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Delirios paranoicos y cultura del odio

La cultura estadounidense apunta a la agresión y no a la conciliación social. Embarcados desde hace tres siglos en un torbellino de duras luchas entre diversas entidades sociales, los estadounidenses aparentemente no saben cómo hacer para crear la solidaridad entre ellos si no es atacando a otro. La invasión a Irak fue una prueba más de esto. Estados Unidos está liquidando allí los cuerpos sociopolíticos aún estables, asiste inerte a los disturbios y al caos, desarma las estructuras de solidaridad económica y reprime la resistencia. En síntesis, no hace otra cosa que reproducir su propia historia de organización social.

En su hermosa película sobre los años 1830 Pandillas de Nueva York, Martin Scorsese muestra que la violencia estadounidense nunca estuvo limitada a la conquista del Far West, ni a fortiori a algunos episodios esporádicos como los de las mafias durante la prohibición (“ley seca”) de la década de 1920, o a los disturbios raciales de la década de 1960. Esa violencia se manifiesta desde el comienzo de la historia del país, desde el primer minuto posterior al desembarco de cada inmigrante. Inmediata, extrema, gratuita, esa violencia involucra de entrada a todos los estratos de la sociedad. Se apodera del recién llegado pobre, lanzándolo a los espantosos galpones donde se aprieta una multitud vociferante; pero también del rico, que ve incendiada su casa ante la más mínima refriega. Sin olvidar a la población modesta, cuyas casas son bombardeadas por las cañoneras del gobierno en represalia a manifestaciones callejeras. Ya entonces, el recurso al bombardeo de civiles era una de las técnicas preferidas de la policía social, nacional o internacional.

Ciertamente, la violencia mortífera aparece vinculada al Nuevo Mundo invadido por Europa desde hace 500 años. Pero parece renovarse incesantemente a partir del foco constituido en Estados Unidos, mucho más que en Canadá o en América Latina. La explicación que brinda el ya célebre documentalista Michael Moore en su apasionante película Bowling for Columbine1, tiene menos que ver con la cantidad de armas que poseen sus conciudadanos que con el clima de miedo, de paranoia y de odio recíproco que alimentan los medios de comunicación. ¿Por qué motivo los medios estadounidenses (y no los de otros países) fomentan semejante clima?

En realidad, resulta llamativo el hecho de que sea imposible considerarse “estadounidense”, como otros se consideran mexicanos, canadienses o incluso quebequenses o brasileños… (ver al final de la nota). ¿Y si la tendencia intrínseca a todas las formas de violencia que existe en Estados Unidos tuviera algo que ver con esa ausencia voluntaria de denominación común? Esa carencia no es para nada casual ni sin importancia. Obedece a la tentativa de ciertos estadounidenses de obtener su independencia respecto de las patrias europeas por medio de una multiplicidad de entidades políticas y culturales, y no a través de una búsqueda de solidaridad identitaria. Ahora bien, esa voluntad de multiplicidad sólo fue contrarrestada superficialmente por el pacto de la Constitución de 1787, independientemente de su perpetuación. De tal forma que, desde mediados del siglo XVIII, se reproduce una implacable tendencia a la lucha por el mantenimiento de las diferencias internas y externas, y por la negociación minimalista de las formas de solidaridad.

Actitud vengadora

La cultura “estadounidense” es sin dudas, hoy como ayer, la de una permanente batalla entre individuos, grupos, comunidades, Iglesias, Estados, entre derechos y concepciones cívicas, etc. La contrapartida –aparentemente paradójica– de esa competencia, es siempre una coalición, es decir, una agrupación de bandas, una disciplina corporativa o una alianza militar bajo el mando de un jefe, con un objetivo agresivo o represivo. Igual que hace 170 años, cuando las pandillas se reunían en la calle principal de los suburbios de Nueva York para pelear a muerte y asegurar la hegemonía de un clan sobre los demás, aún hoy en día se trata de enfrentar al otro en posición de fuerza y de imponerse por todos los medios.

La actitud vengadora estadounidense, que lleva a tratar de manera inhumana a los prisioneros afganos (y no afganos) en Guantánamo o a disparar contra las mujeres y los niños al reprimir una manifestación en Bagdad, no se debe sólo a una lógica de gran potencia desinhibida que pretende imponer su ley a todo el mundo, a cualquier precio. Esa conducta tiene sus raíces en la historia de una concepción de la vida en sociedad, que es una negación de la propia noción de sociedad. Si más de 10.000 personas mueren baleadas anualmente en Estados Unidos (contra algunas decenas en Canadá, en el Reino Unido o en Francia), no es sólo porque los medios de comunicación agitan la angustia de la inseguridad. Ello se debe a que una parte de lo que constituye la esencia de una sociedad nunca llegó a desarrollarse en el país.

Seguramente esta explicación no es totalmente exacta, pero constituye un hilo conductor que da cuenta de la violencia esencial que emana de Estados Unidos, incluido ese deseo empecinado de liquidar los desacuerdos internacionales por medio de la acción ilegítima y la masacre de civiles.

A primera vista, el contraste entre los Estados Unidos imaginados por el jurista Thomas Jefferson2 –republicano en el sentido de la Grecia Antigua– y la realidad de los actos de soberanía violenta resulta flagrante. Mientras que Jefferson deseaba crear una nación pacífica, que se diferenciara de la Europa “permanentemente en guerra”, en realidad se constituyó una entidad guerrera en furiosa disputa con ella misma (guerra de secesión), contra los propios inmigrantes forzados (primero los esclavos y luego los trabajadores libres) y contra sus habitantes originales (exterminación programada de decenas de millones de indígenas). A lo largo del tiempo, Estados Unidos hizo a los otros países lo que Jefferson reprochaba a los franceses en la época de Napoleón: tratar de “imponer a sus vecinos su concepción personal de la libertad”3.

Sin embargo, lo que diferencia a los Estados Unidos hiperindividualistas de las otras naciones americanas más sensibles a las ideas de solidaridad social4 ya está presente en la fobia de Jefferson hacia el Estado, considerado como un monstruo inmundo por naturaleza. A su entender, el deber inclaudicable de todo ciudadano es oponerse a la “larga serie de abusos y de usurpación, dirigida siempre al mismo objetivo”, que “evidencia el propósito de someterlo al despotismo absoluto”. Ciertamente, ese despotismo era ante todo el de la despreciada potencia colonial inglesa, de la que pretende liberarse por medio de nuevas leyes.

Pero el tono jeffersoniano está impregnado de un acento que un psiquiatra podría calificar fácilmente de delirio paranoico. Jefferson se pregunta si ese gobierno despótico, no “envió a este país enjambres de nuevos empleados para (…) devorar su sustancia”; “para cumplir una obra de muerte, de desolación y de tiranía (…) de manera tan cruel y pérfida que es difícil hallar otros ejemplos en los siglos más bárbaros”. ¿Acaso no “puso en cuarteles importantes cuerpos de tropas armadas para protegerlos, por medio de un procedimiento ilusorio, de los castigos por las muertes que habrían cometido contra habitantes de esos Estados”?

Inmunidad jurídica

Cabe apuntar que, por un curioso giro, los dirigentes y militares estadounidenses exigen ahora que se les conceda una protección similar, que los excluya de las leyes internacionales y de la jurisdicción penal mundial que constituye el Tribunal Penal Internacional (TPI)…

Es de rigurosa justicia señalar el carácter progresista de las libertades que el primer Presidente estadounidense deseaba sustraer a la autoridad “destructora” del Estado: libertad de pensamiento y de expresión, de comercio, de religión, derecho a la vida y la búsqueda de la felicidad, derecho a expatriarse, garantía de no retroactividad de la leyes, rechazo a la prisión por causa de deudas, liberación de cualquier obligación perpetua, derecho a comunicarse entre mandantes y representantes, derecho de comerciar con las naciones vecinas, de trabajar para ganar el sustento, de defenderse contra agresores y delincuentes, habeas corpus, etc. Pero tampoco se puede ignorar que el visceral odio fundador contra cualquier tipo de Estado fuerte resultó a la larga contradictorio con el “deber sagrado de deshacernos de las pasiones que nos separan”5.

La tentativa jeffersoniana jamás apuntó, más allá de la Independencia, a la construcción de una verdadera sociedad nacional sobre la base de principios colectivos comunes. Más bien estableció una tregua entre los aristócrátas sudistas anglófilos y los demócratas nordistas, descendientes de exiliados de la guerra civil inglesa. A fortiori, el proyecto no involucraba a las poblaciones locales. El tolerante republicano Jefferson edificó su carrera sobre la base de una alianza privilegiada –contra los burgueses de la costa oriental– con los colonos del interior, que perseguían sin cesar a los indios, “esos salvajes sin piedad, cuya manera bien conocida de hacer la guerra consiste en masacrar a todo el mundo, sin distinción de edad, sexo o condición”. Desde mediados del siglo siguiente comenzarían a ofrecerse primas a los nuevos habitantes de California para fomentar la matanza de indígenas, como si se tratara de animales perjudiciales.

A lo largo de la historia, las nuevas oleadas de recién llegados trataron de cerrarle la puerta a los que venían detrás (por medio de leyes que establecían cuotas a favor de su propia comunidad nacional). A defecto de ello, los sometían a una explotación agotadora, rito de pasaje que transfiere el odio por el país de origen hacia el país de llegada. El carácter punitivo de esa operación es evidente: la ausencia de sistemas de solidaridad social en el trabajo permitió –en todas las épocas– la existencia de porcentajes de accidentes y de tareas muy desgastadoras que no guardan ninguna proporción con los de otros países “civilizados”.

Por último, hace apenas poco más de 35 años, Estados Unidos era aún un país de apartheid oficial (igual que Sudáfrica) respecto de las personas “de color”. Aun actualmente, la mayoría de las ciudades, grandes o pequeñas, poseen rígidas fronteras espaciales entre clases sociales y entre grupos étnicos, categorías que suelen ser coincidentes. Desde los guetos negros a los barrios judíos, desde los suburbios “latinos” o hispanos hasta las gated communities (comunidades cerradas) y otros tipos de barrios privados reservados para los millonarios, Estados Unidos es el verdadero símbolo de la división socio-espacial.

Desde el ideal wilsoniano6 de la Sociedad de Naciones, hasta el proyecto kennediano de “gran sociedad”, los políticos que dirigieron “esta entidad múltiple y sin nombre” siempre soñaron un modelo de sociedad como si el mismo fuera… imposible. La voluntad de Thomas W. Wilson de crear en 1920 un orden democrático mundial no se concretó, y algunos piensan que contribuyó a desatar la Segunda Guerra Mundial. Pero –como lo nota un comentarista7– esa iniciativa parece haber inspirado mucho más la construcción europea actual que a Estados Unidos mismo.

Desde el 11 de septiembre de 2001, esa nación es objeto de un fuerte endurecimiento militar-policial. Para los partidarios de la guerra contra Irak, la unión sagrada sirve a la defensa patriótica del “nido”; pero para los opositores, el conflicto es apenas un arranque xenófobo del mismo tipo que el clásico populismo racista que se ejerce desde siempre dentro del país. ¿Se equivocan? Un soldado estadounidense entrevistado el 21 de marzo pasado por la cadena televisiva CNN afirmó que deseaba “vengar en Irak… los atentados del 11 de septiembre”. Al igual que el 55% de sus compatriotas consultados en una encuesta, estaba convencido de que Saddam Hussein estaba vinculado con Al-Qaeda y que era responsable del ataque contra el World Trade Center. Se puede suponer que para muchas de esas personas esa mezcla, producto de la ignorancia, incluye a los árabes en general y acaba por parecerse a las fobias epidémicas de épocas pasadas: contra los indígenas, contra los negros o los asiáticos.

Ese brutal desborde racista nos remite a la peor –y más constante– de las tradiciones subyacentes de la cultura estadounidense. Si la situación se torna aun más dura, tendremos, de un lado, a la “pandilla” formada por las milicias patrióticas vinculadas a las autoridades, dedicada a reactualizar esa mezcla de terror oculto y de represión policial sangrienta de los peores días del macartismo, y del otro, la tribu de los “intelectuales”, de los “multiculturales” y demás “traidores” potenciales. Ahora bien, como señala Michael Lind8, ese antagonismo retoma –en la misma geografía de los partidos políticos– los contornos de la más antigua fractura interna: el sur colonial, antifeminista, antihomosexual y racista, contra el norte puritano, laicista, comunitario, liberal y universalista.

En el lenguaje belicoso de George W. Bush, el ideal de solidaridad y de lealtad parece encarnarse perfectamente en la noción de “coalición”. Pero la misma sólo encaja –como comprueba Andrew J. Bacevitch9– en el marco de una voluntad “unipolar” de sucesivas victorias sobre el resto del mundo, tendencia que gobierna permanentemente la diplomacia estadounidense desde hace medio siglo. Ese “unipolo” no es únicamente el de la “única potencia mundial”. Es también el del grupo que rodea al Presidente y el que Bush mismo ha forjado, combinando los atributos del jefe guerrero, del pontífice religioso y del líder popular carismático. Es por eso que sectores mediáticos y satíricos de Estados Unidos inventaron la expresión “Bushland” (en inglés bush significa “arbusto”), que evoca –a través del patronímico presidencial– el carácter salvaje de las selvas coloniales que hay que arrasar sin remordimientos. Sin embargo, muchísimos ciudadanos de Estados Unidos no se identifican con ese Bushland, pues éste sólo designa al clan que tomó el control del país.

Saga guerrera

Mucho se dijo ya, y con razón, sobre el carácter de secta doctrinaria o de facción que adoptan los cercanos colaboradores de Bush. Se insistió sobre el fanatismo propio de cruzados que muestran varios de ellos y sobre la vinculación que mantienen con el medio de los negocios petroleros. Pero no se insistió suficientemente en que esos rasgos caracterizan a todas las formaciones comunitarias en Estados Unidos desde hace trescientos años: en efecto, la entidad colectiva básica “estadounidense” es casi siempre una agrupación que, en su empecinada oposición a todo lo que se le resiste, adopta las características de un pelotón de vasallos, pequeño grupo de confianza del “señor”, que vive junto a él y que con él cabalga hacia la gloria, acaparando botines y territorios, o pereciendo en la aventura.

Tal es el mensaje que nos transmite el novelista James Ellroy al describir la saga de los grupos en el poder en Estados Unidos durante la trágica era Kennedy. En su célebre American Tabloid vemos, a través de la lucha de héroes sanguinarios, cómo cada “institución” (CIA, FBI, presidencia, sindicatos, comunidades étnicas, mafias, fuerzas armadas, grupos patrióticos, prensa amarilla, etc.) funciona por sí misma y contra las demás. El asesinato de John F. Kennedy, seguido del de su hermano Robert y del de Jim Hoffa (líder del sindicato mafioso de los Teamsters), e incluso la muerte sospechosa de Marilyn Monroe, el ataque contra Cuba en 1961, la puesta en marcha de la guerra de Vietnam, etc., aparecen allí como acontecimientos estrechamente ligados de una misma dramaturgia: la de la guerra entre las bandas prestigiadas por su ascenso social dentro de los círculos del poder.

Ficción y realidad

Los detalles inventados por Ellroy son míticos, pero el contenido sociológico de su relato es de una sorprendente veracidad: Estados Unidos funciona, desde abajo hacia arriba, como una gran arena de combate permanente, donde se enfrentan grupos cuasi familiares organizados con una lógica feudal aún no contenida por un aparato central firme y que, sin embargo, puede repetirse de manera idéntica.

La personalización del conflicto es un rasgo inevitable de semejante avasallamiento de la vida política. En ese terreno, también las cosas ocurren como en el film Pandillas de Nueva York: el líder se impone en persona, por la fuerza o la astucia (como se pudo ver en las varias trampas registradas en la última elección presidencial) ante un grupo de muy diversas bandas armadas; luego trata de mantenerse lo más posible en una posición de fascinación como hace el “macho Alfa”, para usar un término de los especialistas en primates. Debe agitar sin cesar la amenaza contra los suyos y, sobre todo, reactivar su entusiasmo decadente, ofreciéndoles como presa algún contendiente desafortunado, al que se “diaboliza” para esa ocasión.

Al contrario de lo que suponen algunos comentaristas encandilados por la estrategia estadounidense, ni Slobodan Milosevic, ni Osama Ben Laden, ni Saddam Hussein fueron erigidos en “enemigos número uno” gracias a una sesuda doctrina polemológica. Ellos representan las figuras necesarias al desafío lanzado por el más fuerte candidato a la jefatura, en una lógica de batalla callejera. Esos personajes permiten además ocultar la minuciosa preparación del combate, que en realidad no dejará ninguna chance al “competidor estratégico”. Así, el “Estado bandido”, que supuestamente posee armas de destrucción masiva, resulta ser una pequeña nación incapaz de representar la más mínima amenaza seria para el poderoso pretendiente a controlar el sector. Bombardeado sin cesar durante diez años, controlado a fondo por expertos y desmantelado durante un largo bloqueo, ese país será entregado a la voracidad del grupo dominante y a su “padrino”, implacablemente –y teatralmente– rencoroso.

Sólo un observador que no esté totalmente contaminado por la ira del “gurú-guerrero” podrá entonces notar que la noción de “Estado-bandido” designa mejor que ninguna otra la conducta del propio jefe de la pandilla agresora, que instrumentaliza su propio Estado para concretar su proyecto de dominación. Esto fue a menudo expresado por los numerosos opositores a la política de George W. Bush, con la fórmula: “esta es la guerra del Presidente, no del país”.

Pero la “coalición” guerrera no tiene como único objetivo concentrar opiniones y energías en torno de un personaje para efectuar una demostración de fuerza indiscutible y reiterada. También busca reemplazar cualquier idea de verdadera solidaridad, a la vez que se impone en detrimento de los legítimos mecanismos de las Naciones Unidas (a la que hace aparecer –por inesperado contraste– en una perspectiva de Estado-Mundo que nunca antes había alcanzado) ocupando todo el espacio imaginario que la idea de solidaridad social podría llenar.

Luego de las espantosas escenas de la guerra en Irak, se pudieron ver en los días siguientes a la “victoria”, imágenes de simpáticas y generosas patrullas estadounidenses multiétnicas. George W. Bush esperaba recoger el fruto del triunfo “aliado”… en momentos en que la situación social y económica de la sociedad “estadounidense” no paraba de deteriorarse: 3 millones de empleos fueron suprimidos desde la (cuestionada) elección presidencial; 200.000 de ellos sólo en Nueva York, la capital financiera.

El desfile marcial prosigue, pero la administración Bush no intenta siquiera restaurar la prosperidad económica a través de medidas apropiadas. Al contrario, redujo los impuestos en beneficio casi exclusivo de quienes tienen mayores ingresos (el 43% de las rebajas estipuladas favorecen sólo al 1% de la población). Además, desmanteló todo lo que aún podía evocar la responsabilidad pública del Estado en el bienestar de los ciudadanos. Redujo en un 86% el programa de salud comunitario, que organizaba la cooperación entre hospitales públicos y privados para ayudar a los enfermos que no tienen cobertura médica. Disminuyó en 700 millones de dólares los fondos para rehabilitación de viviendas sociales; en 60 millones de dólares el programa de vivienda de la Fundación de ayuda a la infancia; en varios cientos de millones de dólares los fondos para que las personas de escasos ingresos puedan dejar en guarderías a sus hijos durante sus horas de trabajo. El gobierno prohibió también cualquier contribución federal a las organizaciones de planificación familiar favorables al aborto legal.

Tampoco interesada en proteger la cultura común, la administración Bush retiró 200 millones de dólares al sistema de formación para personas sin trabajo y eliminó un programa de aprendizaje de lectura para las familias sin recursos. Redujo en 39 millones de dólares el presupuesto de las bibliotecas federales y en 35 millones el programa de especialización en medicina pediátrica… Designó como responsables de la ecología a enemigos declarados de la misma y puso al frente de la Environmental Protection Agency (EPA, agencia de protección ambiental) a un directivo del grupo Monsanto, que inmediatamente redujo el presupuesto del organismo en 500 millones de dólares. La administración Bush abrió los parques nacionales a la explotación forestal y a las perforaciones de prospección; abolió las leyes que permitían al Estado federal rechazar los contratos con empresas que contaminen el ambiente o que resulten peligrosas para los trabajadores y eliminó una serie de medidas de protección en ese terreno. Vendió en subasta pública los fondos marítimos de Florida, quitó la protección a ciertos territorios de Alaska, redujo en un 50% el presupuesto para la investigación en energías renovables y en un 28% el destinado a los vehículos menos contaminantes…

Ensimismamiento

En el plano internacional, hallamos la misma negativa obstinada a cualquier tipo de solidaridad. El gobierno de Bush se negó a firmar el acuerdo de Kioto sobre el efecto invernadero, no cumplió sus promesas de regular las emisiones de dióxido de carbono y logró aplazar la aprobación del reglamento destinado a reducir el nivel de arsénico que puede considerarse “aceptable” en el agua potable. Por último, dio marcha atrás en su compromiso de invertir 100 millones de dólares anuales en la protección de los bosques tropicales.

En síntesis, la hegemonía estadounidense en todo el mundo tiene como exacta contracara una empresa de “desolidarización” sistemática. El comportamiento de Washington en Irak es, en el fondo, apenas una muestra entre tantas otras. Su victoria, desde hace mucho asegurada por una hábil mezcla de corrupción de los jefes baasistas y de intimidación preventiva de las tropas de elite, fue transformada en demostración de poderío al precio de mortíferos bombardeos de barrios populosos y de calles comerciales. A partir de allí, la ocupación organizó e instaló un caos duradero. Una imagen quedó en la mente de los telespectadores: el rostro indiferente de los soldados estadounidenses robotizados, mientras se producían los mayores saqueos en Bagdad. No hay por lo tanto mejor metáfora que la de Irak ocupado para expresar la repugnancia del ciudadano “estadounidense” respecto de la más mínima idea de solidaridad, y su pasión por reproducir en otros lados –a imagen de los bajos fondos urbanos de su país– un paisaje devastado de Tercer Mundo, habitado por “los otros”, vencidos, humillados, postrados. Como si se tratara de transmitir interminablemente el odio.

(**) Fuera de América Latina, la expresión "estadounidense" resulta extraña, como si se llamara "reinounidenses" a los nacidos en Inglaterra, o "republicanos" a los originarios de la República Dominicana. En algún momento de su historia, varios países del continente adoptaron oficialmente nombres de la misma índole –Estados Unidos de México; Estados Unidos de Colombia; Estados Unidos de Brasil; Estados Unidos de Venezuela– pero sumando así al nombre del sistema político elegido, el del propio territorio. El escritor colombiano Germán Arciniegas afirmó al respecto, que al añadir simplemente el nombre de todo el continente a la fórmula de organización nacional –Estados Unidos de América– “se dejó sin nombre al país” (N. del T.).

  1. Columbine es la escuela de Littleton (EE.UU.) donde dos jóvenes masacraron a 14 estudiantes el 20 de abril de 1999, aniversario del nacimiento de Adolph Hitler.
  2. Presidente de Estados Unidos, en 1801.
  3. Carta a James Monroe, del 11 de junio de 1823.
  4. El reciente llamado del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva a crear un programa mundial contra el hambre es un ejemplo de esa diferencia de sensibilidad.
  5. Carta a Richard Rush, del 20 de octubre de 1820. (Rush negoció en Inglaterra –donde fue enviado durante casi ocho años– una importante cantidad de acuerdos).
  6. Thomas Woodrow Wilson (1856-1924) partidario de un sistema de seguridad colectivo y de la Sociedad de Naciones.
  7. Johann Hari, “A disputed Legacy”, Times Literary Supplement, Denville, 28-3-03.
  8. Entrevista “Les conservateurs au pouvoir ne représentent pas l’Amérique”, Libération, París, 4-5-03.
  9. American Empire, the realities and consequences of US diplomacy, Harvard University Press, 2003.
Autor/es Denis Duclos
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:18,19
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Sociología, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Justicia Internacional, Estado (Política)
Países Estados Unidos