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Preservar la supremacía militarPoco después de su elección, el año pasado, George W. Bush pidió a su secretario de Defensa Donald Rumsfeld que “desafiara el statu quo en el seno del Pentágono” y que preparara “la estrategia (estadounidense) de guerra del siglo XXI”1 cuyas grandes líneas ya se perciben, aun cuando todavía no se conozcan los detalles. La nueva arquitectura de defensa estadounidense descansará sobre tres pilares. Primero, el “americocentrismo”, es decir una doctrina de utilización de las fuerzas que maximiza los intereses nacionales, incluso durante operaciones conjuntas con los aliados. Luego, el dominio mundial, o sea la capacidad de desplegar fuerzas en cualquier lugar, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. Por último, la supremacía perpetua, lo que significa recurrir a la ciencia, a la tecnología y a los recursos económicos para garantizar la superioridad permanente de las fuerzas armadas estadounidenses. Esas ideas, por supuesto, no son totalmente nuevas. Otras administraciones también dieron prioridad a uno u otro de esos pilares. Pero los mismos nunca habían sido articulados con tanta coherencia y tanto fervor. Hasta el punto de que asistimos a un vuelco en el pensamiento estratégico de Estados Unidos. La doctrina militar estadounidense siempre funcionó de manera tal que la utilización de sus fuerzas armadas en el exterior respondiera a intereses de seguridad fundamentales del país. Pero los objetivos estratégicos también pretendían ser más nobles. Ponían énfasis, por ejemplo, en la defensa de la democracia, en la lucha contra el totalitarismo y la preservación de la paz. Si bien esas finalidades no han desaparecido totalmente bajo la presidencia de George W. Bush, ahora se ven estrictamente subordinadas a la prosecución de los intereses nacionales. Considerando que ya no están más confrontados a una amenaza global, los actuales dirigentes estiman que no existe ningún motivo imperioso para someter el interés nacional a algún proyecto de defensa colectivo. “Estados Unidos debe estar presente en el mundo, pero eso no quiere decir que nuestras fuerzas armadas sean la respuesta a todas las situaciones difíciles en política exterior” afirmaba Bush en 1999. En su opinión, el uso de la fuerza sólo se justifica por los “intereses nacionales permanentes”2. En otras palabras, cualquier intervención estadounidense debe servir a sus objetivos clave: asegurar el aprovisionamiento petrolífero del Golfo arábigo-pérsico; garantizar la seguridad de Israel y de Taiwán; reprimir el tráfico de drogas en América Latina, etc. La prioridad otorgada a esos exclusivos intereses nacionales redefine la participación estadounidense en las operaciones multilaterales de mantenimiento de la paz, que Bush considera secundarias: “El despliegue excesivo (de nuestras fuerzas armadas) en operaciones (de mantenimiento de la paz) creó un grave problema en la moral de las tropas”3. En realidad, lo que preocupa a Bush no es tanto la moral de las tropas como el hecho de que esas operaciones no parecen ser útiles a “los intereses nacionales permanentes”. Las prioridades de BushEl vicepresidente Richard Cheney también había afirmado en agosto de 2000, durante la campaña electoral, que “el problema consiste en definir nuestros intereses estratégicos, los que justifican la movilización de recursos y la eventual pérdida de vidas estadounidenses”4. Evidentemente, muchas operaciones de mantenimiento de la paz iniciadas por el ex presidente William Clinton no entran en esa definición. Así es que Estados Unidos está reconsiderando su participación en la fuerza multinacional para Bosnia. Una visión similar motiva la posición de la administración respecto de las armas antimisiles (el proyecto de un sistema antibalístico denominado National Missile Defense, NMD). Si bien el Presidente sugirió en varias oportunidades que el despliegue de tal sistema beneficiaría no sólo a Estados Unidos sino también a sus aliados, actualmente es otra la lógica que se impone. El propio Bush lo indicó al afirmar que “en el siglo próximo la protección de Estados Unidos será una prioridad aun mayor”, lo que en su opinión implica el despliegue “lo antes posible” del sistema NMD5. Si nos atenemos al discurso político, este sistema protegería el territorio nacional contra “Estados ilegales”, es decir, contra países con dirigentes irracionales y dotados de misiles balísticos, como Corea del Norte o Irán. Se trataría simplemente de una reacción prudente y defensiva de Estados Unidos ante el imprevisible comportamiento de los demás. Pero una lectura cuidadosa de las declaraciones oficiales revela que el programa NMD es la pieza clave de una estrategia activa y ofensiva. Al neutralizar los misiles enemigos, su instalación permitiría a un futuro Presidente estadounidense, liberado de la obligación de la disuasión, atacar a los “Estados ilegales” sin correr el riesgo de represalias por parte de misiles balísticos dotados de cabezas nucleares o de otro tipo. Eso no está dicho de manera clara y explícita, pero se deduce especialmente de las declaraciones de Rumsfeld. Según él, en 1991 Estados Unidos posiblemente no hubiera lanzado la operación Tormenta del Desierto contra Irak si hubiera sabido que Saddam Hussein poseía misiles intercontinentales armados con cabezas nucleares. “Si no instalamos sistemas antimisiles, corremos el riesgo de vernos obligados a cambiar nuestro comportamiento y a no defender correctamente nuestros intereses en un eventual enfrentamiento con un Estado ilegal armado de misiles”6. A ese “americocentrismo” se agrega la voluntad de aumentar la capacidad de intervención de Estados Unidos en el mundo. Su estrategia siempre dio prioridad a la capacidad de proyectar sus fuerzas de manera global. Los militares estadounidenses concebían la guerra fría como una lucha global que requería medios para enfrentar a las fuerzas enemigas en todas las regiones del planeta. Pero el teatro principal de operaciones era el continente europeo. Por lo tanto, las fuerzas armadas fueron estructuradas para una guerra terrestre de gran envergadura en las planicies del centro de Europa. Ese conflicto implicaba una gran cantidad de tanques, de artillería pesada, etc. El transporte de esas armas no presentaba problemas por entonces: las bases europeas de Estados Unidos permitían estacionar esos equipos pesados. El fin de la guerra fría obligó a revisar ese esquema. Estados Unidos estima que ya no tendrá que afrontar una guerra masiva y prolongada en Europa central o en otras latitudes. Piensa más bien en tener que desarrollar campañas cortas pero intensas en lugares dispersos del planeta. Como es imposible almacenar armas y efectivos en todos lados (por otra parte pocos países lo aceptarían) se trata ahora de desarrollar medios rápidos de intervención y de transporte a partir de bases situadas en Estados Unidos. Esto tampoco es totalmente nuevo. Pero la mayoría de las armas del Pentágono fueron concebidas y producidas durante la guerra fría, y resultan difíciles de transportar. Durante la guerra de Kosovo se pudo verificar el problema: las fuerzas armadas tuvieron considerables dificultades para hacer llegar sus equipos pesados. Terminado ese conflicto, los estrategas estadounidenses manifestaron una gran preocupación al respecto7. Si el Congreso le otorga los medios, Bush dará prioridad a fuerzas de combate flexibles y de fácil despliegue. Para el ejército eso significa el fin de las grandes unidades blindadas y la creación de cuerpos más pequeños y móviles. Para compensar su reducido tamaño, estarán equipados con municiones guiadas de gran potencia (Precision guided munitions, PGM). En lo que hace a la marina, el Pentágono no se apoyará tanto en las grandes naves de guerra como los portaaviones, sino más bien en “barcos-arsenales” más modestos, más difíciles de detectar y dotados de misiles guiados de todo tipo. Fuerzas “más mortíferas”La aviación militar sufrirá menos cambios dada su movilidad, pero aumentará su capacidad de reaprovisionamiento en vuelo y de transporte de material en largas distancias. En síntesis, y como dijo el presidente Bush el 13 de febrero pasado, el objetivo es hacer las fuerzas terrestres “más livianas y más mortíferas”; las fuerzas aéreas “más aptas para atacar con gran precisión en cualquier lugar del mundo”, y las “fuerzas navales capaces de maximizar nuestras capacidades de acción terrestre”8. Ese esfuerzo implica cambios importantes en el programa de adquisiciones del Pentágono y va a dejar disconformes a algunos intereses industriales establecidos. Por lo tanto habrá resistencia. Sin embargo, la nueva administración está decidida a renovar las fuerzas dándole los medios para luchar y vencer en todos lados, sobre todo en Asia oriental. El tercer componente de esa estrategia es la voluntad de preservar a largo plazo la supremacía militar. Por supuesto que Estados Unidos ya dispone de una enorme superioridad que ninguna potencia podrá cuestionar en las próximas décadas. Pero la actual administración tiene una visión más a largo plazo, y piensa garantizar que Estados Unidos siga siendo indefinidamente la potencia militar dominante. “Uno de nuestros objetivos clave debe ser proyectar la influencia pacífica estadounidense a través del mundo y del tiempo”, declaró Bush en 19999. Y agregó que el país debería en particular “tener una posición de fuerza” para que ninguna potencia o coalición de potencias pueda amenazar la estabilidad, sobre todo en Asia. Es posible encontrar los orígenes de esos preceptos en un informe confidencial del Pentágono titulado Defense Policy Guidance 1992-1994, redactado en 1992 (ver pág. 12). Para preservar esa posición de fuerza Bush piensa aprovechar el potencial científico y técnico del país con el fin de que las armas, ofensivas y defensivas, tengan siempre una generación de adelanto sobre cualquier adversario eventual. En ese aspecto adhiere a los ideólogos denominados de la “Revolución en los asuntos militares” (RMA), favorables a una redefinición de la guerra, centrada en las altas tecnologías: municiones guiadas, satélites y medios de reconocimiento aéreo sofisticados, robotización, armas nucleares de baja potencia, y el famoso sistema antibalístico NMD. Como ya se vio, el paraguas antimisiles NMD tiene la función de permitir a las fuerzas armadas estadounidenses atacar países enemigos en el momento y con los medios de su elección. A nivel regional ello implica, en zonas estratégicas sensibles, el despliegue de sistemas antimisiles de teatro: Theatre Missile Defense (TMD). Sin dudas, el NMD constituye un elemento clave de la estrategia de supremacía permanente. En suma, el plan de la administración Bush tiene inmensas implicaciones para Europa y para todo el mundo. La búsqueda por parte de la Unión Europea de un diálogo entre iguales en el terreno de la seguridad chocará permanentemente con quienes, en Washington, anteponen las prioridades nacionales estadounidenses. Asimismo, todos los esfuerzos destinados a mejorar las relaciones de Estados Unidos con Rusia y China se encontrarán con la desconfianza de estos dos últimos. De manera perfectamente comprensible, ambos temerán ser considerados como potencias de segunda categoría. Por lo tanto, la apuesta de Bush es muy arriesgada. En el pasado, cada vez que una potencia dominante trató de reforzar indefinidamente su supremacía, las potencias en ascenso reaccionaron, derivando siempre la situación en una carrera armamentista o en grandes guerras.
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