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La resaca después de la fiesta

Al tiempo que la burbuja financiera empieza a desinflarse, y en medio del desprestigio de las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, la economía estadounidense ha llegado a un punto límite en su apropiación del ahorro de los demás países y en su nivel de endeudamiento, base de su boom de la última década. No se ve cómo se podría frenar la espiral de desaceleración, que podría culminar en un crack, con efectos devastadores en la economía mundial, dada la posición estratégica financiera y comercial de Estados Unidos.

La mayor "borrachera" de toda la historia de los ciclos económicos estadounidenses está dejando resaca. La "economía milagro" saludada antaño por el New York Times está en problemas. Y con razón, pues fue esencialmente el flujo de capitales extranjeros el que propulsó la economía de Estados Unidos durante los últimos nueve años. Prueba de ello es la tasa de crecimiento de la capitalización bursátil, que batió récords (pasando de 81% en 1994 a 184% en 1999), y fue un 84% superior al Producto Bruto Interno (PBI), evidenciando una rapidez de acumulación mayor aún que la registrada entre 1925 y 1929. Pero esa burbuja financiera comienza a desinflarse.

Estamos muy lejos de lo que los ideólogos de la esfera financiera denominan un "aterrizaje suave" o una "corrección". Asistimos a los primeros crujidos de la crisis económica más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sus consecuencias podrían ser infinitamente más serias que las del crack tailandés de julio de 1997, o que las de la cesación de pagos de Rusia en agosto de 1998. Estamos tocando los límites de un sistema financiero internacional sin credo ni ley.

Este sistema, inmenso casino con reglas trucadas, no tiene ni tuvo nunca por objetivo "la óptima atribución de los recursos", como pretenden los fundamentalistas que lo instauraron. Su vocación es el enriquecimiento de unos pocos accionistas de las transnacionales que dominan la economía mundial.

Sólo en el Tercer Mundo la deuda externa pasó de 1,3 billones de dólares en 1992 a 2,1 billones a fines de 2000; mientras que el pago de sus intereses subió de 167.000 millones de dólares a 343.000 millones. Los Estados prestatarios ya reembolsaron varias veces el monto de las sumas recibidas. Y los que no exportan petróleo sufren muy duramente la desaceleración del crecimiento estadounidense.

Una economía no competitiva

En Estados Unidos, la industria comienza a padecer de sobreproducción. Los títulos de las nuevas tecnologías, caros a Wall Street, que representaban el 60% de la capitalización bursátil, están deprimidos. El Nasdaq Composite Index, uno de los barómetros clave de lo que se llama la "nueva economía", perdió más del 50% desde el 10 de marzo de 2000. A pesar de que eso representa, de lejos, el peor año de su historia, el Nasdaq aún no tocó fondo. Su equivalente británico, el Techmark 100, cayó por su parte un 57%; y el Nemax alemán un 67%. Estas caídas en catarata traducen la desaceleración del crecimiento y el pesimismo de los grandes inversores. Y no está a la vista qué es lo que sería capaz de frenar esa espiral descendente.

Todos los indicadores de la economía estadounidense están con luz roja: los mercados de acciones se hunden, las importaciones bajan, la confianza de los consumidores cae, al igual que el consumo en sí mismo. La construcción de viviendas descendió a su nivel más bajo en cinco años. La toma de créditos, que había pasado por una formidable explosión, también tiende a reducirse. En efecto, los inversores fruncen el ceño ante los valores industriales de alto riesgo, los mercados de acciones ordinarias se desmoronan, y el balance de los bancos comerciales se deteriora rápidamente, al igual que la calidad de sus activos financieros.

En realidad, el boom estadounidense y la fortaleza del dólar se construyeron sobre el endeudamiento, precario por definición. Algún día habrá que reembolsar la deuda, a intereses compuestos. A menos que se la repudie… Ahora bien, el aumento de las acreencias impagas desde mediados de los años 1960 brinda una imagen impactante de las mutaciones del capitalismo financiero. Según cifras de la Reserva Federal (Fed), el monto total de esos débitos pasó de más de 1,027 billones de dólares en 1964 a 25,678 billones en 1999. Eso representa un alza promedio de 9,6% anual, superior en mucho a la del PBI. Con la clara desaceleración del crecimiento, la diferencia aumentará aún más. Para liquidar ese saldo haría falta el triple del PBI actual.

La situación financiera de las empresas no es mucho más brillante. Su endeudamiento superó los 7 billones de dólares en 1999, o sea, ¡144 veces más que en 1964! Ese endeudamiento sirvió fundamentalmente para financiar todo tipo de concentraciones, en particular en el sector bancario, que entre 1980 y 1998 experimentó uno de los más grandes cambios estructurales de toda la historia económica de Estados Unidos: 8.000 fusiones y compras, por las cuales cambiaron de manos activos por más de 2 billones de dólares.

El creciente endeudamiento de las familias es también un factor de desaceleración, ya que actualmente representa el 34% de los ingresos de los particulares. Eso hizo que la tasa de ahorro1, que en 1990 era de 8%, cayera a -0,8% en 1999. Dicho de otra manera: las familias se endeudan más de lo que ahorran. Y se endeudan seriamente, en la mayoría de los casos hipotecando su casa para mantener sus gastos de consumo corrientes, que hoy en día superan sus ingresos disponibles en unos 247.000 millones de dólares.

Otro elemento clave es el alza exponencial del déficit de las cuentas corrientes. Se trata del balance de los intercambios comerciales de bienes y servicios y de los pagos corrientes. Desde 1992 ese déficit aumentó espectacularmente, alcanzando a fines de 2000 los 420.000 millones de dólares, es decir, más del 4% del PBI. En volumen, las importaciones superan en un 35% a las exportaciones. Y la cosa no termina ahí. Es preciso recordar que hasta 1981 Estados Unidos era un país globalmente acreedor. En realidad, el boom de estos últimos años se apoyó en el endeudamiento, y el crecimiento de la demanda interna fue satisfecho por un volumen de importaciones cada vez más alto. Es decir, al aumentar la emisión monetaria, Estados Unidos paga sus compras con un reconocimiento de deuda, privilegio imperial del que no goza ninguna otra nación.

Es poco probable que el déficit comercial se reduzca en los próximos meses: el crecimiento decae en todos lados, la industria mundial funciona a sólo un 66% de su capacidad (la cifra más baja en diez años), y la sobrevaluación del dólar perjudica a la competitividad estadounidense. La siderurgia ilustra todas esas tendencias. Hasta mediados de la década, los productores de acero estaban exultantes, pero luego la coyuntura cambió totalmente: acumulación de existencias no vendidas, desmoronamiento de los ingresos, caída de los precios agravada por una competencia feroz. De los once primeros productores mundiales de acero, la siderurgia estadounidense tiene la productividad más baja.

Otra consecuencia de la crisis es la intensificación de la guerra comercial. Las autoridades de Estados Unidos denuncian, una vez más, que su siderurgia es víctima de las importaciones a precios de dumping, lo que causa cierres de empresas y despidos. Pero la Unión Europea (UE) acusa a Estados Unidos, no sin razón, de violar las reglas del librecambio por medio de las restricciones que impone a ciertas importaciones. Por este motivo, Corea del Sur presentó una denuncia ante la Organización Mundial del Comercio (OMC). La siderurgia muestra perfectamente la incapacidad del capitalismo estadounidense para enfrentar el real poder de la competencia mundial, a pesar de las subvenciones a las exportaciones, valuadas en miles de millones de dólares.

Apropiación del ahorro

Drogadicto incorregible, el capitalismo estadounidense sufre de "dependencia" del endeudamiento. Esa economía enferma de deudas exige inyecciones de entre 400.000 y 500.000 millones de dólares anuales para mantenerse en vida. Si el Tesoro de Estados Unidos, apoyado por toda la clase política, tiene por dogma perpetuar un "dólar fuerte", es con el fin de atraer a los capitales extranjeros, cada vez más indispensables. La propia Fed admite que la diferencia entre la tasa de rendimiento del mercado local y la de los mercados europeos es uno de los principales motores de la acumulación que registra Estados Unidos, pues impulsa a los capitalistas extranjeros a incrementar sus inversiones en este último país. Eso explica la inmensa ola de fusiones, de compras y de tomas de control, estimada en billones de dólares.

Actualmente Estados Unidos acapara el 80% del ahorro mundial. Según el Departamento de Comercio, el ritmo anual de las inversiones extranjeras en el primer trimestre de 1999 fue dos veces y media superior al del mismo período de 1995. Se podría pensar que la cotización del billete verde no caerá mientras los grandes prestamistas extranjeros tengan en su poder cantidades crecientes de dólares. El acelerado derrumbe de los mercados bursátiles puede desmentir esa frágil hipótesis. Fue el boom financiero el que atrajo esos fondos hacia Estados Unidos: una coyuntura desfavorable los hará salir en un click de mouse.

La economía estadounidense alcanzó un punto límite en su apropiación del ahorro mundial. Por lo tanto, la expansión de estos últimos nueve meses puede hacerse humo. En un futuro previsible, las fluctuaciones de la balanza comercial continuarán agravando la inestabilidad endémica del dólar. Las altísimas deudas de Estados Unidos seguirán creciendo, resistiendo a los tratamientos ortodoxos de la política monetaria.

Ese fenómeno de endeudamiento masivo no es exclusivo de Estados Unidos. Pero con el 30% del PBI mundial, su economía ocupa una posición estratégica: posee todos los puestos de mando en los movimientos de capitales, los mercados financieros y el comercio mundial. El crack estadounidense en ciernes podría por lo tanto tener repercusiones devastadoras sobre la economía mundial. No se trata de saber si la deuda estadounidense será saldada o no, y de qué forma. Contrariamente a lo que creía Keynes luego del tratado de Versalles, el pago o no de una deuda no depende de las calidades de los dirigentes.

El gobierno y el gran capital de Estados Unidos no tienen ni la voluntad ni los medios para pagar su deuda. El mismo razonamiento vale para los países del Tercer Mundo. Es perfectamente posible que partes importantes de esas deudas, tanto de la estadounidense como de las otras, sean repudiadas en un futuro próximo. Y no se detecta ningún factor capaz de generar una mejoría duradera. No bastará con un boom en los gastos de armamentos. Estados Unidos ya les dedica más de 300.000 millones de dólares anualmente, y aunque el presidente George W. Bush suba la apuesta con su proyecto de escudo antimisiles, eso no cambiará la situación económica.

Reducir la tasa de interés para aumentar la demanda sería un modo de salir del paso, pero no resolvería ningún problema de fondo. Para los banqueros y los responsables de las grandes empresas, la salida de emergencia sigue siendo la continuación de las transacciones ilegales en los paraísos fiscales, la especulación monetaria y el lavado de dinero, entre otros recursos. Un año y medio después de la derrota de Seattle, las instituciones dominantes de la economía global -el Tesoro estadounidense, el Fondo Monetario Internacional y la OMC- están desprestigiados. La conocida cantinela del liberalismo (librecambio, liberalización, desregulación) ya no ejerce la misma fascinación. Pero lo que es todavía más importante: su poder y sus lugares comunes comienzan a ser cuestionados fundamentalmente, como se vio en enero pasado en el Foro Social Mundial de Porto Alegre. Si bien para Wall Street el boom fue espectacular, ese maná prácticamente no benefició a la mayoría de los estadounidenses. La diferencia entre los super ricos y todos los demás va en aumento. En 1998, el 10% más rico acaparaba el 76% de las riquezas de la nación. ¡Y más de la mitad de esas riquezas estaban en manos del 1% más rico!

En cuanto al supuesto "pleno empleo" en Estados Unidos, ignora una población penitenciaria de 2,3 millones de personas. Si esa cifra fuera tomada en cuenta en los cálculos, la tasa de desempleo del país sería comparable a la de los otros países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Cuesta imaginar cómo hará un Presidente totalmente impotente y cuyas capacidades intelectuales no deslumbran precisamente para frenar la espiral de la crisis.

  1. Proporción de los ingresos familiares destinada al ahorro.
Autor/es Frédéric F. Clairmont
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 23 - Mayo 2001
Páginas:10, 11
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo
Países Estados Unidos, Corea del Sur, Rusia