerto en los ciegos bombardeos del ejército federal, que en algunas aldeas se habría librado además a saqueos, violaciones y otros crímenes de guerra.

En gran parte arruinada durante el conflicto anterior -de 1994 a 1996- que provocó más de 80.000 muertos, Chechenia asiste una vez más con horror a la destrucción sistemática de sus principales infraestructuras. Esta pequeña república caucásica corre el riesgo de ser enviada un siglo atrás en materia de desarrollo.

¿Cómo pudo producirse un desastre humano, económico y ecológico tan pavoroso? ¿Por qué la comunidad internacional, tan dispuesta a movilizarse el año pasado a favor de Kosovo en nombre del derecho de injerencia, asiste impasible a semejante tragedia?

La responsabilidad principal le incumbe por cierto a Moscú, que en el momento del desmantelamiento de la Unión Soviética, en 1991 y 1992, fue incapaz de proponer a las entidades que seguían perteneciendo a la Federación Rusa un estatuto de autonomía fundado en criterios auténticamente democráticos. Con la complicidad de Occidente, que impulsaba a Moscú a adoptar cuanto antes el modelo de economía liberal, el Kremlin improvisó un federalismo discrecional, dejando que en cada región se instaurara a cambio de apoyo político "una especie de arrendamiento generalizado"1 de los sectores más rentables (petróleo, divisas, alcohol, tabaco, caviar, droga, armas), concedidos a mafias o clanes locales.

Este conjunto de prácticas exacerbó las tensiones sociales. Sobre todo en Chechenia, que después de haber suministrado antes de 1940 hasta el 45% del petróleo de la Unión Soviética, veía extenderse la miseria y pasaba por una decadencia irresistible, dado que su producción de hidrocarburos representaba apenas el 1% por ciento de la producción de Rusia.

Con el ascenso de las mafias resurgieron también el sentimiento nacionalista y la renovación del islam sunnita, que se habían mantenido vivos en un país que durante más de un siglo resistió el expansionismo colonial moscovita y había sido el último bastión del Cáucaso en rendirse ante los rusos en 1859.

Los desheredados se mostraron especialmente sensibles al discurso de los misioneros wahhabitas, procedentes de Arabia Saudita con considerables recursos financieros y predicadores de un islam integrista que ya había seducido a parte de los resistentes afganos vencedores de los soviéticos en los años 80. A esta corriente islámica pertenecían los principales combatientes independentistas de comienzos de los años 90, especialmente el célebre Chamil Bassayev2.

En 1996, después de la victoria militar sobre Moscú, la sagrada unión de los chechenos se disgregó. Sometido por las fuerzas rusas a un bloqueo territorial, el gobierno de Aslan Masjadov se encontró sin medios para reconstruir el país. Por su parte, los wahhabitas constituyeron feudos islámicos donde impusieron la ley coránica, la sharia, contra la voluntad de muchas familias. Aprovechando estos desórdenes, proliferaron las mafias y el bandolerismo. Entonces se desarrolló una verdadera economía de rapiña y bandolerismo: saqueos de granjas aisladas, contrabandos de todas clases y sobre todo secuestros de cientos de personas, muchas de ellas extranjeras, para obtener rescate.

Poco a poco Chechenia se convirtió así, en parte a pesar de sí misma, en una entidad caótica ingobernable, temida por sus vecinos y de la que empezaron a huir sus propios habitantes.

En este contexto de descomposición, se produjeron tres acontecimientos que llevaron al conflicto actual. En primer lugar, en mayo de 1999 Rusia se sintió marginada cuando se reabrió oficialmente, con la bendición occidental, un oleoducto que vinculaba Bakú (Azerbaiyán) con Supsa (Georgia), en las orillas del mar Negro. Más grave aún, en noviembre de 1999 Turquía, Azerbaiyán y Georgia firmaron un acuerdo para la construcción de otro oleoducto que unía Bakú con el puerto turco de Ceyhan, en el Mediterráneo, evitando así definitivamente el territorio ruso. Moscú encajó esto como una humillación geopolítica, capaz de anunciar una grave pérdida de influencia en el Cáucaso. Tanto más cuanto que esos nuevos oleoductos se colocan automáticamente bajo la protección del sistema de seguridad de la OTAN…

Luego, en agosto de 1999, la incursión sobre Daguestán llevada a cabo por el jefe islámico checheno Bassayev, confirmó a ojos de los rusos los riesgos de contagio que para el conjunto del Cáucaso acarrearía el ejemplo de una eventual independencia chechena. Aunque rápidamente circunscripta y dominada, esa incursión asustó a Moscú, que vió multiplicarse las amenazas a su control sobre una región tan estratégica como el norte del Cáucaso.

Por último, a comienzos del otoño de 1999. los atentados con explosivos contra inmuebles civiles -que provocaron 300 muertes en varias ciudades rusas- fueron rápidamente atribuidos, sin pruebas decisivas, a "los bandidos chechenos", lo que enardeció a una opinión pública sumida desde hacía diez años en una catástrofe social.

Es evidente que Vladimir Putin aprovechó la situación para imponerse como el hombre fuerte que los rusos esperan. Pero esta dimensión política es inseparable de las apuestas estratégicas de la guerra: para Moscú se trata de reconquistar Chechenia y, en última instancia, de restaurar la potencia dominante de Rusia en el Cáucaso. Incluso si para eso necesita matar hasta el último checheno.

  1. Leer Jean Radvanyi, "Sale guerre en Tchétchénie", en L´Atlas 2000 des conflits, Manière de voir, n. 49, enero 2000
  2. Vase "Guerra santa entre musulmanes" por Ahmed Rashid, en Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, noviembre 1999.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 8 - Febrero 2000
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Historia, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo, Corrupción, Estado (Política), Geopolítica, Políticas Locales, Islamismo
Países Afganistán, Azerbaiyán, Georgia, Rusia, Turquía, Arabia Saudita