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Agonía del fútbol argentino

Sería imposible disociar la violencia creciente en los estadios argentinos de fútbol de los vínculos de los dirigentes de los clubes y sus "barras bravas" con las vertientes más tenebrosas del poder político local. Otra forma de violencia, más sorda, está representada por los contratos de transmisión de los partidos de fútbol por TV, que favorecen el monopolio de la empresa Torneos y Competencias.

Cuando pretenda averiguarse qué poderes se mueven detrás de una "barra brava" en el fútbol argentino, la del club Estudiantes de La Plata debe ubicarse en un primerísimo lugar. Los célebres "horneros", como se llamó a Héctor Miguel Retana, Sergio Gustavo González, José Luis Auge y Horacio Anselmo Braga, asesinos del fotógrafo del semanario Noticias José Luis Cabezas1, eran miembros de esa barra. "Nosotros lo hicimos al fotógrafo y estamos aquí", solían jactarse en la tribuna de Estudiantes, antes de caer presos. Los "horneros" habían militado en una línea interna de la Liga Federal del presidente peronista de la Cámara de Diputados Alberto Pierri, al mando de Luis Martínez, actual secretario de Justicia del gobernador de Buenos Aires Carlos Ruckauf. Uno de sus abogados en el juicio por el asesinato de Cabezas fue Fernando Burlando, de estrechos vínculos con la Policía de la Provincia y defensor también de otros "barras" de Estudiantes, hoy presos por homicidio o muertos en tiroteos con la policía.

Sus rivales del club Gimnasia y Esgrima también exhiben un pasado jugoso. A principios de los ´60 tenían entre sus líderes al ultraderechista Carlos "El Indio" Castillo, muchos años después asesor del MODIN de Aldo Rico2. El periodista Amílcar Romero cuenta en su libro Muerte en la cancha3 la "perversa complicidad" de la barra de Gimnasia con el general Ramón Camps, cuando éste era Jefe de la Policía Bonaerense, durante la dictadura militar del general Jorge R. Videla.

"A las órdenes del fallecido paramilitar Aníbal Gordon y comandado por su también fallecido y mítico jefe, Marcelo Amuchástegui (alias El Loco Fierro), el sector más duro de la barra integraba los grupos de tareas que salían a cazar personas en La Plata", dice Romero. El "Loco" Fierro murió en junio del "91, tras un tiroteo con la policía. Sus cenizas fueron esparcidas en la cancha de Gimnasia y entre los asistentes a esa extraña ceremonia estuvo el ex juez y actual camarista platense Alberto Durán. "Al velorio de Fierro fuimos todos porque él era un guapo de verdad", se justificó luego.

Contactos políticos, abogados de la policía, jueces amigos, grupos de tareas, asesinatos célebres y robos menores integran el paisaje de las "barras bravas" que azotan desde hace décadas al fútbol argentino. Los muertos, desde 1930 a la fecha, son 138, incluyendo las 71 víctimas de la Puerta 12, una tragedia en el estadio de River Plate, en 1968. Siempre hubo violencia en las canchas de fútbol, es cierto. Pero cada vez se mata más, como demuestran los 29 muertos de los ´90. Los hinchas cambiaron palos por armas de fuego, vino por droga y pasión por negocio. Los líderes de las barras, que dicen matarse por una pasión, suelen compartir sin embargo amigablemente en otros ámbitos, como hicieron nada menos que los de Boca Juniors y River Plate cuando viajaron juntos al Mundial de Francia y también el año pasado, cuando hicieron de custodias en un recital del cantante mexicano Luis Miguel. Dos de sus líderes, Santiago Lancry (Boca) y Luis Pereyra (River) comparten además ambientes políticos por su militancia en la Unión Cívica Radical (UCR).

Algo similar ocurrió en los campeonatos del ascenso (el Far West del fútbol argentino, que se juega en estadios precarios e inseguros), con las barras de Chacarita y Morón, supuestos enemigos feroces, pero que se unieron en agosto del "95 para apalear a un grupo de vecinos de Morón que protestaban por un escandaloso plan cloacal que pretendía imponer el entonces intendente Juan Carlos Rousselot4. Los barras de Morón fueron empleados y tuvieron protección de Rousselot. El ex locutor cayó en desgracia. Pero el flamante presidente de Deportivo Morón, el empresario de la carne Alberto Samid, es otro gran amigo y funcionario del ex presidente Carlos Menem. Su aparición confirma la sospecha de que el fútbol dejó de ser sólo un espacio de poder político. Las sumas siderales y de sospechoso origen que se manejan en las transferencias de jugadores lo han convertido en un formidable espacio para formalizar negocios y negociados. En Chacarita sigue mandando el también "ultramenemista" Luis Barrionuevo, que usó a la barra en choques sindicales y la cubrió de prebendas, hasta que una reciente disputa interna estalló a balazos y derivó en la muerte de su custodio Manuel "Lolo" Juárez. La disputa, en realidad, iba más allá de la simple jefatura de la barra de Chacarita y la reventa de las entradas entregadas por el club. Esas son anécdotas. El problema es el control de zonas marginales y de los negocios oscuros que allí se pueden desarrollar.

¿Por qué las barras iban a quedar fuera de la torta en este fútbol de clubes que se convierten en Sociedades Anónimas y de partidos que se esconden a la masa de los aficionados -que cada vez concurren menos a los estadios- y se ceden al negocio de la TV de pago? La Asociación del Fútbol Argentino (AFA), que contrata seguros con la firma Surcos, vinculada a Barrionuevo, tiene desde 1979 como presidente a Julio Grondona, un modesto ferretero de Sarandí que se convirtió con los años en un próspero empresario, militante radical y socio de Emir Yoma (cuñado del ex presidente Carlos Menem) en la construcción de algunos edificios en el Barrio Norte. Inoxidable, Grondona, hoy uno de los dirigentes más poderosos del fútbol mundial (también es vicepresidente primero de la FIFA), sobrevive en la AFA pese a denuncias de supuestos partidos arreglados, violencia en los estadios y complicidad con las barras. Grondona sobrevive también pese a las polémicas por el contrato eterno (comenzó en 1985 y terminará en el 2014) que la AFA firmó con la poderosa Torneos y Competencias (TyC) de Carlos Avila y con el Grupo Clarín para la televisación de los campeonatos locales.

Viejo jugador de póker, Grondona se cansó de los cuestionamientos que le hicieron hace unas semanas algunos diputados a raíz de la violencia y preguntó si no había barras bravas entre los empleados del propio Congreso de la nación. A su lado, el presidente de la Comisión de Deportes de la Cámara de Diputados, el ex motonauta Daniel Scioli, buscó descomprimir la situación. Una bandera favorable a Scioli había sido vista un tiempo antes en la barra de Boca, en medio de una campaña electoral. ¿Habrá tenido que pagar la tarifa promedio de 3.000 pesos que exigen los barras a cambio de exhibir carteles políticos? Scioli, además, fue el único diputado que defendió hace unas semanas los negocios monopólicos de TyC al justificar que los partidos de la selección dejaran de trasmitirse por la TV abierta y pasaran al reducido sistema del codificado, a través de PSN, un nuevo canal de cable con sede en Miami que comparte intereses con Torneos. Es decir: siglas distintas, pero similares dueños y similares contratos de privilegio, sin llamados a licitación.

La otra violencia

Los contratos televisivos, justamente, parecen hoy la otra forma de violencia de que es víctima el fútbol argentino, pues tienen una extensión de 29 años (inédita en el mundo) y una ganancia de 55 millones de dólares, ínfima si se la compara con la de otros países y si se advierte el notable desarrollo de la TV de cable en Argentina. Ni que hablar del crecimiento impactante de TyC, demasiado grosero si se lo compara con el empobrecimiento de los clubes. Agobiados económicamente -muchos de ellos al borde de la quiebra- los clubes sólo protestan en voz baja. Cualquier amago de rebelión, dicen off the record, se estrella con sugestivos resultados adversos acompañados de polémicos fallos arbitrales, un sistema feudal que provocó la salida del ex árbitro Javier Castrilli.

Cada vez que se inicia una investigación sobre las barras bravas se choca contra un muro de silencio. El mismo muro aparece cuando se habla de los contratos televisivos, principal recurso del fútbol moderno, o de algunos otros negocios de un fútbol que parece cada vez más enfermo. Y, tal como están las cosas, con pocas posibilidades de salvación.

  1. El fotógrafo periodístico José Luis Cabezas fue asesinado el 25-1-95 en la localidad turística de Pinamar. Su asesinato, insistentemente vinculado con unas fotos que logró sacar al empresario Alfredo Yabran, dio lugar a la reforma policial emprendida por el entonecs gobernador de la provincia de Buenos Aires Eduardo Duhalde, de hecho revertida por el actual gobernador Carlos Ruckauf. Yabrán se suicidó, en circunstancias confusas, cuando iba a ser aprehendido por la policía en relación con el asesinato de Cabezas.
  2. Aldo Rico, ex militar, actual intendente de San Miguel, en la provincia de Buenos Aires, fue designado ministro de Seguridad de la provincia por el gobernador Carlos Ruckauf al comienzo de su mandato a fines de 1999; pero se vio obligado a renunciar a los pocos meses, cuando se empeñó en identificar a uno de los custodios del actual presidente Fernando de la Rúa como el "Indio" Castillo. En 1987 Aldo Rico protagonizó levantamientos armados contra el gobierno del entonces presidente Raúl Alfonsín, en defensa de los militares acusados de violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura militar.
  3. Amílcar Romero, Muerte en la cancha, Editorial Nueva América, 1986.
  4. Gustavo Veiga, Donde manda la patota, Agora,1999.
Autor/es Ezequiel Fernández Moores
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 12 - Junio 2000
Páginas:34, 35, 36
Temas Televisión, Deportes
Países Argentina, Francia