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Recuadros:

Un bloque orientado hacia China

En los últimos años se ha desarrollado un nuevo espacio económico –y geopolítico– que abarca al conjunto del Sudeste Asiático y que, tras depender de Japón, gira ahora en torno a China. En medio de un cuadro general recesivo y con crecientes conflictos que derivan hacia formas violentas, las consecuencias estratégicas que este fenómeno plantea constituyen un nuevo y severo problema para Washington.

A mediados de julio de 2003 se levantó un coro de voces estadounidenses que acusaban a China de ser responsable del crónico déficit comercial de Estados Unidos, del aumento de la desocupación y de la desindustrialización de los sectores textil y electrónico. “Se está matando a la industria manufacturera (estadounidense)” tronaba el 18 de julio el senador Charles Schumer. “La devaluación artificial del yuan chino provoca una inundación de productos extranjeros a precios menores, con los que nuestras empresas no pueden competir”, declaró por su parte la senadora Elisabeth Dole. “Los chinos no respetan los acuerdos comerciales. (…) El Tesoro tiene que estudiar la cuestión y tomar las medidas necesarias para no dejar que los chinos sigan devaluando su moneda en detrimento de nuestras propias industrias”, agregó el senador Lindsey Graham1.

Un día antes, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, había confirmado esos argumentos ante el Congreso, afirmando que tanto la moneda china como la de otras economías de Asia del Este estaban devaluadas y que esos países no podían seguir acumulando indefinidamente tan importantes reservas de divisas extranjeras2.

Dada la señal, los senadores pidieron oficialmente al Tesoro estadounidense que presionara a China para que suprimiera el control de cambios y dejara flotar su moneda, el yuan, con un valor fijo de 8,30 por dólar. Este furor nacionalista disminuyó un poco en agosto, pero John Snow, secretario del Tesoro estadounidense en gira por Asia, volvió a la carga a comienzos de septiembre, exhortando a China para que “deje que el mercado fije el valor de su moneda”. Curiosa actitud por parte de un gobierno que necesita la decisiva ayuda de Pekín para tratar la cuestión de Corea del Norte y de la seguridad regional asiática.

Sin embargo, es posible que la ofensiva prosiga en los meses y años venideros, cuando Estados Unidos enfrente déficits crecientes y China –uno de los pocos centros de la economía mundial en crecimiento– se convierta en el epicentro de la integración económica regional en Asia del Este. En realidad, esta ofensiva contra Asia no se limita a mostrar lo recurrente de la agresiva diplomacia comercial estadounidense que refleja la versatilidad de su política interna. Traduce una antigua preocupación subyacente a la idea de sacudida tectónica que se anuncia en la distribución del poder económico mundial a favor de Asia del Este, y particularmente de China.

La ambigüedad de Estados Unidos respecto al dinamismo económico de “tigres” y “dragones” ya era perceptible en los años ’80, cuando la oleada de comentarios a propósito del “milagro asiático” fue acompañada de advertencias alarmistas contra el mercantilismo y la amenaza competitiva asiática. Por primera vez desde 1918, Estados Unidos era un país deudor y enfrentaba déficits presupuestarios y de su balanza de pagos. Del mismo modo que la China actual, Japón y los Nuevos Países Industrializados (NPI) de Asia Oriental fueron entonces acusados de vaciar la estructura industrial de Occidente y sometidos a intensas presiones para que revaluaran sus monedas y abrieran sus economías y sus sistemas financieros al comercio y a las inversiones estadounidenses.

En 1985 la administración de Ronald Reagan urdió una revaluación del yen del 50% mediante los acuerdos denominados “del Plaza”. Se consideraba que esos acuerdos, impuestos a aliados estructuralmente dependientes de Estados Unidos y sin ningún margen de maniobra, estimularían en forma automática las exportaciones estadounidenses y harían mermar la competitividad industrial japonesa. No obstante, esta política tuvo consecuencias inesperadas: de la noche a la mañana, el valor del yen convirtió a Japón en el primer acreedor mundial. Aceleró la integración económica regional en Asia, impulsando a las empresas japonesas a relocalizar en el Sudeste Asiático sus actividades exportadoras de escaso valor agregado. El despliegue de la capacidad manufacturera japonesa creó rápidamente en Asia del Este una división del trabajo regional con centro en Japón.

De 1950 a 1970, la economía política regional se organizó en torno al comercio transpacífico, y se caracterizó por la dependencia estructural de los países del Nordeste Asiático respecto al mercado estadounidense (single market dependence). Retomando la expresión de Meredith Woo-Cumings3, Asia Oriental era un “lago estadounidense” y Estados Unidos abrió el camino a la reindustrialización japonesa mediante las exportaciones. El Estado desarrollista dirigista era tolerado e incluso fomentado en el marco de un acuerdo según el cual Japón, Corea del Sur y Taiwan se convertían en una muralla segura y próspera alrededor de la Unión Soviética y China.

Esos países cambiaron su soberanía política por el acceso irrestricto al mercado estadounidense. De esta manera, hasta mediados de los años ’80, Estados Unidos absorbía más de un tercio de las exportaciones japonesas, el 40% de las de Corea y el 44% de las de Taiwan. Esta dependencia estructural confirió a Washington un poderoso dominio político sobre sus aliados. Sin embargo, después de los acuerdos del Plaza Japón diversificó su comercio y el flujo de sus inversiones, volcándose principalmente al resto de Asia del Este. A comienzos de los ’90, la parte de las exportaciones japonesas hacia Estados Unidos se redujo al 27%. Durante el mismo período, la parte del comercio interasiático aumentó 12 puntos, pasando del 32% al 44%, incremento que reflejaba la creciente importancia de las filiales multinacionales japonesas en la división regional del trabajo4. En 1994 el comercio intrarregional representaba el 48,5% de todo el comercio asiático, y en 1995 superó la barrera del 50%.

Amenaza inesperada

Estados Unidos no había deseado ni previsto semejante evolución. Durante la Guerra Fría primero Japón y más tarde los NPI fueron “invitados por los occidentales a progresar, pero no al punto de convertirse en una amenaza”5, y menos aun a constituirse en candidatos a liderar la hegemonía económica mundial. En el mundo posterior a la Guerra Fría, no sólo el Estado desarrollista asiático perdía su pertinencia estratégica, sino que se transformaba en amenaza a los ojos de estadounidenses y europeos. Washington se obsesionó con el fantasma de un bloque regional dinámico.

En 1989 Lawrence Summers, que sería subsecretario del Tesoro bajo el gobierno de William Clinton, formuló el problema de la siguiente manera: “Se está formando un bloque económico asiático, con Japón a la cabeza. (…) Esto suscita la posibilidad de que la mayoría de los estadounidenses que hoy piensan que Japón representa para Estados Unidos una amenaza más importante que la Unión Soviética, quizás tengan razón”6. Cuando en 1990 Japón se hundió en un largo período de estancamiento económico después del estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria de Tokio, se escuchó un suspiro de alivio. Retomando las palabras condescendientes de un autor estadounidense, la crisis demostraba que “el modelo japonés no era un tipo de capitalismo diferente… sino vestigios de un estadio anterior al capitalismo”7.

Por supuesto que esta idea no probaba nada de eso, pero al alejar el espectro de un bloque asiático autónomo tranquilizaba a aquellos que temían la decadencia de Occidente. Algunos años más tarde se produjo la grave crisis asiática de 1997-98, que probó nuevamente la singularidad y superioridad occidentales (o al revés, el infantilismo económico oriental). Como señaló Chalmers Johnson, “algunos pontífices y economistas expresaron abiertamente su satisfacción” de ver que la región tambaleaba al borde del desastre social y económico8. Charles Krauthammer, escribiente neoconservador que debe su reputación actual a su entusiasmo por la guerra y el imperio, apuntaba en aquel entonces: “El nuestro es el éxito del modelo capitalista estadounidense, más cercano que cualquier otro a la visión librecambista de Adam Smith. Mucho más cercano, por cierto, que el capitalismo paternalista de connivencia asiática que tanto sedujo a los detractores del sistema estadounidense en la época de la burbuja asiática que hoy explotó”9.

Algunos universitarios compartían esa opinión: según uno de ellos, “la crisis destruyó la credibilidad del modelo de crecimiento económico japonés o de Asia del Este”10. Alan Greenspan en persona entró al ruedo para argüir que la crisis asiática era consecuencia del Estado desarrollista, es decir, de una industrialización conducida por el Estado y de asignaciones de recursos controladas por el gobierno más que por el mercado. La crisis, afirmó, significaba que el mundo se alejaba inexorablemente del dirigismo a favor de “la forma occidental de capitalismo del mercado libre”11. En resumen, el “milagro” asiático se convirtió de golpe en un “espejismo”.

En el debate había que leer entre líneas que “los que llegaron tarde” al capitalismo moderno fueron puestos en su sitio. En ambas márgenes del Pacífico la crisis fue interpretada como el choque entre Oriente y Occidente, y un momento decisivo para el equilibrio del poder económico mundial. La gestión estadounidense de la crisis de 1997-1998 corroboró la idea de que la liberalización agresiva de los mercados financieros locales promovida por Washington y el Fondo Monetario Internacional (FMI), durante y después de la crisis, sirvió como instrumento de poder y se inscribió en un vasto esfuerzo destinado a “desmantelar las políticas de Estado desarrollista en todo el mundo”12.

Mientras que en 1994 el Tesoro estadounidense había decidido rápidamente el reflotamiento de México, en 1997 Estados Unidos y sus asociados transatlánticos se abstuvieron durante meses de intervenir en el momento en que la crisis se extendía por toda el Asia del Este. Recién cuando la amplitud del fenómeno se hizo evidente el FMI instauró un importante plan de reflotamiento: el contagio escapaba a cualquier control y la crisis abarcaba los mercados mundiales. Hubo un hecho todavía más revelador: a fines de 1997, el Tesoro estadounidense manifestó su veto a la propuesta japonesa de crear un Fondo Monetario Asiático (FMA) que hubiera aportado a los países que enfrentaban fugas masivas de capitales la parte de liquidez que necesitaban.

Esta propuesta fue “rápida y brutalmente” aplastada por Lawrence Summers, secretario del Tesoro estadounidense de ese entonces, lo que ratificó la idea de Asia del Este de que “Estados Unidos estaba dispuesto a eliminar del mapa económico a varios países asiáticos. Algunos pensaron incluso que los estadounidenses tenían prisa por sacar ventaja del estado crítico en que se encontraba Asia”13. Para Washington, el problema era que el FMA pudiera ser la semilla de un sistema regional autónomo capaz de competir con el FMI, uno de los instrumentos globales de la hegemonía occidental. Se hizo pues intervenir a este último, con su lote habitual de draconianas políticas de ajuste estructural, destinadas a salvar a los acreedores, abrir los sectores económicos protegidos y comprimir la demanda interior.

Sin ninguna duda la crisis fue considerada como la ocasión para acceder al control de sectores estratégicos de las economías locales bajo protección. Tal como lo señala Daniel Lian, del grupo financiero Morgan Stanley en un crítico análisis de la política estadounidense, si Occidente tiene interés en mantener “la dependencia (de Asia del Este) con respecto a la demanda exterior y a la capacidad de producción en poder o financiada por intereses extranjeros”, también quiere “poder comprar las economías internas de la región”14.

Al igual que cuando se intervino para revaluar el yen, esta política tuvo resultados diametralmente opuestos a los buscados y terminó con un fracaso total.

Primero, provocó una reacción nacionalista muy fuerte en todos los países involucrados. Y por esa razón las industrias internas no fueron liquidadas. Por el contrario, salvo algunas excepciones –como Indonesia– la mayoría de los países afectados por la crisis lograron conservar el control de sus sectores estratégicos mediante la recuperación por parte del Estado de la deuda de empresas privadas o el bloqueo de la privatización del sector público (ver recuadro).

Segundo, esta política fomentó la cooperación monetaria regional. En el año 2000 los países asiáticos lanzaron la Iniciativa de Chiang Mai (ICM), que apuntaba a organizar la coordinación monetaria regional creando una especie de FMA informal. En 2003 algunos países asiáticos crearon el Asia Bond, instrumento monetario común destinado a movilizar con fines productivos las enormes reservas de divisas extranjeras acumuladas en la región15.

Tercero, cruel ironía, al debilitar el esfuerzo japonés de construcción regional, Estados Unidos consolidó sin quererlo la posición estratégica de China. La integración económica regional que hasta ese entonces conducía Tokio, hoy en día está bajo la égida de Pekín.

A salvo de los efectos directos de la crisis gracias al control de cambios, desde fines de los años 1990 China se convirtió en el epicentro de las tendencias integracionistas regionales. Este fenómeno refleja la desaceleración registrada en Japón y el dinamismo de la economía china: en 2002 su PBI creció el 7,8% y debería alcanzar del 8% al 9% en 2003, a pesar de la epidemia del SARS. En 2002 se convirtió además en el primer país receptor de inversiones directas internacionales (52.700 millones de dólares). Esto explica la intención geopolítica de China de lograr una posición central en Asia del Este en las próximas décadas.

En 2001 las autoridades chinas lanzaron la idea de instaurar, desde hoy hasta 2010, zonas de librecambio regional con Asia del Sudeste y del Nordeste. Mientras que el comercio mundial está en baja, los intercambios e inversiones entre China y el resto de Asia experimentan un fuerte progreso. Las exportaciones a China de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSEA) se incrementaron un 55% el primer semestre de 2003, para alcanzar 20.000 millones de dólares sobre un total de 70.000 millones. En realidad, los intercambios de la región con China aumentaron a un ritmo mucho más sostenido que los asiáticos con Estados Unidos. En Japón, las importaciones chinas ya superan a las estadounidenses, y las exportaciones japonesas a China siguen un alza regular. Se constata la misma tendencia en lo referente a los intercambios bilaterales con Corea del Norte, Tailandia, Malasia y Singapur16.

Nuevo espacio económico

Estos fenómenos prueban que asistimos a las fases iniciales de la construcción de una economía política regional china. Para Pekín, esta perspectiva presenta muchas ventajas: reducirá la dependencia del país con respecto al mercado estadounidense y, por consiguiente, su vulnerabilidad a presiones y choques externos. Las redes de interdependencia tejidas con el resto de Asia actuarán como un tapón entre China y Estados Unidos.

Para el resto de la región las consecuencias de este desarrollo son más ambiguas. Japón, de lejos el país más adelantado, le disputa a Pekín el control de la región, aun cuando los inversores multinacionales continúan prefiriendo a China. Quizás esta competencia beneficie a los países de Asia del Sudeste que no desean cambiar la dependencia estratégica (estadounidense) por otra (china). Además, dado el perfil productivo de los países de la región en desarrollo y su limitada especialización en sectores de poco valor agregado (electrónica, textil, etc.), China representa para ellos un desafío mayor en lo referente a competencia. El regionalismo japonés engendró una industrialización superficial más que una profunda modernización de Asia del Sudeste. Debido a las importantes diferencias que separan a los países desarrollados (Japón, Corea del Sud, Taiwan, Singapur) de los menos desarrollados (Malasia, Tailandia, Indonesia, Vietnam, etc.) y a las rivalidades regionales, tomará mucho tiempo instalar un sistema regional asiático coherente. Sin embargo, las tendencias a largo plazo van en ese sentido. En numerosos aspectos, este fenómeno estructural puede compararse con el que condujo a Estados Unidos a convertirse en una potencia económica hegemónica, proceso que la depresión de los años ’30 interrumpió pero que no detuvo. Como lo sugiere el alboroto provocado por la moneda china, Occidente tendrá que pasar por una verdadera revolución copernicana antes de aceptar el hecho de buena gana.

  1. “Senators urge Treasury to take action to get China to float its currency “, http://schumer.senate.gov.
  2. “Fed’s calls for yuan float grow louder”, International Herald Tribune, París, 17-7-03.
  3. Meredith Woo-Cumings, “East Asia’s American Problem” en Past as prelude, Westview Press, Boulder, Colorado, 1993.
  4. Claude Pottier, Les multinationales et la mise en concurrence des salariés, L’Harmattan, París, 2003.
  5. Giovanni Arrighi, The Long Twentieth Century, Verso, Londres, 1994.
  6. Citado por Richard Katz, The System that Soured: The Rise and Fall of the Japanese Economic Miracle, M. E. Sharpe, 1998. Los europeos expresaron opiniones similares. En 1991, Edith Cresson, primera ministra francesa, tuvo palabras desdichadas que hicieron ruido: Japón, declaró en 1991, es un “sistema herméticamente cerrado” que “quiere conquistar” Europa y el mundo.
  7. Ibid.
  8. Chalmers Johnson, Blowback, the Costs and Consequenses of American Empire, Metropolitan Books, Nueva York, 2000.
  9. Citado por Chalmers Johnson, ibid., p. 6.
  10. Donald K. Emmerson, “Americanizing Asia”, en Foreign Affairs, Nueva York, mayo-junio de 1998. Ver también Philip S. Golub, “Remise en question du modèle occidental”, Le Monde diplomatique, París, abril de 1999.
  11. Alan Greenspan, “The ascendance of market capitalism”, discurso pronunciado ante la Annual Convention of the American Society of Newspaper Editors, Washington, D.C., el 2-4-1998.
  12. Immanuel Wallerstein, “America and the World: The Twin Towers as Metaphor”, Charles R. Lawrence II Memorial Lecture, Brooklyn College, Nueva York, 5-12-01.
  13. Bernard K. Gordon, “A High Risk Trade Policy”, en Foreign Affairs, Londres, julio-agosto de 2003.
  14. Daniel Lian, “Mr. Thaksin’s role in the East-West Dichotomy”, Morgan Stanley Economic Trends Reports, Nueva York, 25-7-03.
  15. Japón y China en conjunto poseen 900.000 millones de dólares de reservas en divisas extranjeras (560 y 340 mil millones de dólares respectivamente), en especial en forma de bonos del Tesoro estadounidense. Si se agregan las reservas de otros países del Este Asiático, se llega a una suma que supera el millón de millones de dólares. En otras palabras, Asia del Este financia la deuda y el consumo estadounidenses.
  16. Bernard K. Gordon, op. cit., p. 111.

Tailandia evitó lo peor

Golub, Philip S.

A fines de los años 1990, los restos de edificios cuya construcción se detuvo cuando se produjo la grave crisis financiera de 1997-1998 se pudren lentamente en la humedad tropical de Bangkok, como símbolos de una economía al borde del abismo. A pocos minutos a pie del lujoso hotel Oriental, situado a orillas del Chao Praya y muy cerca de la embajada de Francia, un esqueleto de hormigón de unos treinta pisos domina el horizonte. Nadie le presta atención, como tampoco a otras más de diez ruinas diseminadas en el centro y la periferia de la capital tailandesa: hoy en día esos insólitos vestigios forman parte del pasado. Bajo el cielo de Bangkok, al lado de los escombros reaparecen las grúas.

En Tailandia no se produjo el tan temido retorno a las condiciones anteriores al “milagro”. La situación social sigue siendo muy difícil, pero la economía se puso de nuevo en marcha y el país, que parecía condenado en el mejor de los casos a años de austeridad y en el peor de los casos a una larga depresión, muestra de nuevo tasas de crecimiento que coquetean con aquellas de los años “milagrosos”: cerca del 6% en 2003, si creemos en las estimaciones. Gracias a la rápida reconstitución de sus reservas monetarias, a inicios de agosto el país pudo saldar su deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) un año antes del vencimiento, una hazaña saludada por el primer ministro Thaksin Shinawatra, quien juró que “Tailandia no (sería) nunca más presa de las fuerzas del capital extranjero”.

Este nacionalismo económico puede sorprender en un país conservador que no hace mucho tiempo era considerado como ejemplo exitoso de la liberalización global. Pero, como dijo Philip Bowring1, traduce el rechazo al Consenso de Washington tanto en Tailandia como más allá. Por ejemplo, Malasia logró aislarse de la crisis instaurando desde el principio controles de capital. Así, su economía mostró durante los últimos cinco años respetables índices de crecimiento (para 2003 se estiman en 4,5%).

Desde hace dos años y con cierto éxito, el gobierno tailandés se esfuerza por liberarse de las obligaciones externas estimulando la demanda interna, protegiendo los sectores estratégicos y fomentando los emprendimientos nacionales. En este último ámbito obtuvo los resultados más concluyentes, dado que logró conservar el control de los sectores energéticos, del transporte y de las telecomunicaciones, mientras que en 1998 Bangkok había firmado con el FMI un protocolo que preveía su privatización total o parcial para 1999. Cuatro años después, ninguno de esos sectores fue privatizado.

  1. Philip Bowring, “A Signal From Thailand”, International Herald Tribune, París, 7-8-03.


Autor/es Philip S. Golub
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Páginas:29
Traducción Teresa Garufi
Temas Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Estado (Política)
Países Estados Unidos, China, Japón