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Recuadros:

Pulseada ruso-estadounidense

Mosaico de pueblos, el Caúcaso constituye también un mosaico de conflictos: guerras en Chechenia, operativos islamistas en Daguestán, estancamiento en la disputa entre Armenia y Azerbaiyán. Enfrentamientos que Moscú y Washington manipulan, ávidos de petróleo.

El acceso de Vladimir Putin al poder en Moscú coincidió con un vuelco geoestratégico decisivo para el Cáucaso: la apertura el 17 de abril de 1999 del oleoducto que vincula a Bakú (Azerbaiyán) con el puerto de Supsa (Georgia) sobre el Mar Negro, pone fin a la hegemonía rusa sobre la exportación de hidrocarburos del Mar Caspio. Dos series de acontecimientos, en el Cáucaso y en Rusia, multiplican sus efectos.

Desde 1993, cuando Azerbaiyán empieza a negociar los contratos de explotación y las vías de exportación del petróleo con las empresas occidentales, tras las opciones técnicas se perfila una jugada política: la salida de los tres Estados del sur del Cáucaso del área de influencia rusa a la que pertenecieron durante dos siglos. Después del colapso de la Unión Soviética, Estados Unidos pasó rápidamente de una política de contención (containment) ante la nueva Rusia a otra de obligarla al retroceso (roll-back): más allá de lo que diga, se propone reducir la influencia rusa en el Cáucaso. Aunque el ex director de la oficina estadounidense en el Cáucaso y Asia central, Stephen Young, asegura que Washington no pretende oponerse a los intereses de Moscú en el Cáucaso, la realidad desmiente sus tranquilizadoras palabras.

Lo prueban varios acontecimientos ocurridos en 1999. Alineándose con Ucrania y Azerbaiyán, que no los firmaron, Georgia denunció el tratado de defensa colectiva de las fronteras de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y el tratado de seguridad colectiva de Tachkent, y prefirió remitirse, pese a la distancia, al paraguas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En la cumbre de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) celebrada en Estambul en noviembre de 1999, el entonces presidente Boris Yeltsin firmó un acuerdo de desmantelamiento de dos de las cuatro bases rusas en Georgia, iniciado en el 2000 a pesar de las protestas abjazes y las reticencias del Estado Mayor ruso.

El Guuam (que agrupa a Georgia, Ucrania, Uzbekistán, Azerbaiyán y Moldavia), contribuye también a esta presión sobre los bordes de Rusia. Su última reunión en Washington, en mayo de 2000, se centró en cuestiones militares y de seguridad. De hecho, en el sur del Cáucaso el único Estado de la CEI que queda integrado en los órganos de cooperación militar con Moscú es Armenia. El asesinato de su primer ministro y del presidente de su Parlamento en octubre de 1999 se inscribe en este contexto. Los occidentales ejercen una doble presión sobre Ereván: para que los armenios hagan las concesiones necesarias para arreglar el conflicto que los opone a Azerbaiyán a propósito de Alto Karabaj, y para que elijan el Main Export Pipeline (MEP), el oleoducto destinado a exportar el petróleo del Mar Caspio hacia el puerto turco de Ceyhan.

Si el conflicto petrolero adquiere tanta importancia, se debe a que el alza de los precios del crudo hace particularmente preciada toda nueva zona de producción. Pero la administración estadounidense también contribuyó a incrementar la puja politizando la cuestión. No es casual que la CIA haya presentado el informe más optimista sobre las reservas de la zona del mar Caspio, que los expertos evalúan como completamente falto de realismo. Las presiones que ejercen Washington y Ankara sobre las empresas para que cofinancien el paso del oleoducto a través de Georgia y Turquía -y no a través de Irán y Rusia- traicionan la prioridad otorgada a los objetivos políticos por sobre los intereses económicos. Porque en la actualidad no hay petróleo suficiente como para rentabilizar la construcción y explotación de ese oleoducto.

Ahora bien: el oleoducto norte, que une a Bakú con el puerto ruso de Novorosiisk, fue objeto desde su apertura en abril de 1999 de ataques en territorio checheno, hasta el punto de que se lo cerró momentáneamente. Después, en agosto, los combatientes chechenos de Chamil Bassaev y Jabib Abd Ar-Rahman Jatab intervinieron en Daguestán: esos operativos se proponían algo más que la independencia chechena. Al proponer la creación de un estado islámico común con Daguestán, los radicales reanudaban un proyecto (que tiene una antigüedad de hasta dos siglos) que debilitaría considerablemente el flanco sur de Rusia. A falta del apoyo de los daguestaníes y otros pueblos del norte del Cáucaso, que desconfían de las veleidades hegemónicas de los chechenos, estos últimos encontraron apoyos en el mundo musulmán y tal vez más allá, aunque lo esencial de sus armas les es "provisto" por los mismos soldados rusos.

Prontos a estigmatizar el rol de las "organizaciones terroristas internacionales", los rusos no tienen motivos para sorprenderse de estas intervenciones en la región más sensible de su Federación: ¿acaso no explotaron sistemáticamente, bajo el gobierno de Boris Yeltsin, los conflictos en Abjazia, Osetia y Karabaj, en un intento de preservar su influencia en la región, especialmente para obligar a Azerbaiyán y Georgia a entrar en la CEI en 1993? Para no hablar de las dos guerras en Chechenia, donde nada podría justificar la dimensión de la violencia perpetrada contra las poblaciones civiles.

El retorno a la paz implica verdaderas negociaciones políticas, para que el Cáucaso pueda retomar su prosperidad de antaño. La oposición ascendente entre un eje este-oeste (Azerbaiyán, Georgia, Turquía, Estados Unidos) y un eje norte-sur (Irán, Armenia, Rusia), no le resulta más favorable que el encierro de ayer en una Unión Soviética que bloqueaba su frontera sur. Para integrar estos dos ejes, hay que renunciar a las estrategias que apuntan a excluir a uno de los actores, sea cual fuere, del famoso "gran juego".

Petróleo y corrupción

La fiebre de petróleo gana al conjunto de dirigentes y de medios masivos de comunicación. Pero es difícil distribuir ese maná: algunos clanes bien ubicados suelen acaparar sus beneficios. En una región donde se habla de lucha contra la corrupción sin librarla, ya hay quienes evocan el "síndrome holandés", esto es, el efecto de distorsión que genera un boom petrolero al marginalizar el resto de la economía y a la mayoría de los habitantes.

Si a esto añadimos las incertidumbres referidas a la real dimensión de las reservas de hidrocarburos, es evidente que el futuro del Cáucaso pasa por la diversificación de sus actividades económicas. Pero esa diversificación tropieza con varios obstáculos. La apertura comercial enfrenta a los productos tradicionales con una competencia temible. En cuanto a los sectores de la industria pesada que se desarrollaron durante el régimen soviético, difícilmente encuentran quienes se hagan cargo de ellos, a causa de sus dificultades.

Los Estados afectados multiplican sus esfuerzos en el decisivo terreno de las infraestructuras. Con ayuda de fondos internacionales, reconstruyen puentes, redes de rutas y de vías férreas, redes eléctricas. Las capitales se equipan con servicios. Pero las inversiones no llegarán masivamente sino con dos condiciones: la solución de los conflictos congelados pero no resueltos, y el esclarecimiento, tanto en Rusia como en el sur del Cáucaso, de reglas de juego económicas enturbiadas por funcionamientos ocultos.


Autor/es Jean Radvanyi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 16 - Octubre 2000
Páginas:22, 23
Temas Conflictos Armados, Terrorismo, Corrupción, Deuda Externa, Geopolítica
Países Estados Unidos, Azerbaiyán, Uzbekistán, Armenia, Georgia, Moldavia, Rusia, Turquía, Ucrania, Irán