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El mejor de los mundos, según Washington

Las controversias sobre la falsedad de las justificaciones para invadir militarmente Irak, sumadas a los problemas económicos internos, están socavando la imagen del presidente Bush ante su propia población. La estafa puede costarle tan cara en el nivel interno como en el externo su menosprecio por el derecho y la opinión internacional. La nueva estrategia para la hegemonía mundial, y la elasticidad de criterios para el recurso a la fuerza, no garantizan a la actual administración de Estados Unidos la cohesión y el aval internos que necesita.

El mes de septiembre de 2002 estuvo marcado por importantes acontecimientos íntimamente relacionados entre sí. Estados Unidos, el Estado más poderoso de la historia de la humanidad, implementó una nueva estrategia de seguridad nacional1, anunciando que mantendría en forma permanente su hegemonía mundial y que respondería a cualquier desafío por la fuerza, campo en el que no tiene ningún rival. En el preciso momento en que esa política se daba a conocer, empezaban a redoblar los tambores de guerra, preparando al mundo para la invasión a Irak.

Esta nueva “estrategia imperial”, como de inmediato la calificaron las principales revistas del establishment, hace de Estados Unidos un “Estado revisionista que tiene las riendas de un orden mundial en cuyo marco procura explotar al máximo sus momentáneas ventajas”. Dentro de este “mundo unipolar (…), ningún Estado ni ninguna coalición puede poner en tela de juicio” el papel de Estados Unidos “como líder, protector y gendarme mundial”2. John Ikenberry, autor de estas citas, advertía sobre los peligros de esta política para el propio Estados Unidos. No fue el único que se opuso vigorosamente a ese designio imperial.

Bastaron algunos meses para que, en todo el planeta, el miedo a Estados Unidos y la desconfianza respecto de sus dirigentes políticos alcanzaran su punto máximo. Una encuesta internacional, realizada por Gallup en diciembre de 2002, casi ignorada por los medios estadounidenses, reveló que el proyecto de una guerra contra Irak librada “unilateralmente por Estados Unidos y sus aliados” no contaba prácticamente con apoyo alguno3.

Bush hizo saber a Naciones Unidas que sólo podía volverse “pertinente” si aprobaba los planes de Washington. O bien resignarse a no ser más que un ámbito de debates. En Davos, el “moderado” Colin Powell informó al Foro Económico Mundial, también contrario a los proyectos bélicos de la Casa Blanca, que Estados Unidos tenía “el derecho soberano de iniciar una acción militar”. Y precisó: “Cada vez que estemos convencidos de algo, mostraremos el camino”4. Poco importa si nadie los sigue.

En la víspera de su guerra, George W. Bush y Anthony Blair decidieron ostentar, en la cumbre de las islas Azores, su desprecio por el derecho y las instituciones internacionales. Porque su ultimátum no apuntaba a Irak, sino a Naciones Unidas. En lo esencial, su mensaje era: capitulen, o bien llevaremos a cabo esta invasión sin preocuparnos por su insignificante aprobación. Y lo haremos, tanto si Saddam Hussein y su familia abandonan el país como si no5.

El presidente Bush clamó que Estados Unidos disponía “del poder soberano de utilizar la fuerza para garantizar su seguridad nacional”. La Casa Blanca estaba sin embargo dispuesta a establecer una “vidriera árabe” en Irak apenas la potencia americana estuviera firmemente instalada en el centro de la principal región productora de energía del mundo. Tampoco representaba ningún problema una democracia formal, siempre y cuando se lograra constituir un régimen sumiso, como los que Washington reclama en su área de influencia.

Contrarrevolución permanente

La “estrategia imperial” de septiembre de 2002 autorizaba asimismo a Estados Unidos a lanzar una “guerra preventiva”. Preventiva y no prioritaria6. Porque se trata de legitimar la destrucción de una amenaza que aún no se materializó, que puede ser imaginaria o incluso inventada. La guerra preventiva, entonces, no es otra cosa que el “crimen supremo” condenado en Nuremberg.

Esto es lo que comprendieron de inmediato aquellos a quienes les preocupa la suerte de su país. En este sentido, mientras Estados Unidos invadía Irak, el historiador Arthur Schlesinger consideró que la estrategia imperial del presidente Bush era “tremendamente parecida a la política llevada adelante por el Japón imperial cuando Pearl Harbour. Día que, como en esa época lo anunció otro Presidente de Estados Unidos, había quedado ‘marcado para siempre con el sello de la infamia’”7. Cómo sorprenderse, agregaba Schlesinger, de que “la oleada mundial de simpatía que inspiró Estados Unidos después del 11 de septiembre de 2001 haya dado paso a una oleada mundial de odio frente a la arrogancia y el militarismo estadounidenses”. Y a esa idea de que el presidente de Estados Unidos representaba “una amenaza mayor para la paz que Saddam Hussein”.

En Washington, esa “oleada mundial de odio” nunca planteó un problema particular. Después de todo, se trataba de ser temidos, no de ser amados. Y fue con bastante naturalidad que el ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, hizo suyos los dichos del gangster Al Capone : “Se consigue más con una palabra amable y un fusil que con una palabra amable y nada más”. Los dirigentes de Estados Unidos también eran conscientes de que sus acciones acrecentarían el peligro de proliferación de las armas de destrucción masiva y el terrorismo. Pero el cumplimiento de ciertos objetivos les importa más que ese tipo de riesgo. Ya que para ellos se trata a la vez de instaurar la hegemonía de Estados Unidos en el nivel mundial, y en el nivel interno, de aplicar su programa de desmantelamiento de las conquistas progresistas logradas por las luchas populares durante el siglo XX. Más aun, necesitan institucionalizar esta contrarrevolución con el fin de hacerla permanente.

Una potencia hegemónica no puede contentarse con proclamar su política oficial; debe imponerla como la nueva norma de las relaciones internacionales. Eminentes comentaristas vendrían acto seguido a explicar que la regla es lo bastante flexible como para que la nueva norma sirva en adelante de modelo y sea aplicada sin demora. Pero sólo quienes poseen las armas pueden fijar las “normas”, y modificar así a su antojo el derecho internacional.

Dentro de la nueva doctrina estadounidense, es necesario que el blanco a que apunta Estados Unidos responda a varios criterios. Debe ser indefenso, suficientemente importante como para justificar que suscite preocupación y aparecer no sólo como una “amenaza vital” sino también como el “mal absoluto”. Irak respondía idealmente a ese retrato. Cumplía indiscutiblemente las dos primeras condiciones. En cuanto a las siguientes, basta recordar las homilías de Bush, Blair y sus amigos: el dictador “fabrica las armas más peligrosas del mundo (para) someter, intimidar o agredir”. Esas armas, ya “las utilizó contra poblaciones enteras causando miles de muertos, heridos y lisiados entre sus propios ciudadanos. (…) Si esto no es el mal, entonces ese término ya no tiene sentido”.

Esta elocuente requisitoria pronunciada por el presidente Bush, suena justa: quienes contribuyen al mal no merecen seguir impunes. Pero entre estos últimos, se cuenta precisamente al autor de estas nobles palabras, algunos de sus actuales colaboradores y todos los que se asociaron a ellos cuando, unidos, apoyaban a la encarnación del mal absoluto, mucho tiempo después de que hubiese cometido la mayoría de sus terribles crímenes. Porque en el mismo momento en que machacaban las atrocidades cometidas por el monstruo Saddam Hussein, los dirigentes occidentales callaban una información crucial: todas esas atrocidades se habían llevado a cabo con su apoyo, porque en el fondo, ese tipo de cosas les es indiferente. El apoyo se convirtió en condena apenas el amigo de ayer cometió su primer verdadero crimen, el de desobedecerles (o, tal vez, el de haber malinterpretado sus órdenes), al invadir Kuwait. La sanción fue terrible… para sus ciudadanos. El tirano, por su parte, salió sano y salvo, viéndose incluso beneficiado por el régimen de sanciones instaurado por sus antiguos protectores.

Washington renovó su apoyo a Saddam Hussein inmediatamente después de la primera guerra del Golfo, cuando el dictador aplastó las revueltas que tal vez hubieran permitido derrocarlo. Thomas Friedman explicó en ese momento en The New York Times que a ojos de la Casa Blanca, “el mejor de los mundos” sería “una junta iraquí de mano dura, liberada de Saddam Hussein”8. Dado que este objetivo parecía inaccesible, habría que conformarse con la segunda opción posible. Los rebeldes fracasaron, entonces, una vez que Washington y sus aliados mostraron “una asombrosa unanimidad en su estimación de que, sean cuales fueren los pecados del dirigente iraquí, él ofrecía a Occidente y a la región una mayor garantía de estabilidad que quienes habían tenido que padecer su represión”9. Todo lo cual resulta escamoteado en los actuales comentarios sobre los depósitos de cadáveres de las víctimas de este terror que sirven para justificar la guerra. “Desde un punto de vista moral”, opinó Thomas Friedman10.

La población de Estados Unidos se mostraba apática: había que precipitarla en un estado de frenesí belicoso. Desde principios del mes de septiembre de 2002 hubo un bombardeo de informaciones terroríficas sobre la amenaza inminente que Saddam Hussein hacía pesar sobre Estados Unidos, así como sobre sus vinculaciones con Al-Qaeda, que sugerían una implicación del régimen iraquí en los atentados del 11 de septiembre de 2001. La mayoría de las pruebas “esgrimidas no podían provocar sino la hilaridad general”, como escribió la directora de The Bulletin of Atomic Scientists, “pero cuanto más ridículas eran, más se esmeraban los medios en presentar como una señal de patriotismo nuestra disposición a creérnoslas”11.

Esta ofensiva produjo sus efectos. La mayoría de los estadounidenses llegó a considerar que Saddam Hussein representaba una “amenaza inminente” para Estados Unidos. Muy pronto, cerca de la mitad de ellos creyeron que Irak había colaborado en los atentados del 11 de septiembre. De todo eso se desprendió el apoyo a la guerra. Y se comprobó que la campaña de propaganda bastó para procurar a la administración Bush una ajustada mayoría en las elecciones de la mitad del mandato. Los electores hicieron a un lado sus preocupaciones para buscar refugio bajo el ala del poder contra el enemigo demoníaco…

El 1º de mayo de 2003, sobre el puente del portaaviones Abraham Lincoln, el presidente Bush convocó un espectáculo destinado a concluir esta guerra de seis semanas. Sostuvo que acababa de obtener una “victoria en la guerra contra el terrorismo (al haber) suprimido a un aliado de Al-Qaeda”12. No se había conseguido ninguna prueba que confirmara la vinculación entre Saddam Hussein y su reconocido enemigo Osama Ben Laden. En cuanto al único efecto indiscutible de esta “victoria contra el terrorismo”, la invasión y la ocupación de Irak, un responsable estadounidense admite que parece haber provocado sobre todo un “importante retroceso en la ‘guerra contra el terrorismo’”, al incrementar la cantidad de candidatos al reclutamiento en las filas de Al-Qaeda13.

Para The Wall Street Journal, el espectáculo sobre el puente del Abraham Lincoln “marca el lanzamiento de la campaña de reelección de 2004”. La Casa Blanca espera que esa campaña “se centre lo más posible en los temas de la seguridad nacional”14. Antes de los escrutinios legislativos de 2002, Karl Rove, consejero electoral de Bush, ya había solicitado a los militantes republicanos que se focalizaran en las cuestiones de seguridad a fin de hacer olvidar a los electores la impopular política interna de la Casa Blanca. Veinte años antes, el presidente Ronald Reagan se comportaba del mismo modo; la invasión a Granada en 1983 había servido para su reelección al año siguiente…

Aunque haya tenido algún éxito, esta campaña de propaganda intensiva no consiguió modificar la opinión pública en cuanto a ciertos temas de fondo. Los estadounidenses siguen prefiriendo que sea Naciones Unidas y no Washington la encargada de gestionar las crisis internacionales, y dos terceras partes de ellos estiman que es la ONU –y no Estados Unidos– la que debe hacerse cargo de la reconstrucción de Irak15.

Como el ejército de ocupación nunca encontró las famosas armas de destrucción masiva, la posición de la administración Bush pasó de la “certeza absoluta” de que Irak las tenía, a la idea de que “el descubrimiento de equipamientos potencialmente utilizables para fabricar armas” justificaba las acusaciones lanzadas16. Autoridades de alto rango propusieron entonces un “ajuste” del concepto de guerra preventiva que autorizaba a Estados Unidos a atacar “a un país que posee armas mortales en gran cantidad”. Esta modificación “propone que la administración estadounidense actúe contra todo régimen hostil susceptible de querer y poder producirlas”17. De modo que la principal consecuencia de la falta de fundamentos para las acusaciones invocadas para justificar la invasión fue el relajamiento de los criterios que autorizan el recurso a la fuerza.

El mayor éxito de la campaña de propaganda estadounidense fue, sin embargo, el acuerdo para aprobar la “visión” presidencial cuando Bush afirmó querer llevar la democracia a Medio Oriente, en el preciso momento en que demostraba, por el contrario, su extraordinario desprecio por ese concepto. Porque es imposible calificar de otro modo la distinción que hizo Donald Rumsfeld entre “vieja Europa” y “nueva Europa”, vilipendiada la primera, alabada la segunda por su coraje. Era claro el criterio para distinguirlas: la “vieja Europa” abarcaba a todos los Estados que habían adoptado la misma posición que la mayoría de sus poblaciones, la “nueva Europa” recibía órdenes en Crawford (Texas) sin tomar en cuenta a su opinión pública, en muchos casos más opuesta aun a la guerra que la de los otros países.

En el ala demócrata del espectro político de Estados Unidos, Richard Holbrooke, secretario de Estado adjunto de la administración Clinton, insistió entonces sobre un “hecho verdaderamente importante”: la población de los ocho miembros de la “nueva Europa” superaba a la de la “vieja Europa”. Cosa que, según él, era una clara muestra de que Francia y Alemania estaban “aisladas”. De hecho, para sostener lo contrario hubiera habido que rendirse a esa herejía izquierdista que quiere que la opinión del pueblo siga cumpliendo un papel dentro de una democracia. Por su parte, el editorialista de The New York Times Thomas Friedman reclamaba que se prive a Francia de su escaño de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Se había conducido como un niño de “jardín de infantes” y “no sabía jugar con los demás”18. A juzgar por los sondeos, los pueblos de la “nueva Europa” tampoco habían salido del jardín de infantes.

El caso de Turquía fue todavía más ilustrativo. Su gobierno resistió las fuertes presiones de Estados Unidos para que demostrara “sus disposiciones democráticas” obedeciendo a las órdenes de Washington sin tener en cuenta la opinión del 95% de su población. Una conducta tan recalcitrante puso tan furiosos a los observadores políticos de Estados Unidos que algunos llegaron a recordar los crímenes cometidos por Ankara contra los kurdos en 1990, un tema aparentemente tabú debido a la complicidad de Estados Unidos en esa represión. Complicidad que, de todos modos, fue cuidadosamente silenciada.

El subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, aportó la clave de la nueva doctrina estadounidense. En efecto, acusó al ejército turco de “no haber cumplido el verdadero papel dirigente que estábamos autorizados a esperar de él” cuando optó por no obligar al gobierno a pisotear la voluntad de su opinión pública. Turquía debía pues hacer un esfuerzo y admitir: “Hemos cometido un error. (…) Pero intentemos ver cómo podríamos ser ahora lo más útiles que nos sea posible a Estados Unidos”19. El comentario de Wolfowitz es tanto más esclarecedor por cuanto se lo presenta como uno de los principales defensores de la cruzada que apunta a “democratizar Medio Oriente”.

La cólera de Washington contra la “vieja Europa” tiene raíces más profundas que el simple desprecio por la democracia. Estados Unidos siempre se mostró vacilante respecto de la unificación del viejo continente. Hace treinta años, en su discurso sobre “El año de Europa”, Henry Kissinger aconsejaba a los europeos ejercer sus “responsabilidades regionales” dentro del “marco global de un orden mundial” determinado por Estados Unidos. Una vía independiente ya estaba proscripta. La misma solicitud se aplica en adelante al nordeste asiático, la zona de crecimiento más dinámica del mundo gracias a sus importantísimos recursos y sus modernas economías industriales. Esta zona podría a su vez acariciar la idea de cuestionar un orden mundial definido por Washington. Pero hay que mantener ese orden. A perpetuidad. Si hace falta, por la fuerza.

  1. George W. Bush, Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos: una nueva era, 20-9-02. En “Agenda de la política exterior de Estados Unidos de América”, Periódico electrónico del Departamento de Estado de Estados Unidos, Volumen 7, Nº 4, diciembre de 2002.
  2. John Ikenberry, Foreign Affairs, Nueva York, 9-10-02.
  3. Sondeo en 27 países. Véase “A rising anti-American Tide”, International Herald Tribune, París, 5-12-02.
  4. The Wall Street Journal, Nueva York, 27-1-03.
  5. Michael Gordon, The New York Times, 18-3-03.
  6. La validez jurídica de una guerra “prioritaria” depende de la existencia de pruebas materiales que demuestren la inminencia del peligro y la necesidad de actuar. En contrapartida, la guerra preventiva se apoya, no en el temor de una agresión inminente, sino en un miedo más lejano, en una amenaza estratégica. Véase Richard Falk, “Esquivando el derecho internacional”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2002.
  7. Los Angeles Times, 23-3-03.
  8. Thomas Friedman, The New York Times, 7-6-1991.
  9. Thomas Friedman, op.cit.; y Alan Cowell, The New York Times, 11-4-1991.
  10. Thomas Friedman, The New York Times, 4-6-03.
  11. Linda Rothstein, The Bulletin of Atomic Scientists, Chicago, julio de 2003.
  12. Elisabeth Bumilier, The New York Times, 2-5-03.
  13. Jason Burke, The Sunday Observer, Londres, 18-5-03.
  14. Jeanne Cummings y Greg Hite, The Wall Street Journal, 2-5-03; Francis Clines, The New York Times, 10-5-03.
  15. Program on International Policy Attitudes (PIPA), Universidad de Maryland, 18/22-4-03.
  16. Dan Milbank, The Washington Post, 1-6-03.
  17. G. Dinmore y J. Harding, The Financial Times, 3/4-5-03.
  18. Thomas Friedman, The New York Times, 9-2-03.
  19. Marc Lacey, The New York Times, 7/8-5-03.
Autor/es Noam Chomsky
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarreta
Temas Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos