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El tabú del genocidio armenio en Turquía

En la negativa de sucesivos regímenes turcos a reconocer el crimen cometido contra los armenios confluyen causas de diferente orden, que no obstante requieren ser removidas para afrontar desde una perspectiva democrática la condena al genocidio y la reafirmación de la identidad nacional.

Sería ingenuo considerar el voto del Parlamento francés del 18 de enero de 2001, que reconoce el genocidio de 1915, como el testimonio de una profunda compasión de Francia por los sufrimientos vividos por los armenios en el pasado. En primer lugar convendría que “Francia reconociese por vía legislativa, considerarse culpable de genocidio o de crimen contra la humanidad” en Argelia1. Este argumento se utiliza con mucha frecuencia en Turquía. Sin embargo, cualquiera sea el punto de vista que se adopte ante la decisión del Parlamento francés, no debe convertirse en pretexto para disimular una vez más lo que el partido gubernamental otomano-turco hizo entre 1915 y 1917 contra la población armenia.

Ahora bien, muchos casos indican que la reacción contra Francia trata de ocultar los hechos y no de defenderse de una falsa acusación. Entre los más significativos se cuentan estas encendidas confesiones de un periodista. “Que quede claro para la opinión pública mundial: en el pasado, castigamos a los infames mestizos que, no contentos con aprovecharse de nuestras tierras, atentaron también contra nuestros bienes, contra la vida y contra el honor de los turcos. Sabemos que nuestros padres tenían razón, y si hoy tales amenazas se presentasen de nuevo, haríamos lo necesario sin la menor vacilación”2. Estas opiniones no tienen nada de excepcional, proferidas en un momento de máxima cólera, pero obras con pretensiones científicas contienen expresiones semejantes.

¿Por qué la palabra “genocidio” suscita esta furia? Se trata de una reacción tanto más difícil de entender cuanto que si Turquía quisiera, podría reconocer la existencia de las matanzas declarando al mismo tiempo que su responsabilidad no se ve comprometida. Su fundador, Mustafá Kemal, se pronunció decenas de veces sobre esta cuestión, condenando como infamias las matanzas calificadas y exigiendo el castigo de los culpables. Los dirigentes del partido otomano Ittihad ve Terakki (Unión y Progreso)3 que organizaron las matanzas, fueron juzgados en 1926, aunque esos procesos se refirieran a otros crímenes; en todo caso, varios de ellos fueron ejecutados. A la luz de estos hechos, Turquía habría podido lamentar los crímenes cometidos contra los armenios y explicar que fueron perpetrados por el Estado otomano y no por la República.

La amnesia colectiva que sufre el país es uno de los principales obstáculos para un debate público. Esta pérdida de memoria comúnmente compartida es el resultado de que la conciencia histórica de los turcos haya estado paralizada durante décadas. Los fundadores de la República rompieron literalmente los vínculos que los unían con el pasado. Es cierto que todo Estado-nación, en el momento de su creación, busca raíces históricas para cimentar su legitimidad; si no las encuentra, las inventa. Como subraya Ernest Renan: “El olvido e incluso el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación”4. Los fundadores de la joven República turca aplicaron escrupulosamente esta regla. No obstante, tuvieron que enfrentarse con una dificultad específica: durante la historia otomana, el Islam había ido borrando progresivamente de la memoria colectiva todo lo que recordara la identidad turca. Por consiguiente, las raíces identitarias ausentes se buscaron en el período pre-otomano, borrando de un plumazo seiscientos años de historia.

Mediante una serie de reformas, como la que occidentalizaba los hábitos indumentarios, se intentó hacer desaparecer las huellas de ese pasado que se había hecho indeseable y casi inaccesible para las jóvenes generaciones gracias a la adopción del alfabeto latino desde 1928. De ese modo, la memoria colectiva se vació de una parte importante de su contenido. Fue reemplazada por la historia oficial, escrita por algunos académicos autorizados y convertida en la única referencia reconocida. Imaginemos una sociedad para la cual los acontecimientos anteriores a 1928, así como los escritos de las generaciones de ayer, son otros tantos misterios… La noción de pasado se ha hecho evanescente y los límites de la memoria y de la conciencia histórica reducidos a la vivencia individual de los turcos y a la de su entorno más inmediato. En estas condiciones, ¿cómo esperar que esta sociedad tome la iniciativa de un debate sobre su propia historia?

Sucesión de grandes derrotas

Empero, la ausencia de conciencia histórica aparece como una explicación demasiado general. La principal razón de ese comportamiento debe buscarse en el hecho de que la historia, en gran medida, ha sido la de choques traumáticos sucesivos. Entre 1878 y 1918, los dirigentes turcos otomanos perdieron el 85 % de las tierras y el 75% de la población del Imperio. Los últimos cien años de este imperio pueden resumirse en una desagregación continua: una secuencia de fuertes derrotas militares, entre las que se intercalan unas pocas victorias que desembocaron, bajo la presión de las grandes potencias, en armisticios desfavorables. Este período de guerras ininterrumpidas, que costó la vida a decenas de miles de hombres, se vivió como una época de deshonor y de humillaciones de toda clase.

Aplastada bajo el peso de un pasado glorioso y perdida la propia estima, la elite turca otomana vio en la Primera Guerra Mundial una oportunidad histórica para restablecer la grandeza de antaño y curar el orgullo nacional herido. La ilusión se desvaneció en seguida. En ese contexto de resentimiento y de ceguera, la decisión del genocidio parece haber sido un acto de venganza dirigido contra quienes eran considerados responsables de esta situación: los armenios. Se los convirtió en enemigos de sustitución, en lugar de las grandes potencias y el conjunto de los pueblos cristianos del imperio.

De hecho, los dirigentes otomanos descargaron sobre los armenios cuentas que no pudieron ajustarles a otros. Eso explica la insistencia con la que se quiere presentar a la República como un renacimiento o incluso como un comienzo absoluto. Los cuadros dirigentes no se contentaron con evacuar enérgicamente este período de traumatismo, reescribiendo una historia ajustada a él, remodelando una nueva identidad nacional. Se dotaron también de una armazón destinada a ocultar la memoria y no toleran ninguna iniciativa que pueda afectar a esta amnesia organizada. Se explica así la susceptibilidad manifestada ante todo lo que de cerca o de lejos concierna a la cuestión armenia.

De esta manera, el país se cree curado y provisto de una personalidad enteramente renovada. Pero si la curación es completa, ¿por qué no puede hablarse de eso libremente? De hecho, la sociedad todavía no ha podido construir una identidad purificada del traumatismo antiguo. Y mientras se niegue a hablar del genocidio armenio, tendrá pocas posibilidades de crear ese “otro sí mismo”. El Estado quiere solamente conservar intacta la imagen mítica que la sociedad tiene de sí misma y alimentar el deseo que abriga de vivir en un mundo fantasmagórico.

Justificaciones

La relación entre la fundación de la República y las matanzas contribuyó, entre otras razones, a transformar el genocidio armenio en tabú. Cuadros dirigentes de la República no vacilaron en formular públicamente precisiones a este respecto. Uno de los jefes conocidos del partido Ittihad ve Terakki, Halil Mentese, declaró: “Si no hubiésemos limpiado el este de Anatolia de milicianos armenios que colaboraron con los rusos, no hubiera sido posible la formación de nuestra República nacional”5. Asimismo, durante la primera Asamblea nacional de la República, encontramos discursos sobre el tema: “Para salvar a la patria, asumimos el riesgo de ser tachados de asesinos”. Se ha podido escuchar también: “Como sabéis, la cuestión de la deportación fue un acontecimiento que provocó la reacción del mundo entero y que nos hizo aparecer como asesinos. Antes de emprender esta acción, sabíamos que la cólera y el odio de todo el mundo cristiano se iba a centrar en nosotros. ¿Por qué mezclamos entonces nuestro nombre con el oprobio de una reputación homicida? ¿Por qué emprendimos una causa tan importante como difícil? Solamente porque había que hacer lo necesario para preservar el trono y el futuro de nuestra patria, que para nosotros es más precioso y sagrado que nuestras propias vidas”.

Con el tiempo, esas palabras que afirmaban con cierto coraje que la República se fundó sobre el genocidio, han dado paso a la historia oficial: el anti-imperialismo, así como el amor y el respeto a las tropas de Kuvva-i Milliye (primeras brigadas de resistencia durante la guerra de independencia nacional), se han convertido en los componentes indispensables de la identidad nacional. El espíritu de los Kuvva-i Milliye fue entonces un símbolo constitutivo de la identidad anti-imperialista de toda la joven generación de revolucionarios en Turquía en la década de 1960.

El temor a ver derrumbarse esas certezas es una de las razones más importantes de la negativa turca a debatir la cuestión armenia. El peligro es que estallen los modelos habituales de representaciones utilizadas para explicar Turquía y el mundo. Un debate sobre el genocidio tendría como consecuencia poner de manifiesto que el Estado no es el producto de una lucha esencialmente antiimperialista sino más bien de una guerra emprendida contra las minorías griega y armenia. Asimismo, quedaría al descubierto que una parte nada despreciable de los soldados de Kuvva-i Milliye, que fueron ejemplos de heroísmo, participaron directamente en el genocidio o se enriquecieron saqueando a los armenios.

Incluso antes del final de la primera guerra mundial, ante la perspectiva de una derrota, se elaboraron planes de retirada hacia Anatolia y de organización de una resistencia nacional. Se han aplicado desde 1918. Se fundaron asociaciones que animan el movimiento de resistencia nacional, como Müdafaai Hukuk (Defensa de los Derechos) o Reddi Ilhak (Contra la división), tanto por orden expresa de Talat Pachá, ministro del Interior de 1913 a 1917, como de Enver Pachá, ministro de Defensa durante el mismo período, y del Alto Comisariado6 que ellos dirigían. Esas asociaciones se crearon prioritariamente en las regiones donde era posible una amenaza griega o armenia.

Después del Tratado de Capitulación firmado el 30 de octubre de 1918 con los británicos en Mundros, Grecia, se organizaron los cinco primeros comités de resistencia contra las minorías: tres de ellos contra los armenios y dos contra los griegos. Sus fundadores eran miembros del partido Ittihad ve Terakki, algunos de cuyos cuadros eran investigados por los británicos por haber participado en el genocidio; entre otras misiones, el Alto Comisariado debía sustraerlos a las indagaciones en Anatolia. Esta organización fue el símbolo de la imbricación del genocidio de los armenios y la resistencia de Anatolia.

El otro vínculo procede de la emergencia de una clase de nuevos ricos gracias al genocidio. Fue una de las bases del movimiento nacional. Los notables, que habían prosperado gracias al saqueo, temían que los armenios volvieran para recuperar sus bienes y vengarse. Cosa que se produjo de hecho, por ejemplo, en la región de Cukurova, donde los armenios sobrevivientes volvieron con las fuerzas de ocupación, para recuperar lo que les pertenecía. Es la razón por la que esos notables se acercaron al movimiento de liberación nacional e incluso tomaron la iniciativa de organizarlo ellos mismos, en varios lugares. Algunos de ellos pertenecían al círculo próximo a Mustafá Kemal, como Topal Osmán, que se convertiría en el comandante de su guardia personal. Las medidas de restitución de bienes armenios, decididas el 8 de enero de 1920 por el gobierno de Estambul, fueron anuladas el 14 de septiembre de 1922. El gobierno de Ankara era consciente de la necesidad de garantizar los intereses de quienes habían contribuido a la fundación del Estado nacional.

“Héroes” de la resistencia

Entre los organizadores y los altos responsables de las primeras brigadas de Kuvai Milliye, en las regiones de Mármara, el Egeo y el Mar Negro, destaca la presencia de personas buscadas por su participación en las matanzas: esto constituye el tercer vínculo entre el genocidio armenio y la República. En la organización del movimiento de resistencia, Mustafá Kemal se benefició de hecho de la ayuda activa de miembros del partido Ittihad ve Terakki, buscados por crímenes contra los armenios. Seguidamente fueron encargados de importantes responsabilidades.

Sukru Kaya, por ejemplo, ministro del Interior y secretario general del Partido Republicano del Pueblo (CHP), fundado por Mustafá Kemal fue, durante la “deportación”, director general encargado de la instalación de las poblaciones inmigradas y nómadas. Esta oficina era oficialmente responsable de organizar la deportación. Los cónsules alemanes presentes en la zona recuerdan las palabras, inequívocas, de Sukru Kaya: “Hay que exterminar a la raza armenia”.

Otro personaje, Mustafá Abdülhalik Renda, fue durante las matanzas prefecto primero de Bitlis y luego de Halep. El cónsul alemán Rössler lo describe como alguien “ocupado sin tregua en la destrucción de los armenios”. En su testimonio escrito en 1919, Vehip Pachá, comandante del Tercer Ejército, explica cómo, durante la guerra (después de febrero de 1916), ese mismo Renda mandó quemar vivos a miles de hombres en la región de Mus. Después fue ministro y presidente de la Asamblea Nacional.

Detenido en Malta con el número 2743 por haber organizado directamente las masacres de Diyarbekir, Arif Fevzi fue en 1922-23 ministro delegado para la Organización del Territorio. El prisionero número 2805, Ali Cenani Bey, que se enriqueció con el genocidio, fue ministro de Comercio entre 1924 y 1926. Lo mismo que Trüstü Aras, miembro de la comisión sanitaria encargada de enterrar a los armenios muertos, que a continuación ocupó importantes puestos en Ankara: fue ministro de Asuntos Exteriores entre 1925 y 1928.

En resumen, para llevar a cabo la guerra de independencia nacional, Mustafá Kemal utilizó también a individuos pertenecientes al partido Ittihad ve Terakki perseguidos por crímenes contra la población armenia y griega, así como a notables obligados a la resistencia por temor a la venganza de griegos y armenios. Para todos los miembros investigados del partido Ittihad ve Terakki, y sobre todo para los de la organización especial que cometió directamente las masacres, participar en la guerra de la independencia era una cuestión de supervivencia. Se encontraban frente a una alternativa: rendirse y cumplir fuertes condenas, incluso ser ejecutados, o pasar a la resistencia y organizarla. Un amigo cercano a Mustafá Kemal, Falih Rifki Atay, sintetiza perfectamente la situación: “Cuando al final de la guerra los británicos y sus aliados decidieron pedir cuentas a los responsables del partido Ittihad ve Terakki por la masacre de los armenios, todos los que corrían peligro tomaron las armas y se incorporaron a la resistencia”7.

Este panorama tal vez permita entender mejor la razón por la cual el genocidio de los armenios se convirtió en un tabú. Aceptar que entre los “grandes héroes que salvaron la patria” hubo asesinos y ladrones, sin duda hubiera tenido un efecto destructor. También parece más cómodo el camino de la negación para todos aquellos a quienes espanta cualquier iniciativa que pudiera hacer tambalear las certezas que los turcos tienen sobre la república y la identidad nacional. Sin embargo, existe otra vía: que el país, en nombre de los valores democráticos, tome cierta distancia respecto de su propio pasado.

  1. Dossier “Colonización y tortura”, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, Buenos Aires, junio 2001.
  2. En Akit, Estambul, 12-2-01.
  3. Movimiento juvenil turco fundado en 1908.
  4. Ernest Renan, “Qu’est-ce qu’une nation?”, Discurso en La Sorbona, París, 11-6-1882.
  5. Declaración recogida por el historiador Y. H. Bayur, Türk Inkilabi Tarihi (La historia de la revolución turca), volumen II, capítulo 4.
  6. El Alto Comisariado –Karakol en turco– estaba encargado de organizar la resistencia y de ayudar a huir a los que eran buscados a causa de la masacre de los armenios.
  7. Falih Rifki Atay, Cankaya, del nacimiento de Attatürk hasta su muerte, Estambul, 1980.
Autor/es Taner Akcam
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 25 - Julio 2001
Páginas:18,19
Traducción España Traducción: Le Monde diplomatique
Temas Genocidio
Países Armenia