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¿Hay que tenerle miedo al populismo?Demasiado a menudo confundido con dictaduras, nacionalismos agresivos o con el fascismo, el populismo es, en la concepción del autor, síntoma de una situación de crisis institucional y representativa, que puede darse dentro de sistemas y corrientes políticas muy diversas y que suele tener un carácter transitorio. El auge de los populismos hoy se explicaría por los bruscos cambios acarreados por la mundialización liberal y la consiguiente perturbación en las subjetividades, que tornan a presentarlo como alternativa.Es curioso: el populismo es generalmente tratado en forma estereotipada, como un absurdo o una suerte de “noticia” pintoresca. Sirve para analizar hoy, desordenadamente, aquí y allá, la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y la política de Hugo Chávez en Venezuela; ayer, el ascenso de Bernard Tapie en Francia; lejos en el tiempo, el poujadismo o el boulangismo (ver recuadro “De Rusia…”). Otras figuras son acusadas de practicar el “telepopulismo”: el presidente del Consejo italiano Silvio Berlusconi, el sindicalista José Bové, el presidente del Frente Nacional Jean-Marie Le Pen… El término se torna pues difícil de analizar y los acontecimientos que designa son a menudo inclasificables. Desde aquellos que lisa y llanamente renunciaron a hacerlo hasta aquellos que se limitan a compilar1 son pocos los especialistas que dan una definición correcta de populismo. La etimología de la palabra remite a otro término de por sí cargado de ambigüedad: pueblo. El discurso populista corresponde a una forma directa de llamar a las “masas”, cuya naturaleza, intenciones y consecuencias resultan de una apreciación ideológica. Tomado en su acepción de “discurso popular”, el populismo no podría ser pues asimilado a priori a un movimiento reaccionario, demagógico o fascista, tal como lo hacen algunos. Desde hace tiempo, esta amalgama tiene la finalidad de impedir una interpretación más profunda y de arrojarlo fuera de la historia, como si se tratara de un fenómeno sin raíces ni causas verdaderas. La diversidad de los movimientos populistas que han atravesado la historia muestra lo difícil de hacer comparaciones sin caer en un análisis común al respecto. Si se considera la época moderna, las experiencias rusa, estadounidense y sudamericana aparecen como las más típicas. Valores contradictoriosEl populismo latinoamericano, que figura entre los más frecuentemente mencionados, surge en la década de 1930. Viste los ropajes de la esperanza, en nombre de la nación y de la justicia social, y algunas de sus figuras carismáticas emergen en situaciones provocadas por gobiernos débiles y corruptos. De todas estas experiencias, la del carismático argentino Juan Domingo Perón y los encendidos discursos de su esposa, “Evita”, es la más conocida. El peronismo encarna una triple reivindicación: nacionalismo, antiimperialismo y “transclasismo”. Particularmente durante su primer gobierno (1946-1952), Perón supo privilegiar a las clases desfavorecidas, los descamisados. Difícil de comprender, de otro modo, la presencia todavía viva del mito peronista. Argentina conoció con Perón una política social de las más avanzadas de América Latina, el star system y, prematuramente, el ocaso de la izquierda. Siguiendo su ejemplo, los movimientos populistas se han sucedido, en nombre de valores contradictorios, hasta la época actual: en Ecuador, durante la breve presidencia de Abdalá Bucaram (de mayo de 1996 a febrero de 1997) quien, rodeado de los hombres más ricos del país propone un… “gobierno de los pobres”; en Perú, bajo el gobierno liberal de Alberto Fujimori; o incluso con la presidencia “social” de Hugo Chávez en Venezuela. Diplomado en ciencias políticas en la Universidad Simón Bolívar, este ex militar golpista logró contener y orientar una creciente ola popular, que rechazaba la corrupción de los aparatos políticos y se consumía a la espera de un cambio. Antes de su llegada al poder, el ex sindicalista brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, carismático dirigente del Partido de los Trabajadores (PT), fue presentado durante mucho tiempo como un populista. Desde que ocupa el Planalto2 y se mostró pragmáticamente dispuesto a pactar con las instituciones internacionales –especialmente el Fondo Monetario Internacional (FMI)– y a reorientar su posición, el adjetivo no se adosa tan frecuentemente a su nombre, aun conservando un discurso de izquierdas. Si la ideología populista era ayer socializante y/o nacionalista, en estos últimos años se impone más la tendencia liberal, como lo han demostrado Carlos Menem en Argentina y Fujimori en Perú. Otra diferencia: los movimientos populistas recurren en gran medida al marketing y a los medios de comunicación. Se habla de un telepopulismo. Sin embargo, Lula Da Silva y Hugo Chávez se encuentran en una situación paradójica: en Brasil, durante sus tres intentos previos para acceder a la presidencia de la República, los medios de comunicación lanzaron violentas campañas en contra de Lula; sólo lo apoyaron tardíamente durante su cuarto intento, cuando su discurso de izquierdas perdió radicalidad. En Venezuela, la oposición se apoderó de los medios de comunicación privados y es con su apoyo que lleva a cabo su campaña de desestabilización contra el presidente Chávez. Sin embargo, aquí y allá, las campañas políticas de los neopopulistas logran utilizar hábilmente las nuevas tecnologías de la comunicación. Basta recordar que en México el subcomandante Marcos se convirtió en maestro en el arte de la comunicación política. Sin embargo, si bien hace un llamamiento a los pueblos (indígena y mexicano), en ningún caso considera –aun cuando tendría la posibilidad de hacerlo– tomar el poder. ¿Es esto populismo? Reducir para seducirEste fenómeno político no es exclusivo de América Latina. Algunos intentos tuvieron lugar también en Francia y, actualmente, aquí y allá, nuevas experiencias se multiplican en el mundo (ver recuadro, pág. 17). De esta historia, rica y contradictoria, resulta difícil obtener una concepción homogénea del populismo. Sin embargo, pueden identificarse varios puntos de referencia. En primer lugar, el populismo es sobre todo un fenómeno de transición, eruptivo y casi efímero, que se desarrolla en el seno de una crisis generalizada y de un statu quo político-social insostenible para las mayorías. Se trata de una señal de alarma, de una advertencia ruidosa y barroca, más que de una explosión que arrasaría con todo a su paso. El populismo no conduce necesariamente a un cambio definitivo de régimen. Desde luego, si el mensaje no es comprendido por la clase dirigente, el llamado al pueblo representa entonces una situación de recambio frente a una situación estancada. La clave no es la efervescencia social que lo acompaña, sino el fondo emocional que lo anima. Los cimientos que lo tornan coherente no son sociológicos, sino psicológicos. Es una reacción de cólera y desconfianza respecto de las instituciones y frente a las fuerzas centrífugas que amenazan los mitos fundadores de la nación. En segundo lugar, el populismo está siempre encarnado por un hombre providencial carismático. Es probablemente allí donde encuentra plenamente su lugar el análisis psicológico3. Al ser la energía contagiosa, el carisma desempeña un rol antidepresivo. Porque es el juego de la seducción, del contacto directo y caluroso, lo que permite movilizar y organizar a un pueblo resignado, pero enfurecido. Es su carácter “pluriclasista” y transversal lo que lo vuelve capaz de atravesar las divisiones políticas clásicas. El llamado populista se dirige a todo el pueblo, a todos aquellos que soportan en silencio las injusticias y la miseria. Hay en este llamado la invocación a las grandes acciones colectivas y a los valores compartidos. Allí reside su fuerza emocional y su componente racional. Es de esta mixtura que surge su potencia. Además, nadie ignora el alcance psicológico del populismo. Las crisis son su detonante. Esquemáticamente, los movimientos de masas sintetizan dos modos psicológicos de control social: la fascinación y la seducción. En ambos casos, la fórmula del filósofo español Baltasar Gracián sigue siendo válida: “Para seducir, es necesario reducir”. Así, la emoción y el leadership carismático desempeñan un rol esencial en la búsqueda de identidad de las masas. La ausencia de un programa definido o de una doctrina ideológica acabada no resulta pues sorprendente: el populismo no pretende ser una idea original ni una teoría global, menos aun una concepción del hombre y la sociedad, sino, ante todo, una voluntad de reconstrucción del bien común. Así, para Ernesto Laclau4 el populismo no es un movimiento sociocrítico, tampoco un régimen estatal, sino un fenómeno de tipo ideológico que puede existir en el interior de las organizaciones y de los regímenes, de las clases y de la formaciones políticas más variadas y divergentes. De ahí la necesidad de analizar su ideología más allá de la adhesión particular de una clase social. Síndrome de desencantoAlgunos han querido asimilar el populismo al nacionalismo y al fascismo. Nadie puede afirmar esto seriamente, salvo por razones de ideología o de retórica partidaria. Tanto el nacionalismo como el fascismo expresan una concepción totalizadora del mundo, donde la identidad nacional refiere en definitiva a una doctrina de la raza y al poder sacralizado. Además, el aparato del Estado y el ejército, sobre todo en el caso del fascismo, son sus elementos esenciales para dirigir a las masas con una ideología patriótica y/o totalizadora, y hacer imperar a la vez una disciplina férrea, en nombre de la tradición, de la raza o de un jefe cuyo culto es la cima de la jerarquía formal. Estas doctrinas implican una teoría expansionista del Estado, por añadidura hegemónica. La guerra es una consecuencia considerada trascendente. Nada de ello se encuentra en el movimiento populista. En consecuencia, clasificar a Le Pen en la categoría “nacional-populista”, como lo hacen algunos politólogos, es sumamente cuestionable. Esta noción se remonta a la situación política muy particular de la Argentina peronista en los años 1940 y 1950, lo que torna esta comparación discutible. Además, esta asimilación corre el riesgo de banalizar el profundo significado del Frente Nacional y, a la vez, desacreditar las manifestaciones populares: ¿ocultaría todo llamado al pueblo una voluntad de hacer que triunfe una ideología determinada, por naturaleza contraria a los valores de la democracia? Si el populismo no emerge ex nihilo, se debe a que está asociado a una situación de crisis de la sociedad y a la presencia de un síndrome de desencanto. El inmovilismo de las elites en el poder genera el statu quo político. La creencia en la nación se quiebra. El futuro provoca miedo. La duda se transforma en silencio cómplice y un individualismo tan estrecho como abstracto reemplaza al civismo entusiasta de los individuos concretos. La crisis es un atolladero donde el ideal griego de virtud se transforma en cinismo y la resignación en prudencia. La elite se encuentra ante un dilema sin salida: ruptura o dimisión. No es la falta de lucidez lo que caracteriza a los políticos en las situaciones críticas, sino la falta de coraje. Los detractores del populismo basan sus críticas en un peligro mayor: la dictadura. Pero sus análisis excluyen las causas. Ahora bien, este peligro es a la vez efímero y más imaginario que real. La historia contemporánea ha demostrado en varias oportunidades que el populismo, si no se amalgama con el fascismo, no se transforma en dictadura. Sigue siendo ya sea una exigencia –de más democracia–, ya sea un retorno popular a las fuentes en ausencia de un proyecto colectivo. Alain Pessin defiende la utilidad del enfoque mitológico en el análisis de los procesos sociales, entre ellos el populismo5. El mito pone en escena un ideal que pretende ser verdadero, pero sin explicarlo. Es un llamado a una experiencia colectiva y a un modo de relación directa con el prójimo. Allí reside su fuerza de cohesión y de esperanza más allá de las exigencias institucionales endurecidas. Cuando no se torna rutinario, como sucedió con Napoleón III en Francia o con Perón en Argentina, el populismo constituye un fenómeno efímero que concluye con un retorno al orden establecido. Piénsese, por ejemplo, en los intermedios boulangistas o poujadistas en Francia. Algunos autores, sin embargo, no están lejos de pensar que es una de las formas de la transición democrática. Para Gino Germani, el populismo expresa así el fracaso de las instituciones (familias, escuelas, empresas, sindicatos, partidos políticos), encargadas de asegurar la integración de una población que debe adaptarse a las exigencias económicas y técnicas de una modernización industrial acelerada6. El populismo facilitaría el cuestionamiento del statu quo y el desarrollo del anticonformismo para acelerar el manejo de la crisis y la búsqueda de un nuevo equilibrio social y político. Otros querrán ver allí una dictadura solapada. Así es como la experiencia peronista divide aún a la izquierda argentina. El resurgimiento del populismo desde hace una veintena de años señala una crisis de la democracia representativa. Es planetario, por ende casi inédito y su impacto psicológico mediáticamente algorítmico. El cambio brusco (pero no necesariamente violento) de las estructuras sociales y políticas provocado por la mundialización liberal es acompañado por una perturbación equivalente de las estructuras psíquicas, las costumbres y las representaciones7. Las frustraciones acumuladas generan poco a poco una nueva gran decepción. Los antiguos no se reconocerían en la república triste y resignada de los modernos, ni en esta sociedad “social-liberal” cada vez más autoritaria y cerrada. De ahí la creciente preocupación. Al punto que la alternativa es poco alentadora: la revuelta explosiva o la implosión conformista. La identificación del agente patológico resulta pues indispensable. La presencia del populismo es asimilable, mutatis mutandis, a un acceso de fiebre. Y si bien la fiebre es síntoma de enfermedad, no es, en sí misma, la enfermedad.
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