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Barenboim y el tabú Richard Wagner

La polémica desatada por la interpretación en Israel de un fragmento de ópera de Wagner por el director de orquesta y pianista argentino Daniel Barenboim remite a la cuestión de cómo abordar a artistas cuya obra es grandiosa y significativa más allá del rechazo que sus adhesiones públicas o rasgos privados provoquen en sus receptores. El autor apuesta al conocimiento y comprensión del otro, sin ocultamiento de sus rasgos negativos y aun nefastos, frente al recurso fácil de la censura o la ignorancia.

La tormenta que desató en Israel el concierto brindado el 7 de julio pasado por el notable pianista y director de orquesta Daniel Barenboim, en el que interpretó un pasaje orquestal de una ópera de Richard Wagner, merece toda nuestra atención. Barenboim –a quien me une una íntima amistad– es objeto desde entonces de una catarata de críticas, insultos y reprimendas indignadas. Todo porque Richard Wagner (1813-1883) era a la vez un grandísimo compositor y un notorio antisemita y, en tanto tal, profundamente repugnante. También porque mucho después de su muerte fue el músico favorito de Hitler, por lo que es habitualmente asociado, no sin razón, al régimen nazi y al terrible destino de millones de judíos y otros pueblos “inferiores” exterminados por ese régimen.

En Israel está prohibido interpretar en público la música de Wagner, aunque a veces se la escucha por radio y sus grabaciones están en venta. Para muchos judíos israelíes esas obras ricas y extremadamente complejas, que ejercieron una enorme influencia en el universo musical, simbolizan de alguna manera los horrores del antisemitismo alemán.

Precisemos que muchos europeos no judíos rechazan a Wagner por motivos parecidos, fundamentalmente en los países que sufrieron la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. El carácter grandilocuente, “germánico” (adjetivo abusivamente utilizado) y tan imperioso de su obra, compuesta exclusivamente de óperas; su apego al pasado, a los mitos, a las tradiciones y a los logros germánicos; su prosa infatigable, abundante y pomposa, sobre las razas inferiores y los héroes sublimes (y germánicos), hacen de Wagner un personaje difícil de aceptar y más aun de amar o de admirar.

Ello no impide que haya sido un genio indiscutible en el terreno del teatro y de la música. Revolucionó toda la concepción existente de la ópera, transformó íntegramente el sistema tonal y creó diez obras maestras, diez óperas que se sitúan en la cumbre de la música occidental. El desafío que lanza, no sólo a los judíos israelíes, sino a todos, es el siguiente: ¿cómo admirar e interpretar su música, disociándola de sus textos detestables y del uso que de ellos hicieron los nazis?

Como subrayó Daniel Barenboim muchas veces, ninguna de las óperas de Wagner contiene elementos directamente antisemitas. Para decirlo más francamente, si bien Wagner expresaba en sus panfletos su odio contra los judíos, estos no se hallan presentes para nada en su obra musical en tanto que judíos o personajes judíos. Numerosos críticos descubrieron huellas de antisemitismo en ciertos personajes que Wagner trata con desprecio y de los que se burla en sus óperas, pero esas son acusaciones y no pruebas de antisemitismo. Si bien es innegable el parecido entre Beckmesser, personaje irrisorio de Die Meistersinger von Nürenberg –la única ópera cómica de Wagner– y las caricaturas que por entonces se hacían de los judíos, no es menos cierto que en esa ópera Beckmesser representa a un cristiano alemán y de ninguna manera un judío. En su mente, Wagner hacía una distinción entre los judíos en la realidad y los judíos en su música: en sus escritos abunda sobre el tema, pero lo silencia en su obra musical.

Un iconoclasta

De todas maneras, las obras de Wagner nunca habían sido interpretadas en Israel antes del 7 de julio de 2001, debido al consenso existente. Además de la orquesta Sinfónica de Chicago, Daniel Barenboim dirige la Berliner Staatoper, que debía brindar tres conciertos consecutivos en Jerusalén. Inicialmente había programado para el 7 de julio una representación del primer acto de la ópera La Walkiria. A pedido del director del festival de Israel, que había invitado a Barenboim y a la orquesta alemana, éste reemplazó dicho acto por obras de Schumann y Stravinsky. Al término del concierto, Barenboim propuso al público interpretar en bis un breve extracto de Tristán e Isolda. Abrió un debate contradictorio en el público y finalmente anunció que interpretaría ese tema, sugiriendo a quienes se sintieran afectados que abandonaran la sala, cosa que algunos hicieron. La obra de Wagner fue bien recibida por un público entusiasta de 2.800 israelíes, y –estoy seguro– magníficamente bien interpretada.

Sin embargo, desde entonces no cesaron los ataques contra Barenboim. El 25 de julio pasado la prensa informaba que la Comisión de cultura y educación de la Knesset “llamaba a los organismos culturales de Israel a boicotear al director de orquesta… hasta que no presente sus disculpas, por haber interpretado durante la más importante manifestación cultural israelí la música del compositor preferido de Hitler”. El músico, que siempre se consideró israelí, a pesar de haber pasado los primeros años de su infancia en Argentina, fue objeto de acerbos ataques por parte del Ministerio de Cultura y de otros notables.

Barenboim se crió en Israel, concurrió a la escuela hebraica y posee –además de su pasaporte argentino– un pasaporte israelí. Figura central de la vida musical del país durante años, siempre fue considerado como una importante carta cultural israelí, a pesar de que desde el fin de su adolescencia vivió generalmente en Europa y en Estados Unidos. Esas circunstancias son de orden profesional: sus perspectivas profesionales importantes aparecieron más frecuentemente fuera de Israel. El hecho de presentarse como director o pianista ya sea en Berlín, París, Londres, Viena, Salzburgo, Bayreuth, Nueva York, Chicago o Buenos Aires, hizo olvidar que Barenboim podía residir en un lugar preciso. Como ya lo veremos, esa vida cosmopolita y hasta iconoclasta, será una de las razones de los ataques que recibe desde el incidente Wagner.

El personaje no carece de complejidad, lo cual explica también la tormenta que desató. Todas las sociedades se componen mayoritariamente de ciudadanos promedio –personas que siguen los caminos ya trazados– y de una reducida cantidad de individuos que, en virtud de su talento y de una inclinación a la independencia, no son para nada promedio y cuestionan a la mayoría generalmente dócil, llegando a veces a ofenderla. Los problemas surgen cuando esa mayoría dócil trata, en su visión, de reducir, simplificar y etiquetar a las personas complejas que no actúan de manera rutinaria y que forman parte de una pequeñísima minoría. Dado que las multitudes pocas veces toleran a alguien manifiestamente diferente, más dotado y más original que el común, el choque es inevitable e inevitablemente suscita rabia e irracionalidad en el seno de la mayoría. Vean si no lo que Atenas le hizo a Sócrates, culpable de ser un genio que enseñaba a la juventud cómo pensar por sí misma y cómo aprender a dudar: lo condenó a muerte. Los judíos de Amsterdam excomulgaron a Spinoza, cuyas ideas los superaban. Galileo padeció el castigo de la iglesia. Al-Hallaj1 fue crucificado por sus concepciones visionarias. Y la historia se repite desde hace siglos. Barenboim es un personaje talentoso, totalmente fuera de lo común, que cruzó demasiadas líneas rojas y violó demasiados de esos tabúes que tienen maniatada a la sociedad israelí. El tema merece entrar en pormenores.

Es inútil recordar que, musicalmente hablando, Barenboim es excepcional. Goza de todos los dones posibles e imaginables que hacen a un gran solista y a un gran director de orquesta: una memoria perfecta, una gran idoneidad y hasta una inteligencia técnica notable; la capacidad de ganarse al público y sobre todo un inmenso amor por lo que hace. Nada de lo que concierne a la música le queda grande ni le resulta demasiado difícil. En todo lo que hace manifiesta una maestría aparentemente natural, talento que le reconocen todos los músicos vivos de hoy en día.

Pero las cosas no son tan simples. Habiendo pasado los primeros años de su vida primero en Argentina, donde se habla español, y luego en Israel, donde se habla hebreo, posee ambas nacionalidades sin poseer verdaderamente ninguna de ellas. Concluida su adolescencia, ya no vivió realmente en Israel. Prefirió la atmósfera cosmopolita y cultural de Estados Unidos y Europa, donde hoy en día ocupa dos de los puestos más prestigiosos del mundo musical: director de la que es sin duda la mejor orquesta estadounidense y director de una de las más antiguas y admirables compañías del mundo. Y ello sin dejar de lado su carrera de pianista. Si pudo llevar adelante ese tipo de vida itinerante y lograr que sus méritos fueran reconocidos a tal punto, no fue evidentemente sometiéndose a las normas de la gente ordinaria sino, al contrario, pasando por encima de las convenciones y de las barreras. Esto es así en toda persona fuera de lo común, que necesita vivir por encima del decoro de la sociedad burguesa. Pocas realizaciones artísticas y científicas importantes suelen aparecer dentro del marco estrecho que regula la vida social y política.

Y las cosas se complican aún más. La vida de Barenboim es tan rica y sus viajes tan frecuentes (sin contar su don para los idiomas: habla fluidamente siete lenguas), que en cierto modo se siente en su casa en todos lados, y al mismo tiempo en ninguno. Eso significa que apenas reside en Israel unos pocos días por año, aunque mantiene contacto con ese país por teléfono y por medio de la prensa. No sólo vivió en Estados Unidos y en Gran Bretaña, sino también en Alemania, donde actualmente pasa la mayor parte del tiempo. Cabe imaginar que para muchos judíos, a los ojos de los cuales Alemania sigue representando la quintaesencia del mal y del antisemitismo, esa situación es difícil de aceptar, más aun dado que la música predilecta de Barenboim como intérprete pertenece al repertorio austroalemán clásico, cuyo núcleo está formado por las óperas de Wagner. En este sentido sigue los pasos de Wilhelm Furtwangler, el más grande director de orquesta alemán del siglo XX, y otra figura política de una gran complejidad.

Desde el punto de vista estético, para un músico clásico se trata de una buena y hasta inevitable elección: Barenboim se concentra en las principales obras de Mozart, Haydn, Beethoven, Brahms, Schumann, Bruckner, Mahler, Wagner, Richard Strauss, sin olvidar, evidentemente, a muchos otros compositores del repertorio francés, ruso y español, que domina a la perfección. Pero la música austríaca y alemana es sin embargo el centro del repertorio, una música que a veces planteó un gran problema a ciertos filósofos y artistas judíos, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. El gran pianista Arthur Rubinstein, amigo y mentor de Barenboim, dijo –palabras más, palabras menos– que no iría nunca a tocar en Alemania, pues como judío le resultaba difícil ir a un país que había masacrado a tantos de los suyos. Ya el hecho de que Barenboim resida en Berlín, en el corazón de la antigua capital del Tercer Reich, que para muchos judíos conserva aún el estigma del pasado mal, logró perturbar la mente de muchos de sus admiradores israelíes.

Fascinación por el Otro

Afirmar que hay que dar muestras de amplitud mental respecto de los artistas, que el arte es una cosa y la política otra, resulta en realidad un absurdo, desmentido precisamente por la mayoría de los artistas y músicos que más admiramos. Todos los grandes compositores, de una u otra manera, se interesaron en la política y adoptaron ideas políticas fuertes, algunas de las cuales hoy parecen poco defendibles, como la adulación que el joven Beethoven manifestaba por Napoleón, en quien veía un gran conquistador, o la adhesión de Debussy a la derecha nacionalista francesa. Haydn, para tomar otro ejemplo, fue el empleado servil de su aristocrático mecenas, el príncipe Esterhazy; y el más grande de todos los genios, Johann Sebastian Bach, tenía permanentemente su lugar de adulón en la mesa de algún arzobispo o en la corte de algún duque.

Esas circunstancias no nos importan demasiado, pues pertenecen a un pasado relativamente lejano. Ninguna nos choca tanto como uno de los panfletos racistas de Thomas Carlyle publicados en los años 18602. Pero hay otros dos factores a tener en cuenta. En primer lugar, la música es una forma artística diferente del lenguaje: las notas no tienen un sentido estable, a diferencia de palabras como “gato” o “caballo”. En segundo término, la música es en general transnacional; trasciende las fronteras de un país, de una nacionalidad y de un idioma. No hace falta saber alemán para apreciar a Mozart, como tampoco ser francés para leer una partitura de Berlioz. Hay que saber música: esa técnica muy especializada, que se adquiere por medio de una laboriosa atención, no tiene mucho que ver con temas como la historia o la literatura, aunque, en mi opinión, es necesario conocer el contexto y las tradiciones en los que se inscribe una obra musical para poder entenderla de veras e interpretarla. De cierta manera, la música se parece al álgebra, aunque no totalmente, como lo muestra el caso de Wagner.

Si se hubiera tratado de un compositor menor, o de un músico que compone sus obras en un medio cerrado o al menos discreto, las contradicciones de Wagner hubieran sido un poco más fáciles de aceptar y de tolerar. Pero Wagner era increíblemente locuaz: sus declaraciones, sus proyectos y su música –siempre desmesurados– invadían toda Europa, desatándose como una avalancha, buscando sumergir al público, como no ocurrió con ningún otro músico. En el centro de todas esas obras, el músico se enseñorea, extraordinariamente egocéntrico y hasta narcisista, con la idea de que su ego encarna la esencia del alma alemana, su destino y sus privilegios.

Evidentemente, no puedo analizar aquí la obra de Wagner, pero me parece importante subrayar que el músico buscaba la polémica, la atención. Su propia causa se confundía con la de Alemania, y a favor de esa causa, que él concebía en los términos revolucionarios más extremos, trabajó en todas sus obras. Su música sería una música nueva, un arte nuevo, una estética nueva; encarnaría la tradición de Beethoven y de Goethe, para trascenderlas en una nueva síntesis universal. Nadie, en la historia del arte, llamó tanto la atención como lo hizo Wagner; nadie como él generó tantos textos y comentarios.

Si bien los nazis se lo apropiaron, no olvidemos que otros músicos vieron en Wagner un héroe y un gran genio, y entendieron que sus logros habrían de cambiar el curso de la música occidental. En vida, Wagner poseía su teatro particular, casi un santuario, que había hecho construir para representar sus óperas, en la pequeña ciudad de Bayreuth, donde aún se realiza un festival anual consagrado exclusivamente a sus obras. Hitler sentía afecto por Bayreuth y por la familia Wagner y, para complicar aún más las cosas, el nieto de Richard Wagner, Wolfgang, aún dirige el festival de verano donde Barenboim se presenta regularmente desde hace dos décadas.

Pero eso no es todo. Barenboim es un artista que arrasa con los obstáculos, traspasa las líneas de prohibición e ingresa en territorio tabú. Sin por ello erigirse en personalidad política, no ocultó su oposición a la ocupación de los territorios palestinos por parte de Israel y fue el primer israelí en proponer, a comienzos de 1999, la realización de un concierto gratuito en la Universidad de Bir Zeit, en Cisjordania. En los últimos tres años (los dos primeros en Weimar y el último en Chicago) reunió a jóvenes músicos israelíes y árabes para que tocaran juntos; empresa audaz que procura superar la política y el conflicto y crear una alianza en el arte no político de la interpretación musical.

Barenboim es alguien fascinado por el Otro, y rechaza categóricamente la irracionalidad que consiste en decir que es mejor no conocer que conocer. Como él, yo pienso que la ignorancia no puede ser una buena estrategia política para un pueblo, y que por lo tanto cada uno a su manera debe comprender y conocer al Otro prohibido. Pocas personas piensan así, pero a mi entender –y cada vez más gente se suma a esta visión– es la única posición intelectualmente coherente. Ello no significa sin embargo que haya que descuidar la defensa de la justicia o la solidaridad con los oprimidos, abandonar la propia identidad o ignorar la realidad política. Significa que ser un ciudadano tiene que ver con la razón, con la comprensión y con el análisis intelectual y no con la organización y el estímulo de pasiones colectivas como las que parecen adueñarse de los integristas. Defiendo esas ideas desde hace mucho, y quizás sea por eso que Barenboim y yo seguimos siendo amigos a pesar de nuestras divergencias.

El rechazo total, la condena puramente descabellada, la denuncia global de un fenómeno tan complejo como Wagner, es algo irracional y en el fondo inaceptable; de la misma manera que resulta estúpido y contraproducente, de nuestro lado árabe, la política que desde hace años consiste en emplear expresiones como “la entidad sionista” y en negarse totalmente a comprender y a analizar Israel y los israelíes, bajo el pretexto de que no es posible reconocer su existencia pues ellos causaron la nakba (la catástrofe) palestina. La historia tiene su propia dinámica, y si no queremos que los judíos israelíes invoquen el Holocausto para justificar las abominables violaciones de los derechos humanos que cometen contra el pueblo palestino, nosotros también debemos superar la idiotez que consiste en decir que el Holocausto nunca existió y que los israelíes, hombres, mujeres y niños, habrán de sernos eternamente hostiles.

Nada hay en la historia detenido en el tiempo; nada que escape al cambio; nada que esté más allá de la razón, la comprensión, el análisis y la influencia. Los políticos y los demagogos profesionales pueden decir todas las estupideces que quieran y hacer lo que les dé la gana. Pero entre los intelectuales, los artistas y los ciudadanos libres, es necesario que siempre haya lugar para la diferencia de opiniones, las ideas diversas, los medios de cuestionar la tiranía de la mayoría, y al mismo tiempo, lo que es aún más importante, para hacer progresar la libertad y las luces de la humanidad.

Un gran artista, un hombre odioso

Resulta difícil rechazar esta idea con el argumento de que es de origen “occidental” y que por lo tanto no se la puede aplicar a los árabes o a los musulmanes, como tampoco a las sociedades y a las tradiciones judías. Se trata de un valor universal que se encuentra en todas las tradiciones que conozco. En todas las sociedades los conflictos oponen justicia a injusticia, conocimiento a ignorancia, libertad a opresión. No se trata de tomar tal o cual partido porque se nos ordena hacerlo, sino de elegir escrupulosamente y llegar a juicios que tomen en cuenta todos los aspectos de la situación. El objetivo de la educación no es acumular el conocimiento de hechos o memorizar la respuesta “correcta”, sino aprender a pensar de manera crítica por uno mismo y comprender el significado de las cosas por uno mismo.

En el caso de Wagner y de Barenboim la solución fácil sería catalogar al director de orquesta como un oportunista o un aventurero indiferente. Igualmente reductor sería decir que Wagner era un ser execrable con ideas reaccionarias y que consecuentemente su música, por maravillosa que sea, resulta intolerable por estar contaminada del mismo veneno que su prosa. ¿Cómo se lo podría probar? ¿Cuántos escritores, músicos, poetas y pintores quedarían en pie si juzgáramos su arte a la luz de su actitud moral? ¿Y quién decidirá el porcentaje de fealdad o de infamia aceptable en la producción de un artista? Una vez que se comienza a censurar no hay más límite teórico. Al contrario, yo pienso que es tarea del espíritu analizar un fenómeno complejo como la cuestión de Wagner en Israel (o, para tomar otro ejemplo, citado en un célebre ensayo por el brillante novelista nigeriano Chinua Achebe, la cuestión de cómo puede un africano de hoy leer El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad) y discernir lo que allí hay de maldad y lo que hay de arte.

Un espíritu maduro debería poder captar al mismo tiempo dos hechos contradictorios: uno, que Wagner era un gran artista, y otro, que Wagner era un ser humano odioso. Lamentablemente, las dos cosas están ligadas. ¿Eso significa que no hay que escuchar la música de Wagner? De ninguna manera, aun cuando resulta evidente que no hay ninguna necesidad de infligirle esa música a quienes aún se sienten perturbados por la asociación entre Wagner y el Holocausto. Sin embargo, quiero subrayar la necesidad de dar muestras de amplitud respecto del arte. Eso no significa que no haya que juzgar moralmente a los artistas culpables de actos inmorales y funestos, sino que la obra de un artista no puede ser juzgada y condenada únicamente sobre esa base.

Señalemos un último punto y otra analogía con la situación árabe. Durante el apasionante debate que tuvo lugar el año pasado en la Knesset sobre el tema de saber si los alumnos de secundaria podían decidir libremente leer o no a Mahmoud Darwish, muchos de nosotros vimos en la violencia con que se atacaba esa idea el signo de la estrechez mental del sionismo ortodoxo. Muchas personas, lamentando que se les prohibiera a los jóvenes israelíes la lectura de un gran autor palestino, pusieron de relieve que no se podía esconder eternamente la historia y la realidad, y que no cabía imponer tal censura a los programas escolares.

La música de Wagner plantea un problema similar, a pesar de que la vinculación de sus ideas con hechos terribles representa indiscutiblemente un verdadero traumatismo para quienes piensan que los nazis se apropiaron de un compositor hecho a medida. Pero tratándose de un artista de la talla de Wagner, era imposible ignorar eternamente su existencia. Si Barenboim no hubiera ejecutado su música en Israel el 7 de julio de 2001, tarde o temprano algún otro lo habría hecho. Las realidades complejas terminan siempre por escapar a los precintos. Se trata entonces de comprender el fenómeno Wagner y no de reconocer o negar su existencia.

En el contexto árabe, la campaña contra la “normalización” con Israel, un problema urgente, de una actualidad muy diferente –Israel desarrolla formas de punición colectiva y asesinatos diarios contra todo un pueblo cuyo territorio ocupa ilegalmente desde hace 34 años– recuerda los tabúes israelíes respecto de la poesía palestina y de Wagner. El problema viene del hecho de que los gobiernos árabes mantienen relaciones económicas y políticas con Israel mientras que ciertos grupos tratan de prohibir cualquier contacto con los israelíes. Prohibir la normalización es incoherente, dado que la opresión del pueblo palestino por parte de Israel, razón de ser de tal prohibición, no ha disminuido a causa de esa campaña: ¿cuántas casas palestinas escaparon a la demolición gracias a las medidas antinormalización, y cuántas universidades palestinas pudieron brindar enseñanza a sus estudiantes gracias a la antinormalización? ¡Ninguna, lamentablemente! Por eso dije que, para un distinguido intelectual egipcio era mejor venir a Palestina por solidaridad, para enseñar, dar una conferencia o brindar una ayuda médica, que quedarse en su país e impedir que otros vengan. La antinormalización integral no es un arma eficaz en manos de quienes no tienen poder: su valor simbólico es escaso y su efecto real es sólo pasivo y negativo.

Para ser eficaces, las armas de los débiles –como en la India, en Sudamérica, en Vietnam, en Malasia y otros sitios– deben ser siempre activas y hasta agresivas. Se trata de colocar al poderoso opresor en una posición incómoda y de vulnerabilidad, a la vez en lo moral y en lo político. Los atentados suicidas no producen ese efecto, como tampoco la antinormalización, que en el caso de la lucha de liberación sudafricana adoptó la forma de un boicot de los universitarios extranjeros.

Por eso considero que debemos tratar de penetrar la conciencia israelí por todos los medios de que disponemos. Dirigirse o escribir a públicos israelíes quiebra su tabú respecto de nosotros. El miedo a ser interrogado precisamente en lo que la memoria colectiva suprimió, es lo que generó el debate sobre la literatura palestina. El sionismo trató de excluir a los no judíos y nosotros, boicoteando indiscriminadamente hasta el nombre de “Israel”, más que detenerlo hemos contribuido con él. Es por eso que, en un contexto diferente, la interpretación por parte de Barenboim de un pasaje de Wagner, si bien hirió profundamente a muchas personas que aún padecen los traumatismos del genocidio antisemita, tuvo el efecto saludable de permitir al duelo pasar a otra etapa, la de la vida misma, que hay que vivir, que debe continuar y que no se puede detener en el pasado. Puede ser que yo no haya abordado todos los matices de esta problemática compleja, pero lo esencial a subrayar es que la vida no puede ser regida por tabúes y prohibiciones que afecten el espíritu crítico y la experiencia liberadora. Esas disposiciones merecen que les asignemos siempre la mayor prioridad. No saber y no querer saber no nos abrirá las puertas del presente.

  1. Al-Hallaj (852-922) fue un legendario maestro sufí iraní, que acusado de herejía y perseguido sufrió una muerte atroz.
  2. Historiador y crítico británico (1795-1881).
Autor/es Edward W. Said
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Genocidio, Ultraderecha
Países Israel