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Trabajoso nacimiento del demócrata africano

La alternancia política en distintos países del continente africano demuestra que, aunque lentos, los progresos son importantes. El creciente número de asociaciones civiles y políticas y su manifestación pública ponen límites al poder autoritario e indiscriminado. Sin embargo, la ausencia de valores democráticos en grandes capas de la sociedad y de la clase política, así como la precarización de la existencia, ponen en duda la firmeza de estos cambios.

Alternancia política espectacular (Senegal, marzo de 2000); agitada (Costa de Marfil, invierno boreal de 2000-2001); tranquila (Ghana, Benin, 2001); frustrada (Uganda, julio de 2001); resistencia de los dictadores “dinosaurios” Paul Biya y Gnassingbe Eyadéma en Camerún y Togo… Bien o mal, la democracia progresa en África. A pesar de la lentitud de resultados concretos, una nueva cultura política emerge a través de todo el continente, dibujando el perfil del demócrata africano. Las relaciones entre dirigentes y dirigidos, las representaciones de la autoridad, las relaciones entre el derecho y las instituciones, entre el poder y la manera en que se ejerce, traducen una evolución, lenta pero sin duda irreversible, de las mentalidades1.

Es cierto que los países africanos vienen de lejos. Y que la nueva cultura política va tomando cuerpo sobre los restos aún calientes de la precedente, la de dictaduras donde los autócratas, individuos frecuentemente mediocres y corruptos, actuaban como machos dominantes lanzados a la cabeza de poblaciones asimiladas a auténticos rebaños, canalizados por Gosplanes políticos (la construcción del Estado-nación) y económicos (el desarrollo). En la mayoría de los países (entre ellos, el Togo de Gnassingbe Eyadéma y el Zaire del mariscal Mobutu son auténticas caricaturas), las culturas autóctonas se habían convertido en inagotables fuentes de legitimación de los actos de poder más sangrientos y vulgares2. En los años ’80, las luchas por conflictos internos y la resistencia subterránea consiguieron abrir pequeñas grietas en esa hermosa arquitectura autoritaria que los planes de ajuste estructural sometieron a duras pruebas antes que los rompientes de la democracia la resquebrajaran seriamente diez años más tarde.

La aspiración a la libertad de expresión y al bienestar económico y social se tradujo en la multiplicidad de asociaciones, de sindicatos y partidos, el desarrollo de la prensa local y la movilización de los campus universitarios, de los jóvenes, de las mujeres, de las elites despojadas del poder, de las organizaciones no gubernamentales y de los movimientos religiosos3. A todo ello se suma la literatura sombría, los panfletos, las pintadas y las discusiones políticas privadas, a las que los africanos son muy aficionados. Estos movimientos tuvieron un papel decisivo en la alternancia política en Senegal, en la primavera boreal de 2000, y en Costa de Marfil durante el invierno boreal de 2000-20014. La aparición de estos fenómenos, prácticamente inexistentes hace una década –o, cuando existían, como en el Senegal de Leopold Senghor, seriamente controlados– constituye, en sí misma un cambio social y político importante.

Desacralización del gobernante

Pero la ruptura más significativa reside en la idea que los africanos se hacen del buen gobernante. En el imaginario popular, fundamentalmente tiene que “conocer texto”, es decir, ser un “letrado” que posee su saber de la escuela del colonizador5. Este perfil era una de las exigencias escritas en los “pliegos de condiciones” que circularon durante las reivindicaciones democráticas de los ’90. No es casualidad que algunos gobiernos de transición, instaurados por las conferencias nacionales, estuvieron dirigidos por grandes “tecnócratas”, llegados en su mayoría de las grandes organizaciones internacionales, como Nicéphore Soglo en Benin, André Milongo en Congo-Brazaville o Alassane Ouattara en Costa de Marfil. Pero la opinión pública ha revisado y corregido al alza la vieja alianza saber/poder, a la que ha investido de una pesada carga moral y ética. Ahora requiere del gobernante una integridad ejemplar y la moralización de la vida política. Así, casi en todas partes, se crean observatorios de la lucha contra la corrupción, como ha ocurrido en Benin, Camerún y Ghana. Ciertamente, en la mayoría de los casos, esos observatorios son fábricas de gas creadas siguiendo el modelo de los antiguos “elefantes blancos”, tan rápidamente construidos como destruidos. Sin embargo, ponen de manifiesto una toma de conciencia sobre la corrupción, deporte real en el que se destacan las elites nacionales.

En los pliegos de condiciones democráticas la designación del jefe pasa imperativamente por elecciones transparentes y honestas. Se lo retrotrae al estatuto de ser humano, desacralizado, desposeído de su estatuto de demiurgo, así como de productor de verdades teológicas. Asociaciones locales rodean al jefe y velan para alertar las conciencias cuando se dedica a violar los derechos humanos, como en Burkina Faso cuando el asesinato del periodista Norbert Zongo. Los africanos ya no dudan en salir a la calle para criticar al jefe, cuando consideran que falla. La oposición no es un hecho nuevo, pero ha cambiado de escala y de naturaleza, adquiriendo formas más visibles que sustituyen, o completan, las formas de protesta simbólicas o escondidas de ayer: movimientos sindicales, huelgas de hambre, operaciones de “ciudades muertas”, movilizaciones en la calle, etc. Así, en la primavera boreal de 2000, la oposición congoleña apeló a varias operaciones “ciudad muerta”, para pedir la aplicación de los acuerdos de Lusaka6.

Rémoras antidemocráticas

A menudo, esos momentos de crisis y de verdad degeneran en escenas de violencia, en ocasiones mortal, con un extraordinario desarrollo de la cultura del amotinamiento que los jóvenes africanos consideran como una forma de expresión política de lo más normal. Por ejemplo, en junio de 2001, en Port Gentil (Gabón), 300 jóvenes desocupados levantaron barricadas y saquearon comercios para protestar contra su marginación social. Esta evolución se produce cuando todavía permanecen determinadas visiones y prácticas antiguas, como las ocultas (magia, brujería, etc.). En un contexto competitivo en que la detentación del poder se encuentra precarizada, los competidores buscan la seguridad y el aval en esas prácticas en fuerte recrudescencia7.

Cuando no se organizan elecciones fraudulentas para conjurar el fracaso, se llega al extremo de utilizar a las fuerzas de seguridad y del orden para avasallar las instituciones democráticas y mantenerse en el poder. El antiguo presidente senegalés Abdou Diouf, supo jugar con ambas barajas durante mucho tiempo, antes de ser barrido en marzo de 2000 por su viejo rival Abdoulaye Wade. En esta carrera hacia la victoria a cualquier precio, nada impide una instrumentación de las identidades primordiales como formas de movilización popular y de estrategias políticas, lo que a veces provoca derivas dramáticas, ilustradas por la “marfileñización” de Costa de Marfil, o incluso las guerras civiles, como en los dos Congos.

Aunque la arbitrariedad y la represión han disminuido relativamente, los periodistas, cuando no son asesinados, son todavía severamente condenados –a veces por “pecadillos”– por una justicia que sigue siendo dependiente y que prefiere cerrar los ojos sobre la corrupción endémica de los gobernantes. El periodista camerunés Puis Njawe, por ejemplo, fue condenado a dos años de cárcel, en enero de 1998, por haber insinuado que el presidente Paul Biya se encontraba enfermo. Pero en todos los casos se inician reivindicaciones de un poder legitimado a la vez por sus orígenes (las elecciones) y por su ejercicio (el poder debe ser controlado y rendir cuentas), al tiempo que se mantiene una visión bastante monárquica. Estas constantes en los comportamientos pueden explicarse por la escasa renovación de los principales actores políticos8.

La emergencia es prioridad

Las mutaciones en marcha deben no solamente profundizarse y arraigarse en las prácticas individuales y colectivas, sino también ampliarse para alcanzar a capas más amplias de la población. Los procesos democráticos en África se resienten de la ausencia de categorías sociales que enarbolen realmente los ideales y los valores democráticos, y que los asuman como propios. Pero aparte de algunas personalidades activas, las elites (los instruidos) no luchan forzosamente por los principios democráticos sino más bien por la conquista del poder. Y existen buenas razones para sospechar que sean “demócratas de conveniencia”. Al lado de asociaciones como las de defensa de los derechos humanos, completamente legítimas, deberían constituirse asociaciones de consumidores de servicios públicos, cuya ausencia se siente fuertemente, ya que las arbitrariedades y las primeras injusticias a menudo comienzan en las ventanillas de la administración pública.

Las capas medias urbanas, que podrían jugar el papel de vector de la democracia, se han visto erosionadas desde 1980 por planes de ajuste estructural y prácticamente ya no existen en la mayor parte de los países africanos, mientras que los pueblos del interior permanecen mudos o, al menos, inaudibles. La inseguridad alimentaria, sanitaria y escolar, la pandemia del sida, el analfabetismo y la desocupación han provocado la precarización de la existencia. Combinada con las torpezas y la fragilidad de los partidos de oposición, esta precarización parece haber desplazado a la democracia en el orden de las prioridades.

Sin embargo, está claro que los dirigentes africanos, sean o no refractarios a los proyectos democráticos, como Paul Biya en Camerún o Jerry Rawlings en Ghana, no pueden ejercer su poder como lo hacían antes. Ya no pueden ignorar las constituciones ni las elecciones y saben que no les es más posible dedicarse, en nombre del Gosplan y de la guerra fría –hoy caducos–, a violaciones masivas de los derechos humanos. Corren el riesgo de encontrarse en la desagradable postura de Hissène Habré, refugiado en Senegal y perseguido por la justicia de Chad, su país.

Desde hace más de diez años, los países africanos han pasado por muchos cambios, pero los progresos son lentos y la democracia hecha de parches siempre perfectibles. Su consolidación en África dependerá, por una parte, de la relación de fuerzas entre la sociedad, los individuos y las instituciones y, por otra, de la profundización y difusión de esas nuevas culturas, todavía frágiles, en todas las capas de la sociedad.

  1. Richard Banégas, “La démocratie est-elle un produit d’importation en Afrique: l’exemple du Bénin”, in Démocraties d’ailleurs: démocraties et démocratisations hors d’Occident, Karthala, París, 2000.
  2. Achille Mbembe, De la postcolonie: essai sur l’imagination politique dans l’Afrique contemporaine, Karthala, París, 2000.
  3. Florence Santos Da Silva, “Stratégies féminines dans un Togo en crise”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2001.
  4. Philippe Laymarie, “L’Afrique de l’Ouest dans la zone des tempêtes”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2001.
  5. A. Diaw, “La démocratie des lettrés”, in Sénégal. Trajectoires d´un Etat, Dakar/París, Codesria, Karthala, 1992.
  6. 6 Colette Braeckman, “Guerre sans vainqueurs en République démocratique du Congo”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2001.
  7. M. Dobry, Sociologie des crises politiques: la dynamique des mobilisations sectorielles, Presses de la Fondation nationale des sciences politiques, París, 1992.
  8. Tiemoko Coulibaly, “La classe politique ivoirienne se cherche”, Le Monde diplomatique, París, octubre de 2000.
Autor/es Comi M. Toulabor
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:30,31
Traducción España. Le Monde diplomatique
Temas Desarrollo, Derechos Humanos, Estado (Política)
Países Angola, Argelia, Benin, Burundi, Camerún, Mozambique, Níger, Namibia, Nigeria