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Una operación de política interna

A pesar de su ferocidad, el conflicto checheno se asemeja a una guerra eterna. El gobierno se niega a toda posibilidad de negociación y criminaliza a aquellos que exhortan a un cese del fuego y una solución pacífica. El autor señala los intereses internos rusos que favorecen la continuidad del enfrentamiento.

En vísperas de la segunda intervención rusa, en 1999, el general Alexandre Mikhaïlov, en otro tiempo portavoz del efímero primer ministro ruso Sergueï Stepachine, no dudó en declarar por televisión: “Si arrasamos Chechenia en un mes, Occidente ni siquiera se dará cuenta”. Palabras ciertamente cínicas, pero exactas. Salvo en un punto: hace ya cuatro años que las tropas rusas se dedican a arrasar la pequeña república mártir.

Es cierto que muchos defensores de los Derechos Humanos y algunas personalidades exigen, tanto en Rusia como en Occidente, que se ponga término a esta tragedia sangrienta. Desgraciadamente, esas voces son demasiado débiles para imponer la paz. En cuanto a los dirigentes extranjeros, consideran el conflicto desde el exclusivo punto de vista de sus intereses que, por lo general, no coinciden con los principios y valores humanistas universalmente declarados. Por lo tanto, alientan la arbitrariedad rusa en Chechenia.

Pero eso no es lo esencial. Sin remontarnos a los orígenes históricos de la inestabilidad en la región, hay que comprender por qué los actores se empeñan en eternizar el conflicto. Paradójicamente, las autoridades rusas califican de bandidos y terroristas a los mismos que los exhortan a cesar el fuego y a negociar una solución pacífica. En nombre del “orden constitucional” pisotean las normas del derecho ruso e internacional, autorizando al ejército a llevar a cabo operaciones terroristas contra la población.

Lo que no es para nada sorprendente, porque Rusia ha emprendido desde hace años una recolonización del territorio checheno, verdadero objetivo de esta guerra mediática, psicológica, económica, técnica y militar contra el conjunto de los habitantes. Una estrategia inspirada en la cultura política de la elite y de los funcionarios, que sigue siendo la misma del siglo XIX y de comienzos del XX. Políticos y militares se jactan públicamente de su experiencia de lucha contra los pueblos de Asia Central, de los países bálticos, de Ucrania y también del Cáucaso. Sin embargo, es dudoso que las recetas del pasado puedan resolver el problema checheno. La tradición caucásica exige la búsqueda, con ayuda de mediadores, de compromisos basados en concesiones recíprocas. Este enfoque corresponde a las tendencias democráticas modernas pero no, visiblemente, a las ambiciones imperiales…

Pero el ejército también perpetúa la guerra para garantizar sus propios recursos. Gracias a las ofensivas lanzadas en el otoño de 1999, el presupuesto del Ministerio de Defensa fue financiado en un 100%, por primera vez en diez años. En el 2000 gozó incluso de una extensión de 60.000 millones de rubros (2.620 millones de dólares), asignados a la prosecución de esta guerra de exterminio que, en total, le ha costado a Moscú más de 40.000 millones de dólares. Pero el beneficio individual también motiva a los militares, que participan en Chechenia, por ejemplo, del tráfico del petróleo y de las maderas de gran calidad. En resumen, el conflicto está “privatizado” por los soldados y las fuerzas de represión, que no dejarán voluntariamente su botín.

La inestabilidad en el sur de Rusia también beneficia a la oligarquía, que de esta manera ha podido mantener a distancia del reparto de la torta a una parte de los militares: fue sobre fondo de conflicto, en 1994-1996, cuando se llevó a cabo la primera gran redistribución de los activos del Estado; se produjo otra durante la segunda guerra. Ricos y burócratas cuentan con el conflicto, en caso de que empeore el clima social, para desviar el conflicto social hacia las relaciones entre las etnias y justificar un estado de urgencia a escala nacional.

Gracias a Chechenia, un discreto funcionario federal, Vladimir Putin, llegó a ser el número uno de Rusia. Pero, aunque cerca del 70% de los rusos apoyaron la guerra en 1999-2000, ahora más del 60% desea que haya negociaciones. No se trata tanto de un arranque humanista como de una reacción ante lo absurdo del conflicto. Y, sin embargo, el Kremlin seguramente no pondrá en discusión sus decisiones: la inestabilidad en la región acompañará el segundo mandato del presidente Vladimir Putin, aun cuando la campaña electoral puede llevarlo a decir que tratará de ”normalizar” la situación.

Todos estos factores cuentan más que el temor de los dirigentes rusos a que la Federación siga la misma suerte de la Unión Soviética. Por otra parte, los presidentes Djokhar Doudaev y Aslan Masjadov no exigían una independencia completa para su República, sino que pedían autonomía interna y algunas relaciones políticas exteriores, dentro de los límites de las fronteras rusas. Según las encuestas, la propia opinión chechena estaba dividida entre los partidarios de una igualdad jurídica con los demás miembros de la Federación Rusa, los que defienden el máximo de independencia posible dentro de la Federación y, finalmente, los militantes de la independencia total. Esto indica que había materia para negociar, pero no ciertamente para desencadenar una guerra…

Predominio militar-policial

Analistas y expertos saben muy bien que las causas de un eventual estallido de Rusia tienen sus raíces en la situación socioeconómica y en la división territorial y demográfica entre Occidente y Oriente. Esto no tiene nada que ver con los desafíos del proceso checheno, donde se mezclan la elección del régimen político, así como la organización social y estatal de la Federación Rusa, con las perspectivas de evolución de sus instituciones, de la libertad de expresión de la voluntad popular y de las comunidades étnicas y sociales. En este contexto, la guerra favorece la militarización de la elite y de su gestión de la sociedad, que actúa como un freno a la democratización. Y lo que vale para la sociedad rusa vale, con más razón, para la sociedad chechena.

El conflicto ayuda a las fuerzas que están en el poder a superar las crisis de la transición, funcionando como una suerte de válvula de seguridad por medio de la cual la sociedad enferma se desprende de su energía negativa, al mismo tiempo que contribuye a una acumulación no controlada de capitales ilegales. Los escasos fragmentos de información que se dan cotidianamente sobre las operaciones militares y las acciones denominadas terroristas no permiten descifrar lo esencial, es decir, el enredo entre los intereses rusos y chechenos, nacionales y comunitarios, y también los de los ministerios, los grupos influyentes y los individuos. Son otros tantos elementos que se superponen a la contradicción entre el centro y las regiones, en el enfrentamiento histórico del Estado ruso con el pueblo checheno.

En este momento, lo que prevalece en Chechenia es el componente militar-policial del poder. La administración designada por las autoridades centrales no es más que un instrumento de la voluntad federal. Las instancias dirigentes de la resistencia están en la clandestinidad. Hay guarniciones militares que controlan todas las localidades. Pero, tanto de día como de noche, nadie se siente seguro: ni los militares, ni los funcionarios, ni los combatientes chechenos, ni la población.

La resistencia chechena no conseguirá vencer al dispositivo militar ruso. Trata, sobre todo, de preservar sus fuerzas mostrando su voluntad de una solución pacífica. Moscú, a falta de una victoria rápida, apuesta al agotamiento demográfico y material de la Resistencia, una garantía para sofocar el conflicto. Las autoridades rusas despliegan grandes esfuerzos para “chechenizar” el conflicto, es decir, hacer de cuenta que éste enfrenta a los chechenos entre sí. Pero resulta curioso que, simultáneamente, haya maniobras dirigidas a dividir a la elite chechena pro-rusa.

Algunos observadores hablan de una tentativa cuyo objeto sería diferir el problema hacia las generaciones futuras. Pero eso no evitará que Moscú deba mantener en Chechenia un dispositivo de seguridad para proteger y salvaguardar a los órganos de poder leales a Rusia. Aunque se aplaste a la resistencia chechena, no por eso el conflicto quedará solucionado. Y, finalmente, la “pacificación” fracasará ante el sentimiento de rechazo que, tanto en la actual generación chechena como en las siguientes, es alimentado por la muerte de 150.000 a 200.000 inocentes, sin olvidar la humillación cotidiana de la dignidad de todo un pueblo.

Una verdadera estabilización supone una reflexión sobre los orígenes y la evolución del conflicto, que tenga en cuenta las relaciones de fuerza, así como las diversas sensibilidades en el seno de la sociedad chechena. También exige la búsqueda de vías de normalización de las relaciones entre rusos y chechenos, aceptables para ambas partes. El único camino que puede llevar a detener esta tragedia es el de las negociaciones de paz entre los beligerantes.

Autor/es Musa Yusupov
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 48 - Junio 2003
Páginas:26,27
Traducción Lucía Vera
Temas Conflictos Armados
Países Rusia