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Libertad de prensa versus libertad a secas

A fuerza de defender la "libertad de prensa" amenazada en Rusia o en Singapur, ¿no estamos olvidando para qué debe servir esa libertad, una vez conquistada? Timisoara o la guerra del Golfo dieron lugar a una impugnación del funcionamiento del periodismo; se sucedieron coloquios, seminarios, esbozos de códigos deontológicos. Pero todo recomenzó con la locura "Diana", las mentiras de la guerra de Kosovo, el frenesí de "Gran Hermano", sin olvidar la hinchazón publicitaria y el engatusamiento del comprador, que parecen haberse convertido en el principio para la confección de los titulares de portadas.

¿Se trata de una casualidad? El periodismo occidental parece no tener otro término que el de “moral” en su pluma… Exigencia moral requerida a los responsables políticos, proclamación de la moral en el derecho internacional, omnipresencia de intelectuales sin obra, teóricos del “Mal” y profesores de moral en los “debates” mediáticos. “El espectáculo que nos ofrecen los periódicos”, decía hace poco más de un siglo la revista satírica austríaca Die Fackel, “parece ser el de millones de escobas en manos sucias siempre dispuestas a activarse ante la puerta de los demás”1.

“Manos sucias”, o más bien manos que se creen lo suficientemente puras como para manejar el escalpelo. En el pasado mes de junio, la firma Alcatel anunció que iba a cerrar la mayoría de sus fábricas. Inmediatamente, Denis Jeambar se indignó ante la inacción pública: “Los gobiernos viven bajo el imperio de los mercados y de las empresas mundializadas. En resumen, ya no hay Política”2. Pero el autor de esta perspicaz reprimenda es a la vez director de L’Express y presidente del polo de información general de Vivendi Universal Publishing (ex Havas, un grupo que en otro tiempo fue propiedad de Alcatel…)3. ¿Puede el lugarteniente de una de las principales multinacionales del planeta disertar sobre las evoluciones de la actualidad, como si no tuvieran nada que ver con él? ¿Los conglomerados de la comunicación no son también, y cada vez más, “empresas mundializadas” que viven “bajo el imperio de los mercados”? Y en ese caso ¿no convendría de vez en cuando activar las escobas ante sus puertas?4.

Cada día más, el periodismo adula a los poderes que debería controlar. En una cantidad creciente de países, los que poseen los medios de comunicación tienen amarrados al Estado y la política. Los periodistas han proclamado esta transformación como el “fin de la historia” y la apoteosis de la “libertad de prensa”. Pero la victoria en cuestión no representa para ellos más que una etapa en el camino de una dependencia reforzada. Los muros de la censura del Estado que han caído fueron reemplazados por otros, menos visibles. Porque no se necesita imponer presentadores de uniforme, como sucedió en la Polonia de las dictaduras, cuando el verdadero poder dispone de periodistas que, sin cadenas aparentes, hablan la lengua de los uniformes. En nuestros días, las libreas llevan los logotipos de los mercados.

Mientras la rebelión contra la servidumbre a la mercantilización no ha hecho más que comenzar, en la prensa sucede todo lo contrario. Diario de referencia, gran radio pública, televisión privada, el objetivo parece ser pronunciar lo más a menudo posible las palabras “marca” o “producto” para definir lo que hace todavía poco tiempo los periodistas preferían llamar “información”5. Olvidaban, es cierto, que el capitalismo se había expandido con la “libertad de prensa”, que en una economía liberal la “información” iba a servir, en primer lugar, para vender y venderse: al lector, al anunciante, al accionista.

El historiador Patrick Eveno lo recuerda con un entusiasmo tal, que hay que pensar que es sincero: “No queda prácticamente nada del arsenal coercitivo puesto en marcha cuando la Liberación, para controlar a los medios de comunicación. Con excepción de las NMPP (Nouvelles Messageries de la Presse Parisienne), la AFP (Agencia France Presse) y los restos de la antigua ORTF (Office de Radiodiffusion et Télévision Françaises), que tendrán que actualizarse, los medios de comunicación franceses recuperaron su libertad de iniciativa cortando el cordón que los ligaba estrechamente al Estado. La prensa va mejor porque la publicidad afluye, pero también porque existen proyectos, tanto de redacción como comerciales (…) Los medios franceses han entrado en la era de la modernidad capitalista y democrática (…) La única receta válida para preservar la independencia de un periódico es satisfacer, conjuntamente, a los lectores y a los accionistas”6.

Así pues, finalmente sin frenos, la libertad y la independencia seguirían la huella de anunciantes y propietarios. En la mayoría de las redacciones, algunas cuestiones ni siquiera se plantean, a tal punto el uniforme (o la librea) se han convertido en el traje habitual. Desde hace años, por ejemplo, los programas de radio y de televisión están cortados por “pausas” publicitarias, tan ruidosas como invasoras7. A su vez, esos programas se difunden en los cafés, restaurantes, supermercados. Todo eso se lleva a cabo casi naturalmente, sin resistencia. ¿Se imaginan la reacción de los responsables de los medios, los oyentes y los peatones, si cada diez minutos un portavoz del gobierno interviniera en todas las emisiones, es decir también en los cafés, los restaurantes y los supermercados, para leer un comunicado oficial? Se armaría un escándalo; se hablaría de domesticación de las ondas, de dictadura. Y con toda razón. ¿Es menos temible el poder de entrar en los cerebros y en los espíritus cuando se vende al mejor postor, es decir a los más ricos? ¿De ahora en más el derecho del dinero supone la absolución de todas las manipulaciones del espíritu?8.

Decir que los periodistas no se plantean la cuestión sería inexacto: algunos ya han respondido. Hace dos años, en una entrevista concedida al semanario francés L’Evénement, una publicación del grupo Hachette, Alain Genestar, entonces director del Journal du Dimanche (grupo Hachette) y hoy director de Paris Match (grupo Hachette) y cronista habitual de Europe 1 (grupo Hachette), explicaba en estos términos su relación con el propietario: “Desde hace dieciocho años soy periodista de Hachette. Me gusta trabajar con quienes trabajan allí, me entiendo bien con sus dirigentes. En una época en que los grupos internacionales de prensa se desarrollan a una velocidad considerable, deseo a mi grupo un gran poder”9. Nadie puede dudar de que Genestar se felicite también por la libertad conquistada por los periodistas cuando el Estado dejó de “controlar los medios de comunicación”. ¿No es finalmente libre para proclamarse “periodista de Hachette” y aportar la prueba de esto en las publicaciones que dirige?

Alianzas cruzadas

Una “libertad de prensa” tan acomodaticia para los gigantes de la comunicación no molesta demasiado a la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF). Su director, Robert Ménard, admitió: “Para defender a los periodistas en el mundo necesitamos el apoyo consensuado de la profesión, mientras que la reflexión sobre el oficio de periodista se presta, por definición, a la polémica. Por ejemplo, ¿cómo se puede organizar un debate sobre la concentración de los órganos de prensa, y después pedirles a Havas o a Hachette que subvencionen un acontecimiento?”10. Y como “defender a los periodistas” en China o en Chechenia obliga a contar con Hachette o Havas (y también con Berlusconi, Murdoch, Bouygues…), ¿cómo sorprenderse de que entre los “predadores de la libertad de prensa” seleccionados por RSF, y presentados en la Fnac el pasado mes de mayo, no haya figurado ningún nombre susceptible de “subvencionar un acontecimiento”? Especialmente, no el de François Pinault, propietario de la Fnac.

A decir verdad, las alianzas cruzadas han hecho más difícil el cuestionamiento de un patrón de la comunicación, incluso en el caso de un medio que aún no fuera dependiente. Jean-Marie Messier y Rupert Murdoch acaban de asociar sus ofertas de televisión por pago en Italia. Silvio Berlusconi y Rupert Murdoch son, con Pinault y TF1, accionistas de la cadena privada bretona TV Breizh11. Lagardère y Vivendi son socios de Canal Satellite. Hachette, Le Point (grupo Pinault), Le Monde, Le Figaro –con el tiempo tal vez también Libération– son, en una sociedad común, candidatos a la adjudicación de una cadena parisina12.

En este universo de connivencias industriales, donde tropezamos continuamente con los mismos nombres y los mismos intereses de clase, se borra también la distinción entre lo público y lo comercial. En Italia sin duda porque Berlusconi, el hombre más rico del país y el patrón de sus tres cadenas de televisión privadas, acaba de convertirse en primer ministro. Pero no sólo allí. Robert Maxwell acaba de comprar un periódico en Kenia, mientras sigue siendo socio de negocios del presidente Arap Moi, en quien el periódico en cuestión no encuentra más que cualidades; la familia Marinho, que domina los medios de comunicación brasileños, ha dispuesto de un grupo parlamentario informal más poderoso que el de un partido; Francis Bouygues admite haber comprado TF1 para disponer de un poder de influencia, política y cultural. Por otra parte, una persona cercana a él declaró: “Francis sentía el mayor de los desprecios por los políticos y sabía que podía comprarlos. Con una cadena de televisión entiende que ya no tendrá que pedir nada, sino que serán ellos los que vendrán a comer en su mano”13.

Y ¿quién rechaza esa mano? Ni siquiera los contestatarios que encadenan las protestas mediáticas para criticar el “ultraliberalismo”, pero que no mencionan casi nunca a las multinacionales de la comunicación, ni la orientación mercantil que imprimen a la información. Ni los intelectuales que aun cuando desprecian el lugar degradado que les conceden los medios, aceptan acudir a las invitaciones que reciben. Sin embargo, hace cerca de un cuarto de siglo, Gilles Deleuze ya les había advertido sobre la técnica y los peligros del “marketing filosófico”desplegado por Bernard-Henri Lévy y sus amigos: “Es preciso que se hable de un libro y que se le haga decir más de lo que el propio libro tiene o no para decir. En última instancia, es preciso que la multitud de artículos de los periódicos, entrevistas, coloquios, emisiones de radio o de televisión, reemplacen al libro, que podría muy bien no existir en absoluto (…) Los intelectuales y los escritores, incluso los artistas, se ven pues invitados a convertirse en periodistas si quieren actuar conforme a las normas. Es un nuevo tipo de pensamiento, el pensamiento-entrevista, el pensamiento-conversación, el pensamiento instantáneo”14.

Así, la exaltación de la “libertad de prensa” sirve a menudo para enmascarar la tiranía silenciosa que los medios y sus propietarios querrían hacer imperar sobre la vida política y cultural15. Sin embargo, no resulta difícil medir el peligro. En 1996, por ejemplo, el Congreso de Estados Unidos, que acababa de suprimir la ayuda federal a los pobres, atribuyó gratuitamente frecuencias de programas generalmente evaluadas en 70.000 millones de dólares. Viacom, Disney, General Electric (propietarios de las redes CBS, ABC y NBC, respectivamente) fueron los principales beneficiarios de esta decisión. Al expresar su oposición a semejante regalo, el senador John McCain anunció en el debate parlamentario: “Ustedes no escucharán casi hablar de este asunto por radio o televisión, porque eso les concierne directamente”. En efecto, durante los nueve meses que transcurrieron entre la propuesta de ley y su adopción definitiva, las tres principales redes de información sólo dedicaron un total de diecinueve minutos al tema. Ninguno de esos diecinueve minutos abordó la cuestión de saber si las mayores empresas de comunicación no podían pagar las frecuencias que el Estado les ofrecía gratuitamente16.

Y, sin embargo ¿existe un país donde la “libertad de prensa” esté mejor garantizada que en Estados Unidos?

  1. Jacques Bouveresse, Schmock ou le triomphe du journalisme, Seuil, París, 2001.
  2. “Nouvelle économie”, L´Express, 5-7-01.
  3. Hasta 1995, Alcatel controlaba a través de Génerale Occidentale el 50% del mercado francés de semanarios, entre ellos Le Point y L´Express.
  4. Vivendi Universal Publishing acaba de vender el semanario Courrier International a Le Monde “por una cifra no revelada”. Habituados a exigir transparencia a otros, ¿los periódicos pueden acomodarse a la opacidad cuando les concierne directamente?
  5. Jean-Marie Cavada, ejecutivo de Radio France, y Michel Denizot, director general delegado de Canal Plus, son especialistas en este vocablo de escuela de comercio. Para justificar la periodicidad de la emisión de Karl Zéro, Denizot declaró: “Karl Zéro es una marca muy fuerte que hay que colocar en productos fuertes” (Le Parisien, 11-7-01).
  6. Patrick Eveno, Le Journal Le Monde: Une histoire d’indépendence, Odile Jacob, París, 2001.
  7. La cadena M6 (grupo Bertelsman) acaba de pedir al Consejo Superior del Audiovisual (CSA) que aumente de 6 a 9 minutos el espacio horario concedido a la publicidad.
  8. El 21-3-01, Libération se pintó de color ciruela para uno de sus anunciantes. Los artículos del diario eran casi ilegibles. Con 71 mil millones de francos en 2000, la publicidad comercial y los anuncios representaron el 45% de la facturación de la prensa escrita. Fue la cifra más alta en facturas de publicidad de los últimos diez años.
  9. L´Evénement, 22-7-1999.
  10. Robert Ménard, Ces journalistes que l’on veut faire taire, Albin Michel, París, 2001.
  11. El capital está compuesto por Artemis (Pinault, 27%; TF1, 22%; Crédit Agricole de Bretagne TV, 15%; News International PLC (Murdoch), 13%; Médiaset Investment (Berlusconi), 13%, etc. Pinault, propietario del semanario Le Point y del mensual L’Histoire, también es uno de los principales accionistas de TF1.
  12. Jean-Marie Colombani, “Nous allons nouer des liens forts pour bâtir un réseau européen”, Le Nouvel Hebdo, 13-7-01.
  13. Pierre Péan y Christophe Nick, TF1: un pouvoir, Fayard, París, 1997.
  14. Gilles Deleuze, A propos des nouveaux philosophes et d’un problème plus général, Editions de Minuit, París, 1997. En un editorial dedicado a los intelectuales, Le Monde indicó: “Saben que su mensaje pasa necesariamente por los medios y que, de una manera u otra, deben confrontarse con los periodistas” (22-1-00).
  15. “La pire des censures”, Pour Lire pas lu, junio-agosto de 2001, Marsella.
  16. Bill Moyers, “Journalism and Democracy”, The Nation, 7-5-01.
Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:26,27
Traducción España. Redacción de Le Monde diplomatique
Temas Internet, Radio, Televisión, Cine, Mundialización (Cultura), Tecnologías, Mundialización (Economía), Nueva Economía, Privatizaciones, Periodismo