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Euro versus dólar

Un euro fuerte, punta de lanza de una Unión Europea ampliada, ¿estaría en condiciones de socavar la hegemonía financiera de Estados Unidos, basada en el poderío del dólar, que dura desde el final de la Segunda Guerra Mundial? En el Viejo Continente la voluntad de encontrar la forma de cuestionar esa supremacía no es nueva. Se remonta a 1967, cuando Charles De Gaulle, aprovechando la debilidad del dólar y su utilización fuera del territorio estadounidense durante la guerra de Vietnam, trató de restablecer un patrón oro rígido 1.

Aunque esta voluntad nunca fue expresada públicamente, subyace en el proyecto del euro y podría volver a la superficie a causa de los temores suscitados por la postura imperial y agresiva de Estados Unidos –puesta en evidencia por la guerra contra Irak– que trajo consigo una recuperación de la moneda europea frente al billete verde. De ahí las especulaciones acerca de la posibilidad de que el euro llegue a ser una moneda de reserva competidora del dólar y de que así se instale una cabeza de puente contra el dominio estadounidense en las finanzas globalizadas; esto podría poner a Europa, en este ámbito, a la par de Estados Unidos.

Pero antes de estudiar esa hipótesis hay que comprender bien la naturaleza de una moneda de reserva. Para desarrollarse armoniosamente y en una escala suficiente, las finanzas y el comercio mundial necesitan una divisa universalmente aceptada, lo que se resume en la palabra “liquidez”: en el siglo XIX fue la libra esterlina, antes de que el dólar la reemplazara progresivamente después de la Segunda Guerra Mundial, para seguir reinando hasta hoy como dueño y señor. Si se quiere comprender la necesidad de la función de moneda de reserva, basta remitirse al período entre las dos guerras, cuando la libra ya no pudo seguir garantizando la liquidez a escala mundial, mientras el sistema financiero de Estados Unidos se rehusaba a asumir un papel que los mercados le imponían. El derrumbe del comercio internacional fue provocado en parte por la ausencia de una moneda internacional.

Una moneda nacional se vuelve moneda de reserva de otros países cuando ha sido consagrada como tal por las finanzas y el comercio globalizados, a causa de su poder económico y financiero relativo. Los Estados desean constituir reservas de esa moneda, pues son un activo de primera calidad utilizable en cualquier país que mantenga relaciones económicas internacionales y, por lo tanto, también interesado en poseer reservas.

El país emisor de la moneda de reserva adquiere entonces un poder y una influencia considerables sobre los otros países, pero también contrae responsabilidades. Desde este punto de vista, la situación de la posguerra es esclarecedora. Ubiquémonos en 1950, en el lugar de un ministro de Finanzas de un país distinto al que emite la moneda de reserva. Su objetivo es atraer dólares y acumular reservas que luego utilizará para comprar productos en cualquier lugar del mundo. ¿Cómo procede? Puede vender sus productos a Estados Unidos y recibir dólares a cambio, una posibilidad que para los países europeos fue durante una o dos décadas puramente teórica. Otra opción es atraer hacia su país a sociedades estadounidenses y sus dólares. Este fue el origen de las multinacionales. La última posibilidad es abrir su país a las bases y al personal militar estadounidense. Éstas fueron las principales vías que utilizaron los europeos para hacer entrar los billetes verdes y la influencia que los acompaña. Son idénticas a las que implementan actualmente los países del Tercer Mundo, Europa Central y Oriental, Rusia y el resto de los países de la ex Unión Soviética.

Obstáculos estructurales

Para el Estado emisor de la moneda de reserva estos privilegios conllevan dos tipos de obligaciones. En primer lugar, debe estar siempre listo a garantizar la liquidez planetaria, de manera que su divisa circule por todo el mundo en cantidad suficiente para satisfacer las necesidades de las finanzas y del comercio mundiales. En segundo lugar, también debe estar dispuesto a desempeñar el papel de “prestamista en última instancia” y a solucionar los problemas de endeudamiento de los países que se han vuelto excesivamente deudores. Todo eso manteniendo un marco razonablemente estable de valores externos e internos de su divisa: la estabilidad interna supone una tasa de inflación moderada, mientras que el valor externo supone una franja de fluctuación previsible de su tipo de cambio con las demás monedas del mundo. Si no se logran estas condiciones de estabilidad, los países se muestran reticentes a poseer stocks de la moneda que se pretende de reserva.

Para que el euro pueda rivalizar con el dólar en esa función debería ofrecer las mismas garantías de estabilidad de su valor interno y externo en un período previsible, y facilitar un crecimiento económico adecuado. Sobre la base de estos dos criterios, las perspectivas son bastante variadas para la moneda europea. Es cierto que la zona del euro se caracteriza por su control de la inflación, pero al precio de frenar el crecimiento por las restricciones que el pacto de estabilidad y crecimiento impone a las políticas fiscales y presupuestarias nacionales. Este pacto debería modificarse de manera sustancial si el euro tiene la ambición de hacer frente a la divisa estadounidense.

En esta perspectiva, la moneda europea también debería superar dos obstáculos estructurales. En primer lugar, el Banco Central Europeo (BCE) no está autorizado para desempeñar el papel de “prestamista en última instancia”. Los bancos nacionales de los países de la zona euro sí mantienen esa competencia y esa responsabilidad dentro de sus fronteras. El euro, sin esa capacidad puede, en el mejor de los casos y de manera limitada, servir de moneda de reserva de recambio en los mercados mundiales. El segundo obstáculo es la lentitud con que se realiza la reforma de las relaciones entre los sistemas bancarios en Europa y su enorme brecha tecnológica con los de Estados Unidos. Los gastos que se pagan por las transacciones interbancarias entre diferentes países siguen siendo elevados y las transacciones dentro de un mismo país son particularmente gravosas si se las compara con lo que ocurre en Estados Unidos. Todos reconocen la existencia de un abismo tecnológico entre las respectivas capacidades militares de Europa y Estados Unidos, pero la brecha también existe entre sus sistemas bancarios.

Paradójicamente, esta brecha podría ser superada si el Reino Unido adoptara el euro, porque sus prácticas bancarias y sus capacidades tecnológicas son las únicas en el mundo que pueden medirse con las de Estados Unidos. Pero esto está fuera de cuestión a corto plazo ya que por el momento el gobierno británico ha elegido, con excelentes razones, mantenerse fuera de la moneda única. Si franqueara ese paso, la creación de un euro rival del dólar exigiría la armonización de las prácticas bancarias del continente con las de la City británica y desplazaría el centro del poder financiero de Frankfurt a Londres. Ninguna de estas consecuencias es aceptable para los países de la actual zona monetaria europea.

Desconfianza hacia Washington

Si bien podemos ver claramente lo que impide al euro volverse una moneda de reserva de recambio seria, ocurre que la vulnerabilidad del dólar lo lleva precisamente hacia esa situación. En primer lugar, los persistentes déficits de cuenta corriente estadounidenses, que se elevan a alrededor de 500.000 millones de dólares anuales, sin la menor perspectiva de disminución2. Para solucionar ese déficit se requieren entradas permanentes de capitales, que vienen principalmente de la Unión Europea y de Asia. Si ese flujo disminuyera –lo que ha ocurrido durante los dos últimos años3– asistiríamos a una caída de las cotizaciones de las obligaciones y a un alza de las tasas de interés que podrían causar serios daños a la economía estadounidense.

Este escenario es altamente plausible desde el momento en que existe una segunda razón para que los capitales huyan del dólar hacia el euro: la falta de confianza en la manera en que se toman las decisiones en Washington. Es fuerte la inquietud que existe respecto de las intenciones estadounidenses en materia de política exterior. En cuanto a la política fiscal, la explosión del déficit público –450.000 millones en 2003, es decir, más del 4% del producto bruto interno (PBI), con un empeoramiento previsto para 2004 (475.000 millones de dólares)– lleva a los gestores de fondos extranjeros a pensar que para invertir en Estados Unidos los riesgos son más grandes y el marco menos estable de lo que eran hace algunos años. De ahí la desaceleración de los flujos de capitales que entran a Estados Unidos, que ya impide respaldar a un capital nacional jaqueado por la debilidad de la tasa de ahorro. En esta hipótesis, las tasas de interés del mercado aumentarían y la Reserva Federal no podría hacer gran cosa para detener esa tendencia, porque quemó prácticamente todos sus cartuchos al bajar las tasas de interés que controla a un umbral por debajo del cual corría el riesgo de provocar una deflación.

Se plantea entonces la cuestión de saber si la caída del dólar con relación a la moneda europea traerá consigo una disminución del déficit comercial estadounidense con la zona del euro, lo que disminuiría la dependencia de Estados Unidos de las entradas de capitales extranjeros. No hay que hacerse ilusiones sobre un aumento de las exportaciones estadounidenses a causa de la debilidad del dólar ni tampoco sobre una disminución de las importaciones provenientes de los países de la zona del euro. Este fenómeno será muy limitado porque, más allá de algunos sectores como la agricultura, la industria automotriz y el turismo, hay una gran probabilidad de que, por varias razones, el saldo comercial se mantenga estable.

En primer lugar, haría falta un compromiso de largo plazo para hacer cambiar de rumbo al sector manufacturero estadounidense que, desde hace décadas, no está dirigido a las exportaciones. Las empresas industriales de Estados Unidos han adoptado desde hace mucho una estrategia de invertir en el extranjero: producen en todas partes del mundo y venden en los mercados extranjeros a partir de esas plataformas, en lugar de producir en Estados Unidos y exportar. En realidad, una gran parte del déficit comercial proviene de ventas en el mercado estadounidense de productos fabricados en el extranjero por compañías estadounidenses, que en las cuentas aparecen como importaciones. Según las estimaciones más serias, el 45% de las importaciones estadounidenses entra en esta categoría4. Esta estrategia de las empresas estadounidenses está fuertemente arraigada y no cambiará.

Una segunda razón para no esperar grandes modificaciones en la balanza comercial entre las dos orillas del Atlántico es que el crecimiento del PBI de Estados Unidos es más fuerte que el de la zona del euro, lo que alienta las compras estadounidenses de productos provenientes de esta zona y desalienta las compras europeas de productos estadounidenses. La administración Bush ha basado su estrategia del dólar débil sobre un cálculo falso, que no se concretará, mientras que el secretario del Tesoro de William Clinton, Robert Rubin, llevó a cabo una política de dólar fuerte, sabiendo que atraería a los capitales extranjeros hacia Estados Unidos.

Estos hechos ilustran al mismo tiempo las obligaciones a las cuales debe hacer frente el país emisor de la moneda de reserva internacional y los beneficios que obtiene de esa situación. Debe asumir la función de prestamista en última instancia y la de un bazar universal generador de grandes déficits de cuenta corriente, compensados por la entrada de capitales extranjeros. La vulnerabilidad del billete verde le ofrece al euro una oportunidad histórica para convertirse en una moneda de reserva, pero a condición de modificar profundamente el pacto de estabilidad y crecimiento, de reformar las prácticas bancarias transfronterizas en Europa y de disminuir la brecha tecnológica que en ese ámbito la separa de Estados Unidos.

Al dar la espalda al multilateralismo en materia militar y financiera, y aceptar un imprudente déficit presupuestario, Washington potenció el interés por esta hipótesis. El valor de las reservas en dólares que poseen diferentes países disminuyó levemente, se produjo una modesta reorientación en la composición de las carteras, incluyendo la facturación de algunas ventas de petróleo crudo en euros y ya no en dólares. He aquí un objetivo para las gestiones estratégicas de la Unión Europea. Si pudiera convencer a los países exportadores de petróleo de que aceptaran euros en lugar de dólares, se abriría un nuevo escenario de conflictos transatlánticos. Desde este punto de vista, es necesario tener en cuenta a Rusia porque, para la UE, la carta a jugar sería tentar a Moscú con algunos primeros pasos que pudieran conducir hacia una asociación más estrecha y, tal vez, en un cierto plazo, a una adhesión.

  1. Los acuerdos de Bretton Woods (1944) que crearon el Fondo Monetario Internacional (FMI) preveían tasas de cambio fijas (con un margen de fluctuación del 1%) de las monedas en relación con el dólar, y la convertibilidad de este último en oro sobre la base de 35 dólares estadounidenses la onza.
  2. Cifras referidas a un año, de junio 2002 a junio 2003. Fuente: The Economist, Londres, 26-7-03.
  3. Según la OCDE, los flujos de inversiones directas en Estados Unidos cayeron de 131.000 millones de dólares en 2001 a 30.000 millones de dólares en 2002.
  4. “Tax Distortion in the Global Economy”, en Global Tensions, Routledge, Londres, 2003.
Autor/es Howard M. Wachtel
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Páginas:26,27
Traducción Lucía Vera
Temas Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Políticas Locales, Unión Europea
Países Estados Unidos