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Recuadros:

Guerra y "normalización" en Chechenia

Gracias al apoyo masivo a la adopción de una nueva Constitución -según el resultado de un nada democrático referéndum realizado el 23 de marzo pasado- el gobierno ruso de Vladimir Putin anunció la "normalización" de la situación chechena. Sin embargo, al amparo de la "guerra contra el terrorismo", el ejército ruso continúa cometiendo exacciones contra la población civil con toda impunidad, alegando la necesidad de eliminar los últimos "grupos aislados" de la resistencia. Los atentados del último mes de mayo parecen indicar la existencia de realidades paralelas…

Lo primero que sorprende al llegar a Grozny, capital de Chechenia, no son los puestos de control, los militares encapuchados en sus blindados, ni siquiera las ráfagas de armas automáticas, las colinas de escombros, las rutas llenas de baches, los árboles fulminados, los edificios despanzurrados, las fachadas hechas pedazos, las ruinas calcinadas… En última instancia, todo eso forma parte del paisaje de la guerra, y uno casi lo espera. No, lo que sorprende es la vida. Las huellas de vida, los signos de actividad humana, la irrupción de personas bien vivas en esta ciudad fantasmal. Por más estupor que produzca, uno se sorprende de verlas allí, a tal punto parecen absurdas esa ropa secándose en los huecos de las paredes, esas sábanas a manera de ventanas, esos kioscos de bebidas, esas mercancías expuestas al borde de las rutas…

Grozny fue bombardeada masivamente hace ya más de tres años, de septiembre de 1999 a marzo de 20001. La mayoría de sus habitantes huyó, pero otros se quedaron y algunos incluso regresaron. En medio de las ruinas, la vida continuó. En algunos lugares se ha desarrollado y hasta floreció. Una vida como las ruinas, rota, destrozada, hecha pedazos.

Ésta es la segunda guerra en diez años para este pequeño territorio. Un primer conflicto ya lo había devastado entre 1994 y 1996, destruyendo la mayor parte de la infraestructura civil y matando a cerca de 100.000 personas.

“Escuadrones de la muerte”

Chechenia vive tal vez un momento crucial, en el cruce de realidades paralelas. Aunque las operaciones militares de gran envergadura –como los bombardeos masivos de ciudades y pueblos– terminaron en las regiones de la llanura en la primavera boreal de 2000, continúan en las montañas (en los distritos de Chatoï, Itum-Kalinsly, Vedensky). Pero el país también sufrió las siniestras “operaciones de limpieza” para buscar “terroristas” entre la población civil; operaciones acompañadas de pillajes, maltratos, arrestos arbitrarios, torturas y ejecuciones sumarias. La cantidad de víctimas civiles desde 1999 se calcula en alrededor de 70.000…

Nada de eso impide a las autoridades rusas anunciar una “normalización” de la situación, al mismo tiempo que tratan de persuadir a la opinión pública interna y a los Estados occidentales acerca del buen fundamento de la “operación antiterrorista” que están llevando a cabo. El 11 de febrero de 2003 el presidente Vladimir Putin declaró en el noticiero televisivo de la cadena francesa TF1: “Toda la infraestructura de los combatientes ha sido destruida. Hoy no quedan más que algunos grupos aislados que cometen actos terroristas, lo único que, por otra parte, son capaces de hacer. Nuestra tarea es eliminarlos”.

Sin embargo, las exacciones contra los civiles siguen: en los últimos meses, en particular desde la toma de rehenes en el teatro Dubrovka de Moscú en octubre de 2002, el ejército federal ha multiplicado las “operaciones dirigidas”. Esos arrestos arbitrarios, que terminan en desapariciones o ejecuciones sumarias, son efectuados de noche por grupos de hombres enmascarados que en la mayoría de los casos no se identifican, pero que saben a quién van a buscar. Ésto hizo que la asociación rusa de defensa de los Derechos Humanos, Memorial, afirmara que se trata de crímenes cometidos por estructuras organizadas que agrupan a hombres de diferentes unidades y actúan como “escuadrones de la muerte”.

“K” vive en un pueblo del distrito de Urus-Martan (al sudoeste de Grozny): “Tengo cinco hijos –explica–. En la noche del 20 al 21 de octubre de 2002 entraron en mi jardín militares a bordo de un vehículo blindado. Estaban encapuchados y armados, y dijeron ser del GRU (servicios de inteligencia militar). Sin darles tiempo a vestirse, se llevaron a cuatro de mis hijos, que tienen entre 22 y 28 años. Desde entonces están ‘desaparecidos’ y a pesar de las diligencias realizadas en todas las instancias –el FSB (sucesor de la KGB), la policía, los tribunales, el ejército– no he podido obtener ninguna información sobre su lugar de detención”.

En la actualidad, varios miles de personas –principalmente hombres– están declarados desaparecidos. Se han descubierto depósitos de cadáveres de personas detenidas por unidades militares, de la policía o del FSB.

El ejército ruso comete aquí sus crímenes con toda impunidad: desde el comienzo de la guerra, sólo unos cincuenta militares fueron juzgados por diversos delitos contra los civiles. Sin embargo, hasta hoy no se ha iniciado ninguna acción, por ejemplo, contra los responsables de las operaciones de “limpieza” de Aljan-Yurt y Novye-Aldy (diciembre de 1999 y febrero de 2000), tristemente célebres por la cantidad particularmente elevada de víctimas civiles.

Del lado checheno coexisten dos gobiernos. Elegido en enero de 1997 con el auspicio de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), el presidente checheno Aslan Masjadov se puso a la cabeza de la resistencia contra aquellos que llama “invasores rusos”. Por su parte, desde junio de 2000, el antiguo jurisconsulto musulmán (muftí) de Chechenia, Akhmad Kadyrov, fue nombrado por el Kremlin a la cabeza de una administración chechena pro-rusa.

Colocadas bajo las órdenes directas de esta última, las milicias armadas realizan desde hace algunos meses arbitrarios arrestos nocturnos y hacen reinar el terror entre la población. Tal vez “descargan” así a las tropas federales rusas de una parte de sus operaciones habituales. Pero seguramente estas razias también se explican por represalias individuales, e incluso por objetivos puramente criminales.

La resistencia chechena se encuentra en una situación delicada, ya que la actividad militar rusa, que se intensificó desde el 11 de septiembre de 2001, la desmanteló parcialmente. Además, la actividad de sus propias redes de abastecimiento decayó; en cuanto a las fuentes turca y saudita, que antes la sostenían financieramente y en el plano logístico, se agotaron. Además, después de tres años y medio de guerra, la población está cansada, de rodillas y lista a aceptar la apariencia de paz que ofrecen las autoridades rusas, de manera que el reclutamiento se torna difícil.

Esta resistencia exangüe, dispersa, de pequeños grupos, a veces radicalizada, continúa sin embargo realizando operaciones de guerrilla contra objetivos militares rusos. Su aislamiento llevó a Masjadov, quien siempre osciló entre alejarse y acercarse a los islamitas, a seguir la segunda vía y a implementar, desde el verano boreal de 2002, un protocolo islamizado: el Majlis al-Shura, comando checheno centralizado, a la cabeza del cual ha nombrado a Chamil Bassayev. Así han vuelto a gozar del favor oficial viejos jefes islamitas radicales, como Movladi Udugov o Zelimjan Iandarbiev. Por otra parte, el presidente Masjadov, que dice ser más bien laico, comenzó a utilizar desde hace varios meses símbolos islámicos, especialmente en sus intervenciones mediáticas.

Esta tendencia parece bastante generalizada entre los combatientes chechenos (se la vio en la actitud de los que tomaron rehenes) y parece expresar, más que una verdadera radicalización, una actitud exhibicionista. Como piensan que ya no tienen nada que esperar de Occidente, esperan sacar provecho de esta simbología islámica. En el fondo, se trata de un cambio gradual en la representación que tienen de ellos mismos y que reflejan hacia el mundo. Con ésto, evidentemente, corren el riesgo de facilitar la tarea de quienes los presentan como excrecencias de Osama Ben Laden.

La toma de rehenes por un comando checheno en el teatro Dubrovka de Moscú, en octubre de 2002 constituyó un regalo para el gobierno ruso, que siempre había agitado la “amenaza terrorista” chechena, en particular después del 11 de septiembre de 2001. Ésto facilitó la separación definitiva de Masjadov, arrojado por el discurso ruso al campo de Al-Qaeda, y alejó al mismo tiempo cualquier perspectiva de negociaciones políticas con el lado checheno. Al punto que algunos se preguntan sobre las posibles conexiones entre los secuestradores chechenos y los servicios secretos rusos.

La periodista rusa Anna Politkovskaya reveló algo muy perturbador en el semanario Novaya Gazeta2: uno de los miembros del comando, que sigue vivo, antiguo representante de Masjadov en Jordania, trabaja desde entonces… ¡en el servicio de prensa de Putin! Por otro lado, el 17 de abril último fue asesinado por desconocidos Serguei Yushenkov, miembro de la comisión de investigación sobre esos atentados.

De la misma manera, subsisten muchas dudas sobre los atentados de septiembre de 1999 en edificios de departamentos de Moscú y Volgodonsk, atribuidos a la resistencia chechena e invocados por Putin para justificar la reanudación de operaciones militares en Chechenia. Hasta ahora, ningún checheno ha sido reconocido como culpable, mientras que numerosos testimonios cuestionan al FSB. Nadie ignora que, desde 1999, el oligarca ruso Boris Berezovski, exiliado en Londres pero cerca, en ese tiempo, de la familia Yeltsin, financió al jefe de guerra checheno Chamil Bassayev y al islamita Movladi Udugov…

Decidido a rechazar cualquier compromiso, el gobierno ruso sólo tenía “otra vía” posible: imaginar un “proceso político” sin negociaciones con la parte adversaria. Fue con ese propósito que organizó, el 23 de marzo de 2003, un referéndum en Chechenia sobre la adopción de una nueva Constitución –cuyo primer artículo afirma que el territorio de la República es parte integrante de la Federación Rusa– y la realización de elecciones parlamentarias y presidenciales para fines de 2003.

Referéndum antidemocrático

Varios elementos permiten afirmar que este referéndum no se desarrolló de manera democrática. Las calles de Grozny estaban casi desiertas el 23 de marzo. Pegados a las ruinas, flotaban banderines coloreados llamando a participar en el referéndum con fórmulas a veces amenazantes: “El referéndum, nuestra oportunidad de sobrevivir”; “Si quieres ser dueño de tu destino, ve al referéndum” o, incluso, “Más vale una legalidad frágil que una burda ausencia de ley”. Algunas pocas personas se deslizaban furtivamente hacia los centros electorales.

A lo largo de una avenida desolada, con el irrisorio nombre de “Avenida de la Victoria”, algunas decenas de valientes manifestantes mostraban su desacuerdo con la realización de esta consulta, agitando fotos de sus parientes muertos o desaparecidos. Había una atmósfera singular, con una mezcla de tensión, de miedo y de amenazas de un lado, y de relajación en los puestos de control y de una calma aparente por parte de los servicios de seguridad del otro. Un contraste sorprendente entre la euforia anunciada por los medios de comunicación rusos (chechenos alborozados, bailes, música, actividad intensa) y la ciudad vacía, en la que resonaban aquí y allá explosiones y ráfagas de armas automáticas…

En la víspera de la consulta varios civiles fueron víctimas de explosiones de minas o de obuses. El 22 de marzo, el personal de un centro médico de la organización no gubernamental Médicos del Mundo en Grozny, atendió a una joven herida por el estallido de un obús que había caído en el patio de su casa, en un barrio de las afueras de la ciudad. Ese mismo día, el hospital Nº 9 acogió a cuatro personas heridas más o menos gravemente por la explosión de dos vehículos blindados que pisaron minas, una de las cuales murió poco después de su llegada al hospital. Finalmente, en los días anteriores a la votación, varios centros electorales fueron objeto de atentados cometidos por los resistentes chechenos.

La votación se desarrolló entonces con un fondo de guerra que se eterniza. Y Chechenia sigue siendo un territorio de acceso limitado para las ONG y los periodistas independientes. La presencia de numerosos check-points divide las rutas en zonas, dificultando los desplazamientos. De hecho, en tres años de guerra, la gente aprendió a tener miedo de moverse, a pesar de que el 23 de marzo era evidente que se había dado a los militares la orden de “aflojar” los controles. Y sin embargo, los ómnibus circulaban vacíos, ya que la gente prefirió encerrarse en sus casas.

Un último indicador de manipulación: las presiones ejercidas para incitar a los electores a ir a votar, las amenazas de represalias colectivas en caso de escasa asistencia a los centros electorales y las intimidaciones individuales combinadas con promesas de todo tipo. ¿Quién osará hablar de libertad de expresión en esta situación de peligro, de puertas cerradas, de presiones y de amenazas?

Sin embargo, ello no impidió a las autoridades rusas regocijarse públicamente, desde la mañana del comicio, por la afluencia masiva hacia los centros electorales. Las cifras oficiales, anunciadas esa misma noche, mostraban una tasa de participación de alrededor del 85% y un plebiscito favorable a la nueva Constitución (96% de los votos).

Pero estas cifras contradicen la realidad. En Grozny, el miedo de la población dejó casi desiertas las calles y los centros electorales. Se pudieron constatar gruesas irregularidades, como las que manifiesta “K”, miembro de una comisión electoral en un centro del barrio Staropromyslovski: “Me indicaron quedarme sentada en mi lugar y no hablar con nadie. Como no tenía otra cosa que hacer, conté las personas que venían a votar. A las 15 horas, había contado 243 votantes. Sin embargo, la comisión del centro declaraba a la comisión central electoral que a las 11 ya habían votado 1.457 personas. Después de las 15 sólo votó una veintena de personas, pero hacia el final de la jornada, la comisión dio la cifra de 2.185 votantes para ese centro. Hubo personas que votaron varias veces, y he visto a algunos llegar con una pila de documentos de identidad y votar por 15 ó 20 personas. De todas maneras, las boletas marcadas con ‘sí’ habían sido preparadas por adelantado”.

Las ONG chechenas e internacionales estiman en alrededor del 30% la participación en esta consulta. Pero, más allá de este burdo fraude, la negación de la voluntad popular en un proceso presentado como democrático fue vivida por muchos chechenos como una humillación, incluso como un acto de guerra. ¿Su propósito? Quebrar definitivamente a la población.

Igualmente indecentes parecen las declaraciones oficiales rusas. Al día siguiente del referéndum el presidente ruso Vladimir Putin se felicitó por la masiva participación, declarando que los chechenos habían expresado de manera evidente su deseo de permanecer en el seno de la Federación Rusa y que el problema de la integridad territorial de Rusia estaba definitivamente solucionado. En la visión del dueño del Kremlin, esta consulta también autorizaba a poner oficialmente fin a la presidencia de Aslan Masjadov: “Todos aquellos que todavía no han depuesto las armas –afirmó– pelean ahora por falsos ideales, y también contra su propio pueblo”3.

En realidad, la “solución” de Putin consiste en negar la soberanía popular en todos los niveles. Se niega a dejar que la población se exprese democráticamente y a dialogar con sus representantes electos. En la imagen que ofrece a la opinión rusa, el Presidente pretende ser al mismo tiempo el defensor de los intereses coloniales de Rusia en el Cáucaso y el promotor de una “solución política” del conflicto, sin por eso aceptar negociar con quienes denomina “terroristas”. De hecho, nunca quiso darle curso a los diferentes planes de paz propuestos por los ministros en el exilio de Aslan Masjadov, que proponían implementar en Chechenia una administración bajo un mandato internacional transitorio.

El referéndum del 23 de marzo se inscribe así en una evolución que está en curso desde hace varios meses. Con la instalación del “gobierno” checheno pro-ruso y la multiplicación de declaraciones que van en el sentido de una “normalización”, coexisten en Chechenia dos mundos: por un lado una real situación de guerra, con el ejército de ocupación respondiendo a las acciones de la guerrilla contra objetivos militares con represalias masivas hacia la población civil; por otro, un discurso oficial ruso aparentemente surrealista, pero que también termina por instalarse en la vida cotidiana chechena.

¿Tomará cuerpo esta anunciada normalización? Es difícil decirlo. En todo caso, las autoridades rusas conciben el referéndum como una etapa de un cambio en la situación local. Así, la dirección de las operaciones en Chechenia, confiada en enero de 2001 al FSB, será transferida al Ministerio del Interior, según lo anunciado el 21 de abril pasado por el viceministro del Interior Viacheslav Tijomirov. Sin duda, esta decisión refleja una voluntad de “chechenizar” el conflicto, separando poco a poco al ejército federal de las operaciones, para reemplazarlo por la policía local, en una continuidad de lo que ocurre hace ya varios meses.

El riesgo sería entonces una descomposición de la situación, con una criminalización de los grupos armados que representan al poder checheno por un lado, y acciones esporádicas de una resistencia tal vez desorganizada y que va perdiendo recursos, pero en la que algunos grupos siguen activos, por otro; todo esto sobre un fondo de “normalización” aparente.

Esta estrategia apuesta evidentemente al silencio de la comunidad internacional, que nunca ha convocado a ninguna reunión, ni de conciliación, ni de negociación. Es cierto que la comunidad internacional observa la realidad de Chechenia por medio de diversas misiones, pero no actúa en el plano político y diplomático. La OSCE abandonó el terreno en marzo de 2003, a pedido de las autoridades rusas. La ONU no ejerce allí ningún poder de coerción y sus agencias presentes (el Alto Comisariado para los Refugiados, el Programa Alimentario Mundial y la Organización Mundial de la Salud) se limitan a una actividad humanitaria. Por segundo año consecutivo, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU ha rechazado, durante su 59º sesión, en abril de 2003, adoptar una resolución condenatoria de Rusia por los crímenes cometidos en Chechenia.

En cuanto a la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, después de reprimendas muy corteses (Rusia fue privada de su derecho de voto desde abril de 2000 a enero de 2001), se ha callado durante dos años. Ahora, durante su última sesión, adoptó una resolución exigiendo la creación de un tribunal penal internacional para los crímenes cometidos en Chechenia. Una decisión simbólica, ya que la creación de tal tribunal sólo puede iniciarse por el Consejo de Seguridad de la ONU, en el cual Rusia tiene un lugar y está dotado del derecho de veto.

¿Para cuándo puede esperarse esta comisión internacional de investigación independiente, solicitada con su voto por algunos parlamentarios europeos? Con ese instrumento, la comunidad internacional podrá al menos exigir a las autoridades rusas que luchen realmente contra la impunidad de que gozan los responsables de crímenes contra la población civil, primera víctima de este conflicto.

  1. Vicken Cheterian, “La Russie s’enlise en Tchétchénie, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2002.
  2. 28-4-03.
  3. Declaración de Putin e el 24 de marzo de 2003.

Doce años de conflicto

-1-11-1991.

Declaración de independencia de Chechenia.

-11-12-1994.

Intervención de las tropas rusas y primera guerra.

-31-8-1996.

El acuerdo de Khassaviurt entre Alexandre Lebed, en ese momento jefe del Consejo de Seguridad ruso, y Aslan Masjadov, jefe de los independentistas chechenos, pone fin a la guerra.

-27-1-1997.

Masjadov accede a la presidencia después de las primeras elecciones libres, bajo la vigilancia de observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).

-7-8-1999.

Raid sobre Daguestán conducido por el jefe islamita checheno Chamil Bassayev.

-25-8-1999.

La aviación militar rusa bombardea posiciones islamitas en Daguestán y en poblados chechenos situados cerca de la frontera.

-1-10-1999.

Soldados y tanques rusos entran en el norte de Chechenia.

-17 al 19-11-1999.

Durante la reunión de la OSCE en Estambul, los países occidentales acentuán sus críticas contra la ofensiva militar rusa.

-28-3-2000.

Elección de Vladimir Putin, en primera vuelta, para la presidencia de la Federación Rusa.

Abril de 2000. Moscú anuncia el fin de las operaciones militares en Chechenia, pero se multiplican los atentados contra el ejército ruso.

Junio de 2000. El nuevo presidente ruso Vladimir Putin coloca a Chechenia “bajo la administración presidencial directa”.

-7-4-2001.

Primera manifestación contra la guerra en la capital chechena: más de 2.000 personas exigen negociaciones con el presidente independentista Masjadov y la liberación de los civiles detenidos.

-23 al 26-10-2002.

Un comando checheno toma como rehenes a 700 espectadores dentro del teatro Dubrovka de Moscú. El asalto de las fuerzas especiales termina con 155 muertos rusos, más la casi totalidad de los chechenos.

-22-11-2002.

En ocasión de una cumbre informal, el presidente George W. Bush y su homólogo ruso zanjan sus divergencias sobre Chechenia en nombre de la alianza contra el terrorismo.

-23-3-2003.

Referéndum sobre la nueva Constitución, para confirmar la pertenencia de Chechenia a la Federación Rusa; oficialmente, votó el 85% de los chechenos y el 96% lo hizo por el sí.


Autor/es Gwenn Roche
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 48 - Junio 2003
Páginas:26,28
Traducción Lucía Vera
Temas Justicia Internacional, Estado (Política), Políticas Locales
Países Rusia