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Internet a la hora del desencanto

Presentada durante mucho tiempo como el signo de una nueva era, a Internet se le atribuían todos los méritos. Particularmente, el de abrir el camino hacia una nueva era económica -gracias a la net-economía- donde el enriquecimiento sería permanente, instantáneo y exponencial. Era un espejismo. Y como otros espejismos, la carrera hacia la Red resultó una gran decepción: decenas de empresas desaparecen, miles de asalariados son despedidos. Algunos hablan de tirar Internet a la basura. Pero ésa también parece una reacción excesiva.

Netscape fue la empresa que propuso el modelo y lanzó la moda de la net-economía. Presentada en Bolsa el 9-8-1995, Netscape Communications Corp. alcanzó, esa misma tarde al cierre de las operaciones, una capitalización de 2.000 millones de dólares… Y eso sin haber ganado un solo centavo. En esa época pionera, toda la gente conectada –o casi– conocía el navegador Internet de Netscape. Lo habían probado con resultados satisfactorios. Era la primera versión comercial de Mosaic, un programa creado por el mismo joven genio, Marc Andreessen. Como Yahoo, el buscador que meses más tarde alcanzaría las cumbres de valorización bancaria, Netscape constituía una suerte de testimonio de que la World Wide Web alcanzaba un nivel de maduración suficiente como para convertirse en un espacio económico. Netscape dio el puntapié inicial a una economía que se aceleraba y donde todo se confundía: Internet, correo electrónico, red, portales, nueva economía, net-economía, etc.

En octubre de 1995, las acciones de Jim Clark, fundador de Netscape, alcanzaban 425 millones de dólares. Un año antes, en octubre de 1994, Clark participaba de una mesa redonda en Tokyo sobre el futuro del multimedios. Acababa de dejar Silicon Graphics para fundar Netscape: “Les ofrecí participar. El consejo de administración de Silicon Graphics rechazó la propuesta. Retiré mi parte, 20 millones de dólares, para invertirlas en Netscape. En menos de un año ganaré 400 millones”. ¿Cómo pudo predecir, él primero, con tanta precisión, los efectos inflacionistas de la net-economía y su falta de relación entre valorización y producción? En todo caso, salió ganando, al igual que Amazon.com, Yahoo, E-Bay, y toda la sarta de empresas que comprendieron que la red se alimentaba más de promesas que de hechos.

Era exactamente lo que el psicólogo Robert McIllwraith, no hace mucho investigador del programa McLuhan, denomina la feeling’s economy, la economía de los sentimientos o de las percepciones. La inversión se basa sobre la sensación que provoca el rumor. La periodista Solveig Godeluck afirma sobre la desmaterialización de la economía: “Fundada en la confianza, desvinculada de la realidad, está a la merced de un cambio de humor o de una manipulación. Entramos en el capitalismo de la información, pero a nuestra cuenta y riesgo”1.

Habrá, sin duda, como para tantas otras psicotecnologías, una suerte de recorrido obligado que requiere que, luego de un umbral de virtualización, se eliminen las barreras de los modelos establecidos y se construya un dominio alternativo, divorciado de la realidad. Tal modelo se impone y crece por su propia fuerza hasta que la desrealización se torna demasiado evidente. Se vuelve entonces brutalmente a los modelos recientemente desechados. Arrastradas por un descrédito generalizado, las stars y las start-up de la net-economía entran en dificultades. Y, como esos presidentes de democracias jóvenes que se fugan con la caja, algunos gerentes generales, cuando perciben que el viento cambia, renuncian o venden a tiempo para embolsar lo que queda…

Claro que en este ambiente extremadamente volátil debe haber habido manipuladores. Pero el alza súbita de los valores no hubiese existido si las maniobras bursátiles no hubieran tenido un eco inmediato en un público que crece a la velocidad de las mismas redes y se diversifica entre inversores de capitales, daytraders, aficionados, banqueros, internautas, empresarios en cierne programadores informáticos, etc. Todo lo cual crea por otra parte un clima favorable a la innovación. Para no hablar de las mentalidades, así como de las prácticas profesionales que cambian imperceptiblemente con la utilización de las redes.

Del hechizo al desencanto

Dicho esto, el crash estaba previsto. Andy Grove, gurú de Intel, esperaba desde hace tres años el “info-Gotterdammerung”, cuando en abril de 2000 afirmaba: “La recesión hightech empezó de veras. En efecto, es una recesión, y no menor: concierne a todos los sectores, desde los semi-conductores hasta las fibras ópticas, y es de naturaleza cíclica”2. Sin embargo, allí donde las brutales caídas de valorización bursátil sólo afectan a una población de inversores acomodados y a veces incluso despreocupados, las crisis más serias son aquéllas de las inversiones previsionales en mercados que no se materializan, o todavía no, tal el caso del WAP (telefonía intercativa) o de la WebTV (televisión interactiva).

La recesión hightech produce despidos en masa y una depresión general de todo el sector. Para Nortel, empresa canadiense, primera en el mundo en conmutadores de redes, la pérdida –instantánea– de 19.000 millones de dólares en valor bursátil se tradujo en el despido de 10.000 trabajadores… Sin contar las empresas, pequeñas y medianas, que al retirar la Red de sus prioridades, reducen sus efectivos en línea y despiden a sus webmasters3. Para no hablar de los inversores decepcionados; varios cuadros en muchos casos altamente especializados, con salarios elevados, difíciles de reciclar, contribuyen a desacreditar la “nueva economía” que los despojó. Moda obliga, estamos en la fase del desencanto, del “net-aburrimiento”. Los pájaros de mal agüero que resistían la Red porque la veían de manera negativa, y que predecían su caída, se regocijan.

El desencanto sigue al hechizo. Ambos son de naturaleza similar, se sitúan fuera de la realidad. Sin embargo, el cambio de actitud, fiel al modelo emocional, es tan excesivo como el entusiasmo inicial. Este exceso que peca en el sentido contrario no hace más que retrasar lo inevitable, que consiste en instalar redes hasta saturar el planeta. Andy Grove lo comprendió muy bien: “Más allá de sus excesos, la naturaleza del boom era sana, justamente porque esa increíble valorización supo atraer una cantidad innumerable de miles de millones para la construcción de la infrestructura de Internet, por ejemplo los centenares de miles de millones que financiaron las redes de telecomunicaciones”4.

Se dice que del naufragio de Internet sólo sobrevivirá el correo electrónico. Es fácil decirlo. La observación parece tan gratuita como aquella de Michael Wolff quien pretende que “para fin de año no habrá más industria Internet”5. Andy Grove recuerda que las “dot coms” (punto coms) sólo representan el 10% de la net-economía. ¿Por qué privarse de las ventajas reales de Internet en todas sus modalidades conectivas? En primer lugar, la formidable memoria colectiva de la Red, independientemente de todo comercio. Sin embargo, el acceso a esta memoria es individual (un poco como el acceso que tenemos a nuestra propia memoria personal), y sobre todo es un acceso conectivo. Es decir que nuevos tipos de asociación y de colaboración humanas se desarrollan en la Red, sin que la empresa tenga siquiera el rol determinante. La enseñanza, por ejemplo, extrae de Internet ventajas considerables: la difusión del saber, con los bancos de datos que se reconfiguran y se actualizan automáticamente, pero también una colaboración grupal mucho más intensa, un trabajo de equipo cada vez más estrecho.

Los bancos, para hablar de una dimensión comercial que se insertará cada vez más, no van a deshacerse de Internet porque les fue mal a las punto com. Lo que van a hacer es reflexionar más antes de invertir en esas empresas; pero está fuera de cuestión que abandonen la extraordinaria facilidad de transacción que presenta Internet. Hay que agregarle los sistemas de reserva, los intercambios de datos informatizados, la localización de stocks, la distribución automática y tantos otros servicios de los cuales las empresas, y pronto todo el público, no podrán prescindir.

¿Todo el público? En Francia, aproximadamente el 20% de la población activa ya se encuentra conectado y utiliza las redes. En Canadá, la tasa se eleva al 45%. Ello se debe seguramente al efecto de una política de tarifas más sana que en otras partes, a una verdadera cultura “telefónica”. En África, el acceso es aún raro, pero el deseo de estar conectado abarca cada vez más africanos, con la misma especie de anticipación mezclada con paciencia que experimentan todos aquellos que se ponen en línea.

Fractura digital

El verdadero problema está en otra parte. Cuando se habla de la “fractura digital”, se piensa en términos de cantidad, un pequeño número de “conectados” de un lado, la inmensa mayoría de excluidos virtuales del otro. Joël de Rosnay ofrece otra perspectiva al incluir el factor velocidad, que, según él, es determinante: “Algunas sociedades se desarrollan a un ritmo tal que van a absorber para su propio y único beneficio recursos financieros, humanos, energéticos y de información que podrían servir al desarrollo de los países emergentes”6. Los mejores recursos humanos de los países en vías de desarrollo son los más afectados, en el sentido de que los países avanzados les prometen más y les abren más fácilmente las puertas que al inmigrante común. Bajo esta óptica, Internet produce el efecto de un ciclotrón. Canadá, que sufre el efecto vorágine estadounidense (cerca de 70.000 diplomados formados con recursos de los contribuyentes emigran todos los años hacia Estados Unidos), no encontró solución. De ahora en más, está amenazado en el corto plazo con serias penurias en su capital intelectual (ver “Tecnologías y desarrollo”, pág. 32).

En lo que concierne a Internet, la única manera de revertir este efecto (y de reducir la fractura digital) consiste en acelerar la distribución mundial de la red, que de aquí en más entra en la cimentación de las relaciones y de las asociaciones humanas. En nuestra civilización de movimiento perpetuo, las redes son más estables que los individuos.

Masayoshi Son, empresario de telecoms japonesas, aparta con un gesto la evocación del hecho de que el valor bursátil de su empresa acaba de caer un 90%: “Estamos en una revolución de cien años. Las comunicaciones de banda angosta de las que disponemos hoy en día sólo ofrecen una muy pequeña idea de la profundidad tecnológica de la que es capaz Internet ”7.

  1. Solveig Godeluck, Le Boom de la net économie, La Découverte, París, 2000.
  2. Wired, San Francisco, mayo 2001.
  3. En enero de 2001, las empresas de Internet de Estados Unidos recortaron 12.800 puestos de trabajo, un incremento del 23% respecto del mes de diciembre de 2000. Sin embargo, muchos analistas anuncian una recuperación para el último trimestre de 2001 y ya se esperanzan con la “nueva nueva economía”, una evolución de la nueva economía sin sus excesos irracionales, y cuya base sigue siendo la innovación tecnológica. El País, Buenos Aires, 30-1-01; y Le Monde, París, 11-7-01.
  4. Wired, op. cit.
  5. Business 2.0, enero 2001.
  6. Joël de Rosnay, “Avons nous encore le temps?”, Génération Vitesse, número fuera de serie del Nouvel Observateur, marzo-abril 2001.
  7. Newsweek, Nueva York, 9-7-01.
Autor/es Derrick De Kerckhove
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:32
Traducción Pablo Stancanelli
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