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La Historia europea contada a los europeos

Tras pasar de seis a veinticinco miembros en medio siglo, la UE encuentra dificultades para expresar la comunidad de destino que la legitimaría. Los autores del preámbulo de la futura Constitución se declaran “persuadidos de que los pueblos de Europa, orgullosos de su identidad y de su historia nacional, están resueltos (…) a forjar su destino común”. Pero, ¿es posible fundar una unión sin referirse a una memoria colectiva común? ¿Puede cada país conservar una visión etnocéntrica del pasado y perpetuar el culto de héroes que son los verdugos (Napoleón) o las víctimas (Juana de Arco) de los pueblos vecinos? ¿Cómo se cuenta la historia en los lugares de recordación visitados por millones?

Para quien recorre algunos países de la Unión Europea (UE) de ciudad en ciudad1, como turista novicio, anónimo y curioso, la pregunta que se plantea es: ¿cómo se les cuenta a los europeos la historia de Europa? Son tantos los museos, palacios, castillos, iglesias, monumentos, que se impone una elección, arbitraria o no. Una vez descartados los museos dedicados a la pintura2, y puestos entre paréntesis los consagrados a las artes y tradiciones populares, es necesario buscar en las notas al pie de las guías. El resultado puede ser desconcertante.

Reyes tiranos, emperadores ampulosos, príncipes y obispos rapaces, dictadores sangrientos, abarrotan la historia europea con sus perpetuas guerras territoriales, dinásticas, religiosas, nacionales, siendo siempre los pueblos quienes pagan el pesado tributo de su ambición de poder. Ebrios de gloria, dejaron en toda Europa los signos de su lenguaje simbólico del poder: estatuas ecuestres y arcos de triunfo, leones de mármol, soles de oro, espadas resplandecientes, urnas y fuentes monumentales, demonios y dioses aterradores. Poco importa. Se siguen cantando loas a sus memorias embalsamadas y no siempre los peores son los menos favorecidos. Se elogian sus hazañas bélicas a expensas de sus vecinos –hoy devenidos aliados– en los castillos y palacios –testimonios de sus ruinosas megalomanías– por los que hoy desfilan en procesión los descendientes de sus víctimas.

Dos lugares entre tantos otros bastan para ilustrarlo: Schönbrunn y Potsdam, a las puertas de Viena y Berlín. El primero, residencia de verano de los Habsburgo de 1700 a 1918, nos es presentado al mismo tiempo como “el símbolo de la grandeza de la Austria imperial” y “un lugar encantador con un simpático aspecto familiar”. En sus 1440 habitaciones y su inmenso parque barroco se sucedieron, de José I a Carlos I, pasando por María Teresa, José II y el infatigable Francisco José (68 años de reinado), miembros de una estirpe de déspotas3 de los que sólo se nos recuerda su afición por las bellas artes y la jardinería, su gusto por las celebraciones familiares o la meditación pacífica.

Capital de los reyes de Prusia, Potsdam fue construida completamente en el siglo XVII en los terrenos de caza de los Hohenzollern, terrible familia de saqueadores, desde Federico I, el rey sargento, a Guillermo II, el carnicero de 1914-18. Aquí se presenta a nuestra admiración una ciudad “embellecida” por el “gran rey” Federico II, “protector de las artes y las letras” que hizo edificar el castillo de Sans Souci “joya del rococó alemán”, donde recibía a sus “amigos filósofos y sabios”. Silenciando a sabiendas los desvaríos del príncipe desequilibrado, belicoso y sin escrúpulos que desangró a su pueblo, enrolado a la fuerza en guerras de rapiña.

Paradójicamente, las monarquías escandinavas son con frecuencia más lúcidas que las repúblicas germánicas en la evocación de su pasado real.

Ya se sabe, “la religión es la guerra”. La de los Treinta Años, que desgarró Europa de 1618 a 1648, fue un paroxismo de odios y matanzas ofrecidas a “la mayor gloria de Dios”. Uno de los verdugos de la época, el rey protestante Gustavo Adolfo de Suecia, en guerra contra su católico primo Segismundo de Polonia, en nombre de la fe celestial pero al servicio de ambiciones muy terrestres, hizo construir precipitadamente un enorme barco de guerra, el “Vasa”, destinado a ser el florón de su flota. Sus cortesanos le añadieron tanto en altura y en cañones que naufragó con bienes y personas en su primera salida, el 16 de agosto de 1628, después de haber recorrido un centenar de metros.

En un país en el que desde la época de los vikingos la atracción por el mar y la ciencia marítima son como una segunda naturaleza, el episodio era poco glorioso. Cualquiera se hubiera apresurado a olvidarlo. No los suecos. El capricho había costado una fortuna. Costó otra sacarlo del lodo, 333 años más tarde, restaurarlo e intentar conservarlo en su estado original en el museo de Estocolmo que lleva su nombre no sólo para testimoniar las proezas técnicas de los rescatadores ni para librar a la curiosidad pública la magnificencia de un navío único en su género. Se aprovechó la ocasión para retratar la época: la responsabilidad del monarca y su incompetente entorno; las condiciones de vida de los marineros comparada con la de sus superiores; los crueles castigos infligidos; los estragos de la guerra (dos tercios de los combatientes no regresaban, ya que un tercio moría en los campos de batalla y el otro de heridas o enfermedades); el recurso a mercenarios sin fe ni ley, franceses, escoceses, alemanes; el reformatorio para niños y grumetes desertores, condenados a trabajos forzados en la isla de Riddarholmen…

24 de julio de 1943: el Air Chief Marshal (mariscal de aire) Harris, comandante en jefe del Bomber Command (Comando de Bombarderos) de la Royal Air Force (RAF), apodado Bomber Harris, protegido de Winston Churchill, lanza contra Hamburgo, segunda ciudad y principal puerto de Alemania, el primer bombardeo de terror sistemático. La operación bautizada Gomorra (nombre de la ciudad bíblica destruida por el fuego del cielo) duraría diez días, provocando 55.000 víctimas civiles contadas y destruyendo media ciudad. Por oleadas sucesivas de 300 a 1.000 bombarderos, estadounidenses de día, británicos de noche, se arrojan miles de toneladas de bombas incendiarias de fósforo –las armas de destrucción masiva de la época– desencadenando huracanes de 300 kilómetros por hora. Las temperaturas alcanzan los 1.000 grados. Un huracán de fuego, el primero de la guerra, enciende el asfalto de las calles, proyecta los coches y los árboles arrancados de cuajo por el aire que se recalienta, se precipita en los refugios, quemando vivos a los que allí habían buscado abrigo, hace hervir el agua de kilómetros de canales de la ciudad donde otros habían creído encontrar la salvación.

El objetivo declarado de los “terroristas” aliados para poner rápido fin a la guerra, era quebrar la moral y el espíritu de resistencia de la población civil alemana mediante el bombardeo masivo de las 60 principales zonas urbanas. A pesar del patente fracaso de esta estrategia, que produjo más bien el efecto opuesto, será mantenida con encarnizamiento hasta el final, sin que sus protagonistas, tratados como héroes, hayan jamás tenido que rendir cuentas. En vísperas de la capitulación alemana, los días 13 y 14 de febrero de 1945, Dresde y sus riquezas culturales históricas, última ciudad aún indemne, sin interés militar, atestada de decenas de miles de refugiados, fue destruida bajo un diluvio de bombas y un tifón de llamas que causó más de cien mil víctimas.

Ningún monumento recuerda el martirio de los habitantes de Hamburgo, salvo el de San Nicolás, pequeño reducto oculto al pie de las ruinas de la catedral donde se evoca con timidez el drama, ignorado por los guías turísticos. Expresamos ante el encargado del lugar nuestro asombro por la persistencia de esta autocensura alemana, sesenta años más tarde, respecto de sus propias víctimas de crímenes de guerra. El anciano, que de niño vio desde algunos kilómetros de distancia arder la ciudad donde perecieron muchos miembros de su familia, nos confía: “Vea, señor, no podemos. Colectivamente somos responsables de la muerte de 25 millones de soviéticos, de un quinto de la población polaca, de seis millones de judíos. No podemos hablar de nuestras desdichas. Sería… indecente”.

Una actitud ya observada en Berlín, donde el apasionante museo que describe la historia de la ciudad desde su fundación en 1237 hasta nuestros días, es de una notable discreción en lo relativo a los bombardeos devastadores de los aliados y a la toma de la ciudad por los soviéticos bajo un diluvio de fuego, que causaron decenas de miles de víctimas civiles aplastadas bajo las ruinas. Memoria selectiva cuando, en la capital, numerosos lugares dan prueba de la voluntad de los alemanes de no huir de su pasado nazi: el futuro monumento del Holocausto; el del campo de concentración de Sachsenhausen en Oranienburg, abierto en 1961, donde perecieron cerca de cien mil detenidos; el recordatorio del autodafé, esa noche de 1933 en que fueron quemados 20.000 libros en la Bebelplatz; el de Wansee, donde tuvo lugar la conferencia de enero de 1942 en la cual se programó la “solución final”; el impresionante Museo Judío, recientemente abierto; la exposición permanente sobre la Gestapo, que próximamente será transformada en museo-centro de información acerca de la represión nazi.

¿Veremos algún día erigirse en los países europeos responsables de la destrucción de los indígenas de las Américas, de la trata de esclavos negros de África, de las persecuciones coloniales –es decir, en casi todos– los monumentos al “terror blanco”?

Atmósfera de amable alborozo en Cracovia, en la Plaza del Mercado, en torno al mercado de telas: sentados a la mesa en la terraza de los cafés o deambulando en familia, con banderitas en la mano, se sigue con la mirada el desfile heteróclito, desordenado y un poco anticuado que circula por el lugar, encabezado por la fanfarria. Es día festivo: la fiesta nacional de la Constitución. No la que está en vigor, sino la Constitución del 3 de mayo de 1791, la primera en Europa; la legalidad triunfando finalmente sobre la arbitrariedad. Que un país festeje la victoria del derecho más que la de sus ejércitos contra sus vecinos ya es sorprendente. Que sea Polonia cobra otro significado. Cuatro años más tarde perdía su independencia, víctima de una nueva partición, antes de ser despedazada por sus poderosos vecinos: Austria, Prusia, Rusia. Para recobrarla, prescindiendo del período 1918-1939, se necesitarán dos siglos de insurrecciones, de lucha armada, de resistencia a los ocupantes, pasiva y activa, al precio de millones de muertos (6 millones en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial). Antes de adherir, con reticencias, a la Unión Europea. Un pueblo que sobrevivió a tantos intentos de destrucción no puede sino ser bienvenido.

La solemne y enorme sala redonda abierta sobre el río Mosa, sede de la cámara del Consejo de Gobierno de la provincia de Limburgo, donde el 7 de febrero de 1992 se firmó el Tratado de Maastricht, no atrae multitudes. Se recorre el lugar con total libertad y sin guía, con la sola información que voluntariamente se brinda… acerca del funcionamiento del gobierno local. ¿El tratado? ¿Qué tratado? Una de las etapas más controvertidas de la construcción europea no dejó rastros indelebles en la memoria de los residentes. El confortable centro de la ciudad, restaurado a nuevo, equipado de edificios renovados y jardines bien cuidados, colmado de lujosos comercios, espera otro tipo de visitantes. Sin examinar demasiado su pasado, a pesar de estar cargado de historia. Es cierto que, después de los españoles, los franceses no dejaron un buen recuerdo. Asediada en 1673 por el ejército de Luis XIV y el capitán gascón d’Artagnan –que perdió allí la vida–, la ciudad fue tomada nuevamente en 1748 por Luis XV al término de una batalla que causó 8.000 muertos, luego incorporada al reino y por último anexada a la República y al Imperio hasta 1815. Más tarde se produjo la visita del presidente François Mitterrand y la forzada negociación del Tratado.

Desde el siglo XVIII al XX, Europa construyó su potencia industrial sobre el carbón, principal fuente de energía, antes de ser reemplazada por el petróleo y el cese de explotación de la mayoría de las cuencas hulleras, algunas con ocho siglos de antigüedad. Es el caso de la mina de Blégny, en Bélgica, cerca de Lieja, cerrada en 1981, transformada en museo de arqueología industrial, donde ex mineros guían a los visitantes. Aquí, como en todas partes, no sólo se explotaba el carbón; sino primero y principalmente a los gueules noires (jetas negras, los mineros), personajes históricos de la condición obrera. Feroz explotación, casi esclavitud, para un trabajo de una dureza inimaginable, a decenas o incluso cientos de metros bajo tierra, en la angustiosa penumbra cargada de polvo irrespirable, calor o humedad, el terrible estruendo de vagonetas, perforadoras, taladros y compresores, la exigüidad de los filones importantes, los riesgos permanentes de desmoronamiento, inundación, asfixia y grisú, y de una casi segura muerte lenta por silicosis antes de los cincuenta.

Trabajo tanto diurno como nocturno, en turnos de ocho horas, mal pago, a la tonelada extraída, por cuenta de un patrón siempre preocupado por aumentar el ritmo y renuente a adoptar medidas de seguridad previas a algún accidente o catástrofe. Antes de que los recientes progresos de la mecanización modificaran su condición, generaciones de mineros se sucedieron durante siglos de trabajo casi inhumano; su única dignidad era la extraordinaria solidaridad que se establecía entre ellos. Uno entiende ahora que ese fuese el destino de los más débiles. Comenzando por los niños, preferidos durante mucho tiempo por su aptitud para deslizarse tanto por los estrechos pasajes como por los filones de extracción, contra el pago de salarios proporcionales a su estatura.

Recién en 1940 se dejó de emplear en Blégny niños de diez años… para llevar la edad mínima a catorce años. También se recurrió a trabajadores emigrados que poco podían hacer para defender sus intereses, primero polacos a principios del siglo XIX, luego españoles, turcos, húngaros, griegos… y por último italianos, después de 1945. Terminada la Guerra, cuarenta y cinco mil de entre ellos fueron cínicamente vendidos al Estado belga por su propio gobierno, en un acuerdo de trueque “carbón por carne humana”: a cambio de la entrega de hulla a su país, el emigrado italiano firmaba un contrato por cinco años de trabajo obligatorio en una mina belga, con una bajísima remuneración, pero alimentado y alojado en las sórdidas barracas abandonadas por los prisioneros alemanes. Antes de la construcción de la Europa sin fronteras, los trabajadores emigrados circulaban con más facilidad que los capitales. Después, la situación se invirtió.

¿Un museo de la clase obrera? El proletariado, curiosidad histórica, ¿habría desaparecido antes que la burguesía, sin que nos diéramos cuenta? Duro choque para la moral de los revolucionarios. Se impone una visita, en Copenhague. No podía ser en otra parte que no fuera el país socialmente más avanzado. En la puerta, una estatua de Lenin con el brazo señalando la entrada guía a lo pocos curiosos. Sigue un recorrido pedagógico y pragmático que cuenta la evolución de la condición obrera de los daneses desde sus orígenes hasta nuestros días. Se ve todo, hasta la mejora progresiva de los alojamientos, reconstituidos a su tamaño natural. Se aprende mucho sobre el éxodo rural, la miseria fisiológica de los jóvenes trabajadores dados de baja hasta 1940 por tuberculosis o raquitismo, las luchas sindicales, los conflictivos debates entre reformistas y revolucionarios, las conquistas de la socialdemocracia en el poder a partir de 1924.

Se presta especial atención a la evolución de los derechos de la mujer, al trabajo de los estibadores contratados en los años ’20 por equipos de siete, pagados a la tonelada (300 bolsas de cien kilos por día, cincuenta kilómetros de trayecto). Sigue, en 1950, la resistencia a la introducción en la industria del salario por pieza y el aumento de los accidentes laborales que acompaña la carrera a la productividad; el rechazo manifestado por la juventud obrera de los años ’60 al modelo de producción estadounidense “siempre mejor y más rápido”; las recientes deslocalizaciones y el recurso a emigrados yugoslavos, turcos, paquistaníes, para liberarse de los elevados niveles de salario y de protección social.

Conclusión: si el empresariado convoca a proletarios de otra parte o va a explotarlos in situ, ya no quedan proletarios daneses. Quizás, ¿pero por cuánto tiempo? El museo puede volverse obsoleto antes de que se abra el museo de la burguesía capitalista.

Christophe Plantin, turonense calvinista, se instala en Amberes en 1550 huyendo de las persecuciones religiosas, y se lanza a una de las grandes aventuras de la época: la imprenta. Funda una casa con la enseña del Compás de Oro, a la vanguardia en conocimientos técnicos de los mejores artesanos, con taller de fundición de matrices, caracteres y punzones, depósito de bandejas de letras para los cajistas, sala de prensas y galeras de los tipógrafos, cuarto para los correctores y librería donde se exhibe la lista de las obras escolares y el índice de los libros prohibidos. El impresor multiplica los éxitos tipográficos, entre ellos una biblia en cinco idiomas, lo que le asegura fortuna y renombre en toda Europa. Abierto al nuevo espíritu del Renacimiento, comparte su actividad entre obras religiosas (la época obliga), científicas (botánica, astronomía, medicina…), literarias (entre ellas Orlando Furioso de Ariosto) y partituras musicales.

Al final de su vida será alcanzado por los rayos del muy católico rey de España Felipe II, quien encarga al duque de Alba, asesino psicópata, castigar a la ciudad por su excesiva tolerancia, antes de imponer una implacable censura que prohibe la impresión de cualquier libro que no fuera piadoso. Maniobrando y evitando el oscurantismo dominante, la casa Plantin escapa a la destrucción antes de que su yerno, Balthazar Moretus, la reabra y se empeñe en retomar la antorcha del conocimiento, desarrollando entre otras cosas la impresión cartográfica y utilizando el talento de su amigo Rubens como ilustrador de libros.

La aventura continuó durante tres siglos. Hoy la casa, intacta, alberga un museo que describe la extraordinaria aventura de Plantin-Moretus. Testimonio de una Europa cultural, artística y científica que se imaginaba sin fronteras dinásticas, nacionales o religiosas. Para recordarnos que desde la Edad Media monjes iluminadores, arquitectos constructores, pintores, músicos, escritores, filósofos y científicos surcan el continente.

No es en los lugares de culto de los opresores que debemos buscar la memoria común de los pueblos de Europa, sino donde se cuenta la historia de su condición social, sus sufrimientos ocultos, sus luchas por la libertad y la justicia. ¿Es una casualidad que los primeros sean mucho más numerosos que los segundos?

  1. Munich, Salzburgo, Viena, Bratislava, Cracovia, Praga, Berlín, Copenhague, Estocolmo, Oslo, Goteborg, Hamburgo, Maastricht, Lieja, Amberes.
  2. Están los inolvidables; Pinacotecas en Munich, Kunsthistorisches y Leopold Museum en Viena, las galerías Gemald y National en Berlín, Statens Museum for Kunst en Copenhague, Munch Museet en Oslo, Musée Royal des Beaux Arts en Amberes, entre tantos otros.
  3. Entre ellos Napoleón, que residió alli de 1805 a 1809.
Autor/es Christian De Brie
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:42,43
Traducción Teresa Garufi
Temas Historia, Geopolítica, Unión Europea