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Un país quebrado y paralizado

La crisis argentina adquiere velocidad. En lo económico, en seis meses se pasó de la ilusión del “blindaje” a la necesidad del “megacanje” (en rigor, una manera de postergar y agravar problemas para un futuro mediato y otro enorme negocio para el sector financiero)1 y a la comprobación de que la producción no sólo no arranca, sino retrocede: -2,7% en el primer trimestre.

En lo social, la multiplicación de piquetes en todo el país preanuncia un invierno conflictivo. Por ahora son sólo los sectores más golpeados por la crisis –desempleados, marginales– quienes reaccionan por desesperación, mientras quienes aún tienen trabajo tascan el freno ante las presiones a la baja de sus salarios y la clase media sigue en el marasmo en que la dejó el estrepitoso fracaso de la Alianza en el gobierno.

No hay ninguna razón para creer que este panorama vaya a mejorar. Es más, con el “empalme” (la canasta de monedas dólar-peso-euro para las exportaciones e importaciones) se ha iniciado el camino de la necesaria devaluación en el estilo clásico de la política argentina: hacer lo contrario de lo que se dice, o negar lo evidente. En estas páginas se ha advertido hasta el cansancio que la devaluación no tiene por qué ser catastrófica; que se puede consensuar, regular y decidir quién debe cargar con los mayores costos2. La vía abierta por el ministro Cavallo augura el peor de los escenarios posibles: que los argentinos despierten una mañana con una devaluación “decidida” por el mercado.

Más allá de esta eventualidad, está claro que el torrente económico y social se precipita por un desfiladero que aumenta su turbulencia. Es que, sencillamente, el modelo no da más de sí. Argentina es un país quebrado y paralizado.

Una vieja historia

Uno de los latiguillos preferidos de los partidarios de la globalización es su inevitabilidad, lo que es cierto. El propio Fidel Castro, no precisamente un neoliberal, afirmó que “oponerse a la globalización es como oponerse a la fuerza de gravedad”. Y es que la cuestión no pasa por allí, sino por qué tipo de globalización asume cada país o región y a qué ritmo. “El acontecimiento más importante en el siglo XIX es la creación de una economía global, que penetró en forma progresiva en los rincones más remotos del mundo, con un tejido cada vez más denso de transacciones económicas, comunicaciones y movimiento de productos, dinero y seres humanos, que vinculaba a los países desarrollados entre sí y con el mundo subdesarrollado (…) Esta globalización de la economía no era nueva …”, afirma el historiador Eric Hobsbawm3. ¿No suena actual esta música, referida no obstante a un período transcurrido hace más de un siglo? Cualquier manual básico de historia económica enseña que esto ha sido siempre así, desde los fenicios al menos, y que aceptar su inevitabilidad y hasta necesidad no significa necesariamente acatar todas sus reglas, porque la globalización no es un fenómeno natural sino humano, es decir impulsado por determinados intereses y en consecuencia pasible de resistencia y negociación.

Lo que tienen en común las globalizaciones es la búsqueda de mercados. “El factor fundamental de la situación económica general era el hecho de que una serie de economías desarrolladas experimentaban de forma simultánea la misma necesidad de encontrar nuevos mercados”, señala Hobsbawm para finales del XIX4. Lo que las diferencia, según las épocas, son las formas: la expansión globalizadora de finales del XIX y comienzos del XX se conoce como la época colonial, es decir, la ocupación efectiva, manu militari, de enormes territorios por los países desarrollados.

Nada de eso es necesario ahora. En tiempos de comunicación satelital y computadoras, el dominio se expresa a través del desarrollo científico y tecnológico, el know how y el poder financiero. Sólo en última instancia mediante el poder militar5. Otro factor diferencial de la actual globalización es su mayor capacidad destructora de empleo, concentración empresaria en grandes conglomerados mediante. Aunque se siga negando la evidencia, en las últimas dos décadas los progresos científicos y tecnológicos aplicados a la producción han roto el clásico esquema capitalista según el cual la tasa de ocupación sigue con relativa fidelidad los ciclos recesión-reactivación. El capitalismo cada vez produce más, más rápido y mejor con menor empleo relativo –en algunos casos absoluto– de mano de obra. Las facilidades de transporte y comunicación hacen a su vez que los asalariados de todo el mundo compitan entre sí por puestos de trabajo cada vez más raros, presionando los salarios a la baja. Las presiones de los países desarrollados para imponer reglas globales a través de la Organización Mundial de Comercio (OMC) responden a la necesidad imperiosa de abrir nuevos mercados en una suerte de fuga hacia adelante que intenta ocultar la contradicción principal del sistema: la fase actual del desarrollo capitalista es destructora de mercados, en la medida en que tiende a eliminar puestos de trabajo y reducir salarios, a suplantar economía productiva por economía especulativa. En efecto, la realidad económica mundial indica que existe una grave crisis de demanda (algunos mercados saturados con crisis de sobreoferta; el resto insolventes) y que en las actuales condiciones ésta no hará más que agravarse.

Una estrategia del sentido común

En cualquier caso, nada nuevo bajo el sol, aunque los propagandistas de la globalización de nuestros días intenten presentarla como un bálsamo benefactor que acabará por impregnar a los países emergentes.

¿Qué pueden hacer éstos entonces? En un esclarecedor trabajo reciente, Jorge Schvarzer6 demuestra que la economía argentina funcionó mucho mejor en su ciclo “cerrado” (1949-1974) que en el actual ciclo “abierto” (hasta 1999), tanto en la evolución del PBI, del PBI per capita y del valor agregado por la industria como en la equidad distributiva. Y esto por cifras concluyentes.

No hay de qué asombrarse. La historia de los países desarrollados, pasada y presente, indica que éstos han privilegiado siempre su mercado interno y su propia producción. “(…) en su período hegemónico en el transcurso del siglo XIX, Gran Bretaña impulsó el libre comercio y la liberación de los mercados (…) Las potencias industriales entonces emergentes, como Estados Unidos, Alemania y Japón, no adhirieron (…) y construyeron sus respectivos capitalismos nacionales, autocentrados en sus propios recursos y mercados, regulando el proceso de apertura al escenario mundial”7. Aún hoy Estados Unidos y Europa subvencionan y/o protegen, de manera abierta o encubierta, su producción agropecuaria y sectores claves de su industria.

No se trata de dar a estos asuntos un cariz ideológico, sino estratégico y, en última instancia, de sentido común. ¿Tiene acaso sentido apostar a vender productos agropecuarios a países que ya los producen en exceso y cuyos desarrollos científicos y tecnológicos auguran una explosión productiva mayor, con o sin subvenciones? ¿Es posible apostar al propio desarrollo industrial mediante exportaciones a países que producen mucho más, mejor y más barato? Salvo unas pocas excepciones, que no justifican fundar en ellas una estrategia de desarrollo, la respuesta es obvia: se trata de una carrera perdida de antemano. La salida debe buscarse entonces en el desarrollo autocentrado, vía mercados internos ampliados mediante acuerdos regionales como el Mercosur (ver pág. 7), lo que a su vez permite una mayor capacidad de negociación ante el mundo desarrollado.

En los últimos 30 años, los países que han apostado a la globalización sin frenos han retrocedido económica, social y políticamente. El número de Países Menos Avanzados (PMA), pasó de 25 a 49, mientras el 80% de los seres que habitan el planeta no disponen de protección social alguna…8. En cuanto a los países ubicados en esa difusa zona intermedia entre el desarrollo y la miseria, que algunos llaman “emergentes” pero que con más propiedad cabría llamar en proceso de inmersión, los índices de Argentina constituyen un buen ejemplo de cómo les va en la globalización.

Especulación vs. producción

Acciones de la justicia como el encarcelamiento del ex presidente Carlos Menem y algunos de sus colaboradores y las investigaciones en curso sobre lavado de dinero, así como la conmoción que está provocando el caso Aerolíneas Argentinas indican que algo está cambiando en la sociedad. Una encuesta reciente indica que el 53% de los argentinos considera negativa la globalización y sólo un 23% que “es algo bueno”9. Los ciudadanos van tomando conciencia de que la dirigencia política en su conjunto –con raras excepciones– es en realidad una cleptocracia ciega y sorda a nada que no sean sus propios intereses y que todo el proceso de privatizaciones de principios de la década pasada no fue más que una trama crapulosa, urdida por un grupo de irresponsables y deshonestos en el gobierno, sobre la que se precipitaron capitales internacionales ávidos de negocios de rápido y alto retorno con el menor riesgo e inversión real (ver págs. 4-5). Este proceso, sumado al de explosión de la deuda externa, ha desmantelado el país y comprometido gravemente su futuro.Aunque emitiendo señales contradictorias, el gobierno actual no hace nada concreto para modificar la situación. Sumido en un marasmo que sólo alteran los gestos espasmódicos de su ministro de Economía, parece resignado a que la crisis eclosione en las próximas elecciones legislativas de octubre. Mientras tanto, se profundizan las diferencias entre el sector productivo y el bancario (a finales de junio, el presidente de la Unión Industrial Argentina, UIA, José Ignacio de Mendiguren, se negó a asistir a la reunión de la Asociación de Bancos Argentinos, ABA), en un marco de inquietantes actuaciones de la policía y gendarmería nacional ante las protestas sociales y el abierto reclamo a “imponer orden” formulado por el presidente de ABA, Eduardo Escasany10. Alarmado ante la posibilidad de que la presión social desemboque en un proyecto político alternativo –que ya se esboza en el crecimiento de multitud de organizaciones políticas y sociales y su eventual confluencia– el establishment torna al habitual reflejo autoritario caro a no pocos políticos, tanto del gobierno como de la oposición. Este pedido explícito de reprimir se inscribe en la necesidad de mantener el modelo a cualquier precio.

Dos proyectos de país, el especulador de “mano dura” y el democrático-productivo, acumulan fuerzas para ofrecerse como alternativa a un sistema agotado.

  1. Claudio Lozano, “Papeles caros por papeles carísimos”, Suplemento Cash, Página 12, Buenos Aires, 24-6-01. También Mario Cafiero, “Megacanje, nada para festejar”, Clarín, Buenos Aires, 11-6-01.
  2. Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno, “Alternativas al neoliberalismo”, Le Monde Diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, julio 2000.
  3. Eric Hobsbawm, La era del imperio 1875-1914, Grijalbo-Mondadori, Barcelona, 1998.
  4. Ibid.
  5. Ignacio Ramonet, “Efectos de la globalización en los países en desarrollo”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, agosto 2000.
  6. Jorge Schvarzer, “Economía argentina: situación y perspectivas”, La Gaceta de Económicas, Nº 11, Buenos Aires, 24-6-01. También A.E. y E. Calcagno, “Un gran país devenido un casino”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, BS. As., marzo 2001.
  7. Aldo Ferrer, “El capitalismo mágico”, Clarín, Buenos Aires, 22-5-01.
  8. Marie-Béatrice Beaudet, “Un souffle nouveau pour la défense des pays du Sud”, Le Monde Economie, París, 15-5-01.
  9. Encuesta Gallup, publicada por La Nación, Buenos Aires, 12-6-01.
  10. “Los banqueros, preocupados por el avance de la violencia”, Clarín, Buenos Aires, 26-6-01.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 25 - Julio 2001
Páginas:3,4
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina