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Las futuras crisis petroleras

Mientras una corriente "optimista" estima que la oferta de petróleo está bien asegurada por lo menos hasta el 2020, los "realistas" recuerdan que se trata de un recurso agotable, que los descubrimientos están declinando, que habrá mayor demanda que reservas y una severa crisis en 2005. Ante la reciente suba de precios internacionales, a mediados del mes pasado, Estados Unidos anunció medidas para frenar el aumento de los precios. Mientras tanto en Argentina, un país netamente exportador en el cual el mercado ha sido dejado en manos privadas y en el que en seis meses los combustibles subieron 31%, el gobierno reconoce no tener margen de acción para modificar los precios, que no bajaron cuando lo hicieron los precios internacionales.

En un lapso de 27 años, entre 1973 y el 2000, el mercado petrolero fue sacudido por dos "impactos" y dos "contraimpactos" mayores (además de las mini-crisis), siempre inesperados. Expresados en dólares constantes de 1973, los precios del petróleo prácticamente se cuadruplicaron después de la guerra de octubre de 1973 -2,67 dólares por barril en 1972, 9,82 dólares en 1974. Treparon hasta su récord histórico de 17,12 dólares en 1982, luego de la revolución islámica en Irán, antes de ser divididos en tres, después del primer contraimpacto de 1985-1986. El segundo gran contraimpacto de 1998 fue marcado por una baja en los precios de 34%, seguida en 1999 por una recuperación de 42,2%. Pese a este incremento, estos precios no superaron, el año pasado, en dólares constantes, la mitad de su nivel de 1974.

Estos altibajos generaron ilusiones ópticas e interpretaciones contradictorias. Los períodos de fuertes alzas reavivaron los temores sobre la seguridad del abastecimiento de los países consumidores y la cobertura de las necesidades energéticas mundiales. Las reacciones, a veces histéricas, suscitadas por la primera crisis de 1973-1974, evocaron incluso el fantasma de un derrumbe de las economías occidentales y del fin de "la civilización judeo-cristiana". En cambio las épocas de depresión de los precios han generado un sentimiento de euforia en cuanto a la abundancia de las reservas petroleras mundiales, la reducción en los costos y la existencia de un excedente duradero en la oferta.

Pese al relativo resurgimiento del mercado petrolero en 1999, perdura la misma sensación. La preocupación generada por la nacionalización de los haberes de las sociedades concesionarias de Medio Oriente y de Africa del Norte a principios de los años setenta, por el embargo de 1973, por la revolución iraní de 1979-1980 o por la invasión de Kuwait por Irak en agosto de 1990 parece olvidada. El famoso problema del "reciclaje" de los centenares de miles de millones de petrodólares, que se suponía serían acumulados por los países exportadores, ya no tiene vigencia: no hay excedente financiero para reciclar.

De ahora en más, son los países exportadores de petróleo los que se preocupan por la seguridad de sus mercados, por la baja de los precios y de sus ganancias así como por la multiplicación de tasas sobre los productos derivados del petróleo en los países industrializados. Para la mayoría el problema ya no es saber cómo utilizar sus superávits, sino cómo cancelar sus deudas y hacer frente a las crisis económicas crónicas en las cuales están inmersos. Tres de los principales países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) - Irak, Irán y Libia- están sometidos a sanciones estadounidenses o internacionales, razón por la que ninguno piensa ya en utilizar el petróleo como "arma política",.

Un futuro incierto

¿Hasta cuándo puede durar esta situación? Esta pregunta puede parecer incongruente en el marco del calmo clima de las políticas energéticas de los países occidentales vigentes desde el derrumbe de la ex-URSS y la guerra del Golfo. Los avances tecnológicos en las actividades de exploración y de producción, la erosión de los precios y la creciente influencia de Estados Unidos en el mundo, especialmente en Medio Oriente, son en gran medida percibidos como garantes de la seguridad, a largo plazo, de los abastecimientos energéticos y del mantenimiento de los precios en un nivel relativamente bajo. Este optimismo también se ve propiciado por la amplia ofensiva de seducción de los países poseedores de reservas de hidrocarburos hacia las firmas extranjeras para incitarlas a comprometerse o a volver a hacerlo en la exploración y la producción en sus propios países, así como por el hecho de que Irak está aún fuera de juego y que su vuelta al mercado acentuaría la competencia entre los países exportadores y, en consecuencia, el declive de los precios.

Estos argumentos no dejan de tener fundamentos a mediano plazo (los casi cinco o seis años venideros) a menos por supuesto que surjan acontecimientos políticos mayores e imprevisibles en uno u otro de los grandes países productores, tal como en 1969 con el derrocamiento de la monarquía en Libia, en 1979 con la caída del shah de Irán o en 1990 con la invasión iraquí al Kuwait.

Sin embargo, en una proyección hacia el año 2005-2010 y aún más allá, los anticipos de la evolución de la demanda, de la oferta y de las capacidades de producción necesarias para cubrir el aumento de las necesidades mundiales están lejos de ser tranquilizadores. Dos dimensiones merecen ser tomadas en cuenta: los datos fundamentales de la industria petrolera y la geopolítica.

Todas las previsiones coinciden: las necesidades energéticas mundiales seguirán creciendo a un ritmo sostenido y el petróleo convencional seguirá siendo por décadas la principal fuente de energía. En cambio, las opiniones varían cuando se trata de saber si, cómo y a qué precio, la oferta será suficiente para satisfacer una demanda que va en aumento.

En su prólogo al último informe World Energy Outlook de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), su director ejecutivo, Robert Priddle, destaca las inmensas incertidumbres que pesan sobre las previsiones energéticas a largo plazo. Pero el texto plantea dos grandes cuestiones: la parte de Medio Oriente en la cobertura de las necesidades mundiales y el desarrollo del "petróleo no-identificado y no-convencional"1, en el período 2010-2020.

Los países de Medio Oriente miembros de la OPEP, deberían más que duplicar su producción de petróleo y derivados, llevándola de 18,5 millones de barriles por día (mbd) en 1996 a 43,7 mbd en 2010, para garantizar la parte que se espera de ellos en relación con la cobertura de una demanda mundial que pasaría de 72 mbd a 94,8 mbd. Para el año 2020, la producción de Medio Oriente debería llegar a 49 mbd, o sea 164,2% más que en 1996. Su producción de gas, debería, según las proyecciones de la AIE, prácticamente duplicarse de 110 a 214 millones de toneladas equivalente petróleo (tep) para el período 1995-2010, y más que triplicarse hasta 376 millones de tep en 2020.

Sin embargo, estas proyecciones parecen ilusorias. Para que se den, debería observarse un fuerte y rápido incremento en los precios y un levantamiento no menos rápido de las sanciones, tanto a Irak como a Irán, ya que éstos detentan casi el tercio de las reservas petroleras de la región. No menos hipotético resulta el desarrollo entre 2010 y 2020 de una producción de 19,1 mbd de petróleo no identificado y no convencional (laminados bituminosos, arenas asfálticas, líquidos derivados del carbón, biomasa, etc.). Aquí también, la evolución de los precios será determinante. La AIE prevé un barril a 17 dólares en 2000-2010 (en dólares 1999) y a 25 dólares en 2020. Para explicar tales proyecciones, subraya que un crecimiento del 65% en las necesidades energéticas mundiales podría desembocar en nuevos choques y hasta en una ruptura de la cadena de abastecimiento. Se deberán entonces implementar nuevas políticas de consumo, de limitación en la emisión de CO2 (dióxido de carbono) y de producción.

Varias miradas y una realidad

¿Cómo responder a estos desafíos? Los "optimistas" estiman que los progresos técnicos permiten reducir los costos, descubrir y producir cada vez más y que la oferta no plantea ningún problema, por lo menos hasta el 2020. En el polo opuesto, los "realistas" recuerdan que el petróleo es un recurso agotable y que los descubrimientos están de hecho declinando.

En un libro titulado Quel pétrole pour demain? 2, Alain Perrodon, de la firma Petroconsultants, desarrolla un análisis detallado de la evolución real de las reservas. Señala que la exploración es una lucha permanente entre las técnicas y el know-how y el agotamiento inexorable de los objetos buscados: la presa no se reproduce. Si la eficacia del cazador crece, sus presas se vuelven más pequeñas y más escasas. Los descubrimientos mundiales de petróleo alcanzaron su punto culminante a principios de la década del sesenta, y desde entonces su volumen no dejó de menguar. En consecuencia, la abundancia actual no debería en ningún modo ser considerada como una prueba de seguridad de los abastecimientos.

Numerosos expertos independientes comparten este punto de vista. Entre otros, Christian Campbell, de Petrodata Group Company. En un amplio estudio sobre el agotamiento de las reservas, publicado en noviembre de 1999, vuelve a señalar que la era de los grandes descubrimientos ha terminado y que el desfasaje entre el incremento de las reservas y el de la demanda se hará sentir dentro de unos pocos años3. Al igual que los antiguos presidentes de las sociedades petroleras Agip y Arco, ubica alrededor de 2005 la fecha fatídica en la cual la producción empezará a disminuir, con una tasa de merma en las reservas del orden del 3% por año. Mientras tanto, el centro de gravedad de la producción mundial de petróleo se instalará de manera estable en cinco países del Medio Oriente: Arabia Saudita, Irak, Irán, Kuwait y Emiratos Arabes Unidos, con todos los apremios y todos los riesgos políticos que ello implica.

Sin embargo, los responsables políticos y los de las compañías callan. Los primeros no quieren hacer profecías dramáticas al evocar un tema tan impopular. La principal precupación de los segundos es conseguir beneficios a corto plazo y demostrar a sus accionistas y a sus socios capitalistas que todo anda bien. Los presidentes de Arco y de Agip sólo advirtieron sobre el peligro de agotamiento de las reservas después de haber abandonado sus puestos…

Esta serenidad está propiciada por otra revolución. La erosión de los precios desde la mitad de la década del ochenta tuvo como consecuencia la considerable reducción del impacto del petróleo en la economía mundial. En verdad, el alza de 1999 ha despertado ciertos temores, heredados de los dos "impactos" de 1973-1974 y de 1979-1980. Nuevamente algunos agitan la bandera roja de la inflación y de la recesión. Estos temores y estas advertencias están sin embargo totalmente desconectadas de la realidad, en la medida en que no tienen en cuenta la evolución de los precios en dólares constantes, las perturbaciones considerables padecidas por la economía mundial en el curso de las tres últimas décadas y el declive considerable del petróleo en los intercambios mundiales.

A partir de la guerra de octubre de 1973, el valor de las exportaciones mundiales se incrementó casi siete veces, pasando de 829 mil millones de dólares en 1974 a 5,55 billones en 1997, en dólares corrientes. Mientras tanto, el valor total de las exportaciones mundiales de petróleo sólo se duplicó, de 163,4 mil millones a 341,6 mil millones de dólares; su parte en las exportaciones mundiales, que era del 19,6% en 1974 y del 23,3% en 1981, decayó violentamente al 6%, sólo en 1997 - según las previsiones, no debería superar el 5% en 1999. En cuanto a la del petróleo OPEP, cayó de un 14,4% en 1974 a un modesto 2,9% en 1997.

A pesar de que el valor de las exportaciones de petróleo de la OPEP repuntó hasta los 130 mil millones de dólares en 1999, este guarismo debe ser relativizado. Antes del derrumbe de mercado del petróleo en 1998, el valor total de las exportaciones petroleras de los países de la OPEP, cuya población totalizaba 484,9 millones de habitantes, había sido de 161,5 mil millones de dólares en 1997, o sea el 23% de las exportaciones de EE.UU., el 31,5% de las de Alemania, y el 38,4% de las del Japón. Aun países como Bélgica (10,2 millones de habitantes) o los Países Bajos (15,6 millones de habitantes) habían por entonces exportado, cada uno de ellos, más que todos los países de la OPEP reunidos. Otro indicador significativo es que el PBN por habitante en los países de la OPEP no superó en 1997 los 1.930 dólares, mientras en los países de Europa Occidental oscilaba entre 19.850 y 24.730 dólares y alcanzaba los 17.230 dólares en Israel y 36.716 dólares en el Japón.

Mientras las exportaciones mundiales de petróleo aumentaron 27,4% entre 1974 y 1997 (de 39,43 a 50,19 millones mbd por día) su valor disminuyó fuertemente. Expresado en dólares 1973, el precio real promedio del petróleo de la OPEP cayó de 9,82 dólares por barril en 1974 a 5,61 dólares en 1997 y a 4,82 dólares en 1999. De acuerdo a las últimas estadísticas del FMI, y sobre una base 100 en 1990, el índice del precio promedio del petróleo cayó a 83,8 en 1997, mientras que el índice mundial de los precios de las materias primas pasó a 112,9 dólares.

El desarrollo de los servicios en detrimento de las industrias fabriles, especialmente en los países desarrollados, explica la declinación del impacto del petróleo sobre la economía mundial. En EE.UU., la parte de las industrias fabriles en el PBN retrocedió del 22% en 1977 al 17% en 1997; la energía consumida por un dólar de PBN disminuyó 4% en 1997 y 1998, contra un promedio anual del 1% durante los años anteriores. De acuerdo al departamento estadounidense de energía, las erogaciones petroleras representaron en 1998 el 3% del PBN de EE.UU., contra un 8,1% en 1981. En Europa Occidental, y desde hace mucho tiempo, el nivel especialmente alto de las impuestos sobre los productos derivados del petróleo tiene un impacto muchísimo más importante sobre la inflación que el del precio del petróleo importado.

Es así que pese a su marcado repunte en 1999, los precios del oro negro sólo tuvieron una incidencia mínima en el incremento de los precios del consumo en los países importadores. En su edición del 18 de diciembre de 1999, el Wall Sstreet Journal destacó insistentemente esta evolución, en un artículo titulado: "El precio del petróleo se duplicó este año. ¿Entonces, no habrá recesión?".

Sin embargo, el petróleo es y seguirá siendo por décadas una materia prima estratégica y la principal fuente de energía. A partir de esta comprobación, se plantean dos problemas:

- La estabilización de los precios en un nivel suficiente para permitir el desarrollo de las inmensas capacidades de producción requeridas para satisfacer una demanda que crece a un ritmo del orden del 2% anual.

- El reparto de la renta petrolera entre los países productores y los países consumidores.

Estos no serían de más fácil resolución que en el pasado, debido a que el peso preponderante de EE.UU. complica el panorama. "Lo que el pueblo estadounidense retuvo de la Guerra del Golfo, es que resulta extremadamente más fácil y más divertido ir a darle puntapiés en el trasero a la gente de Medio Oriente que hacer sacrificios para limitar la dependencia de EE.UU. hacia el petróleo importado." Es en estos términos que James Schlesinger, secretario de Energía en la administración Carter, resumió la opinión imperante en EE.UU. a partir de la Guerra del Golfo, en un informe titulado "Transformación geopolítica y mercado energético", presentado en el XV º congreso del Consejo Mundial de Energía, llevado a cabo del 20 al 25 de septiembre de 1992 en Madrid.

¿Qué política de precios?

La Guerra del Golfo también confirmó en qué punto muerto se encuentra el "diálogo", entre productores y consumidores, tanto como los equívocos que pesan sobre el concepto de cooperación entre estos dos grupos de países. Y, desde 1974, las divergencias en el campo de los intereses y de las políticas entre EE.UU. y sus aliados occidentales son muy obvias. A diferencia de los países de Europa Occidental y Japón, EE.UU. posee recursos abundantes de energía que le permiten, a largo plazo y llegado el momento, satisfacer sus propias necesidades. Además, ocupa en la escena energética mundial un sitio privilegiado que le permitiría, en caso de crisis, "servirse" mucho más fácilmente que todos los demás. EE.UU., primer consumidor y primer importador de petróleo del mundo, país de origen de las mayores sociedades petroleras internacionales, ejerció, desde siempre, un papel preponderante en el desarrollo y la orientación de la industria petrolera, así como en las grandes perturbaciones que este sector ha experimentado, especialmente después del primer impacto petrolero de 1973-1974.

Varias señales, emitidas simultáneamente desde EE.UU. y desde los países exportadores cercanos a él (Arabia Saudita, Venezuela y México), hacen pensar que el repunte de los precios del petróleo en 1999 abre una nueva etapa. Estos tres países jugaron un papel preponderante en los acuerdos sobre la reducción de la producción y su iniciativa fue aparentemente apoyada por la administración estadounidense, que en todo caso ciertamente se abstuvo de desaprobarla.

En 14 años, entre 1986 y 1999, las reservas petroleras comprobadas de EE.UU. han caído un 40%, pasando de 35,1 mil millones a 21,1 mil millones de barriles, y su producción de bruto retrocedió en un 31,2%: de 8,68 mbd a 5,97 mbd. Mientras tanto, su consumo se incrementó en un 18,1%, de 16,33 mbd en 1986 a 19,30 mbd en 1999 y su dependencia del petróleo importado pasó de 33,% a 50,9%. En tales condiciones, no es seguro que Washington siga privilegiando precios bajos durante mucho tiempo, en detrimento de la seguridad de sus abastecimientos. Por lo menos en lo que concierne al porvenir previsible, las amenazas que pesan sobre esta seguridad ya no son de naturaleza política, sino, cada vez más, física. En 1999, las reservas de petróleo comprobadas han caído en un 6,7% en EE. UU., y en un 1,8% a nivel mundial. En consecuencia EE. UU. se ve inexorablemente obligado a aceptar precios suficientemente elevados para estimular las inversiones en exploraciones y producción, tanto en su propio territorio como en otras partes del mundo.

Se imponen dos conclusiones. La más importante es que, contrariamente a los prejuicios, el petróleo no es una materia prima como las demás. Es un recurso natural que se agota. La evolución de las reservas y de la producción en el curso de los últimos años, por un lado, y el acrecentamiento de las necesidades mundiales por el otro, representan el verdadero mar de fondo que habrá de determinar las grandes tendencias de la industria petrolera de los años venideros.

La segunda es que las principales partes en cuestión -países exportadores, países importadores y grandes compañías petroleras- no han podido en el pasado cooperar para preparar y manejar las grandes evoluciones y es altamente improbable que lo puedan hacer en el futuro. Su atención se concentra aún en el corto plazo, y el porvenir corre el riesgo de parecerse al pasado, con un efecto yo-yo en los precios y crisis más o menos graves, que podrían provenir de perturbaciones políticas imprevisibles, tanto como de un creciente desfasaje entre el incremento de las necesidades y el desarrollo de las reservas y de las capacidades de producción. Con vistas al 2005 se perfila un sismo tanto para la industria petrolera como para la economía mundial en su conjunto.

  1. El petróleo identificado como no-convencional se refiere a proyectos relativamente bien definidos. El petróleo no-identificado y no-convencional atañe a proyectos actualmente desconocidos o inciertos.
  2. Alain Perrodon, Quel pétrole pour demain?, Editions Technip, París, 1999.
  3. Las reservas mundiales de petróleo han experimentado, por primera vez desde 1992, una caída del 18,2 mil millones de barriles en 1999, cayendo hasta 1,06 billón de barriles el 1-1-2000.
Autor/es Nicolas Sarkis
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:18, 19
Traducción Dominique Guthmann
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Geopolítica, Medioambiente
Países Estados Unidos, México, Argentina, Irak, Libia, Venezuela, Japón, Alemania (ex RDA y RFA), Bélgica, Arabia Saudita, Emiratos Arabes Unidos, Irán, Israel, Kuwait