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Backlash contra el feminismo en Francia

La sistemática demonización del feminismo en los medios toma en Francia formas más sofisticadas, a través de voces que hacen suyas prestigiosas tradiciones francesas, desde el universalismo filosófico a la galantería. Pero este backlash (reacción) tiene en común la acusación de que los cambios en la condición de las mujeres han socavado las certezas sobre la identidad masculina, fundada en el dominio.

Imposible no haberlo visto, oído, leído o notado. Un fuego alimentado desde todas partes. Una guerra sin cuartel. ¿El blanco? El feminismo actual: “una estafa”, un intento de “victimización” de las mujeres, que “torna frágiles” a los hombres, transformándolos en “objetos” de sus “nuevos amos”, las feministas. Hay libros, ruidosos manifiestos y un relevo hegemónico, obsesivo, en los medios1.

Nuestros acusadores cuestionan la importancia y la amplitud de la violencia que sufren las mujeres. Reprochan en coro a la gran Investigación sobre la Violencia contra las Mujeres en Francia, publicada en 20012, haber amalgamado sus diferentes formas. Acusan a los (las) autores (as) de la primera investigación de este tipo en Francia de haber reunido bajo el mismo rubro de “violencia conyugal”, los ataques psíquicos y físicos sufridos, desde la violencia psicológica hasta la sexual3. Se trataría de una trampa, de una voluntad de exigir –¿indebidamente acaso?– protección y reparación. En suma, una actitud de “victimización” según estos censores(as), con el propósito (y resultado) de abrumar a inocentes: los hombres.

Cabe preguntarse qué es lo que empuja a algunas mujeres, que se declaran feministas, a preocuparse, so pretexto de un pretendido rigor científico, del “desconcierto” masculino, en detrimento de la miseria y la desesperación de la mayoría de las mujeres en el mundo. ¿Ignoran esas mujeres la aplastante relación de fuerzas, de dominante a dominado, entre hombres y mujeres? ¿Ignoran la relación socioeconómica que hace que sean mujeres la mayoría de los desempleados, de los que cobran el salario mínimo, de los trabajadores a tiempo parcial (gueto del empleo donde el 83% son mujeres), de quienes tienen contratos de duración determinada (el 60%), de los que sufren grandes discriminaciones en el momento de la contratación y de la promoción? ¿Ignoran a las ausentes de la dirección en las grandes empresas? ¿Ignoran que son las que más sufren la pobreza (el 80% de los pobres son mujeres) y la precariedad?4.

¿Ignoran el papel –real y simbólico– de la dominación masculina que está en el origen mismo de la violencia? Una norma religiosa y cultural generalizada en otros tiempos y todavía tolerada en nuestros días. El hombre violento, con la violencia marca su territorio y deja sentado que tiene el poder. Al mismo tiempo que significa el vínculo entre virilidad y sexualidad5.

Multiforme, la violencia de los hombres contra las mujeres es universal. Constituye incluso una de las formas extremas de las relaciones entre los sexos en la pareja. La Conferencia Mundial de los Derechos Humanos de Viena (1993) reconoció su existencia y su amplitud. La definió como una “violación de los derechos humanos”. En Pekín, en ocasión de la IVº Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre las mujeres (1995), los gobiernos allí representados se comprometieron a realizar balances, a luchar contra esa violencia y a dar apoyo a las víctimas.

Para los acusadores de hoy, la acusada es la mujer golpeada. Una mujer que sabe que las diversas formas de violencia no tienen fronteras, salvo sobre el frío papel de los informes. Entre el encarnizamiento de un interrogatorio (“te había prohibido que vieras a esa amiga”; “¿dónde estabas cuando te llamé por teléfono?”), el desprecio que se le arroja a la cara y que termina por interiorizar (“eres fea”, “eres imbécil”), los empujones y las bofetadas que siguen y que, si se resiste, terminan en una verdadera paliza y, finalmente, la violencia sexual, la mujer sólo ve una diferencia de grado, no de naturaleza: el “continuum” de la violencia.

Tal vez hubiera sido preferible disociar en la Investigación… (dentro de lo posible) los resultados de las diferentes formas de agresiones. Pero el fundamento de esas agresiones sigue siendo un denominador común: es la existencia de una dominación masculina que “inscribe en la definición del ser humano propiedades históricas del hombre viril, construido en oposición a las mujeres” (Pierre Bourdieu).

El “complot” se iría tramando así sobre un fondo de acusación contra los hombres, quienes tienen derecho, entre todos los derechos, a una mujer “prostituible”. En contra de las feministas abolicionistas que niegan la realidad de una prostitución libre. Algunas de ellas querrían, incluso, ¡oh horror!, sancionar al cliente y su “derecho al placer”, como en algunos países6. Creen que a falta de demanda, la oferta del mercado se agotaría. Junto a algunos libros-inculpaciones, algunos manifiestos de mujeres supuestamente feministas (nos gustaría conocer sus títulos y acciones “en” feminismo…), afirman que es posible prostituirse libremente y por placer. Olvidan que las que habían asegurado eso, como la célebre Ulla a mediados de los años 1970, hoy confiesan haber mentido para “corporatizar la profesión”. “¿Cómo pudieron creernos?”, preguntan agobiadas por tanta ignorancia. Ninguna mujer, salvo gustos particulares en algunas relaciones sexuales, comercia libremente con su cuerpo… No acepta ser cosificada, consumible, un objeto entre los objetos. La prostitución es el paroxismo del no poder de una mujer sobre sí misma. Y mata a la mujer en la mujer7.

Algunas prostituidas pueden resignarse con el tiempo. Pero, ¿por eso se han vuelto libres? No olvidan que fueron la soledad y la miseria las que las empujaron a la calle. “Peor que un alma sometida es un alma resignada”, podría responder Péguy. Temo, en realidad, que nuestras firmantes –intelectuales privilegiadas– hayan fantaseado con el papel de Catherine Deneuve en Belle de jour de Luis Buñuel8.

¿Reconocen, nuestros detractores, la existencia del acoso sexual contra las mujeres? A menudo he actuado en su defensa. Reduce a las mujeres que defendemos a mujeres ahogadas. Bajas en el trabajo, consumo de antidepresivos, dificultades para probar la acusación, mutismo forzado de los colegas. Pagan muy cara la voluntad de salvaguardar su dignidad. Aconsejarles como único remedio, como he leído, dar un par de bofetadas al culpable, demuestra un espantoso desconocimiento de las leyes empresarias.

Elisabeth Badinter menciona la “pulsión masculina” y se burla de la “militancia feminista”, que cree poder “ponerla en vereda…”9. Acusa a las feministas –¿a quiénes y a qué organizaciones?– de dedicarse “al formateo de la sexualidad”. Pero entonces sólo los hombres tendrían pulsiones soberanas. Por otra parte, va en ello su “identidad”. Tanto peor para las mujeres y su propia identidad.

Nos acercamos, en el plano racional, a la contradicción principal de este tipo de tesis. El universalismo a ultranza de nuestros acusadores no teme mezclarse en las aguas revueltas del diferencialismo. Si cada sexo se queda en su “universo” nacerá finalmente la “connivencia” entre los sexos. Feministas: dejen de querer cortar el camino a las “pulsiones” de los hombres, ustedes son las responsables del “malestar masculino”. Argumento antifeminista por naturaleza y objetivamente reaccionario; que pretende hacer olvidar que el feminismo, con sus combates, ha echado las bases de un trascendente cambio social, que implica más justicia y más igualdad.

Pero esto no es todo: el “complot” ha logrado incluso imponer la paridad. Ha hecho fracasar al universalismo republicano. No es éste el lugar para retomar ese debate. Baste recordar que el universalismo que durante más de dos siglos excluyó a las mujeres de la ciudadanía y luego del reparto del poder político, ha dado pruebas de su “diferencialismo” misógino. Sustituimos este universalismo tramposo por un doble universalismo: hombres + mujeres = humanidad.

Según esta inculpación, nos hundiríamos en el puritanismo y el orden moral. Todos nosotros –movimientos y personalidades feministas– que hemos llevado a cabo y ganado la batalla de la elección de dar la vida (contracepción y aborto). Que le hemos dado significado a la disociación entre la procreación y el amor. Es decir, el derecho al placer. Nosotros que hemos reclamado –y obtenido– la abolición de toda discriminación contra los homosexuales10.

De este proceso instruido por encargo emerge la acusación global de segregación, de odio, de guerra de los sexos. Y para fundamentar esa acusación remiten a las autoras estadounidenses Andrea Dworkin y Catherine Mac Kinnon. No traducidas en Francia, se insertan en una sociedad y un feminismo que corresponde al otro lado del Atlántico, radicalmente diferente de la situación francesa. Las feministas francesas nunca quisieron excluir o liquidar a los hombres. Su proyecto global de sociedad es esencialmente mixto. Los hombres deben tener la “inteligencia teórica” de su liberación a través de la nuestra. Los vamos a convencer. Y el procedimiento que tiende a culpabilizarnos equivale a negar un hecho cultural, el de la especificidad del feminismo francés.

¿Nuestros acusadores se propusieron ponernos en guardia contra eventuales deslizamientos? Esa sería la (muy) pequeña utilidad de sus expresiones. ¿Pero para eso había que rehabilitar a través de un discurso “masculinista” los estereotipos de la mujer castradora?

A menos que el éxito de algunos combates feministas resulte inquietante. Me gusta mucho este proverbio africano: “Cuando se comienza a lanzar piedras contra un árbol, es que está por dar sus frutos”.

  1. Alain Minc, Epître à nos nouveaux maîtres, Grasset, París, 2002; Elisabeth Badinter, Fausse route, Odile Jacob, París, 2003. En cambio, los medios guardaron un silencio total sobre el apasionante relato del itinerario profesional de una sindicalista feminista, Annick Coupé, en “Lutte de classes, lutte des sexes”, Agone, Nº 28, 2003.
  2. Elisabeth Kulakowska, “Brutalidades sexistas en la intimidad familiar”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Nº 37, julio de 2002.
  3. La ENVEFF, que encuestó a 6.970 mujeres de 20 a 59 años que viven en pareja, es cuestionada por Elisabeth Badinter (op. cit.) y también por Marcella Yacub y Hervé Le Bras en Temps Modernes, París, 1º trimestre de 2003.
  4. “Femmes rebelles”, Manière de voir, Nº 68, París, abril de 2003.
  5. Cf. Daniel Welzel-Lang, Mythes de la violence, Indigo et Côté Femmes, París, 1966.
  6. En Suecia, por una ley del 1-1-1999.
  7. Lilian Mathieu, “Las causas económicas de la prostitución”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2003.
  8. Se refiere a las firmantes del manifiesto “Ni coupables ni victimes: libres de se prostituer” publicado en Le Monde, París, 9-1-03.
  9. Op. cit.
  10. Ley N° 82.683 del 4-8-1982. Como diputada en la Asamblea Nacional, fui yo misma, y a mi pedido, el miembro informante.
Autor/es Giselle Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:30
Traducción Lucía Vera
Temas Sexismo, Movimientos Sociales
Países Francia