Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

De cabeza en la mundialización

La reconstrucción de Beirut es el reflejo urbano de una sociedad esquizofrénica, que en la euforia de la década de 1990 intentó recomponerse de la guerra siguiendo las pautas mundiales de la economía neoliberal: reducción del Estado, privatizaciones, apertura incondicional a las inversiones, aun en detrimento de sus productores agrícolas y sus industriales. Al grave endeudamiento económico se suma ahora la inestabilidad política de la región, conmocionada por el conflicto árabe-israelí.

La restauración del centro de Beirut fue el punto de atracción de la reconstrucción libanesa. Concebida inicialmente bajo la forma de una nueva Manhattan, modelo imaginario de modernidad, luego sufrió las influencias de la especulación inmobiliaria y las resistencias que ésta provocó. Jad Tabet, arquitecto crítico, analiza el proyecto: “Su legitimidad proviene del mito del Fénix, pero en realidad expresa una lógica urbana que busca excluir de la ciudad nueva todo lo que es percibido como desviación o anomalía, para erigir un espacio ideal exento de desorden y confusión”. Será entonces, agrega Tabet, “la traducción espacial de una sociedad normalizada, ordenada, disciplinada, que serviría de asiento a un neoliberalismo desenfrenado”.

Los estigmas de esta “modernidad” se hacen visibles: se acentúan las paradojas de una ciudad que continúa, al igual que el país, buscándose a sí misma. La terminal aérea cumple con las impersonales normas internacionales, pero las pistas disputan las dunas a las viviendas de perpiaño que se fueron aglomerando en la zona suburbana sur en el transcurso de los sucesivos éxodos. Las estrechas calles de los barrios son infernales cuellos de botella para la circulación diurna por las grandes arterias talladas en el cuerpo de la ciudad, en un país que menosprecia los transportes colectivos y que cuenta con un vehículo cada dos habitantes. Centros comerciales con incontables cafés-terraza se ponen de moda a la misma velocidad con que dejan de estarlo, mientras las marcas comerciales intentan entrar al mercado mediante turbios lemas publicitarios: para vender su agua mineral local, Nestlé estima que “¡beber agua pura y de buena calidad se ha convertido en un raro privilegio”!

Un hipermercado –edificado en sociedad con “BHV-Monoprix”– en medio de los opulentos edificios y los hoteles de lujo de una de las entradas sur de la ciudad, refleja la penetración de ciertas paródicas modas de consumo que ubican al automóvil en el centro de la distribución comercial, a imagen y semejanza de los hipermercados de las zonas industriales construidas en las salidas de las autopistas. Esta forma de distribución quiere competir con los comercios zonales de tipo mediterráneo que resisten en los barrios tradicionales. Las construcciones sin pátina, de estilo híbrido, que oscilan entre el neotoscano y el neocolonial, erigen un decorado de cartón piedra en medio de los inmóviles terrenos en obra y las excavaciones arqueológicas. El edificio de la ONU, construido en vidrio y acero, alberga un interminable desfile de eventos de toda índole que procuran reflejar la renovada función de capital regional deseada para la ciudad.

El heterodoxo economista Kamal Hamdan considera que el entusiasmo por un crecimiento ilimitado llevó a los responsables de la reconstrucción “a fijarse objetivos maximalistas, en particular la duplicación del PBI por habitante en diez años, mientras que un informe del gobierno reconoció que a principios de los años ’90, ese indicador era inferior en un 45% al de … 1974”. Ese voluntarismo de los años ’90 dejó como saldo un endeudamiento prodigioso (alrededor de 26.000 millones de dólares en el 2000), cuyos efectos vinieron a agregarse al deterioro estructural de los años de conflicto, agravados por la destrucción deliberada y reiterada de numerosas infraestructuras (centrales eléctricas, rutas, puentes, etc.) por los bombardeos israelíes.

La ilusión de un irreversible “proceso de paz” regional hizo que la resistencia a la ocupación de una parte de la zona sur del Líbano apareciera como la expresión de una de las últimas confrontaciones militares con Israel. El acuerdo firmado en 19961 confinó la confrontación a las zonas ocupadas. En mayo de 2000, en el momento en que las tropas israelíes se retiraron precipitadamente, el optimismo era tal que el presidente del Banco del Líbano afirmó: “Si la paz llega a concretarse, disminuirá el riesgo político para el Líbano. (…) Esto derivaría en una baja de las tasas que beneficiaría al sector público tanto como al privado”. Y agregó: “El sector privado se vería beneficiado entonces por inversiones o propuestas societarias por parte de firmas internacionales que procuran establecerse en el Líbano para entrar en los mercados árabes”2.

Este sentimiento de euforia se nutrió también con el ascenso al poder en Damasco de Bachar El-Assad, en junio de 2000. El discurso del nuevo presidente al asumir el mando se interpretó como el augurio de un principio de apertura en el seno de la sociedad y como el presagio de una mutación de las prácticas –una tutela que rozaba la curaduría– que se habían ido instaurando con el correr de los años en las relaciones con Siria.

Nombrado de nuevo Primer ministro después de su triunfo electoral en 2000, Rafic Hariri se rodeó de consejeros mayormente formados en universidades estadounidenses y pletóricos de ideología neoliberal. Heredero de una situación que él mismo contribuyó a forjar, se vio confrontado a un clima económico cercano al desastre. El impacto de los bloqueos regionales provocó un claro retroceso del crecimiento (apenas un 1% en el 2000, según The Economist), mientras que los intereses de la deuda, contraída con tasas muy elevadas –principalmente en el mercado interno– en los años de “reconstrucción”, subían hasta las nubes. Con 3.900 millones de dólares de déficit en el 2000, es decir, un índice equivalente al 24% del PBI y el 56% del gasto público3, el Líbano se ubicó en el segundo puesto detrás de Zimbabwe.

El primer ministro lanzó un llamado de auxilio internacional; Francia y la Unión Europea respondieron favorablemente comprometiéndose a una ayuda proveniente principalmente del Banco Mundial. Gracias a sus amistades en los países del Golfo, Hariri consiguió algunos depósitos en el Banco del Líbano.

El objetivo declarado es evitar una devaluación catastrófica en un país cuyas clases medias se vieron arrasadas por la polarización de la riqueza, el empobrecimiento y la sangría migratoria durante la guerra y la posguerra. Se trata también de conseguir proveedores de fondos institucionales de las ayudas a largo plazo, a tasas de interés bajas, que permitan saldar los créditos internos cuyas tasas de interés son prohibitivas y de refinanciar la deuda.

La “ineluctable” globalización

La legitimación de las “nuevas políticas económicas” adoptó una forma distinta. La apuesta de Hariri a “la paz regional” de los años ’90 fue reemplazada por la unanimidad en la “necesidad ineluctable de globalización”. Bernard Fattal, directivo de los establecimientos KFF, una de las sociedades más importantes de importación y exportación, resume en una sola fórmula el credo mágico: “Reducción de las obligaciones es igual a crecimiento, crecimiento y reducción del Estado es igual a prosperidad”.

La reafirmación durante la guerra de la preeminencia de las instituciones universitarias privadas, dotadas de importantes medios, en el seno de las cuales la cultura americanizada vuelve a ubicarse en una posición hegemónica, creó un entorno “intelectual” propicio. Las élites, sobre todo en el ámbito de las finanzas y los servicios, “formateadas de aquí en más por la globalización” como señala el sociólogo Jacques Kabbanji, son propensas a ataviarse, por mimetismo, con los oropeles de la “modernidad”. “Moderno es lo que está de moda”, explica en tono humorístico un viejo observador de los estados de ánimo en Beirut, que advierte que el periodista ultraliberal del New York Times Thomas Friedman parece ser una referencia intelectual en muchos círculos de la capital4.

La adhesión a la Organización Mundial del Comercio (OMC) es pues el objetivo principal del ministro de Economía. “La OMC es para nosotros un medio para modernizar nuestro sistema económico y comercial y hacer evolucionar en todos los niveles la legislación sobre el comercio, la inversión y los sectores productivos.” ¿Pero cuáles son los sectores productivos involucrados?

La descuidada agricultura no recibe la atención necesaria. Así, las fértiles mesetas del sur de Líbano quedan libradas a las ONG y al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), las inversiones siguen siendo miserables en ese ámbito. ¿A la espera de la avalancha especulativa? En el marco de la sociedad con la Unión Europea, los acuerdos de libre comercio cuya firma se anuncia para el verano de 2001 no incluirían cláusulas serias de protección para los productores. A título de ejemplo, la producción de aceite de oliva, en su mayor parte de gran calidad organoléptica, una de las especialidades agrícolas del país que compite con las importaciones provenientes de Grecia, Turquía o España, corre el riesgo de perder la contienda.

La reducción de las tarifas aduaneras en el mes de noviembre de 2000 provocó la “satisfacción” regocijada de los importadores y la “inquieta conmoción” de los industriales. El presidente de la Asociación de Industriales, Jacques Sarraf, considera que el potencial económico de la región es un recurso y aboga por “una mayor complementariedad entre los sectores industriales libaneses y sirios, incluyendo la posibilidad de fusionar empresas”. Fady Gemayel, presidente de la Federación de las industrias del papel, sector de punta, recuerda que “la tasa de monetización” –en otros términos, la moneda en circulación sumada a los depósitos bancarios en relación al PNB– de los años de esplendor anteriores a la guerra, “era del 1,3, mientras que en Estados Unidos era tan solo del 0,97” y que “ese flujo financiero no fue a parar a los sectores productivos sino que se colocó en gran parte en el mercado inmobiliario y en operaciones triangulares”. Estas últimas confinaban al país a la condición de intermediario entre los países exportadores y los destinatarios comerciales finales, legitimado por entonces por algunos ideólogos mediante una mítica paternidad “fenicia”. ¿Mediante qué milagro podrían ser hoy distintas las cosas, en un contexto de desregulación desenfrenada?

El gobierno no toma en cuenta estas inquietudes. “La elección de una orientación única e irrevocable (…) en materia de desarrollo, es decir, la liberalización de los intercambios y la apertura de las fronteras”, nos obliga “a entrar en la mundialización como un bloque único”, asestó el ministro de Economía frente al Consejo Árabe de Desarrollo Industrial5.

Mediante la privatización de las empresas públicas o para-públicas (la telefonía fija, la Compañía de Tabacos, la Electricidad del Líbano…), el gobierno espera obtener alrededor de 5.000 millones de dólares que servirían para reducir la deuda y para “reestablecer la confianza de los inversores”. El Primer Ministro asegura “que las inversiones provechosas no se realizan (…) en los países estables y prósperos (…): los precios son muy bajos en el Líbano y el inversor sagaz es el que compra cuando los precios están bajos porque hay una posibilidad de alza y por ende de ganancia”6.

Este “programa económico” viene acompañado por el ahora discurso-tipo normativo, que alimenta la confusión entre la noción ideológica de “Estado mínimo” y la reducción del exceso de efectivos de la administración. Así, el Estado debe “conservar tan sólo sus funciones más estratégicas”, pero su “interacción con la sociedad civil” –que sigue siendo indefinida– debe posibilitar que ésta “asuma sus responsabilidades en la concepción y gestión de las políticas económicas y sociales del país”7.

Esta voluntad “modernizadora” (que concuerda con la permanente quiebra de muchas PYMES) podría toparse de todos modos con ciertos obstáculos. El sistema comunitario, confirmado institucionalmente por los Acuerdos de Taëf8 que pusieron punto final al conflicto interno, es el principal intermediario en la distribución de la riqueza y puede llegar a oponer cierta resistencia. El aparato administrativo absorbió gran parte de las presiones sociales del clientelismo en el seno de las comunidades. La televisión pública, que se volvió ingobernable, es un buen ejemplo de ello. Al confiar las actividades comerciales y del entretenimiento al sector privado para que el Ministerio de Información sea quien dirija los “programas de política” y los informativos, el gobierno puso en evidencia los bloqueos de una sociedad profundamente esquizofrénica. Muchos son también los que expresan su temor de que las privatizaciones se vean simultáneamente afectadas por las leyes desenfrenadas del mercado y las costumbres de apropiación del patrimonio público por parte de los grupos de influencia comunitarios privados. Esta situación interna vino a injertarse en las evoluciones regionales.

El Líbano está atrapado en una tormenta que no puede controlar. El fracaso del proceso de paz, marcado por la intensificación de la tensión palestino-israelí, la elección de Ariel Sharon y el ascenso al poder del republicano George W. Bush en Estados Unidos trastocaron la situación en el Medio Oriente.

La resistencia libanesa, sostenida desde el Estado y que cuenta con el apoyo popular –cuya punta de lanza fue el Hezbollah a partir de los años ’90– sometió a las tropas israelíes y a sus fuerzas suplementarias a operativos mortíferos, cuyo incremento desembocó en mayo de 2000 en la evacuación de la zona sur del Líbano. La ONU se apresuró a definir una zona de demarcación provisoria (la “línea azul”) a la espera de un acuerdo regional global, pero la posición oficial libanesa sostiene que el retiro sigue siendo incompleto, dado que las “granjas de Chebaa”, meseta libanesa ocupada durante la guerra de junio de 1967, después de los combates con el ejército sirio, aún no fueron evacuadas.

Pero la retirada israelí actualizó el debate acerca de la presencia militar siria. Walid Jumblatt, dirigente druso y aliado estratégico de Damasco, haciéndose eco de las declaraciones del patriarca maronita, estimó que la alianza entre ambos países no justifica las ingerencias cotidianas en la vida del país. El asunto tomó el cariz de un psicodrama con el regreso de un lenguaje (“este cristiano”, o “este musulmán”) que insinúa engañosamente ciertos enfrentamientos de la guerra, y con el activismo de antiguas milicias que imaginaron el futuro en la calle en términos de ajustes de cuentas caracterizados por la xenofobia. Pero la polémica se aquietó con la iniciativa del presidente de la República, Emile Lahoud, de promover consultas sobre este asunto y, además, porque esta iniciativa coincidió con un principio de nuevo despliegue de las tropas sirias a mediados de junio y porque la población, profundamente afectada por la crisis económica, espera ante todo una mejora en sus condiciones de vida.

  1. El fracaso de la operación “Viñas de ira”, y la masacre de más de 100 civiles en un territorio de la FINUL, desembocaron en la implementación de mecanismos legitimadores de la resistencia y que sometían los “desbordes” a un comité de vigilancia conjuntamente presidido por oficiales superiores franceses y estadounidenses.
  2. Arabies, París, mayo de 2000.
  3. The Economist Intelligence Unit, Lebanon, Country report, Londres, abril de 2001.
  4. Thomas Franck, “Nuestro futuro según The New York Times”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto 1999.
  5. Cf. la relación de las intervenciones en An-Ahar, Beirut, de los días 10, 11 y 12-5-2001.
  6. Intervención en la reunión anual de inversionistas árabes, 11-6-01.
  7. L’Orient-Le Jour, Beirut, 16-6-01.
  8. Los Acuerdos de Taëf dieron por concluida en 1989 la guerra civil e iniciaron la etapa de la reconciliación nacional.
Autor/es Rudolf El-Kareh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 25 - Julio 2001
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Mundialización (Cultura), Conflictos Armados, Desarrollo, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía
Países Líbano