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Ver no siempre es comprender

En momentos de crisis, como cuando ocurrieron los atentados terroristas en Estados Unidos, la televisión no es sólo un medio que traslada información. Es también un escenario en el que se representan los actos clave de la política. A la hora de la compasión y la revancha, las discordancias y diferencias no tienen espacio en la pantalla.

Desde el 11 de septiembre pasado, los estadounidenses pasaron las noches contemplando en una pantalla de televisión el desastre de su propio país. Cada uno de ellos vio, y volvió a ver decenas de veces, desde todos los ángulos, a los aviones estrellándose contra las torres del World Trade Center, las ruinas del Pentágono, la búsqueda de sobrevivientes, las banderas estadounidenses y las conferencias de prensa en el transcurso de las cuales se prometía la revancha. Por primera vez en su historia, y durante cuatro días, las grandes cadenas de televisión difundieron información en forma continua, sin cortes publicitarios. Pero más de una semana después del ataque, los estadounidenses, pese a haber visto todo, seguían sin comprender demasiado en relación al acontecimiento que acababa de conmocionar sus vidas.

La noticia circuló rápido ese martes 11 de septiembre. Alrededor de las 9 de la mañana. Aviones secuestrados. Dos explotan contra las torres del World Trade Center. Los rascacielos en llamas. El Pentágono golpeado por una tercera máquina. Un cuarto avión, que en apariencia se dirigía hacia el Congreso o la Casa Blanca, cae en Pennsylvania. Las Torres Gemelas se derrumban en directo. Una tras otra. Los televisores presentan los acontecimientos en forma ininterrumpida, buscando imprimirles su “sello”: “Estados Unidos atacado”.

Los teleespectadores se sienten asediados y angustiados. Llueven rumores, que se difunden en bruto, sin precaución. No hay tiempo para verificaciones. Se dice que un vehículo con explosivos acaba de estallar frente al Departamento de Estado, que hay riesgo de contaminación por gases mortales en el aire de Manhattan; Fox News avanza la cifra de 20.000 muertos; edificios oficiales y escuelas cierran, se evacúan torres en Nueva York, Chicago y Los Ángeles; millones de empleados vuelven precipitadamente a sus hogares; el presidente Bush vuela hacia un destino desconocido.

Por todas partes los estadounidenses se reúnen frente a los televisores. Las imágenes trasmitidas de inmediato desafían la imaginación: víctimas perfectamente identificables saltan al vacío, en directo. Otras, en espera de un socorro imposible, hacen señas desesperadas antes de ser tragadas por una humareda negra. Los rascacielos se derrumban… No hay refugio contra esta violencia de las imágenes. Incluso las cadenas de música (MTV), deportivas (ESPN) y de entretenimientos (TNN) están en contacto con los hechos. Durante varios días, algunas televisoras repartirán sus pantallas entre un “replay” de las escenas más siniestramente espectaculares y un tratamiento continuo de la información. La mayoría de las cadenas añadirá incluso a las imágenes subtítulos que amplifican el frenesí con su relato de las últimas repercusiones: “El sentimiento antiestadounidense gana terreno entre los islamistas radicales”; “Los europeos observan tres minutos de silencio”; “Walmart vendió más de 300.000 banderas desde el martes”; “Powell: los países que albergan a terroristas serán tratados igual que los terroristas”…

El 13 de septiembre, parientes y amigos de empleados desaparecidos expresan su emoción. En NBC, una psicóloga explica que los padres de las víctimas están “en estado de shock” y al mismo tiempo, en la incapacidad “de comprender lo que acaba de ocurrirles”, lo cual no impide explotar un poco más esta veta emocional. La audiencia de la red Fox es estimulada a permanecer frente a la pantalla durante una hora de emisión que incluirá “una docena de reportajes en directo: tendremos un último estado de la investigación en el Pentágono y estaremos junto a algunos de los miles de estadounidenses que aún esperan que sus seres queridos hayan sobrevivido”.

En el transcurso de uno de los espectáculos televisados de CNN, desfilan personas llorando delante de las cámaras, sosteniendo en una mano la foto de sus allegados desaparecidos. Comunican un número de teléfono, suplican que los llamen allí. “Esto debe ser duro para usted y su familia”, pregunta un periodista al padre de una joven de 28 años cuya muerte fue confirmada: “¿Qué siente?”

Durante toda una semana, los estadounidenses intentarán, superando el horror, recuperar el gusto por la vida de todos los días. Duermen mal, trabajan poco, tienen miedo. Pero en la televisión, el tono dominante no es el temor ni la duda. Los presentadores y responsables políticos hacen gala de una gran seguridad, responden con gran firmeza a las preguntas sobre el tema militar y diplomático. La pantalla dividida en dos transmite esa visión esquizofrénica que yuxtapone escenas de destrucción y declaraciones de confianza. Los teleespectadores, escépticos cuando el presidente Bush les anuncia que “los terroristas fracasaron”, adhieren, sin embargo, a su llamado a las armas.

“Las personas como yo, cuando van a la televisión, cumplen tal vez un rol necesario”, confía un ex diplomático a The New Yorker. “Somos la voz de la autoridad, que explica que todo va a estar bien. Pero en realidad no lo sabemos (…) Lo que me pone más furioso es que gracias a una mezcla de sorpresa, talento táctico, suerte y simbolismo completamente excepcional, ellos (los autores de los ataques) consiguieron un gran éxito. Pero esto no puedo decirlo en un estudio de televisión”. En este caso particular, los responsables se autocensuraron a la hora de decir lo que la mayoría de los estadounidenses ya sabía y esperaba que le confirmaran. En lugar de disimular una u otra cosa y tranquilizar, el procedimiento suscitó un poco de desconfianza y distancia.

En tiempos de crisis, las discordancias y diferencias no tienen espacio en la pantalla. Periodistas y funcionarios oficiales insisten en la necesidad de estar unidos. Esta doctrina no escrita facilitó la rápida transición entre el reconocimiento de la catástrofe y una declaración de guerra informal y consensual por el Congreso1. Minutos después del atentado, los dirigentes estadounidenses lo habían calificado como “acto de guerra”. Rápidamente, la cuestión de la pertinencia de otras definiciones (crimen, por ejemplo), fue evacuada. Cuando el sábado 15 de septiembre el presidente Bush anunció: “Se ha declarado la guerra a Estados Unidos y nosotros responderemos en consecuencia”, la televisión ya había preparado a la opinión pública para este dictamen. Incluso un periodista con fama de progresista como Juan Williams opinó que la única decisión a tomar era si Estados Unidos utilizaría misiles tácticos nucleares o armas más convencionales (él se inclinaba por la primera opción). La idea de una discusión de fondo antes de eventuales respuestas diplomáticas o no militares prácticamente nunca fue planteada. Escasas fueron las reflexiones consagradas al problema de “declarar la guerra” a una organización, y no a un Estado.

En contrapartida, la televisión fue pródiga en exhibiciones de fervor nacionalista y promesas de revancha, sobre todo en los casos en que su autoría correspondía al presidente Bush. El politólogo Michael Rogin subrayó que el presidente Reagan había gobernado utilizando en su comunicación los mismos resortes de los viejos guiones cinematográficos2. El presidente Bush, por su parte, utilizó también los recursos de los westerns al anunciar, por ejemplo, que exigía que le entregasen a Ben Laden “vivo o muerto” (“Wanted, dead or alive”). Frasecitas de este tipo sustentan al nuevo discurso político; la retórica que divide al mundo entre “buenos y malos” prohíbe toda posibilidad de mediación y conocimiento.

Viernes 14 de septiembre. Bush acude a Manhattan, en medio de los escombros. Agrupa a su alrededor a los socorristas, utilizando un megáfono: “Yo los estoy escuchando, el resto del mundo los está escuchando y las personas que demolieron estos edificios los escucharán muy pronto”. Todos entonaron entonces el grito familiar desde los Juegos Olímpicos: “¡USA! ¡USA! ¡USA!” Los editorialistas de televisión adoraron la escena. En Fox TV, Fred Barnes la calificó como un “día importante para el presidente Bush: era magnífico; creo que Bush se convirtió realmente en un Presidente de guerra”. Morton Kondracke se hizo eco: “Bush es capaz de inspirar. Pudo apreciar el justo valor de su posición. De aquí en más tiene un objetivo en la vida, el de salvar al mundo de esta amenaza”.

Las condiciones de la trasmisión en vivo explican este tipo de excesos. Los comentaristas y periodistas no estaban preparados para ocupar la pantalla mucho más que de costumbre. Si bien los reporteros de televisión sostienen a menudo que con más tiempo harían un mejor trabajo, rápidamente mostraron sus limitaciones. Para que la audiencia no se dispersara demasiado, los productores tuvieron que prometer constantemente un “nuevo suceso” o bien “otras imágenes asombrosas”. Los teleespectadores esperaron, pasivamente, absorbiendo mil y una veces esas mismas imágenes de aviones estrellándose, esas mismas escenas de pánico y de huida. Esperando, medianamente frustrados, el inédito que les habían prometido…

Distintas en este aspecto a las cadenas de televisión, las principales radios, como National Public Radio, supieron interrumpir su cobertura en directo de los ataques y las tareas de socorro, para reemplazarla con extensos y minuciosamente preparados reportajes sobre los principales temas planteados por la crisis. Sin romper con el acontecimiento, este tipo de análisis permitió interrogarse acerca de las motivaciones de los atacantes (incluidas, pero no solamente, las de Osama Ben Laden), acerca de las eventuales consecuencias de una operación militar, así como reflexionar sobre el rol de los Estados Unidos en los países pobres donde residen muchos terroristas. La radio ganó en profundidad lo que perdió en materia de tratamiento minuto a minuto. No hay ninguna razón para que la televisión no pueda hacer lo mismo.

A partir del 19 de septiembre, centenares de vehículos militares abandonan Estados Unidos en dirección al Golfo. Las represalias masivas parecen inevitables. Los estadounidenses, en nombre de quienes serán libradas las próximas batallas, no conocen los objetivos, ni la finalidad de la campaña. La única certeza es que la violencia venidera será televisada.

  1. Sólo una parlamentaria sobre 435, Barbara Lee, votó en contra de la resolución.
  2. Michael Rogin, Ronald Reagan, the movie, University of California Press, Berkeley, 1987, y, sobre este libro, Serge Halimi, “L’obsession de la subversion aux États-Unis”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 1988.
Autor/es Eric Klinenberg
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:11
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Televisión
Países Estados Unidos