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Recuadros:

Los muckrakers , periodistas de combate

Enfeudada a bancos y grandes compañías de manera directa o indirecta –por su dependencia de la publicidad, entre otros factores– la prensa estadounidense ha perdido casi todo el vigor social que la caracterizó y le dio fama en el mundo entero. Los problemas de la gente común, el desempleo, la explotación, ya no forman parte del sumario como hace un siglo, cuando el periodismo contribuyó a adecentar el país.

¡Investiguen lo que se les diga! En 1990, la prensa estadounidense “pasó por alto el escándalo de las cajas de ahorro, el mayor despilfarro de dinero público en la historia de Estados Unidos”1. Unos meses más tarde, durante la guerra del Golfo, propagó a los cuatro vientos las mentiras militares preparadas en la cocina del Pentágono. ¡Investiguen lo que se les diga! En 2000, la prensa estadounidense confirmaba su ceguera alabando a empresas desreguladas como Enron. Tres años más tarde, durante la invasión a Irak, se resarció y se convirtió en vidente alertando sobre inhallables “armas de destrucción masiva”2. Anteojeras ante el prevaricato de los poderosos, mentiras para apoyar los proyectos del poder: ¡he aquí el periodismo contemporáneo!

“Si un perro muerde a un hombre –algo que ocurre todos los días– no es noticia. En cambio, si un hombre muerde a un perro, eso sí es noticia”. Este precepto de “sentido común” ha sido machacado en todas las escuelas de periodismo. Sin embargo, la prensa lo practica en forma desigual. El calor en verano, los embotellamientos de fin de semana, la nieve en invierno jamás saturaron tanto las antenas de radio y televisión. En cambio, la vida común de la gente común, su explotación y sus luchas cotidianas desaparecieron3.

Pero no siempre ha sido así. En otros tiempos, los periodistas sabían escribir, investigar sobre estos temas. Hacer algo más que calcar los comunicados de las empresas y los fax que les envían jueces de instrucción y policías. En Estados Unidos, se asocia esa “edad de oro” con el término muckraking, una expresión que conjuga las palabras “estiércol” (muck) y “rastrillo” (rake). La lapicera hacía las veces de rastrillo; removía el estiércol acumulado al pie de la escala social por las fechorías de los distinguidos ladrones de la alta sociedad. La lapicera arremetía contra los gobernantes, no contra quienes se resistían a ellos. Esa clase de periodismo tenía trabajo para rato en un país al que Henry James calificaba, hace un siglo, de “gigantesco paraíso de la rapiña, invadido por todas las variedades de plantas venenosas que engendra la pasión por el dinero”. Cien años… ¡cómo pasa el tiempo!

En ese entonces, un periodista, Ray Stannard Baker, se interesó por los trenes. Sin embargo, llegaban a horario. Pero detrás de los trenes, estaban los trusts. En diciembre de 1905, éstos son objeto de una investigación en cinco etapas que señala su exorbitante poder. Las compañías ferroviarias pertenecen a menudo a bancos de Nueva York, a grandes familias, a “magnates ladrones”; a los Morgan, a los Rockefeller. En esta época, casi todo dependía de la ubicación de las estaciones y de las tarifas de flete: el precio de los productos, el nacimiento y la prosperidad de las ciudades (ver recuadro).

Las compañías podían favorecer a algunas empresas y arruinar a otras, tejer alianzas entre sí para aumentar las tarifas, sobornar a los gobernantes con el fin de obtener concesiones y subsidios, especular en el sector inmobiliario, falsificar sus cuentas. Todo ello sin peligro alguno. Al lado de ellas, el Estado era un enano. Lo tenían dominado. Describiendo con su bella pluma, pedagógica y política, la gangrena de la sospecha que carcome una industria, la decadencia de un universo donde la “palabra de un hombre” tenía algún valor, Ray Stannard Baker señala: “Seguramente un sistema que produce tanta deshonestidad es completamente nocivo”4. Emite al respecto una opinión, sin argucias, toma partido, lucha.

Al año siguiente, una ley regula el transporte ferroviario. El presidente Theodore Roosevelt no tiene más remedio que imponerla a industriales demasiado obtusos para comprender que los protege contra algo peor: “Piensan a corto plazo, al no advertir que oponerse a esta ley implica aumentar la presión en favor de una nacionalización de los ferrocarriles”5. Porque el socialismo avanza. Así como las investigaciones de un periodismo de pie, el temor a una revolución obliga a las clases dominantes a conceder de mala gana a la democracia algunas migajas de un poder hasta entonces no compartido.

Cuando un periodista muestra el sufrimiento causado a los niños corre el riesgo de inspirar compasión fácilmente. Pero Edwin Markham, el autor de los artículos publicados sobre este tema en Cosmopolitan en 1906, es antes que nada maestro de escuela y poeta. Inspirado por una pintura de Jean-François Millet, El hombre de la azada, se propone investigar sobre estos futuros adultos que ya trabajan, a veces hasta catorce horas por día. Entre 1880 y 1900, el fenómeno se había sextuplicado: la industria estaba en pleno auge, todas las manos sirven. Los niños crecen pues en medio de los “gritos de ogro de las fábricas”, “aturdidos por una eterna catarata de máquinas”.

Markham pregunta: “¿Por qué no conocen ni el reposo, ni el juego, ni la educación, y sólo conocen la oscura trituración de la existencia? ¿Acaso estaremos todos desnudos y tiritando? No, nuestros depósitos nunca estuvieron tan rebosantes de pieles y hierro”. ¿Entonces? Entonces, “numerosos capitalistas de Nueva Inglaterra trasladaron sus máquinas y talleres al Sur para estar más cerca de los campos de algodón, de los ríos, y también –da vergüenza decirlo– del trabajo barato realizado por manos de niños. Carolina del Sur teje algodón para que Massachussets pueda vestirse de seda”.

Inversión de roles

Un siglo más tarde, esta geografía ha cambiado. Las deslocalizaciones son transnacionales. Para Nike, por supuesto, pero también para Peugeot, Saint-Gobain, General Electric, las maquiladoras6. Se necesitan teleoperadores anglófonos, se los instala en India. Se los prefiere francófonos, bienvenidos a Senegal, a la espera de encontrar más barato en otro lugar. Se recurre también a los inmigrantes cuya clandestinidad es el pasaporte a la explotación; a los detenidos, que ahorran los viajes de los demás.

Pero volvamos a Edwin Markham. Continúa: “La fábrica, dicen, debe obtener una ganancia sin la cual los propietarios protestarán. Reprendido por su directorio, el patrón sanciona entonces al capataz, quien se vuelve contra sus obreros. Es largo este látigo cuyo extremo desgarra las espaldas de los niños. ¿Resulta sorprendente que las acciones de las fábricas de algodón generen un 25%, un 35% e incluso un 50% anual? Sí, mis señores, moler la espalda de los pequeños en polvo de dividendos tiene sus beneficios. ‘Quítennos el trabajo de los niños y nos iremos a otra parte’, es la amenaza habitual de los dueños de las fábricas y de sus lobbystas en los pasillos del Congreso. Y, ¡desgraciadamente!, vivimos en una civilización donde este tipo de extorsión surte efecto”.

Este artículo tiene cien años, pero cómo no pensar al leerlo en nuestros políticos neoliberales, en los actuales abogados defensores de una baja de los salarios destinada a curar una imaginaria “preferencia francesa por el desempleo” (Alain Minc). Y por qué no incluir en la lista de los nuevos ogros de lo social a los periodistas económicos atados a las cotizaciones de la Bolsa, que avalan cada “reforma”, es decir, cada regresión, invocando el desarrollo, el “costo del trabajo”, la competencia, la “mundialización”7.

Muckrakers remite casi siempre a Upton Sinclair y a su investigación de 1906 sobre las insalubres condiciones de trabajo en los mataderos de Chicago; a los textos de Jack London sobre El pueblo del abismo; a los artículos de John Steinbeck en The San Francisco Examiner sobre los campos de migrantes en California. Los mataderos, las fábricas y el “pueblo del abismo” se han ido ahora de los barrios donde viven los periodistas. Y éstos se preocupan únicamente por el destino de la clase media alta, más aun cuando la prensa popular y la prensa revolucionaria ya casi no existen y la publicidad de sus periódicos apunta a las clases acomodadas. En 1962, en The other America8, Michael Harrington señalaba ya que “una de las cosas más importantes con respecto a los pobres es que son invisibles”. Los medios de comunicación también contribuyen a ello.

Cuando Steinbeck relataba tragedias individuales, señalaba que eran signos de una historia colectiva: “Algunos migrantes se las arreglan un poco mejor, otros mucho peor. Si hay hombres que roban, si en ellos crece el odio a la gente bien vestida y satisfecha, es inútil intentar explicarlo por su origen o por un defecto de carácter”. Hoy, los periodistas se encogerían de hombros, fustigarían las “excusas sociológicas” de un periodismo de lucha de clases. Pero, a qué otra cosa se asemejaba la realidad estadounidense, en octubre de 1934, cuando The New York Post publicó las declaraciones de un esbirro de la patronal que, luego de haber provisto de 6.000 matones a una compañía ferroviaria, explicaba hipócritamente: “Disponemos de 2.500 fusiles y una gran cantidad de municiones. Acabar con las huelgas es sólo una de nuestras especialidades. Actualmente estamos dedicados a la prevención. Nuestro trabajo consiste en hacer que los obreros conservadores recuperen la confianza y en desacreditar a los radicales y agitadores”. Este último trabajo sigue siendo necesario, pero actualmente se encargan de ello los periodistas.

Conflicto de intereses

El proxenetismo de masa al amparo de la estatua de la Libertad era uno de los ingredientes del estiércol estadounidense. En 1909, una investigación de George Kibbe Turner sobre el tema desvela el misterio desde el título, muy largo por cierto: “Las hijas de los pobres: una historia sencilla del desarrollo de Nueva York como centro mundial de la trata de blancas con el apoyo de la municipalidad”… Se designa una comisión investigadora, de la cual forma parte John D. Rockefeller Jr. La caridad, el mecenazgo, la ética, devolverán el prestigio a este industrial cuya astucia y rapacidad habían sido desmenuzadas en otro artículo.

Esta fue sin duda la investigación del Watergate de la época, una de las series de artículos de “investigación” más conocida de toda la era del muckraking. A los periodistas de hoy se les exige que sean más concisos. Ida Tarbell publicó dieciocho artículos sobre “La historia de Standard Oil”. El primero, en noviembre de 1902. El último… dos años más tarde. Tarbell concluía así su artículo: “Rockefeller logró sus propósitos recurriendo a la fuerza y al fraude. Semejantes métodos, en lugar de generar desprecio, son cada vez más admirados. Lo que por otra parte es lógico: festejen el éxito en los negocios y los hombres que triunfan como los de la Standard Oil se convertirán en héroes nacionales”.

Hace dos años, la prensa francesa elogiaba a los empresarios Michel Bon y Jean-Marie Messier, evocando las privatizaciones y las fusiones bancarias que le aportarían gran cantidad de publicidad financiera9 (ver artículo pág. 24). Al mismo tiempo, Columbia Journalism Review interrogaba a la prensa estadounidense: “¿Quién desempeñará hoy el papel de Ida Tarbell, inspirando a un periodismo que investigue sobre las nuevas corporaciones, como en 1900? ¿Quién lo hará, cuando las Standard Oil de nuestra época son los grupos mediáticos que nos emplean?”10.

  1. Ellen Hume, “Why the Press Blew The S&L Scandal”, The New York Times, 24-5-1990.
  2. The New York Times se diferenció en este sentido. Véase Russ Baker, “‘Scoops´ and Truth at The Times”, The Nation, Nueva York, 23-6-03.
  3. En Francia, sólo en 2001 murieron 257 trabajadores y 9.829 resultaron heridos en el Servicio de empresas de construcción y trabajos públicos (BTP) dirigidas por el dueño de TF1, Bouygues. Le Monde dedicó un solo artículo al respecto. Entre 1996 y 2001, la construcción del TGV Mediterráneo costó la vida de 10 obreros. Durante esos cinco años, ni TF1, ni Le Figaro, ni Le Monde, ni Le Nouvel Observateur publicaron artículos sobre este tema. La construcción del túnel bajo el Canal de la Mancha provocó 9 muertos, pero en los noticieros de France 2 no se hizo ninguna mención (Fuente: “La Guerre sociale”, PLPL, París, Nº 13).
  4. Judith y William Serrin, Muckraking! The Journalism That Changed America, New Press, 2002. Esta obra publica numerosos fragmentos de las investigaciones más importantes del “periodismo que cambió a Estados Unidos”. Salvo indicación en contrario, las citas que siguen provienen de esta obra.
  5. Howard Zinn, A People’s History of the United States: 1492-Present, Harperperennial Library, 2003.
  6. Fábricas subcontratadas por los grandes grupos, instaladas en el Caribe, México y América Central.
  7. En 1993, el actual ministro delegado de Libertades Locales Patrick Devedjian explicaba en un informe parlamentario: “No se puede deplorar la miseria del tercer mundo y a su vez impedirle desarrollarse utilizando esa misma miseria como un triunfo”. Devedjian no hacía más que retomar un punto de vista común en la prensa económica. Véase “Enfants rois”, Le Monde diplomatique, París, enero de 1995. Según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo, 246 millones de niños trabajan en el mundo, de los cuales 73 millones tienen menos de diez años.
  8. Michael Harrington, La cultura de la pobreza en los Estados Unidos, Fondo de Cultura Económica, México, 1963.
  9. Los grandes bancos no sólo poseen el capital de los grandes medios de comunicación. L’Express anunció el 10 de julio de 2003 que Jean Peyrelevade, presidente del Crédit Lyonnais, acababa de integrar su consejo de vigilancia, que “tiene como misión garantizar la independencia del diario”.
  10. Columbia Journalism Review, Nueva York, mayo-junio de 2001.

“Cuatro veces el impuesto federal”

Halimi, Serge

En un artículo que tuvo gran repercusión, Ray Stannard Baker denuncia las prácticas de las compañías ferroviarias:

“Las compañías ferroviarias determinan el destino de un pueblo más que el gobierno de Estados Unidos. (…) La tarifa de flete es un impuesto percibido sobre cada bocado que comemos, cada prenda que usamos, cada tablón de madera de nuestra casa, cada palada de carbón que quemamos. Ningún impuesto es tan universal y gravoso. En Estados Unidos, cada ciudadano abona en promedio siete dólares por año para pagar los gastos del gobierno federal, lo que incluye a la vez el ejército, la marina, el déficit del Correo, la construcción del Canal de Panamá y lo que garantiza el funcionamiento de toda la maquinaria administrativa: Presidente, Congreso y Corte Suprema. Por su parte, el impuesto ferroviario le cuesta veintiséis dólares por año a cada hombre, mujer y niño, cuatro veces el impuesto federal. Los presidentes de las compañías ferroviarias y los miembros de sus directorios son de hecho los recaudadores del pueblo. Porque las vías férreas no son ni jamás han sido una propiedad privada al igual que una granja o un almacén. Son rutas. (…) El magnate del riel no recauda el impuesto en forma igualitaria. Cobra poco a sus amigos –los Rockefeller, los Armour, entre otros– e impone tarifas particularmente gravosas al campesino, al pequeño industrial, a la masa independiente de productores y de consumidores. El magnate del riel utiliza pues su enorme poder para practicar la extorsión. (…) Este sistema discriminatorio permitió a los hombres que dominan el trust de la carne vacuna de Chicago sacar provecho de las rebajas y los favores que se les concedían para forzar la quiebra de las pequeñas empresas de embalaje de carne, en otros tiempos prósperas, para concentrar todo el sector en grandes mataderos urbanos insalubres. Y es pagándoles mal a los pequeños ganaderos y cobrándoles más caro a los consumidores como han amasado sus gigantescas fortunas”1.

  1. “Railroad rebates”, McClure, diciembre de 1905. Judith y William Serrin, Muckraking: The Journalism That Changed America, New Press, Nueva York, 2002.


Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:20,21
Traducción Gustavo Recalde
Temas Periodismo
Países Estados Unidos