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Recuadros:

Amenaza iraní; amenaza a Irán

El 18-06-03, George W. Bush declaraba que EE. UU. “no toleraría” la construcción de un arma nuclear por Irán. Desde el discurso sobre “el estado de la Unión” del 29-1-02, que denunciaba a Irán como uno de los países del “eje del mal”, fue la advertencia más grave dirigida a Teherán. Ante la escalada de presiones, el gobierno iraní amenazó con retirarse, como Corea del Norte, del Tratado de No Proliferación Nuclear 1.

Luego de las declaraciones de Bush, la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AEIA) reprochó públicamente a las autoridades iraníes por disimular una parte de su programa nuclear y los países de la Unión Europea (UE) se unieron a Estados Unidos para pedir a su turno a Irán la aceptación inmediata y sin condiciones del añadido al Tratado de No Proliferación que prevé inspecciones sorpresivas.

Nadie puede dudar, por lo tanto, que una confrontación entre Estados Unidos e Irán representa ya –si las intenciones hasta el momento declaradas en Washington no se modifican– una eventualidad que hay que prever para un futuro más o menos cercano, ya sea en los meses venideros, ya sea después de la próxima elección presidencial estadounidense. Para evaluar su probabilidad hay que partir del punto en que estamos2.

Fue en tiempos del Shah que Teherán decidió poner en marcha un programa de investigaciones con miras a la fabricación de un arma nuclear. En el muy tenso clima de la última fase de la Guerra Fría, siendo Irán el principal socio estratégico de Estados Unidos en la frontera sur de la Unión Soviética, no debería sorprender que las autoridades no hayan objetado ese programa y hayan favorecido incluso su lanzamiento. La revolución iraní le puso fin.

Esta decisión fue revisada en 1982: Irán, atacado por Irak, estaba sometido a un embargo sobre la venta de armas, mientras su adversario se proveía de todo el espectro de armamentos modernos, en particular desde la Unión Soviética y Francia. Pero el regreso a las armas nucleares provenía también de un análisis estratégico más abarcador. El país se encontraba por entonces frente a la existencia o probable emergencia de fuerzas nucleares en todos los países vecinos: en la Unión Soviética, en Pakistán, en el Golfo, donde se desplegaban las fuerzas aéreas y navales estadounidenses, en Irak y en Israel. Los dirigentes iraníes estimaron imposible no reaccionar ante ello, y aún hoy éste es el principal dato estratégico que determina sus decisiones.

Todo lleva a creer que en ese momento debió ponerse en marcha un programa nuclear con fines militares, distinto de cualquier instalación nuclear civil. Mantenido bajo el mayor secreto posible, no parece haber prosperado, y entretanto Irán firmó, al igual que todos los Estados de la región salvo Israel, los tratados de no proliferación que prohíben las armas de destrucción masiva.

Un programa militar

Sea como sea, una vez llegados al poder en 1997, el presidente Mohamed Khatami y la corriente reformista modificaron los programas nucleares en su totalidad, en primer lugar por razones económicas. Tras la partida de las compañías petroleras extranjeras después de la revolución de 1979, luego bajo el efecto del embargo petrolero decretado por Estados Unidos y al que sólo se opuso la compañía francesa Total, la producción petrolera iraní tardó cerca de diez años en superar los 4 millones de barriles diarios. No obstante, como a raíz del crecimiento económico y demográfico del país el consumo interno aumentó considerablemente, Irán no exporta desde entonces más de 2 millones de barriles por día. Sin duda el crecimiento masivo de la producción de gas podrá dar lugar más adelante a una importante capacidad de exportación, pero para el equilibrio de los intercambios de Irán con el exterior, el aporte de la energía nuclear puede parecer razonable.

Aunque puedan afirmar que no hicieron construir armas atómicas, los dirigentes de Teherán pudieron pensar que Irán debía tener la capacidad de dotarse de ellas. Las acusaciones estadounidenses al respecto se alimentan de un impresionante conjunto de datos e hipótesis, reunido por la AIEA en un informe del 6 de junio pasado3. Sin embargo, pese a las presiones estadounidenses y aunque al mismo tiempo criticaba a las autoridades iraníes por haber disimulado parte de sus actividades, Mohamed El-Baradei, director general de la agencia, no quiso declarar que Irán había violado el Tratado de No-Proliferación Nuclear. Pero en un intercambio de información del más alto nivel sobre el programa iraní se dieron ciertas indicaciones, en especial de origen francés, sobre los trabajos realizados con vistas a desembocar en un programa militar: algunos de estos trabajos utilizarían la técnica del centrifugado para llevar el enriquecimiento del uranio a la tasa necesaria para un combustible con fines militares, los otros preverían el empleo del plutonio, dado que la producción de agua pesada aparentemente superó con amplitud las necesidades de un programa civil o de la industria química4.

En todo caso, el gobierno de Estados Unidos estima que Irán está en el punto en que la producción de combustibles con fines militares podría tener lugar en el plazo de un año. “Esto nos demuestra –declaró el secretario de Estado Colin Powell, en marzo pasado, en el canal CNN– que una nación decidida a desarrollar armamento nuclear puede mantener en secreto todo el proceso de desarrollo que ha iniciado, incluso para los inspectores u observadores externos, si quiere hacerlo”5.

Hipótesis de conflicto

¿Pero qué significaría, dentro de las relaciones estratégicas internacionales, la emergencia de una potencia militar iraní? No sólo el país está rodeado de potencias nucleares, sino que sus dirigentes estiman, a justo título, que la guerra de la primavera boreal pasada contra Irak tuvo como resultado –e incluso, tenía como objetivo– el cercamiento de Irán por Estados Unidos, que mantiene ahora un dispositivo militar en las Repúblicas ex soviéticas de Asia Central, en Afganistán y en Pakistán, en el Golfo, en territorio iraquí y hasta en el Cáucaso.

Los dirigentes de Teherán no olvidan la experiencia de la guerra contra Irak, entre 1980 y 1988: el ejército de Saddam Hussein, entonces aliado de Occidente, había utilizado armas químicas que, sumadas a la superioridad de Bagdad en todo el espectro de las armas modernas, habían conducido al mando iraní a recurrir a gran número de efectivos de infantería, tanto para resistir como para realizar contraofensivas, que consistieron en violentos ataques extraordinariamente costosos en pérdidas humanas, con el fin de romper o resquebrajar las líneas iraquíes. Este recuerdo sigue tan vivo en las autoridades iraníes que no quieren de ningún modo volver a pasar una prueba semejante.

Ahora bien, según ellos, los riesgos de conflicto no han desaparecido. La ocupación de Irak y las crisis que derivarán de ésta pueden repercutir directamente en Irán. La autonomía total adquirida por los kurdos de Irak puede también tener sus derivaciones en el Kurdistán iraní. La nueva guerra civil de Afganistán desestabiliza a las regiones fronterizas. Israel considera abiertamente a Irán como su adversario más peligroso, y las amenazas estadounidenses son ya acuciantes y precisas.

De todas las hipótesis de conflicto, la que más preocupa a los dirigentes iraníes es la de un enfrentamiento con Israel. Para ellos, el gobierno de Ariel Sharon seguramente no dudaría en destruir las instalaciones nucleares si las circunstancias le fueran favorables, al igual que el de Menahem Begin había destruido, en 1981, el reactor iraquí de Tamuz. La vulnerabilidad de Irán, entonces, sólo podría compensarse por la del mismo territorio israelí, en razón de su exigüidad: según este razonamiento, sólo una capacidad de disuasión nuclear pondría a Irán a cubierto.

Sin ella, la única respuesta sería la utilización de las fuerzas dispuestas a enfrentar a Israel, por ejemplo desde Líbano o los territorios palestinos, o por grupos que Irán podría reunir, reclutar, armar y equipar en los Estados vecinos. Pero dentro de esta hipótesis, las autoridades iraníes temen una intervención estadounidense en apoyo a Israel: de ahí el interés, para ellos, de una capacidad de disuasión nuclear suficiente. Su único objetivo sería impedir eventuales ataques provenientes de los Estados de la región; sólo necesita misiles de mediano alcance, como el misil Shehab-3, de un alcance de 1.300 km., y por ende capaz de alcanzar el territorio israelí: éste ya está en funcionamiento y en manos del cuerpo de Guardianes de la Revolución6.

Mientras tanto, ¿qué forma podría adoptar una confrontación entre Irán y Estados Unidos? Resulta muy difícil imaginar el inicio por parte del gobierno estadounidese de una guerra análoga a la que llevó adelante contra Irak: con su superficie, población y recursos, Irán es un país de una dimensión muy distinta y su ocupación supondría fuerzas de mucho mayor importancia.

Nacionalismo secular

Por cierto, el equipamiento de las fuerzas iraníes es aparentemente muy pobre y además éstas se encuentran divididas en dos7: el ejército tradicional –decapitado por la revolución, pero que demostró su lealtad durante toda la guerra contra Irak– y los Guardianes de la Revolución islámica, los Pasdarans, cuerpo de menos de 100.000 hombres que cuenta con su propia marina, aviación y fábricas de armamento.

Pero el pueblo iraní, imbuido de un nacionalismo secular, opondría a una invasión todos sus medios de lucha, a excepción quizá de las regiones kurdas del noroeste y baluches del sudeste. Incluso los opositores democráticos al régimen de los mullahs no faltarían al deber de defender la independencia del país y no se dejarían comprometer por el apoyo que Estados Unidos querría darles.

En suma, la hipótesis más verosímil sería la destrucción particularizada por parte de la aviación estadounidense de los centros de investigación y experimentación nucleares, así como de las infraestructuras militares pesadas. Esto no sería más que el comienzo del conflicto. La respuesta de Irán podría desarrollarse en varios terrenos simultáneos. Teherán podría modificar su política en Irak y poner todo el peso de su influencia en la comunidad chiita para comprometerla con la resistencia armada, que tomaría entonces una dimensión mucho mayor.

Los dirigentes iraníes podrían también modificar su hasta ahora intransigente actitud respecto de ciertos grupos integristas que recurren a las actividades terroristas. Los ataques apuntarían entonces, prioritariamente, a la región del Golfo, donde las comunidades chiitas son numerosas, y amenazarían allí directamente a las posiciones estadounidenses. Finalmente, el gobierno de Teherán podría emplear también su influencia decisiva sobre la comunidad hazara de Afganistán e intentar romper así el equilibrio actual de las fuerzas en detrimento del poder político que Estados Unidos instaló en Kabul. Ninguna duda, en definitiva, de que la previsible confrontación entre Irán y Estados Unidos tendría incontables derivaciones.

  1. El 12 de septiembre pasado, la junta directiva del organismo atómico de la ONU emplazó a Irán a probar, antes de este 31 de octubre, que no posee un plan secreto de fabricación de armamento nuclear. La respuesta iraní fue la amenaza de retirarse del Tratado. Ver “Ultimátum de la ONU a Irán”, La Nación, Buenos Aires, 13 y 14-9-03.
  2. P. Golub, “La República islámica bajo presión”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2003; y Bernard Hourcade, Iran, nouvelle identité d’une République, édition Belin, noviembre de 2002.
  3. Implementation of the NPT Safeguards Agreement in the Islamic Republic of Iran, informe del director general, 6-6-03 (fas.org/nuke/guide/iran/iaea0603.html).
  4. Latest Developments in the Nuclear Program of Iran, in particular on the Plutonium way, mayo de 2003: (projects.sipri.se/expcon/nsg_plenary03-f.htm).
  5. “Iran closes in on ability to build a nuclear bomb”, Los Angeles Times, 4-8-03.
  6. “Iran’s search for Weapons of mass destruction”, Center for Strategic and International Studies, 7-8-03.
  7. Cf. Bernard Hourcade, op. cit.

Terrorismo nuclear, mitos y realidades

Le Guelte, Georges

Nunca cayó un avión sobre una central nuclear o sobre una planta de tratamiento de residuos nucleares. Pero, en la medida en que ésto pueda preverse, el número de víctimas como consecuencia de la radioactividad sería probablemente escaso. A condición, sin embargo, de que el incendio provocado por el querosén de los tanques pueda ser rápidamente controlado y de que la instalación cuente con medios para combatir el fuego similares a los que utilizan los aeropuertos.

Si un criminal utilizara una “bomba radiológica”, o sea un aparato convencional rodeado de productos radioactivos, es probablemente su explosivo clásico –y no la radiación– lo que provocaría la mayor cantidad de muertes. Los daños materiales serían además considerables. Y, sobre todo, el atentado tendría graves consecuencias psicológicas, con el riesgo de generar pánico en una población mal informada, muy sensibilizada con respecto a lo nuclear (tanto militar como civil), y un personal hospitalario poco preparado.

Atentados de estas características tendrían en todo caso consecuencias que no pueden compararse con las de una agresión causada por un artefacto nuclear explosivo. Ésta provocaría decenas de miles de víctimas; afectaría en forma duradera tanto las estructuras sociales como el equipamiento público. Sus efectos psicológicos, sociales y políticos serían de una naturaleza y una amplitud mucho mayores, por otra parte difícilmente previsibles. Este peligro es infinitamente más grave que cualquier otro.

¿Existen maneras de reducir la probabilidad de atentados semejantes? Desde hace años, los especialistas sugieren técnicas para evitar los secuestros aéreos. Si bien algunas comienzan a utilizarse, es cierto que debieron pasar años para que todas estas propuestas se estudiaran seriamente. La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) reclama asimismo desde hace tiempo una convención internacional que obligue a cada país a acondicionar con estrictas medidas de seguridad, luego de su uso, todas las fuentes radioactivas utilizadas en su territorio con fines médicos o industriales. Estados Unidos se opone a ello, pero nada impide a los europeos tomar la iniciativa de una convención semejante, sin tener en cuenta a Washington, como lo han hecho para el Protocolo de Kyoto o para el Tribunal Penal Internacional.

Según los términos de los acuerdos START sobre la reducción del armamento nuclear estratégico, en Estados Unidos y en Rusia un gran número de ojivas han sido puestas fuera de servicio. Pero nadie sabe cuántas han sido desmanteladas, ni qué cantidad de material radioactivo ha sido recuperado. Sólo se sabe que los rusos disponen al menos de 500 toneladas de uranio muy enriquecido y de 50 toneladas de plutonio que “ya no son utilizados para la defensa”. Estas materias fisibles serían suficientes para fabricar miles de artefactos explosivos y, además, están almacenadas en instalaciones insuficientemente protegidas y en condiciones de seguridad insatisfactorias.

Ningún grupo terrorista podría producir solo las cantidades de uranio muy enriquecido o de plutonio indispensables para fabricar un arma nuclear, y las materias fisibles provenientes de las armas rusas desmanteladas constituyen uno de los únicos medios de conseguirlas. Para evitar este peligro, bastaría diluir el uranio muy enriquecido en uranio natural. Pero, por razones financieras o comerciales, sólo 200 toneladas han sido diluidas de esta manera desde el fin de la Guerra Fría. La neutralización del plutonio es más complicada, pero no técnicamente imposible: desde 1991, sólo 180 gramos de materia fisible han sido neutralizados.

Otra manera de procurarse un explosivo: aprovechar la diseminación de las armas, sobre todo en países como Pakistán, Irán o Corea del Norte. La política de no proliferación constituye pues un elemento esencial de la lucha contra el terrorismo nuclear. Ahora bien, ésta ha sido durante mucho tiempo combatida por los neoconservadores estadounidenses, y para los países europeos no siempre constituye una de sus prioridades.

El “terrorismo” no es una fatalidad. Una política diferente en Medio Oriente y en Asia –y no sólo medidas exclusivamente militares– podría reducir el número de kamikazes. Una mayor cooperación internacional contra toda clase de tráfico, comenzando por medidas eficaces contra el lavado de dinero, limitaría los medios materiales de que disponen las organizaciones criminales. Sin embargo, los esfuerzos en este sentido siguen siendo pocos, tanto en Europa como en Estados Unidos.

El riesgo de terrorismo nuclear no es nuevo: se ha tomado conciencia de éste a partir de 1946, pero, hasta ahora, se lo ha considerado muy poco probable como para tomar medidas enérgicas. Si actualmente se considera que presenta un peligro inminente, es necesario entonces tomar con urgencia medidas draconianas para prevenirlo. Pero el presidente George W. Bush y su entorno han utilizado el terrorismo nuclear como un espantapájaros, sin ofrecer la menor prueba que justifique esta alarma repentina, ni tomar la mínima medida seria para enfrentarlo.

Pretenden sobre todo paralizar a la opinión pública estadounidense y hacerle aceptar la defensa antimisiles, la guerra –tanto en Afganistán como en Irak– y, en general, el conjunto del programa de los neoconservadores para el que los electores no les habían dado mandato alguno. El “terrorismo nuclear” constituye un riesgo real cuyas consecuencias podrían ser catastróficas: los dirigentes tienen pues la misión de reducir su probabilidad, y no de convertirlo en un instrumento de gobierno a través del temor.


Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Páginas:20,21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares
Países Irak, Irán