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Recuadros:

Ley islámica y política en Nigeria

El reelecto presidente de Nigeria, Olusegun Obasanjo, enfrenta un mandato díficil. La ley islámica continúa extendiéndose por el norte del país, atizando las tensiones interconfesionales y ocultando el mayor de los problemas: el subesarrollo. Tras suscitar grandes esperanzas en la población, la adopción de la charia (la ley islámica) tarda en provocar los cambios prometidos, mientras desvela la relación entre poder y religión. Mosaico pleno de riquezas, atrasado y complejo, Nigeria causa dificultades del mundo occidental -en particular de sus medios de comunicación- para comprender a un país multiconfesional de 129 millones de habitantes.

Investido el 29 de mayo pasado como presidente de Nigeria, Olusegun Obasanjo no tendrá tiempo para gozar de su reelección. Entre los desafíos que enfrenta esta federación de 36 Estados, el de la sharia –la ley islámica– amenaza con pesar de inmediato sobre el futuro de la frágil democracia anglófona de África Occidental. En efecto, dos nuevos Estados federados podrían unirse próximamente a los doce que, en el norte del país, promulgaron la justicia divina desde 1999, año en que los militares dejaron el poder1. Esta adhesión amenaza con atizar las tensiones interconfesionales, ya vivas en el país más poblado de África, que llamó la atención del mundo entero en la primavera boreal de 2000 debido a la suerte corrida por Safya Husseini2.

Sin embargo, en los Estados ya regulados por la sharia, en la cual la población depositó toda su esperanza de ver mejorar una desastrosa situación social, las señales tangibles de cambio tardan en llegar. Kano, tercera ciudad del país y capital económica del Norte, se está convirtiéndo en la “shariapolis” de la Nigeria musulmana, la ciudad símbolo de las esperanzas locas suscitadas por la ley islámica, de sus contradicciones y también de su instrumentación política.

“Gracias a Dios, estamos en democracia y el pueblo tiene finalmente derecho a ser libre. La ley islámica es nuestra elección. Para más justicia y bienestar económico”. De esta manera nos hablaban algunos estudiantes de la Bayero University acerca de las desproporcionadas esperanzas que esta medida provocaba, en noviembre de 2000, a pocas semanas de la instauración oficial de la sharia en Kano. A partir de diciembre de 1999 y de la “primicia política”3 del gobernador del Estado de Zamfara, Ahmed Sani Yerima, opositor del presidente Obasanjo, la ley islámica se extendió como mancha de aceite por el norte del país. Presionado por la muchedumbre encolerizada, Rabiu Musa Kwankwazo, gobernador de Kano y miembro del partido en el poder, el People’s Democratic Party (PDP), resolvió el 21 de junio de 2000 anunciar la adhesión de la ciudad y de su Estado a la sharia.

Capital del subdesarrollo

La ley islámica es percibida como la solución a todos los males e incluso como la herramienta para lograr un mayor bienestar económico. “En Aso Rock, en el palacio presidencial de Abuja, se nos llama los líderes del mañana. ¿Pero qué hacen para mejorar nuestra cotidianeidad? Si buscan el poder, es en primer lugar para confiscar la riqueza petrolífera del país. La sharia va a cambiar todo eso”, resumen jóvenes estudiantes. En efecto, aunque la matrícula de los autos locales indiquen “Centre of commerce” y su Kurmi Market sea el mercado más antiguo de África Occidental, Kano es la metrópolis más subdesarrollada del país. Más del 65% de sus habitantes sobrevive con menos de un dólar diario. Lejos del barrio de los bancos, cuyo sorprendente dinamismo se explica según muchos habitantes gracias al dinero sucio inyectado por el difunto dictador Sani Abacha4 –natural de Kano–, aparece una sucesión de guetos miserables privados de agua y electricidad, sujetos a las exacciones de los yandabas (rateros, en hausa)5.

A la sombra de las enormes residencias alumbradas a giorno de la oligarquía político-especuladora, las epidemias de cólera y de tifoidea surgen regularmente de las zonas pantanosas, despedazando los barrios populares. Dado que desde fines de 1999 los surtidores se vieron privados de combustible –una de las más espectaculares paradojas del sexto productor mundial de petróleo–, Kano se abastece en un mercado negro que controla la misma camarilla compradore. Uno de cada dos habitantes no tiene empleo estable y, cuando encuentra trabajo en una de las fábricas agroalimentarias o químicas de la ciudad, en su mayoría a nombre de testaferros de origen libanés, el lumpen proletario hausa –esclavos a voluntad– recibe menos de 350 nairas diarios (2,3 dólares). En resumen, como explica un estudiante de la universidad federal, “¡Si Karl Marx naciera de nuevo, escribiría El Capital inspirándose en Nigeria del norte!”. Sin embargo, el Estado de Kano –el más poblado de los 36 Estados nigerianos después de Lagos, donde viven más de 8 millones y medio de personas, de los cuales 3 millones residen en la ciudad misma de Kano– recibe cada año decenas de miles de millones de nairas de fondos federales… ¿Entonces? Entonces “¡Welcome sharia!”.

La ola de entusiasmo por la ley islámica no abarca sólo a los musulmanes; alcanza incluso a los cristianos de Sabon Gari, el enclave tradicionalmente reservado a las etnias no originarias de Kano, cuya vida nocturna no tiene nada que envidiar a los barrios calientes de Lagos. Frente a esta mezcla de excitación e inmovilismo político, Yusuf Ozi Usman, periodista musulmán de etnia ebri que desde hace 20 años vive en Kano, es uno de los pocos que expresa un matiz. “Si bien el Corán es el mismo en todas partes, aquí política y sharia son como dos hermanos siameses”. Para este partidario de la sharia, “no es por integrismo ni por acceso de fiebre moral que el gobernador Kwankwazo se decidió a promulgar la ley islámica, sino por puras razones electorales. Pienso que los tribunales islámicos nunca inquietarán a los powerbroker (barones políticos) y a los moneymaker (barones comerciales) de esta ciudad. Es el pueblo el que va a pagar. No los corruptos o los que malversan el dinero público”.

En febrero de 2003, Año dos de la sharia, la atmósfera de Kano, cargada de una tensión difusa, cambió sensiblemente. Las cálidas noches de Sabon Gari ya no son las mismas. Si bien los clientes pueden seguir consumiendo alcohol, un tácito toque de queda vacía los bares pasadas las 22 horas y apaga los generadores eléctricos. No obstante, en la clandestinidad y la oscuridad, Kano sigue siendo fiel a su reputación de mayor consumidora de cerveza de la federación. Igualmente en la línea de mira de la ley islámica, la prostitución tampoco desapareció. Ahora se practica en la trastienda de los salones y en las callejuelas de los burdeles, lejos de la calle, incluso en Abedi Road, destacada zona de abordaje para los musulmanes. Se está muy lejos de los clichés de la prensa occidental que circulan a propósito del talibanland nigeriano (ver recuadro). Muy lejos también de las promesas hechas por las autoridades.

En Abeokuta Road, el dueño igbo de un bar reconoce sin embargo que “tiene miedo al desconocido”, en particular después de las manifestaciones del 13 de octubre de 2001. Organizadas contra los bombardeos estadounidenses en Afganistán, terminaron en una sublevación que provocó un centenar de muertos, en su mayoría cristianos, a las puertas de Sabon Gari. Es la más violenta reacción popular vinculada al post-11 de septiembre de 2001 que haya conocido el planeta. Para algunos periodistas, estos sangrientos desbordes serían obra de extremistas musulmanes de la cofradía Atadjit, una pequeña secta fundamentalista que predica “la jihad contra los intereses estadounidenses”. Pero para otros, se trataría más bien de opositores políticos del gobernador Kwankwazo que pretenden “envenenar su mandato” manipulando a los yandabas.

De todas maneras, en esta primavera boreal electoral de 2003 el islam es más que nunca un argumento político. La ciudad, que en 1999 votaba por Obasanjo, en la actualidad es favorable a su opositor, el general retirado Muhamad Buhari, a la cabeza del All Nigeria People’s Party (ANPP). “Porque es un musulmán, porque restablecerá el orden y porque somos marginados por Abuja”, nos explica un joven funcionario.

En cambio, el campo sigue sosteniendo al presidente, candidato a su propia sucesión. “Los campesinos no son influenciables y no están envenenados por el clima político urbano”, explica Aïcha, una francófila responsable de propagar entre las mujeres del medio rural los buenos propósitos del gobierno. “Y más sabiendo que bastan pocas cosas para satisfacerlos: la electricidad, la puesta en marcha de algunos proyectos de canalización” y, según la oposición, algunos centenares de miles de nairas en el bolsillo de los presidentes de los gobiernos locales. El Estado de Kano cuenta con cuarenta y cuatro. “Todos corruptos”, termina por reconocer el jefe tradicional del pueblo de Beibeji. Aquí, resurge el islam medieval. Es la Nigeria del norte de Safiya Husseini. Un mundo de casas de adobe y de mujeres casadas a los 12 años, de conflictos comunales resueltos por medio de batallas entre cazadores y de analfabetismo absoluto. Otra Nigeria, que no esperó la aplicación legal de la sharia para practicarla. “Desde la herencia hasta el divorcio, el islam siempre reguló la vida cotidiana”, prosigue Aïcha.

Privatización de la justicia

Aquí, contrariamente a lo que sucede en la ciudad, no es necesaria la hisbah para velar por el respeto de la ley islámica. En sus uniformes verdes, estos verdaderos milicianos del Corán colonizaron la metrópolis desde la promulgación de la ley islámica. Se los encuentra por todas partes, en garitas que controlan la entrada a los barrios populares. ¿Pero para quiénes actúan? Resulta difícil establecer diferencias entre las tropas a las órdenes del gobierno del Estado de Kano y las que trabajan para el imán de una mezquita de barrio, un jefe tradicional, o incluso un big man (padrino) a sueldo de la oposición. Tal como ocurre con las prácticas de las milicias étnicas que se desarrollan en el país6, la sharia desembocó en una inquietante privatización de la justicia, en este caso en nombre de Dios: “Hoy todo el mundo quiere convertirse en hisbah”, explica el doctor Ameen Al Deen Abubakar, que preside el State Hisbah Commitee, el comité oficial de los hisbah. Y es precisamente allí donde reside el problema. Un poco molesto, el presidente reconoce “que hubo algunos abusos”. Antes de agregar: “Pero ahora la situación mejoró”.

Sani Dan Indo fue víctima de esos abusos. Estrella regional de música kalengu, ese griot hausa –cuyas presentaciones se abonan con espectaculares actos de lluvia de nairas– vio su material destruido por los hisbah cuando actuaba en el Hotel Central el verano pasado. Según estos esbirros islámicos, Dan Indo había cometido el error de desafiar el Corán al subirse a un escenario. “Nunca quise contratar a un abogado –explica– ya que si lo hiciera creerían que asocio música y religión y que no soy un buen creyente”, confiesa el artista. “En todo caso, incluso en los países árabes como Arabia Saudita, nunca escuché que los músicos fueran tan maltratados como aquí. Pero ¿qué es esta sharia? Estoy a favor de la ley islámica. Estos hisbah sólo querían mi dinero”.

Sani Dan Indo vive en Tamburawa, un pueblo situado a unos veinte kilómetros de Kano, en dirección a Zaria. De día, la urbanización se asemeja a todas las que jalonan la ruta que desciende hacia el sur de la federación. De noche, el ambiente roza la esquizofrenia. Camioneros hausa, citadinos que llegan de Kano, grupos de muchachas que vienen a festejar un cumpleaños, noctámbulos en tren de diversión, los juerguistas musulmanes invaden la única calle del pueblo, yendo y viniendo entre los cuatro burdeles/clubes/despachos de bebida que la jalonan. Rap hausa acompañado con bases de hip hop estadounidense y de ragga jamaiquino, cerveza, marihuana, prostitutas y parejas ilegítimas, la juventud de Tambura desafía la sharia. Es una no-go-zone (zona prohibida) para los hisbah. “Al menos, allí los dejan tranquilos”, comenta Sani Dan Indo frente a músicos venidos de Katsina para rendirle homenaje. “Y de todas maneras, esos jóvenes no hacen ningún mal. ¿Por qué deberían ser condenados? ¿No tienen derecho a divertirse? Están en democracia ¿no? Corresponde a Dios juzgar. No a estos hisbah que ni siquiera conocen el Corán”.

Osama África se parece rasgo por rasgo a su modelo saudita. Más negro, obviamente. Osama es un hisbah. Cuando se le pregunta qué es lo que aprecia en Osama Ben Laden, explica en su broken english: “Me gusta porque Estados Unidos quiere matarlo y porque es musulmán”. Junto con sus amigos milicianos, Osama África “quisiera participar en la jihad. Pero necesitaríamos que nos enviaran un avión. Nosotros no podemos hacer nada. No tenemos dinero. Y por otra parte, también pienso que Osama no puede hacer nada por nosotros”. Sin embargo, el 11 de febrero pasado su héroe les dio una gran señal. En un comunicado de audio difundido por la cadena Al Jazzeera, el día mismo del Aïd el Kebir (fiesta del cordero), el jefe de Al-Qaeda citaba por primera vez a Nigeria como uno de los países más preparados para “llevar a cabo la guerra de liberación”. “Una mentira fabricada por la CIA”, consideran diplomáticos occidentales entrevistados en Abuja. Una superchería que, en cualquier caso, calzó justo para acercar el gobierno de Obasanjo, comprometido en el campo de los países africanos que impugnaron la intervención británico-estadounidense en Irak, a la administración Bush. Tanto más, que tras la fachada del combate contra el terrorismo mundial, hay otras explicaciones menos confesables, como el lucrativo petróleo ffshore del Golfo de Guinea7.

Conflictos multiconfesionales

¿Será el peligro “integrista” un medio para ejercer presión? Según un informe oficial estadounidense, Nigeria y Sudán serían los dos países africanos “más preocupantes en cuanto a libertad religiosa”. Y la sharia constituiría, según ese mismo informe, “un desafío para la protección constitucional y para la libertad religiosa”. De cualquier manera, Estados Unidos no precisó su pensamiento después de que el presidente Obasanjo –un born again musulmán– finalmente reconoció el “derecho constitucional de los Estados a promulgar la ley islámica”8. Tampoco mencionó el inquietante fundamentalismo cristiano, destilado por el prolífico sector de las iglesias evangelistas y pentecostales que están extendiéndose por el sur del país. Olvidadas también las decenas de nuevas iglesias que crecieron en el Sabon Gari de Kano desde la instauración de la sharia, donde se predica a veces la “jihad cristiana”.

Por último y más inquietante aun, Estados Unidos, tan predispuesto a defender la causa cristiana nigeriana, no parece estar especialmente preocupado por la suerte de otros creyentes: los musulmanes del Norte, víctimas de una verdadera “sharia a dos velocidades”. “Ayer, uno de mis iniciados fue maltratado por los hisbah. En el Corán se habla de paz y tolerancia. No de violencia”: “buen musulmán” y próximo al Emir de Kano, líder tradicional y guía espiritual de la ciudad, Omar es un “sacerdote” bori, un culto hausa pre-islámico. Si algunos evangelistas born again acosan al juju (vudú de Nigeria del Sur), el bori es, por su parte, víctima de los predicadores daw’a que denuncian a los ulemas pervertidos y reavivan las tensiones intermusulmanas en los barrios pobres9.

Estadounidense o no, la injerencia internacional irrita al apacible gobernador Rabiu Musa Kwankwazo: “Acabo de recibir nuevamente una carta de una asociación alemana que me pide detener las amputaciones en mi Estado. ¡Pero aquí nunca amputamos a nadie! Y de todas maneras, en Kano no es ése el problema. El aspecto penal sólo constituye un 5% de la sharia. Ahora bien, ustedes los occidentales se concentran en esa cuestión y olvidan mientras tanto que nuestra verdadera preocupación es el subdesarrollo. No pueden imaginar en qué estado encontramos a Kano cuando llegamos en 1999”.

No obstante, desde nuestro paso en 2000 (al comienzo de la sharia), Kano parece más bien haberse hundido aun más en la miseria. A causa –o a pesar– de la ley islámica, el sector bancario de la ciudad se habría vaciado de sus capitales e incluso las grandes fortunas hausa habrían retirado sus inversiones para colocarlas en Abuja, la capital federal. Condenado al ostracismo por la prensa nigeriana, diabolizado por las empresas occidentales, abandonado por las agencias internacionales de desarrollo, el mundo hausa quedó atrapado en su sharia. “En cuanto a los sectores de la educación o la salud, la situación es dramática –explica uno de los últimos europeos de la ciudad–. Los médicos cristianos abandonaron la región y cerraron sus clínicas privadas. Y el fin de la escuela mixta, así como el programa de ‘re-indigenización’ de la enseñanza, contribuyeron simplemente a duplicar los problemas”.

El diagnóstico del Sheikh Jaffar Usman también es inapelable: “Pensaba que la sharia se aplicaría estrictamente siguiendo las líneas del Corán y que todo el mundo, tanto los musulmanes como los cristianos de Kano, se beneficiarían finalmente de una justicia equitativa. Apenas el 5% de los ricos de Kano contribuyen al zakat (limosna). ¡Y el pueblo está más pobre que nunca! En realidad, el único dinero que se distribuye aquí es el que sirve para comprar votos”. El Sheikh Jaffar Usman es el creador del Bin Affan Islamic Trust, una de las escuelas islámicas más reputadas de Kano. Cada día 600 alumnos, niños y niñas, de la educación primaria y secundaria, convergen hacia este lugar dominado por un minarete. Lejos de las arcaicas madrazas de la vieja ciudad que envían a sus alumnos, los almadjirai, a pedir limosna en las esquinas, los profesores del Bin Affan Islamic Trust enseñan al mismo tiempo “valores musulmanes y cultura occidental”.

Tras su paso por las aulas de la Universidad islámica de Medina y las de la Universidad Africana de Khartum, el Sheikh Jaffar Usman es, como lo describen sus allegados, un “hermano republicano”. Crítico de las “dictaduras árabes”, este cuadragenario considera que un musulmán “debe dedicar su vida a alimentarse de conocimientos”. Para él, los casos Safiya Husseini y Amina Lawal se deben sin duda a deplorables errores de juicio. En efecto, los alkali pueden muy bien equivocarse, precisa. En cambio, “no se puede acusar a la ley islámica”. Casi tres años después de haber acogido “con alegría” la instauración de la sharia en Kano, el Sheikh está amargado: “Nos engañaron. Pero no durará. Un día, esta sharia se volverá contra los que la promulgaron. La cólera de Dios será terrible. Y el pueblo le pedirá cuentas a los que lo traicionaron”.

En mayo de 2003, para la sorpresa general, y a pesar de los votos comprados, el gobernador Kwankwazo fue finalmente vencido por su rival de la ANPP, Ibrahim Shekarau. Se murmura que de ahora en más Kano va a conocer la “verdadera sharia”. Después de cuatro años de democracia, o más bien de democrazy, como le gusta llamar a su régimen civil con una mezcla de ironía teñida de fatalismo, el pueblo hausa se siente de hecho burlado y robado. Con fondo de fraude electoral, el fracaso en las presidenciales del opositor Muhammudu Buhari no hizo más que confirmar las frustraciones provocadas por esta ley islámica “que castiga a los pobres y privilegia a los ricos”. En síntesis, sólo es una de las señales más inquietantes de la cólera rampante que atormenta al conjunto del país, sin distinción de confesiones. Ahora bien, de este malestar podrían brotar verdaderos integrismos musulmanes o cristianos. En efecto, para una población nigeriana cada vez más pauperizada, la religión es la última tabla a la cual aferrarse. Y qué importa quién la esgrime. La desesperación enceguece.

  1. Joëlle Stolz, “Les multiples fractures du géant nigérian”, Manière de voir, N° 51, “Afriques en renaissance”, París, mayo-junio de 2000.
  2. Esta campesina hausa había sido condenada a lapidación por “adulterio” antes de ser absuelta. Amina Lawal, otra condenada, apeló y volverá a ser juzgada a partir del 3 de junio. El presidente Olusegun Obasanjo prometió que dichas penas no se aplicarían nunca en Nigeria.
  3. M. Last, Politique africaine, Nº 79, París, octubre de 2000.
  4. Último dictador nigeriano cuya brutal muerte, en 1997, permitió organizar las elecciones presidenciales de 1999, de donde surgió el gobierno civil del presidente Olusegun Obasanjo.
  5. La etnia hausa, una de las tres principales del país, donde se cuentan más de 250, está representada principalmente en el Norte. Más de 50 millones de personas hablan su idioma en el hinterland del Sahel. Las otras dos principales etnias son los yoruba (cristianos y musulmanes) del Sudoeste y los igbos (cristianos) del Sudeste.
  6. Citemos entre otros el OPC yoruba que suplanta regularmente a la policía en las calles de Lagos. O los Bakassi Boys igbo cuyas ejecuciones extrajudiciales fueron denunciadas por organizaciones no gubernamentales de defensa de los Derechos Humanos.
  7. J. C. Servant, “Ofensiva sobre el oro negro africano”, Informe-Dipló (www.eldiplo.org), 10-1-03.
  8. BBC, Londres, 18-2-03.
  9. Como en diciembre de 1980, con la sangrienta represión –miles de muertos– de los fieles del profeta Maitatsine. Kano asiste actualmente a un recrudecimiento de este tipo de evangelismo musulmán.

Entre conspiración y ausencia mediática

Servant, Jean Christophe

“Ustedes, los periodistas occidentales, sólo piensan en vender papel. Lo que escribieron sobre nuestra sharia está completamente tergiversado. Juzgan sin comprender el contexto y a veces incluso sin venir in situ”. Desertora del People’s Democratic Party (PDP), actualmente en el People’s Salvation Party (PSP), Leila Buhari, una política reconocida en Kano, está, al igual que toda la sociedad musulmana local, muy enojada con la prensa internacional. “Tejido de mentiras” para unos, e incluso “manipulación cristiana” para los más radicales, el tratamiento occidental reservado a la promulgación de la ley islámica en doce Estados de Nigeria del Norte no hizo más que consolidar la desconfianza del mundo hausa respecto a estos “enviados especiales que vienen a ganar dinero a costa de nuestra desdicha”.

Hay razones objetivas para este arrebato. País difícil de tratar, salido de quince años de dictadura durante los cuales los periodistas occidentales eran persona no grata, Nigeria es una tierra bendita para lo impreciso, lo espectacular, incluso lo descalificable. Sobre todo para una prensa francesa cuyo análisis, forjado en el prisma de los “pequeños países” del África francófona, estalla en pedazos al contacto con esta nación de más de 129 millones de habitantes. Desde Le Point a L’Express, son innumerables los títulos que, con la promulgación de la sharia, cayeron en la trampa “Norte musulmán contra Sur cristiano” olvidando que el Sudoeste yoruba era, en realidad, una zona multiconfesional. Recordemos, asimismo, a esa enviada especial de France 2 que, en el momento más álgido del caso Safiya Husseini, al anunciar una primicia que mostraba imágenes de amputación, olvidó declarar que habían sido extraídas de un video doméstico sobre la sharia, ampliamente disponible en todos los mercados de Nigeria del Norte.

En resumen, tierra de fantasmas, sobre todo desde el 11 de septiembre de 2001, Nigeria sigue siendo difícil de explicar cuando no se residió en ella mucho tiempo. Y aun así. Cuando no es la violencia, son los rumores y las contraverdades los argumentos de los periodistas que recorren el país. En todo caso, detrás de la cólera de los musulmanes nigerianos asoma otro malestar igualmente revelador. “En realidad, nuestro verdadero problema es no tener un verdadero contrapoder nordista”, reconocen los periodistas de The Triumph, el diario gubernamental del Estado de Kano cuya tirada no sobrepasa los 2.000 ejemplares. “A excepción de The Daily Trust y de The New Nigerian –prosigue el equipo dirigente– no tenemos prensa escrita nacional. Es cierto que sufrimos también de analfabetismo, que los diarios son caros y que el Norte es sobre todo aficionado a las informaciones que por onda corta difunden los servicios en hausa de la BBC o de Voice Of América. Pero la consecuencia es que, para seguir la actualidad nigeriana, se leen los medios que se publican mayoritariamente en el Sur, Lagos en primer lugar, y cuyas opiniones y tratamiento reflejan esencialmente el punto de vista cristiano. Y pueden imaginarse –el pasado obliga1– que en su mayoría no nos favorecen y que a veces incluso tienden a transformar la realidad”.

Ejemplo famoso en Kano: el 13 de octubre de 2001, entre los sitios que los sublevados sometieron a pillaje y saqueo, estaba la calle que albergaba las oficinas de los corresponsales de los diarios nacionales de gran tirada. Éstos acusaron a los fundamentalistas musulmanes. Pero los que provocaron los incendios eran igbos venidos de Sabon Gari. Los periodistas cometieron el error de trabajar en oficinas alquiladas a musulmanes hausa… Como lo resume Yusuf Ozi Usman, que fue corresponsal en Kano del diario yoruba The Comet, “es difícil ser objetivo con el Norte cuando trabajas para la prensa del Sur. De hecho, sus dueños tienen sus propios objetivos políticos. Y como aquí todo es político…”.

De cualquier manera es justo saludar el notable trabajo de The New York Times y de la BBC, sin duda en mejores condiciones de difundir información relativamente objetiva sobre este país que desconfía del tratamiento bipolar.

  1. El Norte fue el vivero de los dictadores que amordazaron al país de 1981 a 1997.


Autor/es Jean Christophe Servant
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 48 - Junio 2003
Páginas:29,31
Traducción Teresa Garufi
Temas Derechos Humanos, Estado (Justicia), Islamismo
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