Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

A la caza de marroquíes

Fascismo enfurecido, oficial y activo en España, pleno corazón de la Unión Europea. Algo así como las premoniciones y demonios que evoca el austríaco Haider, pero materializadas. Eso es la ola de violencia racista que se abatió sobre El Ejido, Almería, luego del asesinato de una joven española por un magrebí desequilibrado como detonador y excusa. Pero las causas profundas están en la sobreexplotación de una comunidad de inmigrantes marroquíes -cuyo trabajo es la base del desarrollo espectacular de los cultivos de invernadero en Andalucía- a quienes se niegan sus derechos humanos y sociales.

Todo esto es una trampa… Mi hermano está en Marruecos y quería venir. Le dije: No vengas, esto es espantoso". A contraluz, la trampa de la que habla Mohamed Mehdi se parece al mar, un mar geométrico, cruzado, parcelado, dividido en franjas. Un mar que prolongaría el horizonte marino y subiría en una ola única hacia la montaña, después se fijaría, azul y blanco, sobre sus cuestas. De vez en cuando emerge un árbol, una higuera de tuna. Unas pocas áreas siguen vacías, cuadriculadas pero vacías y cubiertas de matorrales bajos donde se enganchan por miles trozos de plástico deshilachados. Son los invernaderos del Ejido, 17.000 hectáreas de tierra cubiertas de un plástico blanco y azul. Por encima de las paredes de plástico en movimiento, un cielo sin horizonte. Y el silencio. Lejos, lo más lejos posible de la ruta asfaltada, hay ropa tendida en las cuerdas. Los trabajadores inmigrados viven ahí dispersos, alejados unos de otros, confinados en el centro del laberinto de los invernaderos o arrojados hacia las laderas de las montañas. Parias a quienes se pretende mudos, invisibles y sin derechos. Viven entre las paredes de un caserón destartalado, de techo hundido y cubierto con un toldo de plástico. O en las armazones de esas dos camionetas colocadas una al lado de otra, cubiertas con un toldo de plástico. O en los cobertizos, al lado de los pesticidas y los abonos.

Aquí, dos álabes erguidos uno contra otro y protegidos por un toldo de plástico. En el medio un agujero: la letrina. Allí, un depósito de agua de riego que sirve para cocinar y lavarse: una garita de hormigón, estrecha, sin ventana. Dentro, un lavabo, un espejo y la letrina. Las paredes y el suelo están desnudos. La mirada se dirige al interior del invernadero: pimientos, tomates, pepinos, berenjenas, sandías y flores, según las estaciones. Bajo los toldos, formas lejanas: son los obreros trabajando.

Cortijo de trabajadores inmigrados. El término encierra tal memoria evocadora de olivares, rebaños, apacibles extensiones abiertas al sol, que resulta chocante que los inmigrados lo usen para designar las casuchas donde los alojan. "Antes de venir, sabía lo que pasa aquí. Pero no te lo imaginas…" se irrita Hazrud. "Vivimos de a cinco. El techo es de plástico. No hay luz, ni agua, ni ducha. Nada. No hay sanitarios… Todo el mundo sabe que vivimos así. Pero la gente no quiere darnos un domicilio porque no les gustan los marroquíes. Aunque les paguemos, aunque busquemos una habitación, no quieren".

Baja los ojos, su mirada huye, flota sobre las paredes agrietadas. Soportar condiciones indignas de vida, revelarlas para aportar un testimonio y una prueba, expone a la vergüenza. Denunciar la verdad significa infligirse una herida suplementaria. "Cuando uno encuentra trabajo, el patrón le dice: vas a dormir aquí. Y como no se puede encontrar alojamiento, empieza la explotación. Te pago solamente 3.500 pesetas1, porque te estoy dando un lugar donde dormir… Hace veinte años que se empezó a desarrollar esta agricultura. Estos españoles no saben asumir la riqueza que les ha sobrevenido. Hicieron un experimento de invernadero que funcionó bien, pero no tienen cultura para saber cómo se trata a la gente. Hay mucha riqueza, los productos de Almería van a todas partes del mundo. Pero la situación del inmigrante que trabaja en esto va de mal en peor"2.

Un estudio realizado por Almería Acoge (asociación de ayuda a los trabajadores inmigrados) señalaba en junio de 1999: "Sobre 260 alojamientos donde viven 1.150 personas, sólo un 33% puede considerarse ajustado a las normas; el 42% son simples depósitos agrícolas, el 15% casas semidestruidas, inhabitables y el 10% cortijos en ruinas. La mayoría no tiene agua corriente; el 60% de los alojamientos están diseminados en zonas apartadas, al margen de los núcleos de población de las ciudades".

Al confinamiento lejos de las ciudades, se añade la discriminación en los lugares públicos. Los trabajadores marroquíes son indeseables en bares y cafés. La negativa a servirles es sistemática. "Quieren que estemos en los invernaderos y en las casas. No quieren vernos en los cafés, ni en las calles, ni nada. Sólo quieren vernos trabajando", dice Brahim.

El trabajo empieza con el reclutamiento, entre las seis y las ocho de la mañana, en una plaza de El Ejido o en lo alto de una de las avenidas. Los jornaleros esperan en grupos en las aceras y al borde de la calzada. Llegan automóviles de empresarios, pick-ups, Land-Rover, coches de turismo. Cuando uno de esos vehículos se detiene empieza el frenesí. Los trabajadores convergen en grupo: conversaciones, a veces negociaciones, contrato. Los vehículos vuelven a partir con dos, tres, a veces cuatro trabajadores. "El patrón viene, elige, toma una persona y si eso funciona te toma de nuevo al día siguiente… Toma por el día. Te paga al final. Si va bien, vuelve a tomarte a la mañana siguiente, te paga el día siguiente. Te fija otro lugar y viene a buscarte… Si no te toma vuelves al alojamiento, a dormir todo el día… sin trabajo".

"El problema es cuando falta el trabajo. El patrón está ahí y todos quieren trabajar. Entonces pone el precio que quiere. A veces dice: necesito diez personas, son 4.000 pesetas. Y no hay negociación", asiente Larbi. El reclutamiento de trabajadores clandestinos se realiza a la luz del día. No hay control policial. "¿La policía? ¿Qué le importa? Saben que estás aquí, no te hablan, no hay problema".

A cambio, el sometimiento al empleador, la aceptación silenciosa y total de la explotación económica, son imperativos si se quiere lograr una regularización legal. Esta pasa por un precontrato instaurado por el mismo empleador y por un retorno al país para conseguir una visa de ingreso en regla, dado que la cantidad de contratos otorgados cada año está estipulada en el marco de una política de contingentes3. "Es la furia y la desesperación… Hay un empresario que dice que te necesita; trabajas, él dice que te va a hacer los papeles. Y cuando llega el momento, empieza a decir que hay problemas, que no tiene tiempo y lo deja para el año que viene… Es una tortura, durante dos, tres años… Sabe que vas a aguantar todo el trabajo que te da de más, para explotarte a fondo. Sabe que si un día tienes los papeles, vas a cambiar de trabajo, vas a buscar un trabajo mejor. Sin papeles, sigues siempre en el mismo lugar. Dependes de esos papeles…"

En semejantes condiciones de explotación, la tan esperada regularización produce un efecto perverso. El fruto resulta envenenado: "Cuando tienes los papeles, el empresario ya no te quiere. Va a tener que pagar la seguridad social, 4.700 pesetas en lugar de 4.000. Para él es dinero perdido". Estamos en el punto de partida. Algunos trabajadores inmigrados regularizados son obligados a aceptar las condiciones de trabajo y los salarios de los clandestinos, so pena de quedar desocupados. Y de perder a corto plazo los derechos adquiridos.

En El Ejido bastó una chispa para incendiar a toda la población local, atrapada en la ignorancia, el odio y el miedo, alimentada de los fantasmas y los discursos xenófobos servidos hasta el hartazgo por los medios masivos, las organizaciones políticas y los poderes públicos que pivotean sobre la ecuación: marroquíes=peligro.

El asesinato de una chica española por un marroquí desequilibrado desató el estallido. Durante tres días, del 5 al 7 de febrero, la violencia racista se desencadenó en la ciudad y su blanco fueron los trabajadores marroquíes. Durante 72 horas, hordas de agricultores armados con barras de hierro, a los que se unían adolescentes que salían de los colegios, golpearon, persiguieron por las calles y rastrearon a sus presas hasta los invernaderos. Rutas cortadas con barricadas y fogatas. En el sitio cerrado en que se convirtió El Ejido, los comercios de los residentes marroquíes fueron devastados, sus alojamientos destruidos y quemados, la mezquita saqueada, profanados los textos sagrados. Algunos huyeron por la ladera de la montaña para salvar la vida. Otros se ocultaron en los invernaderos o trataron de proteger sus alojamientos e impedir que la furia llegara hasta ellos.

El local de Andalucía Acoge fue totalmente destruido por los agricultores, que acusaban a sus miembros "de enseñarles a los inmigrantes sus derechos para que puedan reivindicarlos". Según Juan Miralles, "fueron tres días de demencia y nadie podía saber hasta dónde llegaría. Sin embargo hubiera sido fácil impedirlo interviniendo desde el comienzo. Los poderes públicos dejaron hacer. La municipalidad alimentó directamente la presión de los agricultores. Nadie frenó la locura que se desataba. Al contrario, dejaron que durara hasa que las diferencias entre las comunidades se volvieran irreconciliables"4. Y añade: "Me impresiona la sangre fría de la comunidad marroquí. Si hubieran respondido en la medida de lo que les hicieron no sé lo que habría pasado… Muchos huyeron de la ciudad, algunos hacia el interior de España. Otros se volvieron a Marruecos. Desgraciadamente los que huyeron fueron los más integrados, es decir, familias".

Mientras se desarrollaba el pogromo la atención de los medios y los gobiernos de la Unión Europea (UE) se concentraba en la llegada al poder en Austria de una coalición de conservadores con la extrema derecha. No es que ese episodio sea de desdeñar o que no haya que preocuparse. Pero la buena conciencia antiracista se manifestaba sin mayor costo. Una línea Maginot espiritual se levantaba estruendosamente contra los crímenes del pasado, contra un epígono, una sombra magnificada por la fascinación misma que le otorgan los medios. Sin embargo, al mismo tiempo ese racismo que los gobiernos europeos pretendían combatir en Austria estallaba en España, bajo un gobierno que se declara tan adherido como los otros catorce a esos "valores comunes europeos" que se ostentan con tanta fuerza, estridencia y rapidez. Habría que haber encarado directamente la economía en negro, denunciado la actitud xenófoba de los poderes públicos y la política migratoria del gobierno español. Ningún gobierno de la UE protestó.

Fortalecido con un petitorio firmado por 8.500 vecinos, Juan Enciso, el alcalde de El Ejido, impidió que la Cruz Roja instalara campamentos provisorios destinados a albergar a quienes perdieron sus alojamientos y duermen bajo los toldos de plástico de los invernaderos. Desde que se terminaron los episodios, los empresarios de Almería apelaron a trabajadores inmigrados rumanos y lituanos. "Basta de marroquíes. Traen demasiados problemas", dicen. A lo que Juan Miralles responde: "Una vez más, se piensa que los que crean los problemas son los inmigrados. Cuando el problema es de orden social, humano, administrativo: es una cuestión de alojamientos, derechos, documentos. Ahora va a haber conflictos y rivalidades fuertes sobre los lugares de trabajo. Pero lo más grave es que los habitantes de El Ejido creen haber hecho algo beneficioso, una buena limpieza. ¿Qué va a pasar si mañana resurge el problema con otra comunidad?".

  1. Equivalente a 22 dólares. El salario agrícola mínimo es de 30 dólares diarios.
  2. Los productos de la provincia representan en enero y febrero el 80% de la exportación española en frutas y verduras. El valor de la producción alcanza actualmente los 1.600 millones de dólares. Debido a su fertilidad, Almería es una de las ciudades con mayor concentración de bancos por kilómetro cuadrado: 48 sucursales.
  3. En el año 1999 el contingente total para toda España fue de 30 mil personas. En Almería se aceptó a 2.600 personas, ante una demanda empresarial de 8.274.
  4. El secretario general del sindicato profesional de policías en uniforme, Francisco Javier Santaella, aseguró que la policía recibió la "orden formal" de no intervenir.

Austria no queda tan lejos

Paz, Gervasio

Argentina es uno de los países latinoamericanos con más antecedentes de ultraderecha, tanto en la sociedad como en ciertas instituciones e intelectuales. Varios de los numerosos golpes de Estado tuvieron esa inspiración inicial, aunque luego se desvirtuaron. Pero esa "base sociológica", que en el pasado generó pogromos y en el presente masacres y gravísimos atentados, sigue latente a la espera de otra oportunidad.  

Lo que se puede calificar retrospectivamente como ultraderecha aparece en Argentina a comienzos del siglo XX, bajo el ropaje de un nacionalismo criollo. Se inicia con el rechazo y combate contra la masiva inmigración europea y las actividades de los obreros e intelectuales socialistas y anarquistas, en los que veía una terrible amenaza a una identidad imaginaria -"el ser nacional"- basada en la figura mitificada del gaucho y los orígenes hispánicos. Las nuevas capas medias, producto de un "mestizaje aberrante" e identificadas con el radicalismo, pasaron también a integrar la legión de sus enemigos.

La ultraderecha vernácula contó siempre con la tolerancia cómplice y manipuladora de la derecha clásica, en la que se aunaban sectores del aparato estatal, el ejército, la policía, la iglesia católica y las clases altas. Además del conservadurismo, incluía buena parte de la oligarquía, liberal en lo económico pero autoritaria en política.

Sus raíces ideológicas se encontraban en el hispanismo aristocratizante y clerical, la influencia alemana -o más exactamente prusiana- en el ejército y después en la ultraderecha francesa y el fascismo italiano1. De esta amalgama heterogénea no surgió nunca una ideología coherente que encontrara eco masivo. Les unía el odio compartido a la democracia, el liberalismo, el socialismo, el comunismo, los inmigrantes y en lugar destacado, los judíos.

Existió un grupo relativamente pequeño pero significativo de intelectuales que adhirió con entusiasmo a muchas de estas ideas. Leopoldo Lugones, un notable poeta y escritor que en su juventud tuvo posiciones de izquierda radicalizada, se convirtió en portavoz del fascismo. En 1924, al regreso de un viaje a Italia, proclamó que había llegado" la hora de la espada"2. Agregó que "solo la virtud militar realiza en este momento histórico la vida superior que es belleza, esperanza y fuerza". Poco más adelante afirmó que se debía elegir entre la democracia, a la que llamó "el triunfo cuantitativo de los menguados" y una aristocracia de los más aptos, una "gloriosa tiranía en el individuo considerablemente superior".

Manuel Gálvez, novelista famoso leído por toda una generación de argentinos, pintó con realismo naturalista la condición de los pobres y marginales en Nacha Regules y La maestra rural. Pero en El solar de la raza y Este pueblo necesita…3 desarrolló sus ideas hispanistas y fascistas, reprochando incluso a los nacionalistas estar más cerca de los conservadores que del fascismo. Posturas similares sustentó Gustavo Martínez Zuviría, ministro de Justicia e Instrucción Pública en la dictadura militar de 1943, muy conocido por sus mediocres novelas, firmadas como Hugo Wast. Ramiro de Maetzu, embajador de España antes del golpe de l943, fue uno de los ideólogos más apreciados del fascismo y el falangismo con su Defensa de la Hispanidad4.

Un lugar aparte merece un sector del nacionalismo, del que surgió el "rosismo". Antiliberal y antinglés, encontró en la historia argentina una figura identificatoria, Juan Manuel de Rosas, a la que intentó sacar del desprecio a la que la historia "oficial" la había condenado. La corriente llamada del "revisionismo histórico", encarnado en las figuras de Carlos Ibarguren5, los hermanos Irazusta6 y más adelante José M. Rosa y Juan J. Hernández Arregui, no constituyó un movimiento político, aunque la ultraderecha y la derecha antiliberal hicieron suyo su discurso. No obstante, resultó un revulsivo cuyas consecuencias fueron a la larga positivas para una lectura desacralizada de la historia argentina.

Es oportuno insistir en que el nacionalismo argentino fue siempre heterogéneo. La mayoría de sus adeptos se inclinó hacia la derecha y el fascismo, pero un sector importante de sus publicaciones y militantes políticos mantuvo posiciones progresistas. Su antiberalismo les llevó al antiimperialismo y al respaldo de las luchas por la emancipación de los países colonizados. Las figuras más destacadas fueron Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz.

Otro fue el caso de algunos destacados miembros de la iglesia católica, de tendencia nacionalista de derecha. Monseñor Carlos Franceschi, director de Criterio, prestigiosa revista católica que respaldó el golpe del general Uriburu en 1930, tuvo una activa militancia y protagonizó una célebre polémica con Lisandro de la Torre7. El reverendo Julio Meinvielle, furiosamente antijudío, llegó a ser asesor espiritual de la Alianza Libertadora Nacionalista.

Las publicaciones de la ultraderecha fueron numerosas: libros, revistas, periódicos y diarios como Cabildo y El Pampero, por citar los de mayor circulación.

Las primeras acciones violentas protagonizadas por bandas de hijos de la aristocracia (los "requetés"), mezclados con marginales, ayudaron a las fuerzas policiales y militares a restablecer "el orden". Fueron tristemente célebres "La Fronda", la "Liga Patriótica" -que hizo un pogromo durante la Semana Trágica, en 1919- y la Legión Cívica, inspirada por el general Uriburu: 6.000 legionarios uniformados desfilaron por el centro de Buenos Aires celebrando en 1933 el tercer aniversario del golpe de Estado8. En las décadas siguientes operaron la "Alianza Libertadora Nacionalista" el "Movimiento Nacionalista Tacuara", el "Comando de Organización", la "Alianza Anticomunista Argentina" (la célebre AAA) y muchas otras formaciones menos notorias. Lo que define a casi todas es un componente hegemónico de clase alta, el ultracatolicismo, la adhesión al peronismo -que aporta los sectores populares- y los contactos con las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia. La AAA constituye una excepción en el sentido de que fue un puro producto del postrer peronismo y los servicios de inteligencia, destinada a la masacre de militantes de izquierda.

La subjetividad fascista 

En cuanto a los golpes militares, cuatro de ellos (1930, 1943, 1966 y 1976) fueron importantes porque más allá de sus diferencias, estuvieron en su momento en la línea de procesos de fascistización que abortaron por diversos motivos, pero el peligro fue real. En el de 1943, un grupo de oficiales simpatizantes del Eje, entre los que se contaba Juan Perón, dirige desde las sombras el golpe contra el conservador Ramón Castillo, colocando como mascarones de proa a los generales Rawson, Ramírez y Farrell. Perón fue luego electo sin fraude y contó siempre con un gran respaldo popular, pero gobernó con autoritarismo, limitó las libertades públicas, cobijó a muchos nazis prófugos9 y persiguió, encarceló y permitió torturar a miles de opositores. A la vez produjo importantes cambios sociales que no fueron debidamente valorados por los sectores progresistas y la izquierda. En 1966, el general Juan Carlos Onganía instauró otra dictadura calcada del franquismo y finalmente, en 1976, la Junta de Comandantes inauguró el más sangriento, corrupto y despiadado de los regímenes militares.

Hasta la 2º. Guerra Mundial, la ultraderecha se ubicaba naturalmente en el bando de la Alemania nazi y la Italia fascista. Con el fin de la guerra y el comienzo de la Guerra Fría se adaptó a los nuevos tiempos, colocándose bajo la protección y al servicio del imperialismo estadounidense, tal como Franco en España. Durante la dictadura de la Junta de Comandantes, sus cuadros jugaron un papel relevante, aunque reciclados al ultraliberalismo. Prosperaron amparados en la Doctrina de la Seguridad Nacional, abominando de todo lo que dentro o fuera del país "oliera a zurdo".

Con el retorno de la democracia cundió la preocupación por lo que se llamó "la mano de obra desocupada". En realidad los ultraderechistas siguieron en su mayoría enquistados en el aparato estatal y sindical, la burocracia, las fuerzas armadas y de seguridad, los servicios de inteligencia. Los gobiernos de los presidentes Alfonsín y Menem, aunque distintos, hicieron muy poco por erradicarlos y sufrieron las rebeliones de los coroneles Aldo Rico y Mohamed Seineldin. El primero se recicló en política y fue nombrado ministro de Seguridad por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, un político de ominosa ideología de ultraderecha. Otros ex represores, como el general Domingo Bussi, han tenido también éxito en las urnas, lo que dice bastante sobre la ideología o el nivel de conciencia de amplios sectores de población.

Siendo el fascismo el sistema más represivo, necesita del consenso de masas como condición de existencia y no sólo de legitimación. La subjetividad fascista se construye con tres componentes esenciales, que se integran y están en la base del sistema: a) el autoritarismo, consolidado como liderazgo carismático; b) la intolerancia, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la exclusión de los diferentes, sean estos extranjeros o del mismo pueblo, hasta poder culminar en la anulación de su condición humana y; c) la Utopía como reivindicación de un pasado de grandeza real o imaginaria:"Edad de Oro" de las tradiciones germánicas en el nazismo; Roma Imperial del fascismo italiano; España de las glorias perdidas, de la cruz y de la espada del franquismo. El fascismo intenta recuperar ese pasado, al revés de la utopía socialista y comunista, que apunta al futuro. Por eso es un movimiento reaccionario y conservador, más allá de sus desplantes seudorrevolucionarios.

Con los antecedentes fascistas de al menos una parte de la sociedad y de la intelectualidad argentina, se cometería un grave error subestimando sus potencialidades actuales. Los numerosos ataques antisemitas y las voladuras de la embajada de Israel y la AMIA, gravísimos hechos no aclarados gracias a la complicidad oficial y de una compleja trama política, militar y policial, hablan por sí mismos. El autoritarismo ha calado hondo en la mentalidad de los argentinos. El grave problema de la seguridad convoca a la "mano dura". Reaparece con fuerza el rechazo a los inmigrantes, esta vez de los países vecinos y asiáticos. Existe un riesgo palpable de populismo xenófobo, abonado por los graves problemas económicos y sociales, la creciente marginalidad. Falta por suerte (y por ahora) un líder carismático y demagogo. Pero si todo sigue igual, los argentinos podríamos darnos cuenta un día de que Austria no queda tan lejos.

  1. José Luis Romero. El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, Mexico-Buenos Aires, 1965.
  2. Leopoldo Lugones, Antología, Buenos Aires, Ediciones Centurión, 1949. En 1975 el vicario castrense, monseñor Victorio Bonamín, se serviría de un lenguaje semejante para apelar al golpe de Estado y la matanza. Ver María Laura Lenci, "Resurgimiento de la nación católica", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, enero 2000.
  3. Manuel Gálvez. Este pueblo necesita…, Librería García Santos, Buenos Aires, 1934.
  4. Ramiro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad, Gráfica Universal, Madrid, 1934.
  5. Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas, su vida, su tiempo, su drama, Buenos Aires, 1930.
  6. Rodolfo y Julio Irazusta, La Argentina y el imperio británico, Ediciones Argentinas Condor, Buenos Aires, 1934
  7. Lisandro de La Torre, Intermedio filosófico, Ed. Porteñas-Yahvé, Buenos Aires, 1992.
  8. Marisa Navarro Gerassi. Los Nacionalistas, Ed. Jorge Alvarez, Buenos Aires, 1968
  9. Ver Giovanni Maria Pace, "Nazisti, l´elenco de la vergogna", entrevista a Ignacio Klich, coordinador del informe final de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en Argentina, La Repubblica, Roma, 24-2-00. Para un análisis e información detallada de los intereses económicos y las personalidades "democráticas" que apoyaron al nazismo, en el mundo y en Argentina, ver Daniel Muchnik, Negocios son negocios, Norma, Buenos Aires, 1999.


Autor/es Victor Angel Lluch
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:8, 9
Traducción Marta Vassallo
Temas Minorías, Ultraderecha, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Migraciones
Países Argentina, Marruecos, Alemania (ex RDA y RFA), Austria, España, Italia, Israel