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Musulmanes y ciudadanos del mundo

Tanto los gobiernos musulmanes como Estados Unidos instrumentaron a los integristas islámicos para sus propios fines. Ahora deben recoger el desafío que entrañan los ataques terroristas del 11 de septiembre. Los primeros debieran proponerse cerrar la brecha entre las masas desheredadas sobre quienes el integrismo ejerce su influencia y las elites musulmanas cosmopolitas, que toleran sociedades profundamente desiguales y opresivas. Urge que Estados Unidos evite desatar una escalada que llevaría a una conflagración mundial y que revise su inescrupulosa política exterior, promotora del terrorismo que ahora se vuelve en su contra.

El mundo cambió desde los atentados del 11 de setiembre. Si bien los culpables aún no fueron identificados con certeza, es muy probable que pertenezcan a una red islamista transnacional. Sea que esa red esté dirigida por la figura casi mítica de Osama Ben Laden o por algún otro, estos atentados nos obligan a analizar sus consecuencias globales para los países árabes musulmanes y para el mundo.

Estos abominables ataques se nutren, dentro del mundo árabe y musulmán, de la cólera y la humillación de los relegados de un orden mundial que los margina. La existencia de una organización capaz de una violencia tan extrema en nombre del islam nos obliga a los musulmanes a aclarar nuestra posición con respecto al “fundamentalismo islámico”. Occidente tiene su parte de responsabilidad, pero nosotros no podemos sustraernos a la nuestra. Me refiero al ascenso de un islam política y socialmente totalitario, organizado en grupos armados que promueven su interpretación unilateral de los textos sagrados.

La mayoría de los musulmanes desean vivir su religión en paz junto a sus vecinos de distinto credo, beneficiándose con las nuevas posibilidades que ofrece el mundo contemporáneo. De ningún modo buscan obligar a los ciudadanos musulmanes y no musulmanes de un país a vivir de un modo único. Tampoco quieren librar una guerra contra el mundo para propagar su religión. Estas tensiones entre un modo abierto y un modo totalitario de vivir la religión no conciernen exclusivamente a los musulmanes. En Estados Unidos existe una corriente fundamentalista cristiana cuyo discurso es digno del de Ben Laden. En nombre de sus reivindicaciones religiosas de un Gran Israel, colonos extremistas judíos se muestran igualmente dispuestos a llevar al mundo a la guerra.

La influencia de los movimientos islamistas sobre las masas desheredadas de las sociedades musulmanas tiene por efecto un mayor aislamiento de ciertas elites musulmanas cosmopolitas. Estas elites viven confortablemente bajo regímenes que siguen tolerando desigualdades y pobreza masiva. Regímenes que en su origen utilizaron a los movimientos islamistas como contrapeso, para reprimir otras formas de oposición.

El éxito de los islamistas prueba que los musulmanes amantes de la libertad no supieron defender su causa con suficiente vigor, y muestra también la urgencia del trabajo a realizar. Todo musulmán moderno, que se desenvuelve en un mundo diverso en cuanto a etnias, cultura y religión, debe defender con pasión un islam tolerante. Esto significa que es necesario que defendamos a un tiempo la justicia social, las instituciones políticas democráticas y las relaciones internacionales respetuosas de la dignidad y la soberanía de todas las naciones.

Estos compromisos exigen una gran dosis de coraje político, sin el cual no lograremos impedir que el islam caiga en manos de asesinos que lo desvirtúan. No es contradictorio ser a la vez musulmán, defensor de los desprotegidos, de los palestinos y ciudadano del mundo moderno. Debemos luchar por estos ideales dentro de nuestras respectivas esferas de influencia social, y aceptar el reto. Los acontecimientos del 11 de septiembre vienen a recordar la urgencia de esta tarea. Es a nosotros, los musulmanes, a quienes los autores de esos ataques lanzaron un desafío. Tenemos que recogerlo.

Los riesgos que derivan de estos acontecimientos son de una gravedad extrema. No son acciones terroristas como las demás, como las perpetradas, por ejemplo, por el IRA, la ETA, los palestinos en los años ’70, o incluso los recientes “atentados-suicidas” en Medio Oriente. El objetivo de esas acciones era atraer la atención sobre un motivo de resentimiento, o vengar un acto particular. En todos los casos, constituyen un llamado a la reparación de algo percibido como una injusticia. Sus autores reivindican su responsabilidad, para darles un sentido político.

Los atentados del 11 de setiembre no están vinculados con ninguna situación precisa. Su motivo esencial no es reparar una falta en particular, sino que se inscriben dentro de una estrategia anclada en una convicción religiosa que apunta a conducir al conjunto del “mundo musulmán” a una guerra global contra “Occidente”, de la que se supone que saldrá victorioso.

El pequeño grupo responsable de estos ataques sabe que no puede desatar esta confrontación si no consigue despertar en gran parte de los musulmanes la furia y la resolución absolutas que motivan a los varios miles de miembros de su movimiento. De allí la negativa, lógica, a reivindicar estos atentados. La finalidad consiste en provocar un conflicto más amplio. Los atacantes quieren que sea difícil saber con exactitud a quién condenar y a quién golpear, que sea difícil no hacer caer la respuesta contra un vasto conjunto de objetivos musulmanes, con la esperanza de que represalias ciegas aviven la cólera de todos los musulmanes.

De este modo habrán conseguido provocar el contraataque más ciego de que serían víctimas los musulmanes. Si logran este resultado, habrán ganado una batalla decisiva y se prepararán a enfrentar con más fuerza aun la inevitable batalla siguiente. El levantamiento generalizado del mundo musulmán, su única esperanza de victoria, resultará entonces más inminente.

Lo que debemos hacer ahora es tomar la palabra a los autores de estos ataques, que hablan desde hace tiempo de guerra santa y a quienes durante mucho tiempo hemos considerado marginales. Atrajeron sobre ellos la atención del mundo y nos obligan a tomar conciencia de su determinación. Quien conozca el mundo musulmán podrá imaginar sin gran esfuerzo la eventualidad de un levantamiento de esta índole, si no en la apocalíptica escala imaginada por los piratas del aire, al menos a escala regional o nacional.

¿Cómo es que algunos millares de individuos inventan una versión propia de un “choque de las civilizaciones” que nadie quiere? Basta examinar las posibles consecuencias de las represalias estadounidenses para constatar que los piratas del aire tal vez hayan encontrado una respuesta a esta pregunta.

Estados Unidos responderá con ímpetu a estos atentados, no solamente por venganza, sino porque los atentados no cesarán a menos que los corten de raíz. Pero, por las razones mencionadas, resulta difícil identificar esa raíz. Porque se trata de una red modesta, muy dispersa y oculta, cuyos miembros circulan entre una masa de gente que comparte sus frustraciones. El conflicto podría escapar a todo control. Un ataque estadounidense contra Afganistán significaría un desafío a Pakistán (ver pág. 10). Nadie tiene interés en ver instalarse un régimen islamista de tipo talibán en un país que es dueño de armas nucleares. ¿Cómo reaccionará la India, otra potencia nuclear? ¿Y China? ¿Cómo reaccionarán los rusos en Chechenia y en el conjunto del Cáucaso?

Los acontecimientos venideros afectarán a las comunidades musulmanas de los Balcanes, así como a las de Europa Occidental, de implantación más reciente. Si Estados Unidos no consigue rápidamente resultados a la altura del drama, corre el riesgo de verse arrastrado a una peligrosa escalada. Si ataca a Irak, el conflicto se extenderá, y entonces ningún país se sustraerá a la conflagración.

Por eso la estrategia estadounidense más eficaz consiste en definir con mucha precisión el objetivo de su respuesta. Al mismo tiempo, los estadounidenses deberán resistir la tentación de presionar a los gobiernos árabes para que incriminen injustamente a las corrientes islamistas pacíficas, lo que generaría a nivel nacional el círculo vicioso que es necesario evitar. Sólo una aproximación de conjunto podría aislar a los culpables, disuadir a los nuevos adeptos e impedir un levantamiento.

Esta estrategia exige una nueva evaluación de fondo de la política estadounidense respecto de las sociedades árabes y musulmanas. En primer lugar, Estados Unidos debe imponer el cese de la ocupación de los territorios palestinos por parte de Israel, y aceptar el derecho de los palestinos a un estado independiente cuya capital sea Jerusalén, ciudad santa para todos los musulmanes.

Esta revisión de la política estadounidense es la condición indispensable para toda “victoria” en esta “guerra de un nuevo tipo”. Pedir paciencia, con la promesa de tratar el problema de Palestina después de haber solucionado el del terrorismo, ya no tiene credibilidad. Es una carta ya demasiado utilizada: la última vez se remonta a la guerra del Golfo, hace diez años, y seguimos esperando el resultado. En adelante, será en función de lo que Estados Unidos decida hacer o no hacer en relación a este tema que cientos de millones de musulmanes y gran número de europeos tomarán inmediatamente posición ante las decisiones estadounidenses.

Estados Unidos también debe tomar en cuenta su responsabilidad en la creación de un “terrorismo” que se volvió en su contra. Promovió ese “terrorismo”, creando organizaciones para sus propios fines y apoyando regímenes represivos que ejercen terror sobre sus pueblos. ¿Realizarán un análisis crítico de su utilización de los fanáticos, a imagen de muchos regímenes árabes, para servir sus propios intereses?

La violencia se ha mundializado. Los conflictos, las injusticias y las víctimas lejanas golpean a nuestra puerta. Quien dice política internacional dice política local, y los dirigentes tendrán que responder por sus actos ante el mundo entero. Pobreza, desigualdad, represión y arrogancia son otros tantos problemas a resolver. Los estragos de la globalización neoliberal se hacen sentir tanto en Wall Street como en las aldeas de Asia Central. Se trata de problemas de seguridad global. Esta vez, nadie tiene derecho a equivocarse.

Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:12
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Islamismo
Países Estados Unidos