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El fascismo cabalga de nuevo

La ciencia ficción refleja a veces el mundo real mejor que la literatura clásica 1. Dos libros recientemente publicados en Italia lo confirman. En Fantafascismo 2, Gianfranco de Turris reunió algunos textos que -descontando algunas páginas irónicas- reflejan fielmente el título. El autor es, además, uno de los representantes más importantes de la Fundación que lleva el nombre del filósofo antisemita Julius Evola 3. Y la editorial, Settimo Sigilio, se especializa en publicaciones de extrema derecha. El otro libro, Occidente 4, de Mario Farneti, procura demostrar cuán fuerte habría sido Italia si Mussolini no hubiese muerto demasiado pronto… Mientras tanto, ficción y realidad parecen mezclarse.

Pocos meses después de la publicación de estos libros, los italianos amanecieron bajo un gobierno pesadillesco. El vicepresidente del Consejo, Gianfranco Fini, con el acuerdo del ministro Umberto Bossi, propone considerar la inmigración clandestina como un crimen. Este proyecto inhumano y criminal es aplaudido por los diarios de gran tirada, que llaman a la depuración, hacen la apología del colonialismo y de la segregación racial, y justifican la reaparición de las palizas en las comisarías y de la tortura en los cuarteles…

La Alianza Nacional (AN) de Fini había adelantado la idea de excluir de las escuelas a los docentes homosexuales. En cuanto a la Liga del Norte de Bossi, no tuvo reparos en llevar cerdos a orinar en el terreno donde se está construyendo una mezquita, regar con desinfectante a prostitutas negras, desmontar los bancos de los parques públicos para impedir que los inmigrantes se sienten y enviar a sus militantes a montar guardia en las fronteras. Uno de sus dirigentes, Mario Borghezio, ex miembro del grupo nazi Ordine Nuovo, convertido al integrismo católico, propone con la mayor seriedad del mundo tomar y clasificar las huellas de los pies de los africanos que ingresan a Italia.

El Ministro de Justicia Roberto Castelli, símbolo viviente de las tendencias de la Liga, provoca estupor cada vez que habla. ¿No sugiere acaso a los jueces que traten con indulgencia al carabinero que mató a Carlo Giuliano en Génova? ¿Y no se presentó ante el juez, después de las manifestaciones del G-8, para dar su “testimonio”, declarando que la violencia policial nunca tuvo lugar, o en todo caso, que él no vio nada? ¿Y qué decir del ministro del Interior, Claudio Scajola, que compara las escaramuzas de Génova con la batalla de Argel, como para legitimar el retorno a los métodos del general Massu?

Todos estos son indicadores del rebrote del fascismo, esa ideología de la vejación que erróneamente se ha dado por muerta. Oficialmente abandonado cuando el viejo Movimiento Social Italiano (MSI) se transformó en Alianza Nacional, despunta todo el tiempo en las filas del partido de Fini: cruces célticas en las organizaciones juveniles, insultos y agresiones físicas a homosexuales (en 1999, la sección de Viareggio de la AN, con sus dirigentes a la cabeza, tomó por asalto una representación de un grupo de teatro homosexual), demonización de los inmigrantes, campaña para eliminar los manuales escolares considerados favorables a la Resistencia, nombres de personalidades fascistas otorgados a muchas de las sedes del partido.

Al reunir, no sin dificultades, el ultraliberalismo de Silvio Berlusconi con el frenesí autoritario de sus aliados Fini y Bossi, este gobierno debía engendrar necesariamente acontecimientos como los de Génova, cuyas imágenes de horror dieron la vuelta al mundo (ver artículo de Palidda, pág. 24).

Repugnante subcultura

En este contexto, los títulos de las novelas anteriormente citadas –a las que habría que agregar, entre otras, Il volo dell’aquila (El vuelo del águila), Il ritorno del re (El retorno del rey) o Le maschere del potere (Las máscaras del poder)– confirman que la ciencia ficción, lejos de prefigurar un futuro lejano y fantasioso, está estrechamente vinculada con la realidad. Pero no se trata de una metáfora crítica del presente, sino de una subcultura que avanza a cara descubierta para acompañar el triunfo de una ideología repugnante. Durante los años en que el fascismo fue desterrado de la escena cultural italiana, la ultraderecha utilizó la ciencia ficción, género desatendido en ese entonces, para volver de contrabando. Prueba de ello es la conexión entre los directivos de la Sociedad Tolkienista y los de la Fundación Julius Evola: Italia es, tal vez, uno de los pocos países del mundo donde el nombre de Tolkien5 (y el de Lovecraft, si bien de otro modo), fue monopolizado por los sectores más radicales de la derecha, a tal punto que en la década de 1970, algunos lugares de entrenamiento de jóvenes fascistas se llamaron Campo Hobbit.

Las reuniones de los amantes de la ciencia ficción fueron organizadas durante mucho tiempo por la asociación Il Cerchio de Rimini6, que conjuga fundamentalismo católico y fascismo tradicional y está dirigida por Adolfo Morganti, miembro de la Fundación Evola. No es casual que la librería más conocida de ciencia ficción y literatura fantástica de Milán albergue también a la editorial Barbarossa, dedicada, a través de su mensuario Orion, a la lucha antisemita y al negacionismo de Robert Faurisson, SergeThion, David Irving y Paul Rassinier7.

Se dirá que se trata de una cultura marginal. Pero si bien la difusión de la literatura fantástica es reducida, no hay que desestimar su impacto sobre la juventud: las banderas de los hinchas en los estadios deportivos rebosan de bárbaros con cascos alados, caracteres rúnicos y hachas con plumas. Además, en circunstancias favorables, esta lunatic fringe (franja extremista) también puede encontrar interlocutores de peso. Así, para su reunión del año 2000, el poderoso movimiento integrista católico Comunión y Liberación confió a Morganti, flanqueado por el panfletario ultraclerical Rino Cammilleri, la preparación de una exposición contra el Risorgimento Italiano. Además, este mismo tema ya había dado lugar a un coloquio, organizado por el cardenal de Bolonia, Giacomo Biffi, crítico enardecido del “arrepentimiento” del Papa por la Inquisición y enemigo jurado de los matrimonios mixtos entre católicos y musulmanes, así como de la construcción de mezquitas. Las violentas homilías de este extremista son publicadas a menudo por Cristianitá, órgano del movimiento extremista Alianza Católica, que cuenta entre sus colaboradores al dirigente del grupo Alfredo Mantovano, actual subsecretario del Interior, a Rino Cammilleri, Massimo Introvigne8 y Vittorio Messori.

Por su parte, la asociación Il Cerchio difunde –además de textos de los escritores colaboracionistas franceses Maurice Bardèche y Robert Brasillach9, del negacionista Arthur Butz y del dirigente fascista rumano Corneliu Codreanu– una colección de libros didácticos. Allí pueden encontrarse ensayos sobre el origen de la vida que contradicen la teoría de la evolución, así como cuestionamientos de las revoluciones, desde la de Estados Unidos de América hasta el Risorgimento Italiano, pasando por la Revolución Francesa. Colaboran en la colección investigadores muy conocidos. Por ejemplo, Franco Cardini: este brillante medievalista católico fue miembro, durante la primera experiencia de Berlusconi, del equipo directivo de la Radiotelevisión Italiana, presidida por Letizia Moratti, actualmente ministro de Educación Nacional, quien además tuvo, durante la reunión anual de Comunión y Liberación, una intervención sorprendente a favor de la privatización casi total de la escuela. Cardini no parece inquietarse mucho por figurar en una colección al lado de autores fascistas y negacionistas. Tampoco tuvo reparos en redactar el prefacio, por otra parte elogioso, de un libro en el que Rino Cammilleri retoma por su cuenta, para alabar los méritos de la Inquisición, la vieja fábula de los “asesinatos rituales judíos”, a costa de la deformación de un texto de Maimónides10.

Evidentemente, no todas las fuerzas presentes en el gobierno se reconocen en esas estructuras ideológicas. Berlusconi practica un anticomunismo muy distinto. Pero él y sus aliados chapotean en un baño de xenofobia, fanatismo religioso, pulsiones autoritarias, nacionalismo, machismo y oscurantismo que ya presagiaba la orgía de violencia de Génova.

Las culpas de la izquierda

Este arma ideológica habría sido mitigada si otro elemento de la cultura italiana contemporánea no hubiese favorecido su puesta a punto: el revisionismo. En este punto, es inútil acusar a la derecha: la responsabilidad corresponde a la izquierda. El ex magistrado Luciano Violante, presidente de la Cámara de Diputados durante los gobiernos de centroizquierda y hombre fuerte de los demócratas de izquierda (DS, ex comunistas), fue quien asoció en 1996, desde un doble punto de vista, humano y moral, a los activistas de la Resistencia con los voluntarios de la República social italiana de Mussolini, como si la deportación de judíos posterior a 1943 hubiese constituido un episodio de exuberancia juvenil.

Esta es la cosecha tardía de las semillas que sembró el historiador Renzo De Felice y su monumental biografía de Mussolini, caso paradigmático del investigador que en cada volumen se va enamorando un poco más del objeto de sus investigaciones. Por otra parte, otro hombre de izquierda, el filósofo Massimo Cacciari, ya había obrado en pos de la recuperación cultural de Ernst Jünger, Julius Evola y otros intelectuales caros a la extrema derecha. Procedimientos que contribuyeron a rehabilitar al MSI y luego a legitimar a la Alianza Nacional, en cuyo seno Fini logró aliar a ex fascistas, monárquicos, extremistas católicos y un sector de los conservadores. Cuando un ministro socialista belga acusó al gobierno italiano de filofascismo, fue el ex jefe de gobierno Massimo D’Alema (DS) quien, junto con el presidente de la República, el ex partisano Carlo Azeglio Ciampi, tranquilizó a la opinión internacional: según ellos, prácticamente no hay fascistas en el Parlamento italiano y los que quedan están totalmente amansados. Invalorable cohartada, que protege a Italia de la condena europea que recayó sobre Austria…

Una vez abiertas las canillas del revisionismo, el agua no para de correr. El ex embajador Sergio Romano, editorialista omnipresente en los informativos de la televisión, no duda en hacer la apología de Francisco Franco, glorificando la lucha del caudillo contra el comunismo. Un ex “intelectual de izquierda”, Ernesto Galli Della Loggia, escribe el prefacio de los textos apologéticos sobre Julius Evola, entre dos editoriales furiosos que denuncian las ideas que en un tiempo fueron suyas. El recientemente desaparecido periodista de derechas Indro Montanelli, apreciado por la izquierda por su hostilidad a Berlusconi, niega contra toda evidencia la utilización por parte de las tropas italianas de gases asfixiantes en las colonias africanas. El ex director del periódico La Stampa, Paolo Mieli, ex socialista, consagra libros y artículos a la condena de todos los períodos de la historia en que patria, familia y religión fueron atacadas.

En suma, el revisionismo, fuertemente anclado en las universidades, es defendido periódicamente en la prensa. La opinión no está inmunizada contra este tipo de manipulaciones que, si no sustituyen una verdad por otra, borran la idea misma de verdad. Sobre este vacío de memoria, y a falta de todo control, se puede construir cualquier cosa. Esto se traduce, entre los intelectuales, en una rehabilitación de lo innombrable y lo indecible, pero a nivel masivo, significa una vertiginosa caída de la sensibilidad moral.

Amarga constatación: la propaganda racista, la apología del fascismo, el desprecio por las minorías, la exaltación del pasado colonial, el elogio de los modelos autoritarios, la recuperación de un pensamiento retrógrado e intolerante o el culto de la fuerza ya no suscitan escándalo. Por el contrario, se han convertido en el alimento cotidiano. En un clima semejante, ¿quién puede asombrarse del comportamiento de una fracción no despreciable de las fuerzas del orden enviadas a Génova?

¿Qué porvenir anhelan para los italianos los sectores más conservadores del gobierno? Otra novela de la colección citada más arriba nos lo explica: Le maschere del potere11. Oficial de Aeronáutica y periodista del Secolo d’Italia, el autor, Enrico Passaro, evoca en él un futuro lejano en el que el equilibrio entre tres reinos y tres poderes –el ejército, la Iglesia y los “artesanos”– ha garantizado mil años de paz. Una deplorable tentativa de destruir este equilibrio conduce al borde de la catástrofe. La misión de los héroes consiste en conjurarla y volver a instaurar los tres poderes. ¿Ciencia ficción? Los héroes aporreadores de Génova tenían en mente el mismo proyecto. Aunque no es seguro que consigan llevarlo a cabo.

  1. Valerio Evangelisti, "La ciencia ficción, reflejo del mundo actual", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto 2000.
  2. Roma, 2000.
  3. Julius Evola se rebeló contra las leyes raciales del régimen fascista por considerarlas… ¡excesivamente moderadas!
  4. Editrice Nord, Milán, 2001.
  5. El gran escritor de ciencia ficción J.R.R. Tolkien se hizo famoso por su libro El señor de los anillos.
  6. Consultar el sitio de internet de la asociación: www.ilcerchio.com
  7. Paul Rassinier (1906-1967). Sucesivamente comunista, anarquista, detenido y deportado en 1943 a Alemania, pacifista, autor a partir de 1950 de obras en que se fundaron después los negadores del Holocausto judío antes mencionados.
  8. Bruno Fouchereau, “Les sectes, cheval de Troie des Etats Unis en Europe”, Le Monde diplomatique, París, mayo 2001.
  9. Ejecutado en febrero de 1945.
  10. La vera storia dell’Inquisizione, Piemme, Milano, 2001.
  11. Editrice Nord, Milán, 1999.
Autor/es Valerio Evangelisti
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:25,26
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Genocidio, Ultraderecha, Literatura
Países Italia