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El mundo árabe contra la pared

Al atacar a Irak sin mandato de Naciones Unidas y sin el acuerdo de la mayoría de los países árabes de la región, Estados Unidos colocó a estos últimos ante un hecho consumado. ¿Cuáles son sus posibilidades de tener éxito? En Irak, Washington encontrará enormes obstáculos, de los cuales los recientes atentados constituyen apenas un dramático preliminar. Incluso, no puede excluirse un derrumbe si la Casa Blanca se obstina en no tener en cuenta las aspiraciones políticas y sociales del mundo árabe musulmán, en permanente ebullición.

“Presta atención a lo que pidas: podrías conseguirlo”, dice el proverbio. En Irak, Estados Unidos parece haber conseguido lo que quería: una rápida victoria militar que eliminó a Saddam Hussein y sus amenazas, cualesquiera fuesen, y el tendido de una cabeza de puente para su proyecto de remodelación democrática de Medio Oriente.

Cualquiera sea la opinión que se tenga sobre ella, es indiscutible que Washington tiene una estrategia audaz, propia de una gran potencia movilizada para lograr sus fines. Si no nos gusta, nos corresponde a nosotros movilizar nuestras propias energías al servicio de nuestro propio orden del día. Pero también debemos reconocer la innegable disparidad de fuerzas. La mayoría del mundo se oponía a esta guerra, pero no pudo detenerla.

Más patético aun, el mundo árabe y musulmán no pudo hacer frente a este proyecto, y ni siquiera tiene la fuerza de encontrar en su seno la unidad y voluntad necesarias para defender sus intereses. Las consignas triunfantes acerca de la unidad panárabe fueron reemplazadas por el reconocimiento desengañado de una deficiencia política, social y militar debilitante. Mientras no superemos esta vulnerabilidad, otros establecerán el orden del día. Al decidir conquistar Irak, Estados Unidos estableció un orden del día al que hoy debe hacer frente, al igual que nosotros. Ojalá los árabes saquen provecho de ese orden para modelarlo en un sentido favorable a sus pueblos.

Redefinición geopolítica mundial

Desde el punto de vista de un nacionalismo árabe liberal, pragmático y democrático, se imponen numerosos cambios en Medio Oriente. El rechazo obstinado a una reforma democrática, la persistencia de regímenes políticos basados en un hombre fuerte o un partido único, la incapacidad para resolver problemas económicos y sociales flagrantes, la influencia creciente de corrientes integristas y “jihadistas”, la multiplicación de situaciones políticas polarizadas entre integrismo y tiranía laica; todos estos elementos contribuyen a trazar un paisaje extremadamente tormentoso. Y no ha surgido ningún movimiento –impulsado por regímenes, élites o por la calle– capaz de impulsar una evolución.

En un mundo aterrorizado por la inestabilidad de los Estados y la agresividad de los actores que se le escapan, hay buenas razones para querer que las sociedades árabes progresen. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 llevaron esa preocupación al primer plano en Occidente. Medio Oriente parece haber desplazado a Europa como centro de la política mundial; un punto donde el camino se bifurca y donde pronto será necesario tomar decisiones determinantes para el futuro del mundo.

Antes que en el campo de batalla del “choque de civilizaciones”, pensemos en una forja donde se viertan nuevos parámetros mundiales de equilibrio y cooperación. Entre estos últimos figuran las nociones de democracia, de legitimidad popular y de derecho internacional, de autodefensa, de soberanía nacional, pero también la idea de reservarse el derecho de poseer, utilizar o amenazar con utilizar medios violentos, a escala limitada o masiva, para alcanzar sus fines.

Conceptos sobre los que persiste el desacuerdo, lo que no resulta sorprendente. La tentativa estadounidense de imponer una dirección a esta evolución histórica, por audaz que sea, está llena de contradicciones. Es un proyecto cuyos efectos reales corren el riesgo de diferir radicalmente de los objetivos buscados.

Los motivos que Washington invoca con mayor insistencia para justificar su intervención en Irak –las armas de destrucción masiva, la relación de Saddam Hussein con Al-Qaeda y la amenaza que representa el régimen baasista– son en realidad los menos convincentes. Su credibilidad, muy limitada ya en la comunidad internacional, está tan debilitada –incluso en Estados Unidos– que no vale la pena hablar de ellos. De hecho, aun los más ardientes defensores de la guerra en el seno del gobierno estadounidense admitieron que estas justificaciones competen más a la “conveniencia” que a la realidad.

El accionar estadounidense se explica de manera diferente. Los hechos demuestran que la conquista de Irak marca la primera gran etapa de una redefinición de la geopolítica mundial y del papel que Estados Unidos pretende representar. Esta visión fue elaborada antes del 11 de septiembre, pero los crímenes cometidos ese día permitieron obtener el apoyo del pueblo estadounidense y convertirla en guerra mundial contra el terrorismo.

En septiembre de 2002 se publicó la “Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos” (National Security Strategy of the United States, NSS). A propósito de ella, el periodista William Pfaff habló de “implícita denuncia estadounidense del orden de Estado moderno que gobierna las relaciones internacionales desde 1648 y el Tratado de Westfalia, (…) con el fin de sustituir el principio vigente de legitimidad internacional”1. Este documento, prosigue Pfaff, “afirma que si el gobierno estadounidense decide unilateralmente que un Estado representa una amenaza futura para Estados Unidos, (…) intervendrá preventivamente para eliminar la amenaza y si fuera necesario procederá a un ‘cambio de régimen’”2. Preconiza una dominación estadounidense en todas las regiones del mundo y hace hincapié en el hecho de que Estados Unidos “actuará preventivamente” con el fin “de anticipar (…) cualquier acto hostil por parte de (sus) adversarios y de disuadir a potenciales adversarios que piensen aumentar su poderío militar con la esperanza de superar o igualar” su potencia.

En efecto, según esta doctrina Estados Unidos tiene que consolidar una “fuerza militar sin igual” para poder imponer su voluntad en todas partes. Debe pues anticipar la aparición de Estados capaces, por su armamento nuclear, de bloquear sus mandatos (al respecto, Irak representaba un país clave en una región clave). Pero además se trata de impedir que un día las potencias nucleares rivales –como Rusia o China– cuestionen su hegemonía global.

La guerra en Irak marca el apogeo de una década de intenso trabajo intelectual y político de un pequeño grupo de neoconservadores3 que, junto con integristas cristianos y militaristas, formaron una nueva coalición imperial cristalizada bajo la presidencia de George W. Bush.

En Medio Oriente esta estrategia implica cambiar radicalmente el “curso de la historia” favoreciendo la adopción de valores políticos y económicos estadounidenses, con la esperanza de que los valores complementarios –morales, culturales e incluso religiosos– sigan el mismo camino. Según este argumento, se supone que la conquista de Irak detendrá la propagación del integrismo islámico, debilitará el apoyo a la resistencia palestina y logrará que palestinos y árabes acepten un plan de “paz”. Apunta también a colocar a Estados Unidos en el corazón de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) con el fin de reforzar tanto la disciplina de los precios del crudo como la posición mundial central del dólar.

Es una visión audaz, casi misionera. Eruditos tales como Bernard Lewis y Fouad Ajami contribuyeron a convencer a Washington de que la decadencia de un mundo árabe incapaz de reformarse iba a generar formas cada vez más virulentas de terrorismo antiestadounidense. La promesa posterior al 11 de septiembre es que la eliminación de regímenes como el de Saddam Hussein y la transformación de la cultura política de Medio Oriente impedirán que los grupos extremistas del tipo Al-Qaeda accedan a las armas de destrucción masiva. Esta estrategia se presenta entonces como una necesidad defensiva.

En realidad, la verdadera amenaza proviene de las armas nucleares, que requieren recursos industriales y científicos menos generalizados y más fáciles de controlar. El gobierno estadounidense utiliza la expresión “armas de destrucción masiva” para confundir las armas nucleares con las armas biológicas y químicas, aunque estas últimas se revelan, en la experiencia, como de empleo difícil y poco eficaces. Pero son mucho más fáciles de fabricar y disimular. Así, se puede afirmar que cualquier país árabe o musulmán dotado de una industria química o biofarmacéutica rudimentaria es potencialmente peligroso: un día podría proporcionar sus armas a un grupo terrorista susceptible de servirse de ellas contra Estados Unidos o sus aliados. Eso equivale a decir a los países de Medio Oriente que el hecho de alcanzar un determinado nivel de desarrollo se considerará como una amenaza en sí, si estos países no se integran sólidamente al campo estadounidense.

Al mismo tiempo que impide el desarrollo de armas nucleares, esta estrategia abandona los medios de control de proliferación nuclear internacionalmente aceptados mediante tratados, en beneficio de una doctrina más agresiva, unilateralista y “de derecho preferente” (ver páginas 18-21): en efecto, la “contraproliferación” consagra la posesión de armas nucleares por parte de Estados Unidos y sus aliados cercanos, así como la amenaza de emplearlos.

Más inquietante aun: el poderío militar constituye el principal medio previsto por la nueva estrategia para lograr sus fines. Si los países no se alinean, Estados Unidos se encargará de alinearlos mediante “cambios de régimen” unilateralmente impuestos, con menosprecio del derecho internacional. Su compromiso “humanitario” y “progresista” no es más que una envoltura formal de la conquista. ¿Los problemas políticos y sociales locales? Epifenómenos que desaparecerán con rapidez después de una aplastante demostración de fuerza –único idioma que “ellos” entienden–. El discurso neoconservador acerca de “liberalización” y “democratización” pretende poder más que culturas enteras.

Moderados versus halcones

Un proyecto tan agresivo representa una enorme apuesta a la eficacia de la tecnología militar. De hecho, gran parte de la comunidad internacional lo rechazó. En cuanto a la opinión pública estadounidense, muy susceptible cuando se habla de víctimas, recién lo aceptó cuando fue convencida de la existencia de una verdadera amenaza y de una real posibilidad de éxito. Los partidarios de este unilateralismo agresivo sabían que no impondrían su idea “en ausencia de un acontecimiento catastrófico y catalizador –como un nuevo Pearl Harbor–”4: sólo el traumatismo del 11 de septiembre consiguió la adhesión popular.

Reducidos a silencio, los círculos tradicionales del establishment de la política exterior estadounidense también se sienten un poco angustiados ante tanto fanatismo. Comprenden el peligro que encierra el proyecto de desestabilización de todo el mundo árabe. Incluso Lawrence Eagleburger, ex secretario de Estado del presidente George Bush padre, declaró: “Si George (W.) Bush decidiese lanzar sus tropas contra Siria e Irán (…), yo mismo opinaría que es necesario destituirlo…”5. Irán, Siria e incluso la cada vez más criticada Arabia Saudita se encuentran en la línea de mira.

La evolución de estos tres países agravará las tensiones entre tradicionalistas y neoconservadores estadounidenses. En Irán, los primeros desearán cultivar vínculos con los iraníes moderados, a fin de fomentar la reforma a largo plazo del sistema político, de negociar una solución en la cuestión nuclear, de mantener un suministro estable de petróleo y, más allá, de cooperar mejor con los chiitas iraquíes. Convencidos de las dificultades de una operación militar contra Teherán, prefieren apoyar los cambios en curso. Por el contrario, los neoconservadores carecen del mínimo de paciencia necesaria para buscar un arreglo con esos religiosos “no tan integristas”, con la “ingenua” esperanza de que renunciarán, “como prometieron”, a las armas nucleares. Lo que hace presagiar una inminente confrontación (ver página 21).

En lo referente a Siria, Washington desea que deje de apoyar a los militantes palestinos y al Hezbollah libanés. Sin duda los tradicionalistas estarán dispuestos a otorgarles, a cambio de estas concesiones, garantías acerca del Líbano, el Golán y la estabilidad del régimen baasista. Los halcones, a su vez, parecen resueltos a la confrontación, acusando a Damasco de albergar las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein y, por qué no, a él también. Las fuerzas estadounidenses en Irak llegaron incluso a penetrar en territorio de Siria, considerada sin embargo como “uno de los aliados más eficaces de la CIA en materia de información en la lucha contra Al-Qaeda”6.

Arabia Saudita ilustra la oposición radical entre tradicionalistas y neoconservadores. Los primeros, preocupados sobre todo por el petróleo, han mantenido siempre relaciones protectoras con la monarquía saudita que, desde el pacto celebrado en 1945 por el presidente Franklin D. Roosevelt, garantiza el acceso estadounidense a recursos petrolíferos seguros y poco costosos. Los segundos se proponen mostrarse “duros” con Ryad, a quien se acusa, además de apoyar la causa palestina y el radicalismo islámico, de haber financiado los atentados del 11 de septiembre o al menos de haber sabido que iban a producirse. Que Osama Ben Laden y la mayoría de los secuestradores de aviones sean sauditas es una prueba incuestionable de los peligros del wahabbismo radical. Negligentes con respecto a este último durante la Guerra Fría, los neoconservadores exigen ahora que el régimen saudita se separe de esa corriente del islam en la cual se basa su legitimidad…

Estos ataques globales y sus efectos previsibles preocupan a los partidarios de una política exterior moderada que, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, temen que los integristas radicales resulten favorecidos con una crisis extendida a toda la región. Pero los puros y duros no retroceden ante la idea de una catástrofe: resultados negativos a corto plazo no harán más que poner de relieve la naturaleza antidemocrática de regímenes y sociedades que engendran el terrorismo y –“en una serie de movimientos y contraataques que se extenderán en el tiempo”7– impulsarán a Estados Unidos a ampliar la confrontación, hasta imponer una cultura democrática en todo Medio Oriente.

Una base frágil

¿Irak “cambiará el curso de la historia”? Y en caso afirmativo, ¿en qué sentido? Hoy, la ocupación y la reconstrucción de Irak constituyen un punto de partida. La historia muestra cuán difícil es restablecer la confianza, construir nuevas instituciones y pedir la participación de distintos grupos en una sociedad multiétnica bajo control de una potencia extranjera. En los Balcanes, la presencia de un mandato internacional claro y de una administración civil cuya autoridad era reconocida por la comunidad internacional –a través de Naciones Unidas– permitieron la adhesión de todos los componentes de la población a la reconstrucción política y evitaron que las autoridades civiles y militares fueran blanco de actos de resistencia.

La actual misión de Estados Unidos tiene una base más frágil. La ocupación estadounidense de Irak es el resultado de una invasión condenada por la mayoría del mundo, que ningún grupo in situ pidió y que ha desgastado la infraestructura civil del país: debe pues partir de cero para demostrar sus méritos a los iraquíes y al mundo entero. Cosa poco evidente, dado que nada de lo concerniente a la posguerra se había preparado. Ahora bien, incluso el restablecimiento de la seguridad, que implica estructuras que van desde la policía local al sistema judicial nacional, supera la competencia del ejército. Todo sucede como si Washington hubiese creído poder recuperar el aparato estatal baasista intacto.

El estado de devastación del país y lo ambicioso de los objetivos estadounidenses requieren un compromiso financiero y humano enorme. Si Washington persiste en la vía del unilateralismo, este esfuerzo se basará únicamente en sus propios recursos. Pero la mitad de sus tropas de combate se encuentra en Irak y el costo de la ocupación se estima en 60 mil millones de dólares anuales. Se necesitarán años para que los ingresos producidos por el petróleo cubran estos costos. La suficiencia de la que da prueba Estados Unidos en cuanto a las dimensiones diplomáticas y políticas de su accionar corre el riesgo de obligarlo a extraer de sus propias reservas sumas exorbitantes. Nadie querrá subvencionar este esfuerzo si la única autoridad política es Estados Unidos. Nada avanzará sin una legitimidad ampliada.

Los aliados, sobre todo los de la “vieja Europa”, objeto de abundantes insultos, se mantienen hasta ahora sordos a los pedidos de nuevas tropas. Al buscar frenéticamente un valedor del tercer mundo, musulmán en lo posible, con quien compartir la carga, Estados Unidos vuelve a dirigirse a Turquía. El secretario de Estado adjunto Paul Wolfowitz ilustró su concepción de la democracia reprochando a los militares turcos el no haber enviado tropas desde el comienzo, a pesar de la oposición del Parlamento.

La prolongación de los ataques contra las fuerzas de ocupación hace que la participación de otros países sea a la vez más necesaria y más difícil. Pero es sobre todo la reacción de los principales protagonistas sociales iraquíes la que decidirá la suerte de la intervención. El derrumbe de las infraestructuras sociales suscita una cólera que los esfuerzos estadounidenses por conservar el poder no cesan de alimentar. Se suceden las manifestaciones y los llamados a terminar con la ocupación. En los puestos de control y durante las incursiones, la muerte de familias enteras se convierte en moneda corriente. La resistencia armada, esporádica al principio, se intensifica. Los soldados estadounidenses toman conciencia de que ya son percibidos como “ocupantes” más que como “liberadores”.

Las autoridades estadounidenses cancelaron las elecciones locales y reunieron apresuradamente un Consejo de Gobierno. Algunos iraquíes, en su mayoría chiitas, optan por mantenerse a la expectativa; otros, asesinan a los que colaboran. ¿Qué amplitud tomará la resistencia armada? Nadie lo sabe, pero sería estúpido pensar que se limitará a los seguidores de Saddam Hussein. En cambio, se sabe cuáles serán los factores determinantes: el restablecimiento o no de las infraestructuras, la satisfacción o no de las necesidades sociales básicas, el hecho de que el poder esté o no en manos de iraquíes, de que los distintos grupos étnicos, tribales, regionales y religiosos sean o no tratados con equidad.

Los kurdos, que desde 1991 disponen de gobierno propio, se presentan ante Washington como aliados –incluso pusieron sordina a las reivindicaciones que podían alejarlos de Estados Unidos–. Los sunitas, que perdieron su posición dominante, rumian su resentimiento. Los musulmanes y los cristianos laicos desconfían del potencial de islamización. En cuanto a los chiitas (60% de la población), reprimidos bajo el régimen baasista, son los que tienen más para ganar en un nuevo orden político y podrían estar bien dispuestos con respecto a la intervención. El proyecto estadounidense no puede tener éxito sin su cooperación.

Y sin los chiitas, tampoco la resistencia tendría posibilidades de triunfar. Si ella lograra englobarlos, los estadounidenses no podrán reprimirla sin destruir el país y, al mismo tiempo, toda legitimidad moral y política. Pero una dominación chiita amenazaría la unidad del país al empujar a los kurdos hacia la autonomía y perder el apoyo de los sunitas, los cristianos y los iraquíes laicos. El éxito o el fracaso de la empresa estadounidense depende pues del exacto equilibrio que los chiitas establezcan entre apoyo, moderación y hostilidad.

Se espera que el Consejo de Gobierno iraquí nombrado por Estados Unidos, con preponderancia chiita, sirva de vector para una reconstrucción nacional unitaria. Pero esa comunidad se impacienta. Los ayatollahs de Najdaf, la ciudad más santa del islam chiita, manifestaron apenas una tolerancia limitada a la presencia estadounidense.

El ayatollah Ali Sistani, el miembro más venerado del consejo de religiosos islámicos de Najdaf, al-Hawza al-’Ilmiya, siempre fue partidario de un régimen chiita: emitió una fatwa para que los iraquíes –y no las autoridades estadounidenses– elijan a los miembros de un comité encargado de elaborar una Constitución que sería sometida a votación. El Consejo Supremo de la Revolución Islámica de Irak (CSRII), dirigido por el ayatollah Baker Al-Hakim hasta el 29 de agosto de 2003, día en que fue asesinado, posee su propio ala militar (la brigada al-Badr) y tenía su sede en Irán en la época de Saddam Hussein; el CSRII forma parte del Consejo de Gobierno. El carisma del imán Muqtada Al-Sadr, hijo de un prestigioso dignatario religioso asesinado por los baasistas, encuentra amplio eco entre los jóvenes y los desfavorecidos. Convoca importantes manifestaciones –saludadas con mensajes de apoyo de Irán– que denuncian la cobardía del Consejo de Gobierno, de Estados Unidos, de Saddam Hussein y del colonialismo, y llama a un régimen religioso de tipo iraní. Sin embargo, evita predicar la resistencia armada, a la cual se opone el Hawza.

¿Cómo se resolverá el debate entre los partidarios de una democracia laica y los de una teocracia religiosa en el seno de la comunidad chiita, así como entre chiitas, otros grupos iraquíes y las autoridades estadounidenses? Al pretender asegurarse el apoyo chiita, Estados Unidos corre el riesgo de atizar el integrismo.

Así pues, en el barrio pobre de Bagdad –Saddam City, rebautizada Sadr City– las milicias vinculadas a Muqtada Al-Sadr, financiadas por “millones de dinares” provenientes de las fuerzas estadounidenses, participan a su manera en el restablecimiento del orden. Exigen que se incendien los cines, que se castigue a los expendedores de bebidas alcohólicas y a los hombres que se nieguen a dejarse crecer la barba, que se imponga a todas las mujeres, incluso a las cristianas, el uso del velo, y que las “pecadoras” y mujeres sin velo sean condenadas a muerte8.

Tales imágenes avivan el temor a una reedición de lo ocurrido en Irán o Afganistán. Si en Bagdad se impusiera un régimen de ayatollahs, se vería comprometida la unidad del Estado iraquí, el integrismo transnacional chiita tendría carta blanca y Washington sufriría un desastre político. Más que ninguna otra, la cuestión chiita revela la contradicción entre el objetivo fijado por Estados Unidos –permitir a Irak acceder a la democracia– y su absoluta necesidad de controlar la operación hasta el final. ¿Pero qué puede negarle Washington a los chiitas, si con sólo abstenerse sembrarían el caos?

La Casa Blanca no puede dejar que Irak vaya a la deriva, tal como ocurre con Afganistán. Este precedente, como el de los Balcanes, lo prueba: es mucho más fácil vencer a un ejército que construir una nación, para no hablar de transformar la cultura de una región. El proyecto imperial neoconservador se basa en una crítica a la cultura política árabe contemporánea y en el temor a sus corrientes extremistas9. El remedio encarado va más allá de la simple conquista. La complejidad, el pluralismo y la obstinada independencia cultural de un pueblo no podrían ser suprimidos por un esquema importado de muy lejos.

La democratización que tanto necesita Medio Oriente exige inteligencia política e imaginación moral. Implica apoyar a las fuerzas que han actuado valerosamente en este sentido: los disidentes y los periodistas que arriesgan su vida y su libertad día a día; los reformistas islámicos que defienden la compatibilidad del islam con la democracia contra los extremistas; los grupos de mujeres, los sindicatos y los representantes de la sociedad civil que luchan por el derecho a organizarse y a promover sus ideas. Supone que los movimientos políticos islámicos no están inevitablemente formados por “jihadistas” violentos, y que no hay razón para no integrarlos a la política nacional, como se han integrado los cristianos democráticos en Europa.

Toda potencia exterior deseosa de intervenir en la región en nombre de la democracia debe dialogar con esas fuerzas, respetarlas y encontrar en forma conjunta soluciones políticas, sociales y económicas. Ya que únicamente esas tropas ganarán la batalla de la democracia y serán la defensa más eficaz contra el extremismo “jihadista”. A ellas –y no a una pequeña elite de Washington– les corresponde conducir la lucha para reformar Medio Oriente.

En lugar de apoyar estos movimientos reformistas autóctonos, Washington sigue aliándose a gobiernos autoritarios que los sofocan. En nombre de la “guerra contra el terrorismo”, Estados Unidos refuerza los aparatos de Estado más represivos y cierra los ojos al encarcelamiento arbitrario de “islamistas”.

Si los estadounidenses quieren que los reformadores árabes los tomen en serio cuando afirman comprometerse en favor de la democracia, deben dejar de fomentar las detenciones en masa y la tortura. Si quieren que los nacionalistas árabes moderados los tomen en serio cuando afirman preocuparse por el futuro de la cultura árabe o de la amenaza que representan las armas de destrucción masiva, tienen que cesar de apoyar incondicionalmente la agresiva política israelí, y esforzarse en promover un plan de paz que tenga en cuenta tanto la cólera de los palestinos frente a la ocupación y la colonización como las preocupaciones israelíes en materia de seguridad.

Vista la genealogía del proyecto neoconservador, tal cambio parece poco probable. No obstante, si la estrategia regional de Estados Unidos impone a los palestinos nuevas injusticias, muchos árabes sólo la verán, y con mucha razón, como un instrumento destinado a satisfacer la intransigencia israelí. Si Estados Unidos quiere realmente que los árabes le crean cuando afirma apoyar la autodeterminación, no puede pedir a la democracia iraquí que adopte el ropaje de una nueva tiranía. Si no puede demostrar ese mínimo de respeto por la región que afirma querer reformar, las contradicciones internas de su política resultarán evidentes para los pueblos de Medio Oriente, más allá del pequeño círculo de think tanks y de los medios de comunicación complacientes con Washington.

Washington podrá lograr su objetivo estratégico únicamente si Irak se transforma con rapidez en un Estado soberano, estable, unificado, democrático y no teocrático. Es la condición necesaria para garantizar la seguridad en Medio Oriente y en el resto del mundo, pero también para que los neoconservadores alcancen su objetivo de guerra: dotarse con una base que sirva a la vez a los intereses geopolíticos estadounidenses y a la democratización del mundo árabe. Para lograrlo, Estados Unidos deberá aceptar perder hombres y realizar enormes gastos, mientras que su pueblo tendrá que enfrentar una reducción presupuestaria. También son probables las otras posibilidades –dislocación del Estado iraquí, generalización de la pobreza, desórdenes y resistencia, prolongación de la ocupación extranjera, aumento del integrismo o advenimiento de un régimen autoritario– lo que representará un grave fracaso político para Estados Unidos.

Para el mundo árabe sería peligroso cruzarse de brazos en espera del fracaso de Estados Unidos que, con su prolongada ocupación de Irak, podría provocar “cambios de régimen” en otras regiones. En tanto blancos potenciales, los Estados árabes y todos los países en desarrollo tienen que tomar la iniciativa política y moral. Concebidas para la Guerra Fría, las estructuras internacionales como Naciones Unidas, la Liga Árabe y el Movimiento de No Alineados, ya no funcionan. El precedente estadounidense en materia de guerra preventiva amenaza con convertirse en norma universal de los conflictos.

Para evitarlo necesitamos nuevas estructuras solidarias que vayan más allá de los parámetros tradicionales de las relaciones interestatales. Frente a un conflicto, las naciones independientes deben comprometerse a cumplir las normas del derecho internacional, a condenar cualquier acción militar preventiva que las viole y a negar todo apoyo (bases, derecho de sobrevuelo, etc.) al igual que a promover reformas democráticas, incluso si para ello es necesario realizar un “cambio de régimen”. Más que un simple tratado, esta iniciativa sería un foro en donde preparar una reforma democrática, y en el mundo musulmán, una reforma islámica.

Al resultar el “ganador” de la guerra contra Irak, Washington nos puso a todos a prueba. Si Bagdad no se convierte, según lo prometido, en un polo de atracción estable que catalice la democratización de Medio Oriente, Estados Unidos se encontrará debilitado y más expuesto al peligro; las perspectivas de una reforma en el mundo árabe serán cada vez más problemáticas. De la misma manera, si Irak y otros Estados árabes no encuentran su propia vía hacia la democracia y la legitimidad popular, las consecuencias serán desastrosas. Las posibilidades de éxito, tal como las definió Estados Unidos para sí y para el resto del mundo, parecen escasas. Cualquiera haya sido la intención de Estados Unidos cuando conquistó Irak, éste es el resultado: para ellos y para nosotros.

  1. The International Herald Tribune, París, 3-10-02. Véase también, Henry Kissinger, “Irak Poses Most Consequential Foreign-Policy Decision for Bush”, Chicago Tribune, 11-8-02.
  2. Idem.
  3. Philip S. Golub, “Ideología y política en la administración Bush”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2003.
  4. Informe del PANC, 2000.
  5. “Lawrence Engleburger: Bush Should Be Impeached If He Invades Syria or Iran”, antiwar.com, 14-4-03.
  6. Seymour M. Hersh, “The Syrian Bet: Did the Bush Administration burn a useful source on Al-Qaeda?”, The New Yorker, 28-7-03.
  7. Jeffrey Bell, citado por Joshua Micah Marshall en “Practice to Deceive”, The Washington Monthly Online, abril de 2003.
  8. Susan Sachs, “After the War: Bagdad; Shiite Leaders Compete to Govern an Iraqi Slum”, The New York Times, 25-5-03.
  9. Edward W. Said, “El último bastión contra la barbarie”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2003.
Autor/es Hicham Ben Abdallah El Alaoui
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Páginas:13, 14, 15
Traducción Teresa Garufi
Temas Conflictos Armados, Terrorismo, Justicia Internacional
Países Estados Unidos, Irak