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El gobierno Lula como desafío y esperanza

El primer año de gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva ha generado desconcierto en el progresismo latinoamericano, tensiones en la sociedad y en el seno del propio gobierno brasileño, acusado por algunos sectores de izquierda de traicionar sus principios y el mandato de sus electores. El autor sostiene que es demasiado pronto para eso, que la realidad es mucho más compleja y que del éxito del Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) en el gobierno depende en mucho el futuro de la región.

Quienes han hecho una “opción por la sociedad” saben de los límites del poder político. Pero paradójicamente y tal vez por eso mismo, tienen una gran paciencia y expectativas positivas frente a todo lo que, parcialmente, se puede realizar en la esfera de ese poder. Como contrapartida, aquellos que apuestan todo a los cambios venidos desde arriba, son impacientes y exigentes cuando llegan a las estructuras del poder o piden resultados mágicos e inmediatos.

Brasil eligió un Presidente que viene de la clase obrera, migrante nordestino, apoyado en un partido que nació, además, a partir de movimientos sindicales y sociales, con un programa de crítica al sistema económico neoliberal y proponiendo cambios profundos.

Luiz Inácio Lula da Silva llegó a la presidencia mediante una coalición de fuerzas que le hizo asumir compromisos explícitos en una “Carta a los brasileños”; entre ellos el respeto a los contratos internacionales. Desde los primeros días encontró una situación económica todavía peor de lo imaginado, luego de una negociación del gobierno anterior con el Fondo Monetario Internacional. Denunciar el descalabro sería crear pánico, provocar fuga de capitales y más inestabilidad. Descubrió enseguida las fuertes e implacables presiones nacionales e internacionales. Quienes esperaban una gran crisis, con suba del dólar y con el índice de riesgo país de Brasil por las nubes, cambiaron de estrategia y aplicaron una política envolvente, elogiando la prudencia del gobierno y el efectivo cumplimiento de los acuerdos anteriores. Hay allí, claro, un chantaje. El gobierno optó por medidas cuidadosas, mantuvo la lucha contra la inflación y los intereses altos. El presidente del Banco Central designado, Henrique Meirelles, venía de un cargo directivo en el Banco de Boston. El ministro de Hacienda, Antonio Palocci, es un médico que tiene el perfil de un profesional paciente para evitar sobresaltos. Durante el Foro Social Mundial de Porto Alegre, en enero pasado, a los pocos días de asumir el gobierno, el presidente Lula afirmó que no era hora de poner el pie en el acelerador y que los procesos tienen una gestación de por lo menos nueve meses. No habría cambios bruscos en la política económica. Los indicadores económicos son positivos, a pesar de un cuadro recesivo preocupante, y recién en el último mes comenzó un proceso lento de disminución de las tasas de interés.

Fue lo que bastó para que sectores de izquierda comenzaran a impacientarse, declarando que el gobierno estaba convirtiéndose al neoliberalismo. Lo curioso es que muchos de quienes no somos miembros del Partido de los Trabajadores (PT), pasamos a defender al gobierno y al partido de sus propios militantes más inquietos.

Marilena Chauí, filósofa lúcida, que fue secretaria de Cultura en la administración petista anterior en San Pablo, declaró que no hay experiencias de salida del neoliberalismo y que las primeras tentativas están siempre sujetas a posibles equívocos. Lo mismo afirmó el actual secretario de Desarrollo Económico y Social Tarso Genro. Un periodista perpicaz, Márcio Moreira Alves, indicó con humor que el gran problema para bajarse del lomo de un tigre es cómo hacer para no ser devorado por éste. Son los difíciles problemas de la transición en políticas económicas. Decisiones anteriores dejan parámetros estrechos y el sistema construye un angosto desfiladero en el proceso de toma de decisiones, profuso en celadas para evitar cambios de rumbo.

Terrible contradicción

Pero la situación es mucho más compleja. Hay un clima teórico esdrújulo entre muchos economistas –nuevos sacerdotes con sus dogmas y liturgias– que hacen un culto del mercado y lo tratan como un ser vivo, sujeto a voluntades y caprichos. Así, profesionales de carrera que continuaron en el actual gobierno –especialmente un segundo escalón en el ministerio de Hacienda y en el Banco Central– participan de esa posición ideológica. Cuando dicen que las decisiones deben ser técnicas y no políticas, están haciendo, furiosamente, política, como Monsieur Jourdain, de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo. Dentro de la máquina del Estado están atentos para torpedear cualquier tentativa de cambio de ruta. El propio ex ministro Delfin Neto, que sirvió fielmente a los militares, inteligente y cínico, criticó esa postura economicista casi religiosa, negando con ironía la pretendida cientificidad de su profesión.

En estos primeros nueve meses –el tiempo de la gestación en la imagen de Lula– la política económica se mantuvo cuidadosa y relativamente “ortodoxa”. Queda la duda: ¿es un tiempo de acumulación de fuerzas para preparar una inflexión o es una inconsistente y sutil reubicación? ¿O un poco de cada cosa? María da Conceiçao Tavares, la economista que con Celso Furtado es la más importante maestra en su profesión, humanista y perpicaz, pero al mismo tiempo con temperamento ardiente, militante disciplinada del PT –del cual fue diputada– se mantuvo discreta, evitando hablar en público, aunque su malestar apareciese aquí y allá. Pero hace unas semanas, al leer documentos preparados por técnicos del Ministerio de Hacienda, no se contuvo y denunció ante la prensa la ignorancia y la ineptitud de algunos de sus antiguos alumnos, ahora en el poder.

Al margen del debate técnico de los economistas, el gran interrogante es cómo y cuándo hacer la transición de una política neoliberal a otro modelo por inventar. Existe una contradicción terrible entre las expectativas de aquellos que eligieron a Lula y las presiones de los que todavía detentan el poder real en la economía. Contradicción entre lo deseable y esperado de un lado y el estrecho camino de lo posible.

En los últimos años, los sectores más avanzados de la Iglesia católica han criticado la política neoliberal. En enero de 1996, la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB) declaraba con energía: “basta de sacrificar vidas para salvar planes económicos”. En una reunión de la CNBB de agosto de este año, un asesor, el sociólogo Pedro Ribeiro de Oliveira, señaló al presentar un análisis de coyuntura: “Los indicadores macroeconómicos gozan de buena salud, pero los indicadores sociales sufren de anemia crónica. Sube el desempleo y cae la renta diaria de los trabajadores”. Comentando esa afirmación, el presidente de la CNBB, cardenal Geraldo Agnelo, dijo en una entrevista: “La constatación es tan evidente que todos estamos de acuerdo con ella”1.

Participé de la última asamblea de la CNBB, en abril/mayo de este año, donde di una conferencia sobre Iglesias cristianas y política. En el debate tuve ocasión de indicar que deberíamos superar dos posiciones: el miedo de algunos frente a los cambios y la actitud impaciente de quienes exigen transformaciones inmediatas, sin tomar en cuenta resistencias e inercias. Es curioso constatar que ciertos análisis, después de trazar un cuadro paralizante y atemorizador del neoliberalismo que sobrevalúa sus fuerzas y poder, piden inmediatamente un cambio rápido y voluntarista, en contradicción con la evaluación anterior. Pero la constatación de la CNBB es verdadera. Hay una contradicción evidente entre una política económica muy cuidadosa y una situación social terrible. El día 1° de mayo por la noche, el presidente Lula compareció ante la Asamblea de los Obispos. Fue la primera vez que un Presidente de la República participaba de un encuentro de este tipo. Con su estilo directo y franco, venció resistencias y recibió caluroso apoyo. En esa ocasión reiteró su promesa de priorizar las políticas sociales.

Oportunidad única

En ese punto está tal vez el gran desafío y la gran posibilidad para el gobierno de Lula, que siempre afirmó la primacía de lo social sobre lo económico. En esa esfera tiene la obligación de señalar cambios significativos. Un órgano gubernamental –la Fundación Getulio Vargas– y el Instituto Nacional de Altos Estudios, presentaron el 16 de septiembre pasado el documento “Geografía de la pobreza extrema y vulnerabilidad al hambre”. Allí, con informaciones de 1999, se indica que hay en el país 21,7 millones de personas en situación de extrema pobreza y 44 millones (27,8% de la población) sin renta suficiente para alimentarse. Esos datos ya eran conocidos por Lula y por el PT, y el mismo día de la toma de posesión el programa Hambre Cero fue presentado como un proyecto asistencialista de mera distribución de alimentos, a través de cajas entregadas en los municipios más pobres.

Reformulado y ampliado, el programa se propone ahora desarrollar la economía local, con proyectos de generación de trabajo y renta, creando consorcios de seguridad alimentaria y nutricional y acciones integradas en municipios seleccionados. El 9 de septiembre, el ministro de Seguridad Alimentaria anunció la meta de cubrir, hasta fin de año, 1.196 municipios de la región semiárida del nordeste y llegar a 400.000 familias en la Amazonia. Las primeras experiencias piloto ya fueron mostradas a la prensa, como el municipio de Guaribas, en Piauí, uno de los más pobres del país, donde la población comenzó a organizarse, creciendo en autoestima e iniciativa. Hay un énfasis dado a la agricultura familiar, mediante créditos de la Caja Económica Federal para microempresas. Los procedimientos para la obtención de pequeños préstamos, a tasas bajas, están siendo simplificados. A mediados de septiembre pasado el Presidente hizo entrega de algunos de esos créditos a microempresarios, y aprovechó para subrayar que los pequeños deudores honran más sus deudas que los grandes.

Comienzan así las acciones en el área social, que se suman a otras que ya venían de años anteriores en el área de educación (beca-escuela) o de la salud (auxilio maternidad). La meta es, para los próximos meses, articular los diferentes programas sociales, diseminados en muchos ministerios y diferentes órganos, creando un catastro único de todos ellos. Se trata de un tremendo desafío en un país de las dimensiones de Brasil, con más de 5.600 municipios. A pesar del escepticismo de muchos comienza a cambiar el clima, aunque los indicadores económicos y sociales, de desempleo y de desnutrición mantengan índices elevados. Eso está ligado, además, a una necesaria recuperación del crecimiento económico en 2004.

Un área decisiva es la de la reforma agraria. En realidad, hasta ahora Brasil nunca la enfrentó. La ley de tierras, de 1850, estableció el latifundio. Reformas parciales aquí y allá no consiguieron modificar la situación, cada vez menos funcional, incluso para los intereses de un capitalismo modernizador. Pero los lobbies del sector rural siempre fueron poderosos. A partir de 1990, se fortaleció el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), el más significativo de los movimientos sociales del país. Comenzando en el sur del país, en una región de pequeños propietarios de inmigración europea y con influencia inicial de la pastoral social de la Iglesia católica, se extendió rápidamente por todo Brasil. Durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso obligó a crear asentamientos mediante la ocupación de tierras y modificó a presión la agenda política en el campo. El MST es independiente del PT, aunque haya participado en la victoria de Lula. Pero no forma parte del gobierno y, fiel a su origen de movimiento social, continúa siendo un agresivo grupo de presión para acelerar el proceso de transformación en el campo. Algunos de sus dirigentes, han afirmado que no es intención del MST transformarse en partido político ni quedar como aliado del gobierno. Es verdad que el actual ministro de Desarrollo Agrario, Miguel Rossetto, tiene lazos históricos con el MST. Pero a comienzos de septiembre, tal vez cediendo a presiones, destituyó al presidente del Instituto Nacional de Reforma Agraria, Marcelo Resende, juzgado como muy próximo al MST. Eso provocó malestar en el MST y en la Comisión Pastoral de la Tierra de la Iglesia católica (CPT), y generó las protestas del obispo Tomás Balduino. Se sabe también que el ministro de Agricultura es más conservador y provoca tensiones dentro del propio gobierno, donde el PT está en alianza con otros partidos. Pero en todo caso, las contradicciones del MST con el gobierno son importantes para crear una necesaria complementación entre presiones fuertes de la sociedad y políticas gubernamentales más aceleradas.

Nuevas políticas normalmente enfrentan resistencias. En mi trabajo como director de una ONG acompaño los programas sociales del gobierno y las propuestas de asociación entre éste y la sociedad civil. Una de las cosas que más me impresiona e inquieta es descubrir la extrema lentitud y la inercia de la maquinaria burocrática para hacer operativos los proyectos y programas. En un país donde la corrupción del dinero público es cosa de todos los días se crearon los mecanismos de control necesarios para frenarla. Pero esos mecanismos se convierten al mismo tiempo en trabas burocráticas. Es por esto que frecuentemente ha sido más fácil para los organismos públicos hacer acuerdos con ONGs y universidades, trasladándoles recursos para que ejecuten proyectos de manera más expeditiva. De un lado, el riesgo de favores o padrinazgos, pero de otro la necesidad de agilizar iniciativas.

Los proyectos de reforma de la previsión y tributaria, que el gobierno encaminó al legislativo, muestran también la presencia de intereses contradictorios (poder judicial, funcionarios públicos, municipios y Estados frente al poder federal) y de las posiciones corporativas de sectores que históricamente se beneficiaron con medidas sociales y económicas y resisten los cambios que, incluso tímidos y parciales, son necesarios.

Estamos llegando al fin del primer año de los cuatro del mandato de Lula. En verdad es poco tiempo para muchas exigencias. Ciertamente hay fallas, contradicciones, lentitud y resistencias larvadas. Pero, poco a poco, penosamente, van apareciendo los resultados. Debemos apartar análisis ideológicos abstractos, propios de ciertos sectores intelectuales que se encasillan en preconceptos y fórmulas hechas y que no saben, como pedía Marx, subir de lo abstracto a lo concreto. Existe un marxismo extremadamente ideológico, una conciencia falsa y sin los pies en la tierra, además de un voluntarismo, presente en cierta izquierda y en sectores radicales y moralistas, que no toma en cuenta el peso de las contradicciones. El gobierno sigue por un camino estrecho, tratando de encontrar el equilibrio entre presiones contrarias.

Tenemos que continuar con el trabajo lento y de amplios horizontes en la sociedad, sabiendo que en Brasil vivimos ahora una conyuntura privilegiada, con un gobierno sensible a las ansias de transformaciones profundas, que, dentro de los límites de lo posible, puede hacer bastante si cuenta con un apoyo crítico y una colaboración generosa de amplios sectores de la población organizada.

Todo eso se da, además, en un panorama internacional y latinoamericano difícil y enrevesado, donde este gobierno puede ejercer una influencia emblemática. La actitud de Brasil en el liderazgo del grupo de los 23 en la reunión de la Organización Mundial del Comercio en Cancún es la prueba de firmes posiciones en política externa2. Hay que fortalecer también el Mercosur y evitar la aprobación de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que nos subordinaría al poder económico hegemónico. Por todas estas razones es preciso hacer todos los esfuerzos posibles y positivos para no dejar fracasar esta oportunidad única que existe en este momento en Brasil.

  1. Jornal do Brasil, Rio de Janeiro, 30-8-03.
  2. Un grupo de 23 países, liderados por Brasil, India, China, Argentina y Sudáfrica, mantuvo firmes posiciones ante Estados Unidos y la Unión Europea, a punto que la reunión de la OMC fracasó de manera estruendosa. Ver Fernando Gualdoni y J. J. Aznárez, “El enfrentamiento entre países ricos y pobres hace fracasar la cumbre de la OMC”, El País, Madrid, 15-9-03.
Autor/es Luiz Alberto Gómez de Souza
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Páginas:8,9
Temas Desarrollo, Mercosur y ALCA, Movimientos Sociales, Políticas Locales, Iglesia Católica, Clase obrera
Países Brasil