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Nudos gordianos para Forza Italia

La época de las arrogantes posturas mediáticas parece haber terminado para los gobernantes europeos. Mientras el británico Anthony Blair debe responder por su propaganda belicista contra Irak y el francés Jean-Pierre Raffarin por la gestión de una ola de calor mortífera, las dudas embargan a los aliados de Silvio Berlusconi. Bajo crecimiento y políticas antisociales debilitan a dirigentes liberales sin visión.

¿Estamos ante el ocaso de Il cavaliere1? Italia parece mantenerse en equilibrio y contener la respiración. En efecto, extraña situación la de Silvio Berlusconi, que parecía tener todo a su favor. Al volver al gobierno en 2001, cobrándose así revancha por su fracaso en 1996, parecía tener las manos libres: una mayoría absoluta y devota, tanto en la Cámara como en el Senado; Giovanni Agnelli, Raul Gardini y el gran banquero Enrico Cuccia desaparecidos, Carlo De Benedetti2 redimensionado como simple editor y la Fiat en bancarrota, no quedaba ningún condottiere que significara un obstáculo como en los años 1980. A los 67 años, Berlusconi también ganaba su silencioso combate contra el cáncer.

Hasta ahora todo le había salido bien, al punto que nadie excluye la posibilidad de verlo algún día como Presidente de la República, a caballo de su imperio mediático, del que sigue siendo dueño gracias a su mayoría parlamentaria, que también lo inmunizó contra la justicia y redefinió el área audiovisual de manera tal que su grupo puede crecer aun más. ¿Se trata de una mayoría liberticida? “En todo caso, viene a reforzar la anomalía italiana y crea problemas para asegurar las libertades”, estima una alta autoridad del Estado… ¿De dónde viene entonces esa impresión de debilidad, de hombre acosado, en busca de una idea salvadora?

Crisis interna

Dos años después de la victoria del centroderecha, los que lo habían apoyado claman su decepción, como el presidente de Confindustria (la central patronal italiana), Antonio D’Amato, y el director del Banco de Italia, Antonio Fazio. El Vaticano toma distancia. En la propia coalición gubernamental están todos contra todos, pero sobre todo contra la Liga del Norte, la Lega de Umberto Bossi, partido separatista, xenófobo y antieuropeo. Y además están las encuestas, unánimes: si las elecciones legislativas se realizaran ahora, las ganaría el centroizquierda. ¿Es el comienzo del fin para Berlusconi? “Apostamos todo al presupuesto y a las reformas”, dijo el jefe del gobierno a sus aliados, exhortándolos a una mayor cohesión.

Bajito, regordete, calvo, con una sonrisa que parece pegada en la cara y una serie interminable de metidas de pata en su haber, es fácil subestimar a un Presidente del Consejo que con el paso de los años se asemeja cada vez más a su caricatura. “No hay que equivocarse. Es un hombre hábil, que tiene recursos”, confía Luciano Violante, ex presidente de la Cámara de diputados y uno de los dirigentes del principal partido opositor: los Demócratas de Izquierda (Democrati di Sinistra, DS), ex Partido Comunista Italiano (PCI). ¿Pero qué margen de maniobra tiene Berlusconi?

Prácticamente en recesión, con un PBI en retroceso del 0,1% por segundo trimestre consecutivo y una tasa de crecimiento anual que cayó al 0,3%, la economía obliga a Berlusconi a ignorar sus promesas electorales de 2001, en particular la reducción de impuestos por 35.000 millones de euros. En busca de una fórmula milagrosa, su ministro de Economía, Giulio Tremonti, comienza a acariciar la idea de restablecer barreras aduaneras para proteger las industrias, hostigadas por la competencia china.

Las reformas del canciller Gerhard Schröder, dirigidas a reducir considerablemente el perímetro del Estado social en Alemania, y la reforma de las jubilaciones que Jean-Pierre Raffarin impuso a la fuerza en Francia constituyen tentaciones para un centroderecha acorralado. Pero importar esos “modelos” obligaría a Berlusconi a cortar nudos gordianos: emprenderla contra el Estado social sin dudas provocaría la satisfacción de los medios económicos, pero le pondría en contra a las capas populares que forman la mayor parte del electorado de su partido, Forza Italia. En cuanto a una reforma del régimen jubilatorio siguiendo el ejemplo francés, chocaría con la oposición de los sindicatos, que ya están en pie de guerra ante el simple rumor del proyecto. Hasta los aliados de Berlusconi levantan barricadas a esa iniciativa: la Alianza Nacional, el partido de derecha, y los centristas provenientes de la ex Democracia Cristiana se oponen a que se toquen las jubilaciones de los funcionarios públicos, sector donde reside principalmente su electorado; Bossi defiende las del sector privado, predominantes en el norte de Italia.

“Silvio Berlusconi no es un liberal, ni en política ni en economía, a pesar de que encarna los intereses de las empresas”, estima el observador Sergio Romano, politólogo y editorialista del Corriere della Sera. Y añade: “Es un moderado en el sentido de la historia política italiana: el líder de un partido de masas con un amplio electorado, que por lo tanto debe conciliar los intereses de grupos sociales diferentes”.

Respecto de la reforma institucional, si bien los cuatro partidos de la coalición en el gobierno coinciden en algunos principios, como la extensión de los poderes del presidente del Consejo, la misma implica para el centroderecha otro nudo gordiano: la “devolución”, es decir, una autonomía para el norte de Italia que rozaría la independencia. El líder de la Lega la reclama de manera intransigente. A su entender, “no hay interés nacional que valga”. Y sabiéndose indispensable para la victoria del centroderecha –a pesar de su magro 3% electoral– Bossi recurre a una extorsión que pone los pelos de punta a sus socios de la coalición, la Alianza Nacional y los ex demócrata cristianos.

Diplomacia del amiguismo

Prisionero de sus contradicciones, Berlusconi apuesta por lo tanto a la política exterior para mejorar su imagen. Su apoyo a la guerra estadounidense contra Irak chocó con la hostilidad de la mayoría de los italianos, incluida la de su propia esposa, que condenó la intervención de Estados Unidos. En cambio, fue masivamente aprobado por el electorado de centroderecha.

Por lo tanto, el actual Presidente del Consejo, que es a la vez Presidente por seis meses de la Unión Europea, puede anudar estrechas relaciones con George W. Bush. Por otra parte, desarrolla una diplomacia muy personal: a Villa Certosa, la más importante de sus residencias en Cerdeña, suele invitar a jefes de Estado y de gobierno de países como Polonia, Eslovaquia, República Checa o Lituania. A fines de agosto, el líder ruso, Vladimir Putin –“[su] amigo”– fue recibido allí con gran pompa. Testigo de boda de la hija de “[su] amigo” José María Aznar, Berlusconi lo fue también del matrimonio del hijo del primer ministro turco Tayyip Erdogan, otro “amigo” más…

Esa diplomacia del amiguismo traza un perímetro geopolítico que no tiene nada de accidental: una Europa extendida a Bielorrusia, a Ucrania, a Turquía, al Cáucaso, y ya ganada por el liderazgo estratégico de Estados Unidos, contrasta con una Europa integrada en torno del eje París-Berlín. Tratando de explotar el sentimiento de orgullo nacional, Berlusconi ve en ese proyecto el medio para valorizar el papel de Italia y el suyo propio. Y recomienda a los embajadores italianos en el mundo que incluyan en el menú de sus recepciones la “ensalada caprese”: el rojo de los tomates, el blanco de la mozzarella, el verde de la albahaca: los colores de la bandera italiana…

En 1994, impulsado por las circunstancias, Berlusconi forjó las herramientas de su proyecto político al crear de la nada, en el laboratorio de su grupo Fininvest, su propio partido, Forza Italia: “Una experiencia imposible de repetir”, concluye Emanuela Poli, una joven politóloga que le dedicó una tesis.

Con la finura de un Maquiavelo bajo el aspecto rústico de un Falstaff, Giuliano Ferrara dirige Il Foglio, el diario que él mismo inventó y que se convirtió en un fenómeno en la prensa de la península: la tirada es escasa (16.000 ejemplares en tiempo normal), pero su influencia sobre el mundo político y sobre los intelectuales es grande. Ferrara es un experto en materia de partidos. Hijo de una familia patricia del comunismo italiano, fue a los 30 años secretario de la federación turinesa del PCI, responsable de la actividad en las empresas, es decir, de la fortaleza obrera italiana, la Fiat. Luego fue hombre de confianza del presidente socialista del Consejo, Bettino Craxi, para convertirse posteriormente, durante el primer gobierno de centroderecha, en ministro y portavoz de Berlusconi, de quien sigue siendo consejero.

“Forza Italia –afirma Ferrara– no es más que un comité electoral, un patchwork compuesto de fragmentos de la vieja sociedad italiana, de fragmentos de la nueva política, fragmentos que están en guerra entre ellos… En realidad, es el resultado de la explosión provocada por el golpe de la magistratura3 que hizo tabla rasa, particularmente del Partido socialista de Bettino Craxi y de la Democracia Cristiana, a comienzos de la década de 1990. El Presidente del Consejo es el único garante de la unidad”.

La gran habilidad de Forza Italia en sus comienzos fue combinar el deseo de cambio de los italianos hartos de la “partidocracia”, con la garantía de continuidad, asumiendo el anticomunismo de la Democracia Cristiana. “Actualmente, el elemento de cambio, el discurso sobre la revolución liberal, se atenuó considerablemente dentro del partido”, sostiene Biorcio, profesor de sociología de la facultad La Biccoca, de Milán.

Luego de un período de eclipse, consecutivo a su derrota electoral de 1996, Berlusconi aprendió que la televisión no lo puede todo y que también necesitaba un partido con implantación local. Reciclando a profesionales de la política provenientes de los viejos partidos, como el ex demócrata-cristiano Claudio Scajola, el movimiento de opinión de tipo estadounidense de 1994 tiende a convertirse en un partido tradicional. Eso mismo hace que se desarrollen los factores patógenos propios de los partidos: fracciones, luchas por el poder a la sombra del líder.

Un partido sin identidad

Sin embargo, el ADN del partido, su relación con la televisión, no fue modificado: “Forza Italia –subraya su portavoz, Sandro Bondi– se funda esencialmente en la personalización y la espectacularización de la vida política a partir de un líder carismático. La televisión permite mantener una relación directa entre ese líder y los electores”. A lo que el profesor Biorcio responde que “existe un debate entre los investigadores sobre lo que Berlusconi le debe realmente a la televisión”.

Según el Italian National Elections Studies (Itanes)4, en las legislativas de 2001 la coalición de centroderecha habría recibido una gran parte del voto femenino. Forza Italia debería su éxito sobre todo a las amas de casa menos jóvenes y menos instruidas, las que más tiempo pasan frente a la televisión, viendo especialmente los canales de Fininvest. Los electores de centro-izquierda prefieren los programas y los noticiosos televisivos de los canales estatales de la RAI, mientras que el electorado de centroderecha se inclina por los canales privados Mediaset, propiedad de Berlusconi. Al parecer, más que operar un desplazamiento de votos dentro del electorado, la televisión reforzaría las opiniones ya establecidas, las que sin embargo pueden ser modeladas por la acumulación de los programas vistos a lo largo de los años, y que forman de manera insidiosa lo que el historiador Paul Ginsborg llama “la cultura televisiva consensual de masas”5.

Un dato redimensiona la influencia atribuida a los canales de televisión propiedad de Berlusconi. En las legislativas de 2001, en la batalla entre las dos coaliciones por las bancas uninominales de la Cámara (75% de las mismas) el centroderecha se impuso por apenas un 1,6% de diferencia (45,4 % contra 43,8 %), victoria minúscula en relación con la profusión de medios desplegados para obtenerla: “En 2001 –comenta el profesor Biorcio– el centroizquierda perdió fundamentalmente a causa de sus divisiones”.

Si Forza Italia es un partido presidencial, cabe preguntarse cuál será su futuro si por uno u otro motivo Berlusconi abandona la política, pues su líder no tiene heredero político. “Forza Italia era un partido personal. Hoy en día toda la coalición de centroderecha es personal. Sin Berlusconi estallaría”, señala Ilvo Diamanti, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Urbino.

Para Sergio Romano, como el gobierno descuidó el tema de las reformas institucionales, “la bipolaridad y la alternancia logradas son frágiles”. Con un Silvio Berlusconi fuera de juego, Forza Italia, “partido sin real identidad”, probablemente estallaría. Es precisamente lo que espera Mino Martinazzoli –ex líder de izquierda de la ex DC– en su fortaleza de centroizquierda de Brescia, que resiste a la Lega en el norte de la península: “¡Silvio Berlusconi es una desgracia! Cuando se le acabe su cuarto de hora, el marco de la pretendida bipolaridad actual cambiará, y espero que ocurra lo antes posible”, declara este ex ministro de Justicia. El viejo gentilhombre propone que los ex demócrata cristianos, actualmente divididos entre las dos coaliciones antagónicas, se reúnan para formar “no la vieja DC, que está muerta y enterrada”, sino un partido conservador moderno y moderado, que se apoye en los valores originales de la DC, inspirados en el humanismo cristiano y que se opondría a un equivalente socialdemócrata.

El profesor Diamanti lo confirma: “Los ex demócrata cristianos que se pasaron a Forza Italia tienen una fuerte nostalgia de los valores que expresaba la DC. No piensan que Forza Italia sea la nueva DC. Para ellos es simplemente un instrumento de poder, por el poder mismo”.

Por lo tanto, es posible que Martinazzoli no esté esperando en vano. En Italia nada es definitivo.

  1. Uno de los sobrenombres dados a Silvio Berlusconi, por ser caballero (cavaliere) del trabajo.
  2. Giovanni Agnelli era el presidente de la FIAT y Raul Gardini de la Montedison. Carlo de Benedetti dirigió Olivetti.
  3. El operativo “Manos limpias”, que reveló la amplitud de la corrupción de la clase política por los sobornos.
  4. Programa plurianual de investigaciones sobre el comportamiento electoral de los italianos, realizado por unos quince especialistas. Ver Perché ha vinto il centro-destra, Il Mulino, Boloña, 2001.
  5. Paul Ginsborg, Berlusconi, ambizioni patrimoniali in una democrazia mediatica, Giulio Einaudi, Turín, 2003.
Autor/es Alain Wasmes
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 51 - Septiembre 2003
Páginas:22,23
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Políticas Locales, Unión Europea