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Al borde de la rebalcanizaciónA pesar de los objetivos pregonados por la minoría albanesa de Macedonia, el gobierno macedonio y la comunidad internacional, este país podría verse condenado a la partición. En efecto, se halla a las puertas de una nueva redefinición de fronteras en los Balcanes, que resultaría de nuevas guerras y que significaría un paso más hacia la desaparición de las comunidades minoritarias y los espacios de coexistencia, a favor de tres grandes naciones: la croata, la albanesa y la serbia.“¿Queda alguien que no mienta en este país?”, se pregunta aterrado un intelectual de Skopje. En efecto, desde que estallaron los primeros enfrentamientos en Macedonia, en febrero de 2001, la pequeña República se ha convertido en objeto de una estafa de la que no cabe descartar las más inesperadas secuelas, dado que los objetivos reales de cada una de las tres partes implicadas en la crisis –la guerrilla albanesa, el gobierno del país y la comunidad internacional– no son necesariamente los que se pregonan. Oficialmente, el Ejército de Liberación Nacional Albanés, cuyo acrónimo, UCK, es idéntico al del Ejército de Liberación de Kosovo, descarta cualquier tentación separatista, afirmando que sólo lucha por la ampliación de los derechos que goza la minoría albanesa en Macedonia1. Embriagada por los éxitos conseguidos en Kosovo, una corriente radical del nacionalismo cree sin embargo que ha llegado la hora de realizar el viejo sueño de reunión de todas las tierras albanesas de los Balcanes. Los partidos albaneses legales de Macedonia, el Partido Democrático Albanés (PDSh) de Arben Xhaferi, que forma parte del Gobierno desde 1998, y el partido de la Prosperidad Democrática (PPD), que se incorporó al constituirse la coalición de “unión nacional”, en mayo último, practican sistemáticamente el doble lenguaje. El PDSh se ha dedicado a mantener la solidaridad internacional, procurando al mismo tiempo no desvincularse de una guerrilla que logró la adhesión de la opinión pública albanesa. El partido de Xhaferi ha optado por asumir una posición de intermediario entre la guerrilla y las autoridades de Skopje; por otra parte, sus reivindicaciones coinciden exactamente con las posiciones oficiales de la UCK. Un Estado sin legitimidad¿Pero se trata realmente de una lucha por “derechos”? Sobre el papel, los albaneses de Macedonia disponen de ventajas y garantías que muchas minorías nacionales podrían envidiarles. Las evidentes disfunciones, por ejemplo una reducida presencia en la Administración y en la policía, se deben tanto a eventuales actitudes discriminatorias como a comportamientos sociológicos de la comunidad albanesa, menos atraída que los macedonios por los servicios del Estado. Una modificación del marco jurídico y constitucional no bastará para cambiar esa situación, aun cuando se haga posible un uso oficial y administrativo de la lengua albanesa. El problema tiene mucho más que ver con la impugnada legitimidad del Estado mismo. En la época yugoslava, los albaneses de Macedonia vivían, estudiaban y trabajaban en la órbita de Kosovo y de Pristina. El estallido de la Federación entrañó una ruptura de aquel espacio albanés de Yugoslavia, y las comunidades albanesas de Macedonia y del Valle de Presevo, en el sur de Serbia, no admitieron nunca la legitimidad de las nuevas fronteras. Mientras cierto nacionalismo macedonio exaltó el “sueño estatal” finalmente realizado, los albaneses de Macedonia siempre consideraron a la República independiente como un accidente pasajero de la historia. Todos los dirigentes macedonios, tanto los surgidos de las filas de la derecha nacionalista del VMRO-DPMNE –es el caso del presidente de la República Boris Trajkovski y su primer ministro Ljupco Georgievski– como de la oposición socialdemócrata, incorporada a la coalición gubernamental en el mes de mayo, afirman luchar por la defensa de la integridad territorial de la pequeña República. No obstante, la gestión de la crisis hizo aparecer dos alas muy diferenciadas en el seno del VMRO-DPMNE. Mientras que el presidente Trajkovski parece sinceramente proclive a una salida negociada, el Primer ministro no dudó en ponerse a la cabeza de los “halcones”. Esa diferenciación podría corresponder a dos visiones completamente diferentes del futuro del país. Históricamente, el VMRO, heredero del movimiento de liberación nacional formado contra el ocupante otomano a fines del siglo XIX, reivindica la identidad búlgara del pueblo eslavo de Macedonia. En la década de 1930, una sangrienta lucha enfrentó al ala probúlgara del VMRO con la corriente favorable a una Macedonia independiente. El VMRO actualmente en el poder en Skopje es sólo una de las ramas de esa corriente histórica. Hemos de tener en cuenta que en Bulgaria hay dos organizaciones que tienen el nombre de VMRO en la región macedonia llamada del Pirin2, que rivalizan en patriotismo búlgaro. El programa oficial del VMRO-DPMNE reivindica la “reunificación” de Macedonia, mediante la reunión de los territorios en poder hoy de Grecia y Bulgaria, afirmando el carácter específico de los macedonios. Sin embargo, el ala más nacionalista del VMRO-DPMNE sigue siendo sensible a las viejas sirenas búlgaras y algunos sospechan que Georgievski puede estar practicando un doble juego: empujar al endurecimiento del conflicto para precipitar una partición del país. Una vez “desembarazada” de la cuestión albanesa, una Macedonia amputada de la cuarta parte noroccidental del país formaría un territorio donde los eslavos serían la aplastante mayoría, con el riesgo de que esa “pequeña” Macedonia se incorpore finalmente a Bulgaria. Por su parte, después de haber proclamado durante diez años su compromiso con la salvaguarda de la integridad territorial de Macedonia, la comunidad internacional parece incapaz de salir de una política errática en su gestión de la crisis macedonia. Los principales éxitos de la diplomacia internacional fueron de naturaleza simbólica, como la forzada constitución de un gobierno de unidad nacional perfectamente incapaz de gobernar el país, a causa de las divergencias profundas entre los dos partidos macedonios y los dos partidos albaneses que lo componen. Igualmente, la misión “Cosecha esencial” de la OTAN tiene por finalidad el desarme de la guerrilla, pero la Alianza Atlántica sólo se fijó el objetivo de recoger 3500 armas, una cifra considerada ridículamente baja por las autoridades de Skopje, que hablaban de 60.000 armas. La restitución de las armas por unidades de la UCK que desfilan con gran ostentación, encendió todavía más la cólera y la desconfianza de los macedonios, que naturalmente acusan a la comunidad internacional de parcialidad a favor de los albaneses. La peor hipótesis para el futuro de Macedonia sería una reanudación de los enfrentamientos por iniciativa de las unidades regulares o de los grupos paramilitares macedonios cuya formación se está acelerando: los albaneses podrían denunciar entonces el “extremismo” macedonio, después de haber entregado solamente una exigua parte de su arsenal. El tabú de la particiónAl igual que durante la guerra de Bosnia, la comunidad internacional se manifiesta también muy preocupada por las posibilidades de extensión del conflicto fuera de las fronteras del país. La inmediata solidaridad mostrada por las autoridades búlgaras hacia los “hermanos” macedonios relanzó las especulaciones sobre eventuales pretensiones de Sofía. El conflicto macedonio implica de entrada a varios Estados, puesto que Kosovo sirve de retaguardia a la guerrilla albanesa de Macedonia, y una amenaza separatista albanesa podría perfilarse igualmente en Montenegro. Ante su incapacidad para bloquear las fronteras de la provincia, las tropas internacionales desplegadas en Kosovo, 42.000 hombres este verano para poco más de 10.000 kilómetros cuadrados, alimentaron las sospechas de todos los países eslavos de la región. Aunque la comunidad internacional no quiso darse los medios para actuar eficazmente en salvaguarda de la integridad territorial de Macedonia, las actitudes con frecuencia ambiguas o contradictorias de los dirigentes albaneses y macedonios oscurecen aún más lo que se está jugando en la crisis. Así, a Xhaferi le resultó fácil hacer hincapié en que gracias a las modificaciones de su estatuto en el país, los albaneses fueron los únicos defensores de Macedonia, condenando implícitamente las veleidades de partición, de las que son sospechosos el primer ministro y sus seguidores. Es evidente que Macedonia sólo puede sobrevivir como Estado construyendo una sociedad plurinacional, pero los dirigentes albaneses denuncian el proyecto de Estado “ciudadano” defendido por el presidente Trajkovski, como una trampa con vistas a hacer perdurar la dominación eslava. Su punto de vista tendería a la creación de un Estado dual, reivindicando el modelo belga, que tiene sin embargo muy poca viabilidad en los Balcanes. Una evolución confederal indefectiblemente señalaría el final de Macedonia, como también el mantenimiento desde ahora imposible de un Estado unitario y centralizado. No obstante, el debate sobre eventuales modificaciones de fronteras continúa siendo todavía una cuestión casi tabú en Skopje. Por eso en mayo de 2001 el presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Macedonia, Georgi Efremov, fue obligado a dimitir. Según el periódico Vecer, los académicos habrían debatido un eventual “trueque” fronterizo: Macedonia podría deshacerse de las regiones mayoritariamente albanesas del país, a cambio de algunas localidades macedonias de la región de Pogradec y de Korca, en Albania. Efremov desmintió formalmente haber tomado la iniciativa de esa discusión, pero la virulencia de la polémica revela las inquietudes que suscita en Macedonia la menor perspectiva de modificación de fronteras. Sin embargo, esa eventualidad se convirtió en la telenovela del verano en todos los países de los Balcanes3. En el pasado mes de febrero, Lord David Owen, ex representante europeo en Bosnia, propuso un vasto plan de redefinición de fronteras. Desde entonces cada uno se dedicó a su proyecto. Así, el semanario Reporter, editado en la República Serbia de Bosnia, pero ampliamente difundido en la Federación Yugoslava, proponía un mapa proveniente de un Instituto de Balcanología estadounidense, que no se detenía en las fronteras de la antigua Yugoslavia4. De Bosnia Herzegovina sólo subsistiría un micro Estado musulmán, el resto del país se repartiría entre Croacia y un vasto “Estado serbio” que se adjudicaría igualmente el norte de Kosovo y todo Montenegro. Esa “pequeña Gran Serbia” se convertiría de esa manera en el pivote de la reorganización territorial de los Balcanes. El otro gran ganador sería Albania, que se haría dueña de lo esencial de Kosovo y el oeste de Macedonia. Fuera de la antigua Yugoslavia, la franja occidental de la Transilvania rumana volvería a Hungría, mientras que Turquía recuperaría el distrito de Krcali, una pequeña región del este de Bulgaria con mayoría de población turca. Además de Montenegro, destinado a desaparecer, las dos grandes perdedores serían evidentemente Bosnia Herzegovina y Macedonia, condenadas tanto la una como la otra a la fragmentación. Después de haber intentado conciliar posiciones inconciliables, por ejemplo un solo Estado bosnio pero repartido en dos “entidades”, un Kosovo autónomo pero vinculado siempre a la Federación Yugoslava, sería necesario ahora aceptar una lógica de partición, contra la cual se había comprometido precisamente la comunidad internacional. Esa solución de “sentido común” no podría resultar obstaculizada por principios perimidos. De esta manera se verían satisfechas las dos “grandes” cuestiones nacionales de los Balcanes: la cuestión serbia y la cuestión albanesa. En Belgrado, el presidente Voyislav Kostunica, que nunca ocultó sus convicciones nacionalistas, es desde hace mucho partidario de esa óptica. A comienzos de año, Yugoslavia pudo finalmente oficializar con la República Sprska de Bosnia las “relaciones privilegiadas” previstas por los acuerdos de Dayton, pero cuya realización había sido suspendida mientras Slobodan Milosevic estuviese en el poder. Para muchos nacionalistas serbios, sólo se trata de una etapa hacia una unificación de la República Sprska con Serbia. En cuanto a Montenegro, para esos mismos nacionalistas se trataría de territorio serbio. Sólo la guerraLa lógica de modificación de las fronteras llevaría en primer lugar a hacer desaparecer los espacios caracterizados por la coexistencia de diferentes grupos nacionales, religiosos o lingüísticos, en benefico de algunas “grandes” naciones. Así, en Macedonia cualquier diálogo político consiste en negociaciones entre macedonios y albaneses, olvidando a las otras comunidades nacionales del país: los turcos (4% del total de la población), los gitanos, (al menos un 5%), los macedonios musulmanes, etcétera. Del mismo modo, una eventual partición de Kosovo sólo tendría en cuenta las reivindicaciones serbias y albanesas, olvidando a las otras pequeñas comunidades nacionales, que sumadas representaban sin embargo el 10% del total de la población de la provincia en el censo de 1981. Desde hace cerca de dos siglos, la creación de Estados nacionales en los Balcanes tendió a hacer desaparecer a las comunidades “intermediarias”, obligadas a asimilarse a los grupos dominantes que les eran más próximos por la lengua o la religión. Un nuevo trazado de las fronteras de la región sobre bases nacionales acabaría por destruir esos últimos vestigios del mosaico humano que caracterizó durante siglos a los Balcanes. ¿Es irreversible esta evolución? ¿La formación de Estados nacionales representa un paso obligado de los Balcanes a la modernidad? Sería olvidar que ese proceso no puede realizarse sino mediante la guerra. En Bosnia, la guerra de 1992-1995 no sólo mató a cerca de 200.000 personas; quebró también el espíritu de coexistencia que caracterizaba, en primer lugar, a las grandes ciudades como Sarajevo o Mostar. Del mismo modo, en Macedonia no habrá una verdadera guerra por algunas zonas montañosas que controlan los guerrilleros albaneses, y donde la policía macedonia no se atreve a aventurarse desde hace ya años. La guerra se librará por el control de espacios mixtos, comenzando por Skopje, o ciudades como Kumanovo, donde cohabitan macedonios (60%), albaneses (20%), serbios (10%), gitanos o vlach… Esa perspectiva volvería a hacer surgir sobre las ruinas de la antigua Yugoslavia tres Estados importantes, el croata, el serbio y el albanés, sea que se reconozca la independencia de un “Kosovo redimensionado” o que Kosovo se una a Albania. Los países y ciudades sacrificadas sólo podrían sobrevivir bajo la forma de protectorados internacionales de larga duración, y el trazado de esas nuevas fronteras no tiene prácticamente posibilidades de poder definirse pacíficamente. En efecto, sería muy ilusorio creer que esa redefinición del mapa de los Balcanes pudiera encontrar el acuerdo de todos los pueblos involucrados. Todos los protagonistas de las guerras balcánicas contemporáneas afirman querer corregir las injusticias de la historia, y las nuevas frustraciones engendradas por una redefinición del espacio balcánico justificarían las guerras futuras. En lugar de la paz duradera prevista anticipadamente por algunos, una vasta redefinición de las fronteras de los Balcanes expondría a la región a sumirse en una guerra de cien años. ¿Está condenada Macedonia a servir de región de prueba para esa redefinición “étnica” de las fronteras balcánicas?
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