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El sueño del general Zia Ul Haq

Después de la sangrienta guerra civil que siguió a la retirada soviética, los talibanes se impusieron en Afganistán gracias al ejército y a los servicios de información de Pakistán, animados por una combinación de nacionalismo anti indio y mesianismo islámico. A su vez, el crecimiento de la militancia islamista en el sur de Asia fue posibilitado por el apoyo incondicional que la administración de Ronald Reagan había otorgado al dictador pakistaní Zia Ul Haq, con el objetivo de vencer a los soviéticos que ocupaban entonces Afganistán.

Octubre de 1999 es una fecha decisiva en la historia de Pakistán; el ejército derroca al Primer ministro Nawaz Sharif, electo en 19971. Por primera vez, grupos militantes islámicos, estrechamente vinculados con Osama Ben Laden, adquieren un derecho de veto sobre la política exterior y la política de defensa del país. El régimen militar coloca en primera línea al general Pervez Musharraf, moderado y pro estadounidense. Pero desde un principio el nuevo dirigente depende de una camarilla de generales nacionalistas intransigentes, que durante una década y de manera sistemática construyeron una red de grupos islámicos militantes en Pakistán y en Afganistán, punta de lanza de sus esfuerzos para desestabilizar a la India.

En Islamabad el poder real está concentrado en manos del general Mohammed Aziz, hombre clave del golpe, en tanto adjunto a Pervez Musharraf en la jefatura del Estado Mayor. Posteriormente fue promovido a comandante militar de la región de Lahore. Musharraf, originario de la India y de lengua urdu, no cuenta con ninguna base étnica en Pakistán. En cambio, el general Aziz habla pendjabí, lengua de la provincia del Pendjab, que domina Pakistán, y además es dirigente del clan Sudhan, formado por unos 75.000 miembros y famoso por su fuerte tradición religiosa y guerrera. Este grupo controla el distrito de Poonch, en el sector pakistaní de Cachemira.

Fortalecido por su arraigo en Cachemira, a comienzos de 1999 el general Aziz planifica y organiza la invasión de la región de Kargil, del lado indio de la línea de alto el fuego2. Antes y después de la guerra de Afganistán dirigió todas las actividades de los servicios de informaciones pakistaníes en ese país. Instaló campos de entrenamiento sobre la misma frontera afgano-pakistaní, destinados a dos redes de organizaciones islámicas. La más importante de ambas, Lashkar-e-Taiba, está formada en su mayoría por pakistaníes, pero cuenta también con muchos afganos miembros de la policía política de los talibanes y encargada de reprimir a los opositores. La otra red, Harakat-ul-Ansar, se hizo conocida por haber desviado un avión de las líneas regulares indias hacia Kandahar en enero de 2000, y fue denunciada como “grupo terrorista” por Estados Unidos en 1997. Esa red fue blanco de los misiles lanzados el 20 de agosto de 1998 contra las infraestructuras de Ben Laden, en represalia por los dos atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenya y en Tanzania.

El origen de esa línea intransigente que domina las fuerzas armadas pakistaníes se remonta al movimiento independentista de Bangladesh y al apoyo de la India a la secesión, en 1971. La derrota humillante de Pakistán en ese conflicto provocó un impacto en el ejército. A partir de entonces, creció toda una nueva generación de oficiales con la firme determinación de alcanzar una paridad militar y política con la India. La generación de oficiales cosmopolitas educados en el colegio militar británico de Standhurst –simbolizada por el ex presidente Ayub Khan (1958-1971)– fue reemplazada por una nueva casta de suboficiales salida de las clases medias y rurales, de visión más limitada y menos cosmopolita. Muchos de ellos se mostraron sensibles al llamado de los islamistas, de los grupos que se desarrollaron bruscamente con el aliento del régimen presidido por el general Zia Ul Haq (1977-1988), durante la guerra de Afganistán.

“Realineamiento estratégico”

De manera consciente, Zia Ul Haq instauró una poderosa camarilla de oficiales, concentrados en los servicios de informaciones y animados por una ideología que combinaba el nacionalismo anti-indio y el mesianismo islámico. En una conversación mantenida el 29 de junio de 1988, seis semanas antes de su muerte, el dictador explicaba que su objetivo era un “realineamiento estratégico” en el sur de Asia. Pakistán, agregó, necesita tener a Afganistán como Estado satélite, para garantizar la seguridad de su frontera occidental y para poder enfrentar a la India sin temor de ser sorprendido por el flanco. Además, –dijo– Pakistán tiene la vocación de dirigir una confederación panislámica. “Ustedes, los estadounidenses –añadió– buscaron que nosotros fuéramos un Estado de la línea del frente. Al ayudarlos a ustedes en Afganistán ganamos el derecho de tener en Kabul un régimen de nuestra elección. Asumir nuestro papel nos hizo correr riesgos, y no permitiremos que la situación regional vuelva a ser lo que era antes, con la influencia india y soviética y reivindicaciones sobre nuestro territorio. Será un verdadero Estado islámico, una verdadera confederación islámica, una parte del renacimiento panislámico que, ya lo verá usted, un día se propagará a los musulmanes de la Unión Soviética. No habrá más pasaporte entre Pakistán y Afganistán. Quizás un día el Tadjikistán y el Uzbekistán se unirán a nosotros, y por qué no Irán y Turquía”.

El ascenso del islam militante en el sur de Asia es herencia del apoyo incondicional que Estados Unidos otorgó durante la guerra de Afganistán a Zia Ul Haq y a sus servicios de informaciones, el Interservices Intelligence Directorate (ISI). La administración del presidente Ronald Reagan perseguía un objetivo de corto plazo luego de que los soviéticos se perdieran en Afganistán: lograr que se desangraran y se empantanaran allí, para que aflojaran la presión en otros puntos. Washington cometió el error histórico de dejar que Pakistán decidiera qué grupos de la resistencia afgana recibirían la mayor parte de los 3.000 millones de dólares que Estados Unidos y sus aliados habrían de invertir en el conflicto. El ISI dio prioridad a los grupos extremistas, que representaban a una pequeña minoría de afganos.

Al estimular a las asociaciones islámicas militantes de todo el mundo a unirse a la guerra santa en Afganistán, la CIA cometió otro error. El país se convirtió en una base para Osama Ben Laden y para una gran cantidad de grupos durante la segunda mitad de los años 1980, cuando los soviéticos estaban aún presentes. A pesar de su retirada en 1989, y dado que, contra todas las predicciones, el régimen procomunista resistía, esa corriente se intensificó, apoyada por el ISI y por la CIA. Ante las advertencias sobre el peligro de que el monstruo que habían fabricado escapara a todo control, los responsables estadounidenses respondían: cuanto más militantes sean los partidarios de la guerra santa, mejor y con más fanatismo combatirán a los rusos y a sus aliados. Los responsables pakistaníes de esa política, los antiguos generales del ISI, se convertirían en los actores clave del régimen militar que se adueñó del poder en 1999.

El ISI canalizaba la ayuda hacia los grupos islámicos más militantes, mucho menos influyentes que los elementos moderados de la resistencia, cuyas bases se situaban en las tribus pachtunes3. Pakistán temía que, terminada la guerra, la mayoría pachtun de Afganistán volviera a levantar sus reivindicaciones sobre la provincia pakistaní de Northwest Frontier, de mayoría pachtun. Esa región había sido conquistada por los británicos y entregada a Pakistán luego de su independencia, en 19474.

El ISI consideraba que había que adiestrar colaboradores afganos capaces de construir y dirigir un Estado vasallo al fin de la guerra. Los servicios eligieron primero a Gulbuddin Hekmatyar, el dirigente del grupo ultraradical Hezb-i-Islami, pero éste disponía de pocos apoyos internos y fue dejado de lado en cuanto aparecieron los talibanes5. Estos constituían una respuesta afgana auténtica a la corrupción de los grupos de la resistencia. Los mollahs que lanzaron el movimiento disponían de una verdadera base local, contrariamente a Hekmatyar, pero eso solo jamás les hubiera permitido imponerse. Y su victoria no le debe gran cosa a los estudiantes de las madrassas (escuelas religiosas). Si pudieron vencer fue gracias al ISI y al ejército pakistaní que les suministró armas, apoyo logístico y efectivos: no sólo militares pakistaníes, sino también oficiales y soldados del antiguo ejército comunista, por entonces enrolados por el ISI.

Por otra parte, el ISI utilizó el dinero de la ayuda estadounidense para asegurarse una base sólida dentro de las instituciones del ejército y de la burocracia pakistaní. El ISI siguió escapando a todo control, tanto durante los regímenes civiles de Benazir Bhutto (1993-1996) y de Nawaz Sharif (1997-1999), como bajo las dictaduras militares.

En febrero de 1999 Nawaz Sharif lanzó una iniciativa de paz en dirección de la India, que culminó en Lahore en oportunidad de su reunión cumbre con el primer ministro Atul Behari Vajpayee. Así fue como generó una fuerte oposición en el ISI y entre los aliados de éste dentro del alto mando, dirigidos por el general Mohammed Aziz. La ofensiva de Kargil durante el mes de mayo, una flagrante violación de la línea de alto el fuego en Cachemira, apuntaba a sabotear esa apertura de paz. El presidente Nawaz Sharif sólo fue consultado a último momento, cuando ya era demasiado tarde para detener la ofensiva. Terminó por imponer su punto de vista logrando una retirada de los elementos pakistaníes en agosto, a pesar de las violentas protestas del ejército y del ISI. La pulseada que siguió culminaría con la destitución del Presidente, por medio de un golpe de Estado.

Las presiones que ejerce Estados Unidos para lograr una colaboración militar y de inteligencia en la persecución de Ben Laden y sus seguidores agravaron lo que ya constituían graves tensiones internas dentro del régimen militar. Si Musharraf va demasiado lejos en su afán de complacer las exigencias de Estados Unidos, bien podría ser derrocado mediante un golpe de Estado. Pero una perspectiva igualmente plausible es que brinde la cooperación suficiente como para apaciguar a Washington y extraerle el máximo de concesiones, al mismo tiempo que evita una confrontación con los de línea dura haciendo la vista gorda al constante apoyo encubierto del ISI a los talibanes.

Suceda lo que suceda en las próximas semanas, no es probable que Islamabad abandone su objetivo de un Estado satélite en Kabul que cumpla el sueño de Zia de un “realineamiento estratégico”.

  1. Ignacio Ramonet, “La amenaza”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 1999.
  2. Negarajan V. Subramanian, “Ombres nucléaires sur le Cachemire”, Le Monde diplomatique, París, julio de 1999.
  3. Hasta el siglo XIX, el Estado afgano –creado en 1747 por las tribus pachtunes dirigidas por Ahmad Shah Durrani– incluía las zonas pachtunes del actual noroeste de Pakistán. Luego, en el marco del “gran juego”, el rajah británico anexó la parte del territorio afgano situada entre el río Indo y el paso de Khyber. Así, la mitad de los pachtunes fueron arrebatados al control de Kabul. A esa herida, Gran Bretaña agregó el insulto, al imponer, en 1893, la línea Durand que avalaba esa conquista, y al ceder luego el territorio a Pakistán en 1947. Con esa división de los pachtunes los británicos legaron un irredentismo explosivo que siguió hostigando a los sucesivos regímenes de Kabul, de mayoría pachtun, y que contribuyó a envenenar las relaciones entre Pakistán y Afganistán.
  4. “Divisions de la résistance et conflits ethniques hypothèquent l’avenir de l’Afghanistan“, Le Monde diplomatique, París, abril de 1988.
  5. Ahmed Rashid, “L’Afghanistan à l’heure des taliban”, y Gilles Dorronsoro, “L’injustice faite aux Afghans”, Le Monde diplomatique, París, abril de 1995 y junio de 2001 respectivamente.
Autor/es Selig S. Harrison
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:10
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Movimientos de Liberación
Países Afganistán, Pakistán, Rusia