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La era de las guerras asimétricasEn las teorizaciones de estrategas del Pentágono, el concepto de guerra asimétrica alude a estructuras no estatales, tan diversas como grupos islámicos, traficantes de drogas u organizaciones revolucionarias y, por otro lado, a los denominados "Estados ilegales". Para enfrentar estos enemigos, Washington se embarca en un reequipamiento conceptual y técnico de sus fuerzas militares y en el discutido escudo antimisilístico. El dilema es que las causas que alimentan a tales enemigos no pueden ser vencidas con la violencia.El ataque del 11 de septiembre acaba de cerrar un período en el cual Estados Unidos perfeccionaba su concepción de la “guerra cero-muertos”, que debía reducir al mínimo las pérdidas de vidas estadounidenses en los futuros conflictos, a la vez que causar los mayores daños posibles al enemigo. El presidente George W. Bush declaró que EE.UU. está “en guerra” antes de identificar al enemigo, y prometió una “cruzada”, contra el “demonio” enemigo de Occidente. “Es Pearl Harbor”, exclamaron, en ausencia de un punto de referencia adecuado. En esta ocasión, al revés de lo que ocurría con los adversarios del siglo pasado, el enemigo sólo puede ser definido por lo que no es: un Estado. El nuevo enemigo es móvil, transnacional, o infranacional. A diferencia de Japón en 1941, los terroristas atacaron y no dejaron su tarjeta. Hay fuertes sospechas sobre algunas personas, pero éstas no se sienten concernidas ni por la Carta de las Naciones Unidas ni por ninguna autoridad existente en el mundo. Este acontecimiento abre una nueva era en la guerra: la de los conflictos asimétricos. Durante décadas, Estados Unidos gastó billones de dólares para protegerse de las consecuencias de los enfrentamientos. Luego de la guerra de Vietnam y de veinte años de gastos colosales, desarrolló la guerra del Golfo minimizando sus propias pérdidas humanas. Las campañas masivas y rápidas de bombardeos desde mucha altitud (doctrina del general Colin Powell) llevaron a los estadounidenses a considerar la posibilidad de ganar los conflictos “simétricos” sin un solo muerto de su lado: misiles de crucero y superioridad aérea, apoyados por las más modernas técnicas de información aérea o espacial, garantizarían tal resultado, asegurando a la vez un nivel de destrucción insoportable para el enemigo. La transformación de cuatro aviones civiles en bombas volantes, por parte de piratas armados de cuchillos y de alicates y dispuestos a morir por la causa, acaba de poner fin a esa idea: diecinueve de ellos murieron, matando a más de cinco mil personas. Éste no es el tipo de batalla para la cual está equipado Estados Unidos. En los últimos tiempos, ciertos estrategas comenzaron a advertir a Estados Unidos sobre los viejos esquemas, y advirtieron acerca de un escenario de “guerra asimétrica” que lo golpearía donde es más vulnerable: muertos civiles o militares, el orgullo nacional, Washington y Wall Street. En el contexto de un mundo que se globalizaba, el Pentágono se había lanzado a la “revolución de los asuntos militares” (RMA). Una estrategia “coherente”Dos líneas de pensamiento diferentes comparten la reflexión sobre esos temas centrales. La primera habla de “guerra de cuarta generación”, de conflicto “no estatal” (stateless), o de “guerra asimétrica”, llevada adelante por “opositores cuya base puede no ser un Estado-nación, sino una ideología o una religión”. Hablando ante el comité senatorial de Inteligencia, en febrero de 2001, y a propósito de las “amenazas mundiales”1, el director de la CIA, George Tenet, subrayaba que lo que más lo impresionaba era “la velocidad de los cambios en diversos sectores, que afectan nuestros intereses nacionales”. Desde esta óptica, la “asimetría” se refiere tanto a los émulos de Osama Ben Laden como a las mafias internacionales o a los traficantes de droga, pero también a actores no-estatales, como aquéllos a los que Estados Unidos se vio confrontado en Somalia, en Kosovo, y hasta en el Líbano de 1983, cuando una bomba mató 239 marines, tres minutos antes de que un camión-explosivo destruyera un edificio causando la muerte a 73 soldados franceses. Para quienes sostienen esa línea, es necesario interrogarse sobre la utilidad de las sumas destinadas al desarrollo de nuevos aviones de combate y de fragatas, cuando dos hombres bastan para estrellar un barco contra el navío estadounidense Cole (el 12 de noviembre de 2000, en Adén) causándole daños y la muerte de 17 soldados. La guerra de alta tecnología es sumamente ineficaz contra el terrorismo y contra los opositores de cuarta generación. La segunda línea concentraba su reflexión en el escudo de defensa antimisiles, destinado a proteger el territorio estadounidense de la llegada de vectores balísticos cargados con cabezas nucleares, químicas o bacteriológicas. Bajo las directivas de Dick Cheney y de Donald Rumsfeld, respectivamente vicepresidente y secretario de Defensa, la administración Bush centró sus esfuerzos en ese proyecto, el cual, a su entender, tenía la ventaja de subsidiar al complejo militar-industrial. Para calmar la indignación internacional generada por la reactivación de la proliferación de armas que ello implicaba, Bush tuvo que explicar que se trataba de proteger a Estados Unidos, no de las otras potencias nucleares del planeta, sino de ciertos “Estados-ilegales”, o –peor aun– de grupos capaces de lanzar misiles en dirección de los intereses estadounidenses, en su territorio o en cualquier otro lugar del mundo. Esas dos corrientes de pensamiento se juntaron para elaborar una estrategia coherente de lucha contra el nuevo enemigo, en el marco de un enfrentamiento asimétrico. Pero, fuera de Ben Laden, ¿contra quien más se puede apuntar? Las mafias y los traficantes de droga no tienen ningún interés en desatar tales hostilidades, que sólo perjudicarían sus negocios. Por otra parte, si Estados Unidos no tiene intención de atacar a uno de los países que califica de “Estados-ilegales”, ¿cómo podrían los dirigentes de éstos verse tentados a lanzar un misil contra Estados Unidos, generando así represalias comparables a las que conocieron Libia o Irak, o mucho más destructivas? Muchas preguntas quedan sin respuesta. ¿En qué medida Estados Unidos creó esas nuevas amenazas, y cuál es –más allá del ataque del 11 de septiembre– el nivel real de peligrosidad de las mismas? ¿En qué difiere ese terrorismo del que viven otros países, árabes o europeos? ¿Se trata de una diferencia cualitativa, o solamente (digamos) cuantitativa? Los expertos estadounidenses tratan de dar alguna respuesta a esas preguntas, pero no logran decidir si se trata de una nueva forma de guerra que reemplaza los tradicionales conflictos interestatales. Lealtad y deslealtad en la guerraEs necesario distinguir el concepto de asimetría del de disimetría: éste último indica una diferencia cuantitativa entre las fuerzas o entre el poder de los beligerantes: un Estado fuerte frente a un Estado débil, como, por ejemplo, Estados Unidos frente a Irak. La asimetría, en cambio, subraya las diferencias cualitativas en los medios empleados, en el estilo y en los valores de los nuevos enemigos. En otras palabras, cuando una potencia como Estados Unidos reafirma su hegemonía sobre el funcionamiento del mundo y sobre la guerra convencional, sus enemigos y sus víctimas recurren a medios de lucha no convencionales y “asimétricos” para combatirla, esquivando su fuerza y concentrando sus ataques en los puntos vulnerables. Es decir, concluye el Pentágono, que el nuevo enemigo “no pelea lealmente”: utiliza, en el marco de una estrategia resueltamente vinculada al mundo globalizado, todos los medios modernos de comunicación, de transporte, de información… El “terror psicológico”, la influencia de los medios tradicionales e Internet, forman parte de su arsenal. Lejos de las armas perfeccionadas y de los aviones de combate, utiliza cuchillos, barcos de pesca, bombas de fabricación casera y aviones civiles que, ya se vio, constituyen amenazas eficaces. Esto lo hace más difícil de detectar y de prevenir. Aun si el nuevo enemigo dispone de una base geográfica, resulta imposible ficharlo de manera categórica y, a veces, ni siquiera de evaluarlo numéricamente. No tiene domicilio fijo y su red es dispersa. A ejemplo de las compañías transnacionales, de los gurúes de los medios de información y de los gigantes de Internet, el mundo es su domicilio y su campo de operaciones. Los “opositores asimétricos” tienen una fuerza y un interés comunes: el debilitamiento de la soberanía de los Estados y la potenciación de las fuerzas del mercado. Hasta podría decirse que, en ese terreno, sus intereses coinciden con los de Sony, McDonald’s, CNN, Adidas y America Online. Todos utilizan las zonas grises –donde las estructuras jurídicas son indigentes– para asegurarse un máximo de ganancias y esquivar las reglamentaciones propias a la legitimidad constitucional y democrática de los Estados. En tal sentido, todos ellos son criaturas de la mundialización neoliberal. Al emanciparse de los Estados y de las instituciones internacionales –como la ONU– que representan a los Estados, encuentran márgenes de maniobra de los que no disponían siquiera los propios Estados. Así es que los medios estadounidenses describen a Osama Ben Laden no sólo como un islamista político, enraizado en su particular sociedad, sino como el representante de una nueva generación cosmopolita de islamistas, que hace planear una amenaza global, a ejemplo del movimiento islámico del sudanés Hassan Al-Turabi (actualmente preso en Sudán). En tal representación, dichos movimientos buscan el enfrentamiento con Estados Unidos y tratan de debilitar su hegemonía, procurando incluso destruir a ambos. Sumando todos esos criterios que, para los modernos estrategas estadounidenses, caracterizan al “enemigo asimétrico”, no queda más que comprobar cuán fielmente diseñan el identikit del “sospechoso número uno” de Nueva York, Osama Ben Laden. ¡De no haber existido habría que haberlo inventado! Antes de golpear en el corazón de Estados Unidos, el personaje ya estaba bien presente en todas las mentes. Guerra y EstadoAhora todo el mundo conoce la historia de Osama Ben Laden, adiestrado por la CIA en los años 1980, que terminará volviéndose contra su creador luego de la guerra del Golfo. En tal caso, ¿es posible diferenciar el “enemigo asimétrico” de los sistemas estatales y de sus redes de inteligencia? ¿Es verdaderamente posible dirigir un movimiento de violencia internacional sin apoyo estatal? ¿Cómo es posible que ese nuevo enemigo sea casi “virtual” y pueda a la vez desarrollar acciones bien concretas? Decir que se basa en una ideología resulta parcial: las ideologías no pueden actuar fuera de los lugares geográficos donde se preparan las operaciones, de la logística y de los instrumentos a almacenar, de cuentas bancarias, etc. Les resulta imposible permanecer íntegramente camufladas y funcionar a largo plazo. Otras formas de asimetría figuran igualmente en el catálogo del nuevo pensamiento estratégico estadounidense: los “Estados-ilegales” o “en quiebra”. La experiencia de la intervención en Somalia marcó un giro importante: en octubre de 1993, cuando el clan de Hussein Aydid humilló a las tropas estadounidenses en Mogadiscio, la administración del presidente William Clinton se convenció de que no podía ni manejar ni ganar una guerra contra milicias que “no peleaban lealmente” y que no tenían que rendir ninguna cuenta al sistema interestatal. La operación “Causa Justa” realizada en Panamá en 1989 era también, a su manera, un combate asimétrico, aun si para Washington se trataba de su más importante operación exterior luego de Vietnam: capturar al presidente Manuel Antonio Noriega, que también había terminado por escapar al control de sus titiriteros… Estados Unidos la emprendió a continuación contra Saddam Hussein, Slobodan Milosevic y Radovan Karadzic, todos ellos considerados más como bandidos que como jefes de Estado. La guerra fría había realmente terminado. Sin embargo, esas operaciones no eran muy diferentes de las que Estados Unidos había desarrollado durante la guerra fría contra dirigentes extranjeros, ya sea en América Latina o en el Cercano Oriente. Entonces, ¿cuál es la diferencia? Más que en la capacidad de poner en la mira una persona en lugar de un Estado, es probablemente en los medios utilizados donde se perfilan los grandes cambios vinculados a la consideración de los “enemigos asimétricos”. Métodos de prevención y de disuasión no ortodoxos, que no eran imaginables o legítimos antes del 11 de septiembre de 2001 –como los asesinatos “puntuales” de dirigentes extranjeros2– van a entrar en el arsenal de defensa estadounidense. Las intervenciones exteriores de Estados Unidos aumentarán su nivel de violencia, dado que una gran parte de la opinión pública del país acepta, desde el 11 de septiembre, que se apunte contra civiles. Para luchar contra el “enemigo asimétrico”, los estrategas coinciden en la necesidad de recurrir a un equipamiento de una precisión y una potencia aun mayores. Los servicios de informaciones serán reforzados, tanto en medios tecnológicos como en medios humanos. Algunos llegan a preconizar el “perfil racial” en las pesquisas policiales. El espionaje será dirigido hacia una miríada de fuentes potenciales de apoyo al nuevo enemigo: Organizaciones No Gubernamentales, asociaciones de ayuda mutua, comunidades de exiliados, sitios Internet… Un senador estadounidense llegó a quejarse recientemente de que la CIA suplantaba al Departamento de Estado en el terreno diplomático. Además, ahora es posible concretar el escudo antimisiles: ¿cómo saber lo que prevén esos asesinos demoníacos? El senado votó por unanimidad poderes extraordinarios para el Presidente. En la Cámara de Representantes esa moción obtuvo 420 votos a favor; el único voto en contra fue el de la republicana Barbara Lee, para quien “una acción militar no impedirá que el terrorismo internacional cometa otros actos contra Estados Unidos”3. En la práctica, la mayor parte de los trabajos teóricos sobre la guerra asimétrica conciernen a Estados Unidos y, desde la segunda Intifada, a Israel. Ambos países colaboran estrechamente en diversos programas “asimétricos”, fundamentalmente respecto del proyecto antimisil Arrow. Las técnicas militares empleadas por Tel Aviv en Cisjordania y en Gaza son objeto de un particular interés por parte de los analistas, que detectaron en las mismas un carácter “asimétrico”. Bajo el título “Cómo desarrollar una guerra asimétrica”, el general Wesley Clark, el mismo que comandó las tropas de la OTAN durante la guerra de Kosovo, explica que los palestinos, “en el interior de Israel” –seguramente ignora que Cisjordania y Gaza no están en el “interior de Israel”, sino que son, según el derecho internacional, territorios ocupados– aprendieron a resistir utilizando armas no mortales, piedras y palos. Se trata, según su análisis, de una táctica dirigida a explotar la sensibilidad de la opinión pública mundial y a obligar a las fuerzas de seguridad a una reacción desproporcionada. Ocasionalmente, hombres armados se mezclaban con quienes tiraban piedras, mientras que otros ponían bombas. Responder con aviones de caza, blindados y tiros de artillería resultaba ineficaz; responder con tropas terrestres hacía correr demasiado riesgo a los soldados y, por lo tanto, a la cohesión de la opinión pública; Israel debió desarrollar nuevos equipamientos, nuevas fuerzas y nuevas tácticas. Para dar seguridad a sus fronteras desplegó más cantidad de blindados. Compró helicópteros y aviones sin piloto, y sistemas ópticos de largo alcance. Junto a otros instrumentos de control antimotines suministra a sus soldados balas de goma. Fuerzas especiales debieron suplantar al ejército convencional para mantener el orden en el interior de Israel4. El modelo israelíLa admiración que siente Wesley Clark por la táctica israelí es alarmante, ya que esa política causó la muerte de más de 600 palestinos, sin hablar de miles de heridos. Pero sobre todo, ese uso de la fuerza no dio ningún resultado en términos de seguridad, pues a falta de opciones políticas o diplomáticas, el mismo no disuadió a los palestinos de cometer nuevos atentados. Anthony Cordesman, eminente analista del Centre for Strategic and International Studies de Washington, había comenzado por sugerir que Israel obligara a la Autoridad palestina a eliminar palestinos y a limitar sus libertades individuales para “estabilizar” la situación. Evocó incluso el uso de la tortura. Pero luego, al continuar la Intifada, dijo que los palestinos tenían una sola alternativa: sea “la paz en medio de la violencia”, sea la guerra. De esa forma Israel se encargaría de hacer el trabajo sucio en lugar de la Autoridad, y en contra de ella, lo que él llamaba “guerra asimétrica”. Ello implicaba un mayor control social, más asesinatos, y cada vez más limitaciones a la economía. Escuchando al presidente George W. Bush, parece evidente que Estados Unidos se dirige hacia una práctica similar de la “guerra asimétrica”, a pesar del fracaso patente de esa estrategia en Cisjordania y en Gaza. Tal opción sería una catástrofe. Las “zonas grises” del mundo creadas por las guerras, la mundialización y el empobrecimiento, son un terreno peligroso para librar “guerras asimétricas”. Más que intervenciones militares, allí se necesitan instituciones públicas y desarrollo. Por otra parte, los atentados del 11 de septiembre no cambiarán el mundo: reflejan las transformaciones de un mundo que cambia y que hay que tratar de entender. La réplica estadounidense que se perfila confirma sin embargo la continuación de una estrategia antigua dirigida a imponer un orden internacional basado en la seguridad, favorable a los intereses de Estados Unidos. ¿Volveremos a ver el mismo escenario que el generado por la “victoria” sobre Irak, y que contribuyó a la propagación de los grupos islamistas más radicales? El nuevo “enemigo asimétrico” no puede ser vencido por la fuerza bruta y menos aun por una tecnología sin proyecto político, que siempre será inferior al poder de la cultura y de la identidad.
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