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Recuadros:

Coetzee frente a los bárbaros

La obra de John Maxwell Coetzee es indisociable del régimen de apartheid que imperó en su país y de la ardua transición al postapartheid. Pero trasciende la coyuntura y toda voluntad proselitista para interrogar sobre las consecuencias últimas de la opresión y la injusticia: las “relaciones deformadas y desmedradas” entre los seres humanos, para las que su arte quisiera abrir una salida imaginaria.

A la pregunta de su editor: “¿Ficción o memoria?”, J. M. Coetzee respondió: “¿Tengo que elegir entre una y otra?” Ni siquiera sus textos autobiográficos, Boyhood (Infancia) (1997) y Youth (Juventud) (2002)1, se presentan como recuerdos contados en pasado: no se trata de acontecimientos reales ordenados en forma cronológica, sino de descripciones en presente de situaciones separadas unas de otras por números. Y rechaza no sólo cualquier lectura particular de sus obras, sino también toda lectura directamente política.

Hijo de colonos holandeses, Coetzee nace en 1940 en ciudad del Cabo y recibe una educación británica. A los veintiún años parte hacia Londres, donde trabaja como programador informático. En 1965 viaja a Estados Unidos, defiende una tesis sobre la prosa de Beckett y escribe sus primeros relatos. La guerra de Vietnam despierta en él recuerdos de su país. En 1973 es detenido durante una manifestación en Buffalo (Nueva York), y decide regresar a Sudáfrica.

Aunque la izquierda lo atrae, las masas de manifestantes le provocan pánico. De regreso a Ciudad del Cabo, donde ejerce como profesor de literatura, publica Dusklands (País en la niebla), collage de dos relatos implacables: de una parte el informe ficticio de un estadounidense especialista en la conducción de la guerra psicológica en Vietnam, de otra el informe ficticio de Jakobus Coetzee, un antepasado holandés del siglo XVIII que, durante la colonización, participó en el exterminio de una tribu hotentote.

Su primera novela, In the Heart of the Country (En el corazón del país) aparece en 1977, en los tormentosos días de la guerra civil. En este libro Coetzee se concentra en una cuestión: los estragos que hace el racismo en los sentimientos y las relaciones humanas. Magda, la hija de un criador de ovejas blanco, monologa sobre su vida en 266 intervenciones. El sistema del apartheid es su prisión: al “universo insensible” del pequeño mundo doméstico, red de opresión, sospecha y vigilancia, su padre le agrega una amante (negra), que también es la mujer de un trabajador. Y eso quiebra la paz feudal. ¿De verdad Magda fue violada por un criado negro y realmente mató a su padre? ¿O sólo es su imaginación desbordada? Eso no queda claro: al igual que en Comment c’est… de Beckett, la única certeza a la cual el lector puede aferrarse es la incertidumbre.

Propaganda, terror y espanto

En sus parábolas, las notas de Coetzee giran sin cesar en torno a los temas de la injusta opresión colonial, del nostálgico arraigo en las tradiciones (“¿A dónde fue a parar entonces toda esa formación humanista?”) y del compromiso personal que no deja ninguna escapatoria. “El mundo está lleno de gente que quiere construirse una vida propia; pero fuera del desierto, muy pocos gozan de tal libertad”.

Las características de la prosa de Coetzee se reconocen en el frenético monólogo de la hija del granjero, en el que se transparentan al mismo tiempo deseos de vida y de muerte: el combate que es necesario librar para alcanzar el ideal flaubertiano de la “palabra justa” (es sabido que Flaubert tardaba a veces un día entero en pulir una frase), vinculado a un meticuloso trabajo sobre la lengua con el fin de lentificar el ojo del lector y su oído interno –es decir, el ojo y el oído del espíritu– de modo que estén listos para abrirse a la imagen querida por el autor.

En sus recientes obras se acentúa aun más esa lentitud. Su prosa trata de manera repetitiva los mismos temas: deseo, amor, placer, dolor, culpabilidad, compromiso, dignidad, libertad, escrúpulos; pero también el derecho, el derecho a la libertad y al deseo. Incansablemente, a través de variaciones siempre renovadas, Coetzee desmenuza estos conceptos en todos sus sentidos, impulsando así al lector a cuestionarlos cada vez más.

Waiting for the Barbarians (Esperando a los bárbaros) lo consagró internacionalmente. En la ciudad fronteriza de un imperio colonial ficticio, un juez, elegido por un poder colonial lejano, vela por la aplicación del derecho, por la protección de la decencia y la dignidad. La precaria paz con los vecinos nómades (falsa, ya que está basada en la violencia colonial) se quiebra cuando un grupo de soldados enviados por la capital provoca una guerra racial contra los nómades, en adelante proscriptos y designados como “bárbaros”. Nadie sabe por qué de golpe habría que considerarlos una amenaza, pero la propaganda y el terror infunden en los habitantes miedo y espanto, y los transforman en cómplices de los soldados.

Minuciosamente descriptas, las torturas infligidas a cuatro detenidos excitan de tal manera a los espectadores que terminan por actuar como verdugos. Sólo el juez se rebela, pero en esta atmósfera de linchamiento su objeción –a pesar de todo, esos enemigos son seres humanos– aparece como una ridiculez. Y así no sólo pierde su cargo de magistrado; es encerrado en una bodega, desnudo y reducido a las más elementales necesidades animales, a la espera de una quimera: un proceso justo en el que podría defenderse tanto a sí mismo como a sus principios. Cuando en 1980 aparece el libro, algunos pensaron en la suerte corrida por el militante negro Steve Biko, muerto en 1977 en la celda de una prisión sudafricana, como consecuencia de las torturas que se le infligieron por persistir en afirmar que tanto los negros como los blancos forman parte del mismo género humano.

No obstante, las novelas de Coetzee no apelan a una conciencia política, no son relatos realistas. Para él, la literatura nunca es sinónimo de pertenencia a un partido ni tampoco la ilustración de convicciones. Por esta razón Esperando a los bárbaros termina sin mensaje. En un determinado momento, la soldadesca se va para combatir en otra parte: el lugar queda devastado y se espera la venganza de los bárbaros. La pregunta del juez al verdugo –“¿Cómo puede comer después de haber tratado a seres humanos de esa manera?”– resuena inútilmente. En ese lugar, lo que se consideraba como sentimientos humanos ha desaparecido.

Como en el Hamlet de Shakespeare, los personajes parecen su mundo, que creían seguro: eso sucede con el Michael K. de Life and Times of Michael K (Vida y época de Michael K). Obrero especializado negro (aunque Coetzee en ninguna parte habla del color de piel de sus personajes), marcado por un labio leporino, pierde su empleo en el departamento de jardinería. A pesar de no haber hecho nada ilícito la sociedad lo transforma en un fuera de la ley, en “elemento asocial”. Su nostalgia de la más elemental de las libertades, la de desplazarse, culmina en la libertad de morir, dado que durante la guerra civil en Sudáfrica y a excepción de los campos de reeducación, no hay lugar para este hombre dos veces estigmatizado. Sin embargo, esta torturada novela –una de las más angustiantes de Coetzee– cuenta sobre todo, en un presente imaginario, la imposibilidad de escapar de las redes de la sociedad. Incluso en la guarida que se construye y donde se oculta, no encuentra nada parecido a la paz. Inevitablemente se piensa aquí en el relato de Kafka Der Bau (La Construcción). Y sus futuras novelas –The Master of Petersburg (El maestro de Petersburgo) y Foe– constituyen, a partir de su propio título, una confrontación con la literatura mundial.

Un mundo aparte

El apartheid donde creció J.M. Coetzee representaba el intento de una minoría blanca de modelar “un mundo sano” (mediante construcciones de la mente y también mediante la aplicación diaria, tanto estructural como física, de la violencia). Había gente que moría de hambre, pero eso sucedía lejos, en el monte, donde nadie nunca veía los cadáveres. Los desocupados, los sin techo, los mendigos eran expulsados de las ciudades o encarcelados lejos, en prisiones o campos de concentración. Quien diera noticias de los opositores o mostrara fotografías de sublevaciones se convertía en blanco de la represión.

Esta brutal realidad hizo estallar en pedazos el discurso humanista que se había inculcado a muchos contemporáneos. Sin embargo, en tanto blancos, no tenían la posibilidad de colocarse del “otro” lado, el de los negros. “Cuando un blanco dice ‘sí, estoy a favor de la caída del sistema’ –escribe Coetzee en su ensayo White Writings en 1992– es por lo menos curioso. En otros términos: ¿cómo puede estar seguro de ser totalmente sincero en semejante situación?”. De la misma manera, Esperando a los bárbaros no proporciona al lector ninguna vislumbre de las motivaciones y de la conducta de los bárbaros. En su espléndida novela Disgrace (Desgracia) –que le valió a Coetzee un segundo Booker Price británico, convertida en best-seller– Petrus, un ex criado negro que quiere convertirse en granjero, siempre forma junto con los suyos un mundo aparte, incomprensible y amenazador.

Esta novela se desarrolla en la nueva Sudáfrica del postapartheid. Aquí como en su reciente novela –Elizabeth Costello, Eight lessons, 2003–, las certezas satisfechas del discurso iluminado, guiado sólo por la razón, son llevadas al absurdo. Allí donde no hay narración unificadora, los hombres se encuentran simplemente desnudos, indefensos –abandonados a las presiones de sus fantasías interiores (culpabilidad, miedo, piedad) o a la violencia exterior (ideología y terror)–. En Desgracia, la hija del profesor que, por oposición al apartheid, se va al campo para vivir en paz con los negros cae en una trampa paralizante, totalitaria: es violada, pero en vez de huir o presentarse a la justicia, conserva al niño, regala a Petrus, el violador, sus parcelas de terreno y se casa con él; la culpabilidad y la mala conciencia hacen de ella un objeto dócil al deseo de Petrus.

La novela tuvo un enorme éxito en Sudáfrica, pero también fue objeto de duras críticas. Tras su publicación, miembros del gobierno del Congreso Nacional Africano (ANC) acusaron a Coetzee de racismo, considerando que el hecho de que los negros cometieran actos de violencia era políticamente incorrecto. Se recurrió incluso a la Comisión de Derechos Humanos. Pero nada de todo eso disminuyó la grandeza del arte de Coetzee. Lo que termina por perturbar a Elizabeth Costello, la hija del profesor de literatura –al igual que a la hija del granjero– es la cuestión de la aptitud del ser humano para liberarse y, mediante su accionar, evitar la desdicha que se abate siempre de manera automática, y que por esa misma razón parece inevitable. Un gran escritor sudafricano. Un autor mayor de la literatura mundial.

  1. Los títulos de Coetzee publicados en español por editorial Mondadori son: Desgracia, Infancia, Las vidas de los animales, El maestro de Petersburgo, Juventud, La edad de hierro y En medio de ninguna parte. Miguel Martínez Lage trabaja actualmente en la traducción de Elisabeth Costello.

Homenaje a Don Quijote

En ocasión de la recepción del Premio de Jerusalén, en 1987, J.M. Coetzee pronunció el siguiente discurso:

“Las relaciones deformadas y desmedradas entre seres humanos que se crean bajo el colonialismo y se agravan bajo lo que se llama de manera vaga el apartheid, tienen su representación psicológica en una vida interior también deformada y desmedrada. Todas las expresiones de esa vida interior, por intensas que sean, por marcadas que estén por la exaltación o la desesperación, sufren de la misma distorsión y de la misma endeblez.

Hago esta observación después de una madura reflexión, y plenamente consciente de que se aplica a mí y a mis escritos tanto como a cualquier otro. La literatura sudafricana es una literatura sojuzgada, lo que se transparenta incluso en sus más hermosas páginas, acosada por el sentimiento de ser extranjero en el propio país y por aspiraciones a una liberación sin nombre. Es una literatura que no es del todo humana, preocupada como está de manera poco natural por el poder y las distorsiones del poder, incapaz de pasar de las relaciones elementales de oposición, de dominio y sometimiento al mundo vasto y complejo que se encuentra más allá.

En suma, es exactamente la clase de literatura que se espera escriba la gente desde la prisión. Y no hablo sólo del ‘gulag’ sudafricano. Como pueden imaginarlo en un país físicamente tan extenso, hay una literatura sudafricana de la inmensidad. Pero incluso esa literatura de la inmensidad, examinada de cerca, refleja el sentimiento de haber caído en la trampa, justo en medio del infinito.

Hace dos años, Milan Kundera se encontraba en Jerusalén, en esta tribuna, y rendía homenaje al primero de todos los novelistas, Miguel de Cervantes, sobre cuyos gigantescos hombros nos apoyamos nosotros, los escritores pigmeos de un tiempo ulterior. ¡Cómo quisiera poder sumarme a ese homenaje, yo y tantos de mis colegas novelistas de Sudáfrica! Como asimismo moriría de ganas de abandonar un mundo de vínculos patológicos y fuerzas abstractas, de cólera y violencia, para establecerme en un mundo que haga posible un ejercicio vivo de sentimientos e ideas, un mundo donde tuviéramos de verdad un oficio.

¿Pero cómo pasar de nuestro mundo de fantasías violentas a un mundo realmente vivo? Es un enigma que el Don Quijote de Cervantes resuelve con bastante facilidad. Deja la Mancha –tórrida, polvorienta y monótona– para entrar en el reino de la magia por una especie de acto voluntario de la imaginación.

¿Qué le impide al escritor sudafricano seguir un camino similar, escribir la salida de una situación en la cual, por bienintencionado que sea, su arte es –y allí debemos ser honestos– demasiado lento, demasiado anticuado, demasiado indirecto para tener algo más que un pequeño y tardío efecto sobre la vida de la comunidad y el curso de la historia? Lo que se lo impide es eso que se lo impidió al mismo Don Quijote: el poder del mundo en el cual vive su cuerpo para imponerse, a él y a fin de cuentas a su imaginación, que, le agrade o no, reside en su cuerpo.

La aspereza de la vida en Sudáfrica, la fuerza desnuda de su atracción no sólo a nivel físico sino también moral, su rugosidad y sus brutalidades, sus hambres y sus rabias, su avidez y sus mentiras la hacen tan irresistible como imposible de amar.

La historia de Alonso Quijano o de Don Quijote –pero no, aclararía, el libro sutil y enigmático de Cervantes– concluye con la capitulación de la imaginación ante la realidad, con el retorno a la Mancha y a la muerte. Como decía Nietzsche: Tenemos el arte, de manera que no nos moriremos de verdad. En Sudáfrica el arte tiene que asumir ahora demasiada verdad, verdad abundante, verdad que desborda y sumerge todo acto de la imaginación.”


Autor/es Marie Luise Knott
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 53 - Noviembre 2003
Páginas:34,35
Traducción Teresa Garufi
Temas Colonialismo, Minorías, Literatura
Países Estados Unidos, Sudáfrica